13 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 38:
BELDADES SERIE B
Primera parte


Rematado el filón del cine de romanos las producciones en serie buscaron otras temáticas para atraer al público a los cines de barrio. Tras el agotamiento que supuso el recurso a la Antiguedad clásica apareció un hombre decisivo como Sergio Leone, el cual por cierto venía del peplum donde trabajó en calidad de segunda unidad o ayudante de dirección. Leone impuso una nueva moda destinada a permanecer en las carteleras en los siguientes cinco años (y aún a posteriori con las patochadas del tándem Bud Spencer-Terence Hill). Hablo del spaghetti western que, en sus manos, supuso una fuerte sacudida en cuanto a la renovación de un género que en Estados Unidos afrontaba una dulce decadencia. Los imitadores no tardaron en surgir como las setas, embruteciendo los sutiles logros del autor de "Por un puñado de dólares" hasta el agotamiento.
Será en el clasicismo norteamericano, en tanto que fórmula de éxito de sobrada efectividad, donde la Serie B mediterránea entrará a saco. Así spaghetti western aparte, no habrá géneros que se les resistan a los italianos: aventuras, terror, policíacos, fantasía, gangsterismos y, por descontado, las respuestas a los últimos éxi
tos del cine en habla inglesa. El más descarado fue el nacido a partir del éxito de "James Bond contra el dr. No" (1962). Montones de seudo agentes secretos, con sus explosivas mujeres al lado y sus ambientes más o menos cosmopolitas llenaron las pantallas mientras los suelos de los locales donde se proyectaban se ensuciaban de cáscaras de pipas. Pese a esas intencionalidades serias, las más de las veces los directores debieron tomarse el personaje de Ian Fleming a chirigota, único medio para excusarse por el pobre presupuesto con el que trabajaban. Y es que una cosa eran las de vaqueros, con toda una ciudad edificada a base de correctos decorados con posibildad de ser intercambiables para cientos de títulos ( caso similar a los palacios del peplum) que una de Bond donde se precisaba una sofisticación y glamour wasp que sólo Hollywood podía permitirse. A fin de cuentas, Bond era - antes que cualquier otra cosa- un gigoló candidato a ocupar el primer centerfold de la revista Playgirl.

El régimen de coproducciones ayudaban a levantar economicamente unos embolados que a base de multiplicarse en pantalla fueron poco a poco puliéndose y, a la larga, dando muestras de gran encanto y sano humor. Sobre todo, Italia y España se volcaron juntas aportando cada cual medios humanos y técnicos en títulos realmente jugosos para connaiseurs. Aparte del fenómeno Bond, la estética plástica de mediados de los sesenta, unido a los nuevos fenómenos de masas como el comic y la televisión serían asimilados con desiguales resultados. Asi el fumetti en manos de un hombre tan dotado como Bava daría una obra maestra como "Diabolik" mientras el más tosco Vivarelli patinaría con su "Satanik", en la misma onda. A medio camino, Fernando Cerchio o el trotamundista Jesus Franco nos entretendrían mucho con sus respectivos heroes enmascarados "Kriminal" y "Lucky, el intrépido".

El afán de vend
er estos productos al mercado norteamericano (amén de crear el engaño al espectador de que lo que iba a ver era una peli yanqui), procuró una actitud deliciosa entre sus responsables. La táctica de los seudónimos llegaría hasta extremos ridículos que dirían mucho de la desfachatez latina a la hora de ganarse las habichuelas. Es particularmente resaltable el caso de muchos actores del peplum que al reciclarse en el spaghetti western también adoptaron nuevos seudónimos, quiza más acordes para pasear por unas praderas bastardas de reminiscencias a Marcial Lafuente Estefanía (Giuliano Gemma fue así Montgomery Wood, por ejemplo). En cuanto a las actrices, logicamente muy requeridas, no obraron tanto como sus compañeros en cuanto al cambio de nombres, tal vez porque los suyos ya habían nacido para el fenómeno B lo suficientemente deformados (ahora se me vendrían a la cabeza dos únicas excepciones -y de dos españolas- la deliciosa Soledad Miranda que fue en el terror "franquista" Susan Korda y la estupenda Nieves Navarro que trocó su auténtico nombre por el más internacional de Susan Scott). En lo que si superaron a los varones (y dicho esto con todos mis respetos, pero este mundo funciona así) fue en veces que debieron acostarse con productores para conseguir algún papelito en cualquier serie B. No voy a señalar con el dedo que hace feo, pero si el backstage hablara...

El tiempo y sus r
elevos generacionales propiciaron que muchas veteranas coincidieran con algunas principiantas en un mismo reparto. Y de resultas, muchas actrices puramente B terminaron su profesión artística rematados los años sesenta mientras las advenedizas se incorporaban con toda la fuerza de sus cortos años (hasta más o menos consolidarse) a las nuevas modas que traerían las pantallas en la década siguiente. Asi tenemos los casos de las eminentemente sixties Giorgia Moll, Marisa Solinas o Graziella Granata que a partir de los setenta abandonarían la profesión (incluso Rosalba Neri, Loredana Nusciak o la Paluzzi apurarían un poco el filón del giallo un lustro más para desaparecer luego por completo), junto a los de las más jóvenes Orchidea de Santis, Femi Benussi y Silvia Dionisio, que aunque debutaban en las postrimerías de la serie B, estaban destinadas por lógica a ser reemplazo de las anteriores, si bien en cometidos pseudo pornográficos típicos del aperturismo.
Y, pese a que nuestro coleccionable se limita a hablar de las bellas made in Italy, sería imperdonable pasar por alto a dos de las más grandes reinas que dio la serie B mediterránea y que curiosamente venían de lejos: me refiero a la maravillosa austríaca Marisa Mell y a la sugestiva inglesa Margaret Lee.
Ambas insustituibles en los años álgidos del cine de géneros.

ROSALBA NERI (1939- )
A pesar de su impactante belleza esta morenaza no dejaba de ser una copia de Rossana Schiaffino, a su vez calco muy malo de la Loren. Sólo que en el caso de la Neri siempre se mostró con respecto a la otra más ajustada en sus papeles y más honesta en cuanto a su dedicación exclusiva a la serie B. La falta de originalidad y los arquetipos eran dos características del cine de sub géneros. Se entiende rápido: al no poder contar con las estrellas más taquilleras del momento, los productores buscaban en sus actores la similitud física con los grandes, en típica maniobra mercantilista.
Rosalba participó en todas las modas y en todas fue una presencia más que agradable. Fue mala en múltiples peplums, bravía en el spaghetti western, nociva y ultra moderna en los seudo Bonds y lo suficientemente gótica en los terrores. Y, por descontado, siempre estuvo muy sensual. El erotómano Jesus Franco la requirió en unas cuantas ocasiones para aderezar sus fetichismos a cuenta de autores como Sax Rohmer o el Divino Marqués, por no hablar de su desmelenada intervención en el comic Lucky el intrépido donde rivalizaba la hembra con otras espléndidas mujeres de la talla de Beba Loncar o Teresa Gimpera o su Lady Frankenstein (la hija del barón Joseph Cotten, siendo precisos) en La figlia di Frankestein (1971), que si bien no la había dirigido tío Jess poco le faltó. En esta revisitación grosera al mito de Shelley, daban pena muchísimas cosas. Principalmente, presenciar la decrepitud de Cotten. El chafarderismo general mandaba y se incluían insertos de sexploitation en exteriores que ni los hubiese filmado Joseph Mawra (que encima querían justificar un carácter supuestamente moralista de la Criatura: literalmente HORRENDA). El único interés estaría en Rosalba, espléndida de malvada viciosa, prorrogando la labor científica de su padre pero añadiéndole sus inquietudes estéticas (ya que a papá le salían tan feos los monstruos, ella crearía a hombres bellos: craso error, pues esto sólo le traía complicaciones. Con lo fácil que hubiese sido montar una agencia de modelos). La morbosidad de los desnudos también afectaron a la morenaza que aquí enseñó mucha carne. El final era tan chapucero que cualquier posible truculencia quedaba empañada por una soberana ridiculización de un mito noble. Sólo con un sentimiento kitsch podría redimirse.
Hubo una ocasión en que la Neri parecía ir a arrebatar a la propia Schiaffino su cetro de aspiranta a La Ciociara 2, pero tan sólo fue una falsa alarma. Porque Io uccido, tu uccidi (1965. Gianni Puccini) ni era un drama ni todo lo contrario, sino un filme de sketches sobre el amor y sus intringulis con demasiados desniveles tonales como para sacar conclusiones al respecto. En cambio, ella estaba muy popolana en aquel segmento titulado Cavalleria rusticana, peleándose con uñas y dientes con la también bravía Franca Polesello por sus machos respectivos, que al final resultaban no serlo tanto (no se podía esperar otra cosa de los esperpénticos Franchi e Ingrassia que acababan juntitos y amartelados, de diseñadores de moda y visitando desfiles como unos Vittorio y Luchino cualquiera).

continua mañana