15 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 40: BELDADES SERIE B

Tercera parte

LUCIANA PALUZZI
(1937- )

El aficionado internacional tiende a reducir a la Paluzzi a la categoría de italiana que logró ser chica Bond. Sin embargo y pese a la nula calidad como intérprete de la señora tal simplificación sería poco menos que una injusticia (y una inexactitud). Y es que Luciana no fue la primera en participar en aquel harén de drugstore que se montó tan licencioso agente, la precedía la romana Daniela Bianchi que en 1964 fue Tatiana Romanova (efectivamente, una rusa de gran hibridez) en Desde Rusia con amor. Inclusive, la Bianchi quedó marcada en la infrahistoria del cine más que ninguna otra en cuestiones jamesbondianas al seguir su mediocre carrera insistiendo en imitaciones meridionales de ese tipo. No así la Paluzzi que con un original ya tuvo bastante (se titulaba Operación Trueno y señalaba el comienzo de la decadencia del mito. Tras esta, Connery se dio un largo respiro. Inteligente que fue). Aunque siempre preferiremos a una Andress (por pionera) o una Shirley Eaton (porque sobre sus carnes se dejó operar todo la audacia artística de la época: el body art y su cuerpo teñido de oro en Goldfinger) la Paluzzi al menos no estuvo nada desacertada haciendo de Fiona Volpe. Había demostrado unas cuantas veces ser una mujer obsesionada con el lujo y la sofisticación, y aún en sus aspectos más superficiales, los que corresponderían a una señora saliendo día sí día también de las tiendas de moda más selectas de Via Condotti. Era pues idónea para ser una modelo para el consumo dentro de la consumista saga Bond. Desde luego, experiencia en cine tenía tanta como una Koscina cualquiera. Trabajos en Francia y Estados Unidos la avalaban. Aún en Hollywood fue una caricatura de la frivolidad dolce vita en una de las películas menos tontas de la tontísima serie de beach movies que protagonizaron a principios de los sesenta Annette Funicello, Frankie Avalon y sus amigos. La vimos entonces como condesa Juliana (todos la llamaban Julie) en una Muscle beach party (1964) muy fascinada por los músculos de Peter Lupus. Como era adinerada quería comprar el especímen a su entrenador gimnástico (sospechosamente parecido a un empresario de circo). Como sea que durante todo el metraje se pretendía ridiculizar la cultura física, a nadie inteligente le sorprendió que también fuera objeto de burlas y críticas el comportamiento volcánico de una tópica italiana ricachona. Dolorosos sí que fueron los rifirrafes de la condesa con la espantosa Annette por culpa del novio oficial de ésta. Porque la Paluzzi pasaba de admirar lo hercúleo a lo apolíneo tirándole descaradamente los tejos al lindo Avalon. La desesperación de la futura Doris Day (Annette) llegaba a tales extremos que atacaba verbalmente a la italiana con una sarta de desprecios orientados todos a las costumbres de un pais en donde ambas, en mayor o en menor medida, tenían raices. Lo que demostraba el nivel de pazguatismo y monstruosidad de la Funicello (una trasplantada a California que se avergonzaba de sus orígenes mediterráneos cuando ni su propio nombre artístico ocultaba esa realidad).
Lástima el poco relieve estelar del que gozó siempre la guapaza Paluzzi. Al no tener suficiente personalidad se reincorporó por lógica en los años sesenta al cine de géneros, en donde el estereotipo primaba frente a la originalidad.
En el cine de sketches dio lo mejor de si misma. Siempre frívola, baronesa y maniquí, loca por las joyas y las pieles... Asi la vimos en Questa volta parliamo di uomini (1965. Lina Wertmüller), respuesta muy poco feminista al previo Se permettete parliamo di donne de Ettore Scola. Ella era la mujer del industrial (Nino Manfredi) al que le revelaba en su dormitorio su cleptomanía por las joyas, para desespero del hombre que veía peligrar su reputación. Y en el sketch correspondiente de Io uccido, tu uccidi (1965. Gianni Puccini) era una jóven madre aristócrata con unos retoños la mar de macabros. Apenas brilló allí pues el protagonismo era para los monstruitos y su no menos monstruosa nonna.
Siguió haciendo películas hasta finales de los años setenta de manera infatigable. Pero jamás volvió a dar un campanazo internacional de la talla de Thunderball, pese a no ser la primera italiana que se chingó al irlandés ni, por decontado, la mejor de entre las amazonas pop que revolotearon a su alrededor.

LOREDANA NUSCI
AK (1942- )
Otra belleza estereotipada que se amoldó como un guante al género del spaghetti western. La trigueña Nusciak era esa típica respuesta femenina (con su cánon inexpresivo clásico incluido) de cara cartones de la talla de Anthony Steffen, Peter Lee Lawrence e, inclusive, Franco Nero, con quien protagonizó su filme más conocido: Django (1966. Sergio Corbucci). Pese a su trama convencional fue uno de los spaguettis más exitosos de la era Eastwood. Ella era la buena María, al que el heroe solitario rescatará de una banda de forajidos ansiosos de carne de transformer del mismo modo que el Lawrence salvó a la Neri de ser penetrada por un nardo estragado por la gonorrea en I giorni della violenza (1967). Ese aroma a novelitas de bolsillo hacen digeribles aún unos productos de enorme violencia (las balas volaban sin hacer distingos) y descaro mimético (igual se rodaba una secuencia pensando en Leone como la siguiente en Anthony Mann). En Sette dollari sul rosso (1966. Alberto Cardone) pasaba esto último. A su despersonalización habría que añadirle la consabida vendeta y el duelo final con algo de incestuoso (tenía un trasfondo bíblico: la epístola de Abraham y su retoño). Pero como la violencia machista siempre se anteponía a los tirabuzones y el can cán (el machismo del cruel y mugriento Fernando Sancho) la Nusciak se conformó con envidiar un poco la suerte de la morena Elisa Montés (deliciosa en comparación con la italiana, dura de facciones) hasta que la española murió de un balazo, quedando nuestro cromo bajo la lluvia como mera espectadora de un parricidio que acababa en harakiri.
Para amantes del pop, fue la querida de Diabolicus en el fumetti pero menos (y ésto lo explicaré más adelante) Superargo vs. Diabolicus (1966. Nick Nostro), donde figuraba también nuestra Aurora Juliá, más conocida para el siglo como Mónica Randall. La bruja lo idolatraba (llegaba a afirmar que el tal Diabolicus era el nuevo Mesías de la ciencia, aunque terminaba traicionándolo porque es de ley que los pendones aunque sean de la ciencia ficción pendones han de ser: estaba obsesionada en conocer a Superargo sin disfraz). Con modelitos retrofuturistas, nuestra beldad apenas aportaba algo más que una sofisticación postiza, lanzando sus clásicas miradas de zorra altanera. Al menos en una secuencia, la vimos dominatrix golpeando a Superargo en el rostro con una vara de mimbre mientras el enmascarado soportaba una más dura tortura, recostado sobre una parrilla muy chic. Pero a la Nusciak la mataba de un disparo la buena Randall, que se permitía exclamar al final la frase de oro de la película: Superargo, seguirás con tus aventuras pero en la continuación. Y efectivamente asi fue. En una segunda parte mucho más interesante, no tan sujeta a los clisés jamesbondianos de moda, más inmersa en el delirio fantástico del comic, con una estética barroca y un ritmo endiablado: es decir, más a lo Bava (Superargo, el gigante). Aún con todo, prevalece en esta primera el encanto de un personaje enmascarado (a medio camino entre el mexicano Santo y el norteamericano The Phantom), la posibilidad de ver a la catalana Randall tan jóven y esos mínimos destellos de sadismo de papier couché a cargo de Loredana.
Actriz de recursos muy limitados, contó de todas formas con una discreción natural que hizo que nunca fuera molesta. Pero su filmografía a la larga se nos revela harto mediocre.

GRAZIELLA GRANATA
(1941- )
Mereció mejor suerte esta Graziella, una de mis morenas favoritas de los años sesenta. Tenía todo a su favor: belleza, garra, talento cómico y sensualidad. Pero no sé si fue por la dura competencia de entonces o por la mala elección de sus papeles que siempre me pareció un caso de desaprovechamiento terrible. Hizo un poco de todo y al menos logró salir airosa de más de una catástrofe. Por ejemplo, en La strage dei vampiri (1962. Roberto Mauri) por lo único que recordamos este bodrio es por sus modelitos de muy poca tela; en su paso por el musical pop- Appuntamento in Riviera (1962. Mario Mattoli)- sus regañinas a Tony Renis extrajeron de ella buena bravura; en la comedia por sketches Quattro tassisti (1963. Giorgio Bianchi) reveló dotes para hacernos reir caracterizada con hábitos (era una monja impostora) y en Una moglie americana (1965. Gian Luigi Polidoro) consiguió el dificil (y triste) reto de ensombrecer aún más la decadencia profesional de la norteamericana Rhonda Fleming. Casi a punto de hacernos creer que Daniela Rocca ya tenía sustituta cerraba de improviso su carrera con el grato sabor de boca que representaba ganarse un papelito para un director de prestigio: en su caso, Fellini en su Satyricon (1968).
No era la primera vez que actuaba para un grande. Lo había hecho antes, en un par de ocasiones, para el legendario Alessandro Blassetti. También es verdad que el director de La corona de hierro (1941) ya no afrontaba su mejor momento, dejando títulos inocuos como Io amo, tu ami (1960) o Europa di notte (1959) -por no hablar del desastre de Simón Bolivar (1969), filme póstumo. Así pues ni el maravilloso drama de Pirandello Liolá (1964) mereció un acercamiento tan tardío ni la comedia negra La ragazza del bersagliere (1966) aportaría gran cosa a un género que se había transformado a esas alturas en fórmula total. Es más, en algunos momentos parecía una reinterpretación demodé de las estupendas picardías de la Marisa Allasio de la anterior década. Con todo, en este último título la Granata volvió a estar agradable en su jocoso papel de barbera de pueblo enamoriscada de un bersagliere con quien casará y luego como viuda aleccionada en el amor (y futuras conquistas, entre ellas de nuevo Tony Renis) por el fantasma del fallecido, interpretado por Antonio Casagrande, muerto repentinamente de una indigestión al bañarse en el rio después de un atracón de pasta asciuta.

continua mañana