12 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 37: Las cantantes pop

Tercera parte


CATERINA CASELLI
(1946- )


Para los fanáticos más ortodoxos del pop sixties, la Caselli es una figura muy respetada. Diría más: es reverenciada. Es fácil de comprender. Su yeyeísmo era auténtico. En sus años mozos no se excedió en lo lacrimógeno ni lo grandilocuente de un San Remo, apenas frecuentó la melodía festivalera con orquesta. Prefería en cambio que su vibrante voz fuera acompañada en las instrumentaciones por grupos beat (los amigos de Caterina). Además permaneció siempre en la vanguardia como contumaz animadora de la escena musical nocturna (la nombraron Ragazza dei Paip's, una especie de musa del célebre local romano). Y por si esto fuera poco, encima surgió en una época en la que todo lo jóven era rabiosamente pop (la segunda mitad de la década prodigiosa). Es decir, ya no había cabida para las adulteraciones de ritmos hispanoamericanos (al menos en Italia el boogaloo no llegó a cuajar) en los repertorios de sus chicas. Las urlatrices decidieron entonar. La Caselli se dejó llevar por sonidos más duros, claramente garageros (versionaba con gran desparpajo a los Them, Walker Brothers o The Monkees) o, por el contrario, por la dulce psicodelia que teñía de otoñales estampas neoclasicistas las melodias más íntimas (los arreglos rococós tipo Kinks). Luego estaría su look. Casco dorado aparte, se cuidaba muy mucho de aparecer minifaldera y colorista, acorde a la chica modernista que representaba. Y en una ocasión, para interpretar Las bicicletas blancas (una obra maestra del pop de 3'), hasta decidió probar los arreos de cuero, como una Bardot (Harley Davidson) o Marianne Faithful (La chica de la motocicleta) más. Los resultados fueron notablemente inferiores a sus patrones imitativos pero también muy respetables, dado el alto nivel al que aspiraba.
Edificada pues una imágen y un sonido, el mito Caselli se trasladó al cine donde su modismo se pondría en cambio en tela de juicio por culpa de unos guiones estúpidos y algo mojigatos. Los años parecían pasar en balde para un prototipo de muchachita que se diría eterno, cuya rebeldía justa y necesaria (recordemos que eran los tiempos de Angela Davis y Valerie Solanas, de Modesty Blaise y Pussy Galore, de Jodelle y Pravda, de Saga de Xam y Scarlet Dream, de Diana Rigg y demás amazonas cuyos vestuarios y bandas sonoras se empeltraban divinamente a un pensamiento y una actitud vital) quedaba castrada por las trampas del amor de fotonovela. Caterina era una chica sencilla, aunque fuese siempre una estrella pues se autointerpretaba, una como tantas que se enamora, se desenamora, aspira a encontrar su príncipe azul y si comete el error de hacer peligrar la amistad sincera de otra chica por culpa de las malas mañas de Cupido renuncia sin dudarlo demasiado al novio de aquella, eligiendo siempre el camino de la honestidad. Esto pasaba en Perdono (1966. Ettore Maria Fizzarotti), se lo cantaba a la compañera y al lindo Fabrizio Moroni, que se alejaban en paz dejando a la estrella que viviese su canción: el duro golpe sentimental lo sublimaba con fines profesionales, como método para engrandecerse como artista.
En cuanto al mundo politizado en el que le tocó vivir, ella parecía tenerlo claro en su emblemático Io non protesto, io amo (1967. Ferdinando Baldi). Independientemente de que el título ya lo aclaraba todo, la Caselli daba síntomas de un alarmante confusionismo ideológico. Por un lado, se mostraba apática para opinar de política ante un fan que le preguntaba al respecto. Por otro lado su número musical estrella era una tonada protesta que en realidad no protestaba contra nada específico, perdiendose en una serie de divagaciones a partir de términos abstractos sin que estos condujesen a un tipo de beligerancia contestataria. Nadie duda de que como buena chica, la Caselli estaría horrorizada ante la locura de Vietnam pero antes que eso preferiremos pensar que su posicionamiento era más que nada una pose musical, atañía a un asunto de modas, de estar siempre a la última (la canción protesta devorada por la canción de consumo, por el capitalismo pop, poderoso ogro que ya había echado sus fauces al propio Seeger, lo suficientemente desvirtuado por la Pavone con su Martello. Pero también otro tanto ocurriría con la célebre Guantanamera, al principio un canto a lo rural de honda crítica en su letra que sería banalizado para hacerlo universal, transformándose en lo que todos conocemos: la quintaesencia de una orquestina de verbena).
De las ocho películas en las que intervino la rubia en no todas gozaría del rango de estrella principal. Curiosamente el mejor documento para acercarse a lo que fue el fenómeno ye yé italiano y, por extensión, al mito Caselli será una en la que su cometido es circunstancial. La ragazza del Paip's (1967. Oscar de Fina). Pasando por encima de su espantoso argumento o de la ñoñez del "quiero y no puedo" de unos jóvenes que hacen ruido pero que éste no sirve para cambiar una sociedad sino que se va con el viento (que ya es mucho pasar) arrebatan las intervenciones de estrellas discográficas de la talla de Don Backy (del clan Celentano) y unos cuantos grupos beat con sus repertorios beatleianos y souleros. La Caselli brilla a la altura con un par de shakes de infalible impacto mientras que la enorme sorpresa de ver a un Nicola di Bari más cercano a la melodía ye yé que a la balada que nos hizo odiarlo tanto nos obliga a replantearnos unas cuantas cosas en torno a este gafudo de la canzone más llorica. El filme es pues el Megatón ye yé de los italianos. Y pese a que nos guste titularla así, pues daría a entender que es un homenaje a la reina del local, habría que recordar que La ragazza del Paip's iba entre paréntesis. Se titulaba L'inmensitá (una canción solemne de Backy) con lo cual quedaría aclarado quien era en realidad el protagonista de la tontería sentimental hecha pop.

RAFFAELLA CARRA (1943- )
La Carrá cae a todo el mundo muy bien. Yo no voy a ser menos, es tan simpática... Siempre jugando al despiste linguistico en sus trabajos de presentadora cuando viene a nuestro pais. Luego está el tema de su alucinante conservación física (más cuerpo que rostro, claro es). Y esa representatividad tan incólume entre los colectivos gays de los paises en los que ha triunfado. Pero si a la larga lo analizamos en frio, la Carrá es un inexplicable caso de longevidad artística partiendo de un repertorio musical de aplastante mediocridad. Y es que no pudo acontecer más que en los años setenta, la década hortera por excelencia. Asi se entiende. Y los que "entienden" son tan vulgares como una rumba de la rubia acogida a la fiebre de la música italo disco. Esos gays de espanto que auparon a la Naranjo y hoy ya ni se acuerdan de ella, que abarrotan las macrodiscotecas de la Ibiza más rosa porque... no es que no tengan mayores expectativas culturales en cuanto a visitas a templos, es que aunque pretendieran acceder a los palacios de Visconti jamás se les permitiría el paso (ni para fregar escaleras). Otra diva de renombre como fue Dalida (que también asimiló los ritmos discoteque cuando le pegó aquella urticaria) merecería mayores honores que esta entrañable Carrá de nuestra infancia.
Otra cosa es su capacidad de lucha. Que el comienzo en el mundo de la televisión (principios de los setenta) cerrase una filmografía de más de veinte títulos no deja de ser paradigmático del sentido del espectáculo que tiene la jabata. El trabajo constante, la abnegación, perseverancia y perspicacia para estar siempre donde el viento sopla, merecerían por si mismos un respeto, se mire donde se mire. No obstante, el cine a ella no le ha aportado nada. Ni ella aportó nada al cine.
Ni siquiera sus fans más histéricos (no hablo de los italianos) saben que existió su estrella en un título emblemático del compromiso político: Lunga notte del '43 (1960. Florestano Vancini). Y, sin embargo, allí figuraba la moza, con diecisiete años, llorando como una descosida porque se llevaban a su querido en un furgón los de la Gestapo. Todo fue muy fugaz. La película era de Belinda Lee, completamente desdragizada, acorde a tanto realismo de nueva hornada. También pasó por un internado de señoritas, donde coincidió con Virna Lisi, que hizo más carrera en cine que ella (5 marines per 100 ragazze). Y ahora que lo pienso, bien pudimos haberla incluido en alguno de los previos cromos dedicados a las petardas del peplum. Pero no fue asi porque en casi ninguno de los seis en los que figuraba tenía demasiado protagonismo. Por ejemplo, en Maciste nella terra dei ciclopi (1961. Antonio Leonviola) ni era Chelo Alonso ni la rubia buena. Costaba trabajo adivinar cual fue su cometido real. Por un momento hasta dudamos si no estaría metida dentro del león de peluche que estrangulaba Gordon Mitchell. Por no ser, no era ni la Carrá aún: era Raffaella Pelloni.
Su papel más importante y el único por el que se complace opinar fue el de Von Ryan's Express (1965. Mark Robson) y eso porque trabajó junto a Frank Sinatra. De todas formas, la película era muy mediocre (una de guerra ambientada en Pescara). Es de suponer que Sinatra le tiraría los tejos pasado de whisky y la cosa no iría a mayores porque la Carrá ya bebería los vientos por su Japino. En cambio yo, como las de guerra me aburren soberanamente, prefiero recordarla de putita fina (casi parecía un maniquí de Balmain) en La Celestina P...R... (1965. Carlo Lizzani) donde se llamaba Bruna (y lo era) y tenía sus más y sus menos con la alcahueta del fascio Assia Noris.

continua mañana