14 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 39: BELDADES SERIE B


Segunda parte

GIORGIA MOLL (1938- )

La extraordinaria fotogenia de Giorgia Moll sirvió para algo más que para decorar un cine de tebeo. Sin ella ¿por quién habría luchado el hermoso Steve Reeves en películas inolvidables como Il diavolo bianco o El ladrón de Bagdad?. ¿Cómo habríamos digerido sin indigestarnos aquella pedantería del rey de la pedantería Jean Luc Godard titulada Le mépris (1963) ? ( y en donde ya padecimos bastante dolor al ver al mito Bardot con libros entre las manos que en rigor no le pertenecían). ¿Contra quién hubiéramos enfrentado mejor a la rubia Scilla Gabel en varias aventuras de época en pugna por el amor verdadero?.
Tuvo muy al principio querencia por el cine de romanos (pensemos que en un lejanísimo 1956, adolescente ella, gozó de un minúsculo papel en la curiosa Mio figlio Nerone, donde la superaba en planos una BB a puntito de salir del cascarón). Ya a finales de los cincuenta, en tanto que el peplum era una real institución en Cinecittá, se desbocó en roles de buena o de menos buena (pero siempre guardando una gran clase). Se puso pieles de rusa en un par de ocasiones (la ya citada Il diavolo bianco e I cosacchi) y hasta abandonó momentáneamente el cine de géneros para flirtear con la autoría (el tambien citado título godardiano) y el vehículo erótico- dramático a su entero servicio (Laura nuda).
Pese a estos dos deslices, la carrera de la Moll estaba ya prefijada. Era una princesa de cine de barrio. Y así lo siguió demostrando en lo que restaba de sixties. Spaghetti westerns y seudoBonds proliferaron en su curriculum como no podía ser menos. Inclusive se la vio de refilón en películas de humor de distinta ralea: así la bufonada mediocre de I barbieri di Sicilia (1.967), donde fue malgastada en favor de la dudosa comicidad de los insoportables Franchi e Ingrassia (ella hacía un poco la loba de las SS) y la bufonada genial de L'arcidiavolo (1966) a cargo de un Gassman alucinante de Belfagor al lado del diablillo freak Mickey Rooney, todos apurando el éxito del previo L'armata Brancaleone de Monicelli, es decir, la reinterpretación cómica del Medioevo italiano en nombre de Ariosto (y en donde a la Moll se le confió un segundo plano sedente, como simple -pero aristocrática- espectadora de ejecuciones en la hoguera).

MARISA SOLINAS
(1941- )

El arranque artístico de Marisa Solinas daba a entender al cinéfilo que había nacido una hermosa estrella del cine de arte y ensayo. Pero las expectativas tan altas cayeron pronto por su propio peso. Y asi después del formidable debut que fue su Luciana de Bocaccio 70 y la Bruna de La commare secca la muchacha se perdió para siempre en el arquetipo de las frivolités para las masas. Entre medias a estos dos papeles en su cine cabe el grato (pero demasiado borroso por el tiempo) recuerdo de su estancia en España para filmar junto a otros compatriotas Noche de verano, ópera prima del siempre estimable Jordi Grau, completamente absorbido por Antonioni (encabezaba el reparto nuestro Francisco Rabal, aqui todavía eclipsado por el autor de moda). Los toques más personalistas del director afloraban, sin tiempo de librarse de etiquetajes, en la reproducción exacta de las verbenas de San Juan, con sus atracciones y sus orquestinas seudo modernas, tanto como ese "quiero y no puedo" de las parejas en la pista, buscando el roce de pieles y las tímidas erecciones ante un ingenuo baile de los farolillos. La Solinas iba de buena, de civilizada, de resignada tras haber sido abandonada por el veleta de su novio (la sustituía por la más potente Rosalba Neri). Pero luego regresaba, al no haber funcionado lo suyo con la otra. Y lo hacía en plan machacón, con lo cual la Solinas ahora lo rechazaba a él, y de manera bastante histérica (en este punto, nos dimos cuenta de que Grau también era capaz de compaginar a Antonioni y la coca autóctona con la Cardinale de Zurlini).
Pero la historia de Marisa era bien diferente en los dominios del papel couché. Sus frivolinas bien que fueron aireadas en su día por las víboras de las revistas del cuore, incluso aquellas publicaciones que confundían el cine con el simple cotilleo para fans superficiales. Y es que era la novieta oficial del divino Luigi Tenco y al suicidarse éste, al parecer, la moza tuvo mucho que decir. Casi parecía en algunos aspectos pretender rivalizar con Catherine Spaak en el rol de muchachita viciosa dentro y fuera de la pantalla, de lolita made in Italy que no rehusaría incluso hacerse la francesa si eso la volvía más auténtica (como aquella) al grabar con su nuevo novio una versión del Je t'aime moi non plus. Lo único que consiguió por entonces es que también ésta versión fuese secuestrada para respiro del Osservatore romano y curia vaticana en general.
Perdida para siempre aquella preñada del novio antes de la boda en el sketch "Renzo e Luciana"de Boccacio 70 según Monicelli (uno de los pocos testimonios dramáticos de un director muy de comedias), la putita de Bertolucci (un insólito Bernardo de 21 años hechizado por el impacto del primer Pasolini y su autor favorito Sergio Citti), la Alicia que camina con su spleen por el Barrio Gótico de Barcelona (casi una premonición de la inminente Vergano) del filme de Grau... huérfana, en definitiva, de autoría, nuestra actriz optó por picar en los géneros: en especial el spaghetti, pero también en el musical ye yé, que para algo aún era una de las mocitas más modernas de la Italia del benesere (Riderá!, junto a Little Tony). Terminó la década y empezó la siguiente integrándose en el cine seudo erótico donde empezó a vérsela cansina frente a nuevas zorrildas tipo Fenech.

ANNABELLA IN
CONTRERA (1943- )
Esta bella trigueña trabajó más a principios de los años setenta que en toda la década que en rigor señalaría su debut (los sixties). Pareció pues encontrar su verdadero camino muy tardiamente, fue gracias al filón del giallo e inclusive del cine seudo pornográfico. Sin embargo, también con anterioridad pudo ser reina del saloon en algún spaghetti western, género por el que muchos fieles solemos recordarla. Debería constar en los sesenta además su escueto paso por un peplum impresionante: Puños de hierro (1961), obra maestra del cine fantaterrorífico europeo, plagado de inventiva y delirio. La reunión de los talentos de Sergio Corbucci y Ducio Tessari en labores de guión y dirección y de Gordon Scott o la Canale en carnes vivas no podía bajo ningún concepto defraudar a nadie.
La Incontrera siguió cautelosa aceptando papeles que no sirvieron para darle una mayor categoría. Pero no estuvo mal en L'arcidiavolo (1966. Ettore Scola). Al menos tenía una tórrida escena de alcoba con Vittorio Gassman que levantó mucho el ánimo en nombre de la lujuria luciferina. Y su momento pop se circunscribió a colocarse de simple comparsa (entiéndase: a mirar con ojitos de ternero degollado al ídolo musical de turno mientras éste le cantaba con todo el sentimiento algún rock de segunda generación) : A tout casser (1968. John Berry) a mayor gloria del reinón Johnny Hallyday.
En los primeros años setenta nuestra beldad parece arrancar definitivamente gracias al subgénero del terror sangriento. Por desgracia, cuando éste se agotó (a espera de nuevas transfusiones) ella abandonó el cine para no volver más. Dejó, eso sí, la rareza de pasar por nuestro país para seducir a Alfredo Landa y Jean Sorel, haciendo los gays antiguos tal como los entendía la España de Franco (y ahora resucitados gracias a la pluma tan parecida a la tara psíquica de un Izaguirre o un Zerolo) en la horrible No desearás al vecino del quinto (1970. Ramón Fernández) y en donde compartió negligés con la también internacional Ira de Fürstenberg.

continua mañana