16 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 41: SERENA VERGANO (1943- )

Serena entra de lleno en el prototipo de mi mujer ideal. Andrógina, cargada de enigma, hipersensible, tierna, de sutil erotismo, antimaggiorata (¡por qué no decirlo!, ¡némesis absoluta de los monumentos nacionales de su cine!)... Esa reunión, amalgama de requisitos y que la emparentarían tanto con Françoise Hardy (mi otra musa de los sixties), lejos de uniformarla en mi devocionario la mantendrían siempre intacta, siempre misterio. Y mi amor platónico, no sé si fruto de un despropósito o de un impulso patético que sólo la psiquiatría podría resolver, se acrecienta al ir advirtiendo gracias a Internet incógnitas nuevas de una actriz cuya tristeza resplandecería de manera sublime.
¿Con cual me quedaría, con la milanesa del principio o la barcelonesa de la gauche?. ¿Con el casi golfillo de pelo corto, falda-pantalón y gorritas de los sesenta paseando su spleen auténtico por la Diagonal o con la mujer hecha y derecha de los setenta, superviviente en el cambio de los tiempos que en ella siempre fueron enfermedad galopante dentro de la gran decadencia occidental del siglo XX?. Inclusive hubo otra Serena anterior al cine que ni siquiera se llamaba así, pues nació Adalgisa (como la sacerdotisa druida y rival de la espléndida Norma), estudiante adolescente en la academia de arte dramático de Fersen que, tras formarse en lo elemental, pasaría al cine de su pais bajo ese otro nombre, un nombre a la veneciana; es decir, con su mito incólume.
En una década donde todo era explosión de color (y los colores a menudo se teñían de una pátina kitsch que irritaba a la mirada) el tono grisáceo de la muchacha (y de gris la vio Francisco Nieva al vestirla de Carlota Corday) representaban una anomalía irresistible. Había pues un nosequé impreciso, algunos llamarían trauma, en sus ojos, en sus gestos y su sonrisa, que acabó transformándose en honda melancolía pero susceptible en su capacidad de asombro de ser trasplantada a un país de adopción. A Barcelona, para ser exactos.

Quiza era esa sensación de estar en tierra ajena, de no dominar la lengua catalana, de aburrirse en el fondo con la frivolidad bocacciana disfrazada de snobismo de izquierdas (y la rive gauche la eligió musa, o mascota de buen tono: ¡una italiana en sus filas/filias!. Era la mujer del arquitecto) lo que rematarían de apuntalar su personalidad. Verla en sus trabajos para Grau y Nunes (anticipaciones en toda regla de sus futuros despropósitos de vanguardia para Ricardo Bofill o Carles Durán) es una premonición de que nos hallamos ante una criatura de una fragilidad enfermiza. Inolvidable en Noches de vino tinto (1965) junto a aquel actor de la cuadrilla Pasolini, el español Enrique Irazoqui, tan parecido a Montgomery Clift y al que el italiano había convertido meses antes en el Cristo más proletario de la historia del cine. Ambos descubrían la noche barcelonesa: los barrios donde se agolpa la marginalidad, el artisteo, el frikismo... Un fin de race que acabó poniendo imágenes y sonidos a una Barcelona viva (en comparación con el Madrid de entonces) pero anclada antes que a nada en una tradición bastarda, repleta de elementos foráneos que la iban enriqueciendo. Entre ellos, la propia Serena que en una simplificación alarmante de su poderío mítico diríamos que le estaba dando al barrio de Ribera un ligero toque de swinging London. En realidad, a lo largo de aquel trayecto, de tascas y colmaos, de estaciones y arquitecturas, se iban esbozando pensamientos y reflexiones sobre el fin del amor, la depresión, la soledad... E Irazoqui, ahora sin togas ni harapos, sino vistiendo como un ye yé descreído (un poco chico del Preu y bastante más francés de la Sorbonne, en tanto que la herencia del filme con la nouvelle vague es más que una coincidencia) seguía pareciéndonos en sustancia el mismo Cristo. La que estaba distinta era ella. Y eso que Pasolini tambien acababa de dejarle una huella en Una vita violenta (1962), filme de Paolo Heusch que adaptaba una novela del autor de Accatone. Alli hacía de novieta del ragazzi di vita Franco Citti (como siempre heroe proletario, de marginalidad y analfabetismo extremos) y tenía un momento inolvidable, el primero de su vida cinematográfica: me refiero a la secuencia en el cine. De criatura enamorable podríamos calificar a la jovencita, sus maneras de impedir el acoso de Citti, sus gestos y sus susurros, su inocencia ante una pantalla en la que se proyectaba un peplum... Ni siquiera en Leoni al sole (1961. Vittorio Caprioli), la siguiente a su debut con Castellani en Il brigante, la habíamos visto tan guapa, pese a los colores y los paisajes hermosísimos de un filme que no aspiraba al reclamo turístico sino a la recreación costumbrista ( la vida de la gente de una pequeña localidad costera durante un período estival completo, centrándose en una panda de ociosos). Es curioso que la melancolía también tiña este filme primerizo, hoy a recuperar con urgencia. Y que formase parte del equipo de enfermeras que cuidaban al divino Jacques Perrin de su extraña e incurable dolencia en Cronaca familiare (1962), del siempre triste Valerio Zurlini. Algo se estaba gestando de cara a una futura mitología alrededor de Serena Vergano.

Por eso que al aterrizar a la Barcelona de mediados de los sesenta, aquel enigma ya acentuado daba a entender que el único destino para los seres especiales era la soledad más absoluta.
Intentó un cine comercial que no cuajó, se sentía desubicada sirviendo de contraplano a los encuadres narcisistas de un lacrimógeno Raphael (Al ponerse el sol, Digan lo que digan). El círculo vicioso de la Barcelona de noche la terminó imbuyendo de caos visuales, hoy ya tan olvidados como los filmes pop de nuestro Susan Hayward nacional, en lo que se dio a conocer como la Escuela de Barcelona. Si algo ha resistido el paso del tiempo de tanta pedantería irritante han sido esos rostros femeninos (una Romy, una Gimpera, la propia Vergano, cierta Bose). Porque aparte de su calidad fotogénica, habría unos adoradores detrás que a pesar de los pesares no consiguieron matar sus femineidades (en tanto que humanas) en pos de una obsesión autoral por el mundo de los objetos.

Sin embargo, cuando la arquitectura, los objetos y decorados vanguardistas se fundieron a un texto imponente entonces Serena volvía a asombrar a sus adoradores españoles. Fue en el teatro, en la adaptación de Adolfo Marsillach del Marat Sade de Peter Weiss. Las jóvenes promesas del reparto eran Eusebio Poncela y ella y ambos estuvieron inolvidables al decir de los privilegiados que lo presenciaron (Serena flagelando la espalda del Divino Marqués en nada se debería parecer a las demasiado glamourosas mistress paridas por Eneg en sus ataques de bondage). Y es que por encima de artificios extremos, la magia de la actriz brillaba desde el decorado desnudo de su alma, en sus íntimas interpretaciones. Entonces era capaz de dosificar a pinceladas eso que guardaba dentro si misma y que tendría su culminación en esa obra maestra del malditismo llamada Cartas de amor de un asesino (1972. Francisco Regueiro). Apenas exhibida en su momento y sin reediciones en DVD en la era digital, la película ahonda hasta el paroxismo en una de las constantes favoritas de su autor: la frustración sexual. La Vergano es una bibliotecaria amante del marido de su mejor amiga, lo que ocasionará un conflicto personal que a la larga tendrá una importancia menor en comparación al momento en que empiece a recibir cartas de un admirador secreto que le confiesa haber matado a varias personas y que está a punto de suicidarse por ella. En el primer tema, resulta insólito cómo Serena, descubierto el adulterio por la propia amiga, es la que se derrumba anímicamente (con un estilo tan delicado que imaginarnos a cualquier maggiorata en dicho trance hubiera dado una mujer diametralmente opuesta) mientras la otra (la popular presentadora televisiva Rosa Maria Mateo) parece fortalecida o, si se prefiere, poseer mayor entereza. En cambio, la verdadera desesperación para la protagonista viene con el asunto de las cartas del asesino (Jose Luis López Vázquez). Se obsesiona hasta tal punto que el muerto cobra vida sin que sepamos nunca si esa presencia es real o imaginada, amén de sus repulsivas visiones de cariz surrealista tan del mundo de los sueños que la sumen en un trance casi cataléptico (en cualquier caso, López Vázquez representaría el sueño sexual reprimido de su protagonista que en un par de escenas memorables, anticipándose si cabe al Atame de Pedro Almodóvar, juguetea con su pececito en la bañera). Que una interpretación de tal calibre permanezca hoy en día tan ignota supone un caso alarmante de estupidez cultural en un país que se las da de avanzado. Y, por extensión, con una Serena que no nos la mereceríamos los mesetarios (acogidos aún a los traumas del progresismo catalán). Lo que hubiera hecho con ella Ingmar Bergman es algo que jamás sabremos, pero es bonito por un momento siquiera imaginárnoslo.

termina el jueves