11 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 36: Las cantantes pop
Segunda parte

RITA PAVONE
(1945- )


El mito Pavone siempre me ha parecido un irresistible caso de transformismo no exento de retorcidas connotaciones eróticas. El disfraz de esta turinesa fue marca de fábrica desde el mismo momento en que surgió en el mundo del espectáculo (principios de los sesenta). Sus promotores la vendieron como una adolescente de no más de trece años, cuando en realidad ella ya llegaba a los dieciocho. Tal engañifa, muy resultona dadas las características físicas de la chavala ( retaca y delgadita), llevaría implícito un morbo de naturaleza pedófila, tanto o más acentuado por el hecho de que en sus canciones la niña-mujer se erigía como portavoz doliente de las víctimas del primer amor en tonos tan apasionados que diríase, en asuntos de alcoba, pretender arrebatarle el puesto a la misma Mina (mujer ya hecha, de erotismo diáfano, legal). Su tendencia al transformismo se exacervó en sus películas de los años sesenta. En especial, llegaba a rozar la ridiculez en una de título La zanzara (1966. Lina Wertmüller) en la que osó caracterizarse de variados astros y estrellas del Hollywood clásico so pretexto de alcanzar el amor de su profesor del internado. Asi la vimos de Marilyn en Con faldas y a lo loco, de Carmen Miranda, de Charlot, ¡de la propia Mina! (algo que ya hizo en presencia de la Mazzini en su Sabato sera) y, si mal no recuerdo, de algo similar a una Sylvie post accidente con extraños reflejos faithfullianos. La tremenda simpatía, el reconocido carisma, la corta edad (en apariencia) de la pecosa cantante la salvaban de la hoguera de los imitadores burdos quedando en travesura de la inmadurez. Pero por encima de ello debería prevalecer la teoría de que su sino era un gran engaño acogible a dobles lecturas. Esto ya lo apuntó en su momento Umberto Eco en su seminal Apocalípticos e integrados. Particularmente, me atrevería a ir más lejos que el autor en tanto a que se limitaba a esbozar un análisis reduccionista del caso. Su punto de vista heterosexual delimitaba la transgresión de la muchachita poco más que a una digerible insinuación pedófila para la masa madura que se veía inquieta por unas cotidianas medias blancas de colegiala. En realidad, la Pavone jugaba no sólo a vestirse de mujer fatal o de alumna de internado Allasio. Se pasó un buen trecho de carrera haciendo de golfillo. Pelo corto, pantalones de chico, ademanes agresivos... El semiótico se saltaría ese detalle de involuntaria -o no- homofilia. El cúlmen de todo lo dio en Rita nel West donde se atrevía a pasearse por los paisajes almerienses con pistola al cinto, andares de cowboy, mientras se batía el cobre con los más insignes Ringos del spaghetti (especialmente turbador era ver las miradas de inquietud que le lanzaba Terence Hill al chavalillo Rita en flechazos de cantina). A fin de cuentas, no era más alto Alan Ladd.
Por lo demás, Eco acertó al calificarla como la gran difusora de la adolescencia entendida como espectáculo de masas. Y en esto fue arrolladora. La tempestad glandular en la Pavone tuvo algo de terremoto caótico. Asi en su película de debut Rita, la figlia americana se presentaba ante su padre adoptivo (el genial Totó que había solicitado la acogida de una niña pobre de allende los mares) como una víctima del terremoto de 1949. No dudamos en que el epicentro tuvo que ser la propia Rita, capaz de transformar un baile de corrillo infantil en un frenético twist para todos los públicos. En ese sentido, superaba en precocidad a la France Gall de la tonada de parvulario (Sacre charlemagne) que quedaría de melindrosa en comparación (gracias a Gainsbourg, la Gall pudo acceder a la enciclopedia del erotismo, aunque en cursivas y letra pequeña). Lo que refuerza mi teoría de que una lolita francesa no tendrá nada que hacer frente a una adolescente italiana mala de los nervios. La Pavone, atenta -al parecer- a un Hollywood plagado de personajes precoces, bien pudo asimilar las evoluciones multidisciplinares del niño Mickey Rooney (que al final tampoco fue tan niño pero que lo pareció durante mucho tiempo por culpa de su corta estatura) y como aquel, arrancó el aplauso (y hasta las lágrimas) de toda la familia de espectadores cuando lo mismo recitaba que bailaba que aporreaba un piano o tocaba la trompeta (ambos criajos además se tomaron a guasa el mito Carmen Miranda en sendos filmes).
Pero volviendo al tema de su ambivalencia sexual, recuerdo ahora una de mis conversaciones menos beligerantes del año pasado con el ex lector Zurdesco en la que apuntaba éste similitudes físicas entre la italiana y el juvenil Paco Pastor (lider de Formula V). Si enfrentamos a los dos artistas en fotos de época veremos que esto es rigurosamente cierto. Más discutible sería la teoría que a partir de ahí el Zurdo desarrollaba, en cuanto que Marini Callejo (talent scout de Brincos y Formulas, nombre fundamental en el pop español de los sesenta y bollera reconocida) en realidad habría buscado en el dinámico y pecoso Paco, modelándolo y mimándolo a su antojo, una respuesta física de Rita, al parecer amor platónico.
La Pavone chico-chica era lógico que no exacerbara estas malicias. Con su "anomalía" ya tenía bastante. Asi en su filmografía el argumento siempre gira en torno al amor verdadero pero no correspondido y que finalmente puede ser. En el ínterin, canciones y bailes amenizan hora y media de agradable pasatiempo.
En Rita, la figlia americana (1965. Piero Vivarelli) con la ayuda de su padre adoptivo (el antes mentado Totó) conseguirá levantar un local de ambiente -se entiende que musical- (donde las estrellas siempre son los maravillosos The Rokes) amenazado de cierre por impago. Ella canta Cuore y Stasera con te que son baladones impresionantes pero que no bastan en un principio para convencer al viejo cómico de que aporte algo de su dinero para el mantenimiento del local. Al final, Toto se hará ye yé (con su numerito grotesco correspondiente. El no es carcundia, siempre será preferible al Paco Martinez Soria de Hay que educar a papá y su moralina execrable. El príncipe de la risa hubiera aqui hecho buenas migas mejor con la Mary Santpere más seudo moderna de La viudita ye yé) y todo acabará bien. En La zanzara sigue el amor. Ahora por el profesor gafudo que interpreta de manera alucinante el siempre desprejuiciado Giancarlo Giannini (claro, dirigía su querida Wertmüller). Película mala donde las haya, hoy en día resulta muy divertida, con el aporte adicional de uno de los repertorios más beat de la pecosilla. Sin embargo las cintas de la estrellita adolecen de una precariedad de medios que las reducirían nada más que a testimonios localistas de un fenómeno musical pasajero. Salvo Rita nel west (1967. Ferdinando Baldi) con su cinemascope y una esforzada coreografía de inspiración country (pese a tanto lujo, los resultados no eran para tirar cohetes en nombre de Terpsícore. Su eficacia dependería de la distancia que separaría a Don Lurio de Agnes De Mille). Lucio Dalla y Teddy Reno tenían sus papeles (el primero rivalizando en roña con el siempre mugroso Fernando Sancho) y sus canciones a duo con la muchachita (casi una Calamity Teen). Y La Feldmarescialla (1967) era la típica bufonada de Steno a costa de las perrerías de los nazis en el período de la ocupación. Aunque la Pavone empezaba de cantinera con faldas nadie dudó en su momento que acabaría vistiendo uniforme de la Gestapo y montada en algún tanque les devolvería las canalladas a los malos (eso sí: con mucho humor e ingenuidad). Efectivamente. Cumplió las expectativas a manos llenas. Particularmente me quedo con el agradable número Camminando sotto la pioggia, cancioncilla cercana al soft rock que mejoraba con su belleza melódica una coreografía pobretona y alicaída.

GIGLIOLA CINQUETTI
(1947- )

Pese a que la primera aparición cinematográfica de la estupenda Gigliola data de 1964 (año de su éxito en el Festival de San Remo e inmediatamente en el de Eurovision con Non ho l'etá) no será hasta 1966 cuando en verdad arranque (y remate) con la coproducción hispano italiana de Miguel Iglesias Dio come ti amo!. Ese fue su único vehículo estelar, haciendo de si misma, aportando unas cualidades si no interpretativas si de comunicación con el espectador realmente sorprendentes. Y es que hablar de la Cinquetti parece sugerirnos de antemano toda la tenue cursilería de una edad del pavo plagadita de indecisiones, a la gentil damita abocada al azoramiento al enfrentarse al juego del amor tal como enseñaban las fotonovelas románticas o la publicación Florita (todo un cántico a la sumisión de la futura mujer de clase media). Su lema (No tengo edad) que fue su himno y su estigma en nada favoreció que el público conociese a esa otra Gigliola que había en ella, en absoluto mosquita muerta, dinámica a la velocidad de su Barbablú (esto es: sin los excesos de la primera Mina ni el revoltijo de la Pavone menstrual), deportiva y muy simpática. En Dio come ti amo (que por fortuna no es un dramón a la Modugno, como bien pudiera parecernos en un primer momento) se presenta como una aventajada nadadora de instituto, que salva de ahogarse a su compañera española. En agradecimiento, la amiga le invita a pasar unos días en nuestro pais donde conocerá a sus amigos (entre ellos, el guapo Mark Damon) y esos paisajes que sólo la España del desarrollo económico podía mostrar en todo su esplendor bizarro. Asi visitarán una feria de muestras que es una exaltación vergonzosa de las bondades folcloristas de cada región en una premonición a escala menor de las espantosas Expos de los demócratas. Y Gigliola baila lo que le echen o se asombra ante la jota aragonesa o pincha pulpo ó caldeiro al tener buen diente. Y la tuna pasa y ella hace que canturrea Clavelitos. Y de noche van a un sitio moderno y Gigliola tiene edad para entrar allí, se toma una Coca Cola y baila el twist que enamora. Flirtea con Damon lo justito (es el novio de su amiga) y al final abandona el país con gran desazón (su balada super sentida lo explica todo) con el compromiso pactado de que la gente que deja en España la visiten luego a ella en Italia. Esa segunda parte ya es más flojita: un convencional entramado familiar a la italiana que no aporta algo más que no sea la insólita belleza del hermanito de la artista (¡nada menos que Antonio Mayans antes de conocer a Jess Franco!) y la sofisticación de Trini Alonso (haciendo méritos para ser la nueva Tia Mame a bordo del barco que los lleva). El último tercio del filme gana en interés al transformarse aquello en un cuento de hadas al más puro estilo Vacaciones en Roma, con Gigliola de Audrey en un baile bien regio (en realidad la típica fiesta de puesta de largo que nos contaban tantas veces en el tebeo Claro de luna sólo que añadiéndole unos toques del Gotha: la chica es de familia con título). A lo largo del metraje se apelotonaron canciones de un repertorio más que correcto que abarcaba muchas de sus grabaciones de 1965 con el plato fuerte de la titular, de gran tensión dramática. Me quedo con la sencilla y hermosísima Caro come te, que le dedicaba con toda la justicia del mundo a su hechizado Mark.
La Cinquetti después de aquel sarao con besito final se retiró del cine definitivamente concentrándose en el mundo de la canción, creciéndose en una carrera muy duradera y provechosa. Pese a que el final de su experiencia con las cámaras tuviese ese sabor agridulce, en el fondo guardaba una lógica aplastante: correspondería por entero a la esencia irreal con que fue creada, tan irreal como el mito de la Cenicienta (y sus campanadas de la desilusión) al que ella se acogió en la secuencia citada del baile aquel.

continua mañana