10 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 35: Las cantantes pop

Primera parte

Las estrellas de la canción pop
ular italiana siempre han estado presentes en su cine. Tal vez esta presencia fuera más contundente o más acusada en su caso (puesto que en calidades se iba parejo) que en el de nuestras figuras nacionales (por poner un simil de país medianamente afín). Si en los sesenta un buen número de divas y divos ye yés contaban con su vehículo de lucimiento cinematográfico, en España se restringió a unos pocos, los cuales abarcarían un limitado espectro, en el que se incluirían el filón de las niñas prodigio, el lacrimógeno Raphael y los consabidos cameos de grupos beat en contadas celebraciones guateque. Casos como Bruno Lomas, Serrat o Julio Iglesias no llegarían a cuajar, debiendo el cine musical español de permanecer dentro de su alarmante mediocridad claudicando a los últimos estertores de la copla o la incipiente rumba pop (donde Peret brilló por derechos propios). En Italia asombra ver la cantidad de idolillos con filmografía relativamente extensa (Morandi, Little Tony, Caselli...). Lo cual no es óbice para resaltar el pobre trato (o tal vez habría que decir mejor: gracias a su profundo respeto) que se les dispensó a los figurones de la ópera, que apenas frecuentaron el medio (hubiese sido delicioso ver a las eximias Galli Curci o Nelli Melba defender sus papeles en Rigoletto o Hamlet respectivamente, desde las cuevas del mudo. Quiza por su propia desconfianza hacia el cinematógrafo -pues dotes teatreras tenían de sobra- empezando por que su voz no se iba a escuchar jamás, las divas no dieron el gran paso, dejando a las actrices muette como la Bertini el privilegio de ser Toscas por un día). Sólo en los años cuarenta el estupendo Beniamino Gigli se atrevería a trasladar sus éxitos en La Fenice hasta los cines sabiendo que aquello le prestaría una enorme difusión popular (productoras como la Lux o la Titanus se entregarían en masa hasta bien entrados los años cincuenta a una copiosa producción de filmes biográficos de los más grandes compositores del género lírico, amén de historiar sin reparar en tedios todo el catálogo Ricordi). Y aún asi, Gigli sería una excepción (con Mario Lanza triunfando temporalmente en Hollywood y la Callas y la Tebaldi de bestias de pascolcenico), los productores decidieron utilizar en sus cine-óperas a actores no cantantes debiendo ser doblados por los profesionales de rigor (recordemos a la Loren de Aida ¡con la voz de Renata!).

En los años cincuenta sobre todo, cuando el apogeo de la ópera entra en una precipitada crisis, en tanto que se ca
rgan las programaciones de los teatros con éxitos del ayer (sólo la irrupción de figuras impresionantes de la dirección como Visconti o Zefirelli, amén de la renovación general del divismo: Callas, Corelli, Tebaldi, Barbieri parecían capaces de seguir asombrando a los pobres mortales adictos a lo sublime), aparecen los festivales de la canción ligera, con San Remo a la cabeza. Una pléyade de compositores se ponen a confeccionar cancioncillas que recuperan parte del acervo popular (aires napolitanos, cantos montañeses, melodias de organillo) e incorporan las últimas modas de importación (el foxtrot y el bolero, básicamente) para la gente llana y sencilla que no suele frecuentar los palacios de la música y sí de vez en cuando se puede gastar sus liras en un microsurco a 45 RPM. El mercado discográfico encuentra en lo ligero (pero con el peso pesado de una voz impostada que sin ser operística, deja soñar al populacho con lo inmenso que estaría el Villa de turno aferrado a un Puccini de fácil digestión) un verdadero maná y, a partir de ahí, se edifica un star system melómano, en donde sus integrantes gozarán de su consabida mitificación y representatividad en un colectivo anhelante de divos con los pies pegados al terruño. Sin perder nunca el buen gusto, tendentes a lo relamido y a lo histriónico (pero no a lo Celentano, sino desde cierto estatismo heredero aún del bel canto, como apuntaba antes) supieron ganar el corazón de su audiencia, gracias a aquel Festival y, en menor medida, por sus apariciones en un cine, a la fuerza, muy de puertas adentro. Los nombres de Nilla Pizzi, Tina de Mola, Miranda Martino o Jula de Palma entre ellas o Claudio Villa y Aurelio Ferro entre ellos, conforman el panorama musical previo a la irrupción de los desaforados teddy boys (con el citado Celentano, a la cabeza) que dispondrán de una fugaz carrera delante de las cámaras y que servirá al menos de tarjeta postal en movimiento que refleje las bondades de un folclore a punto de fenecer por culpa de la invasión de los ritmos endiablados del rey Elvis. Triunfa el urlatorismo que, curiosamente, se prolongará- ya muy disfrazado- hasta bien entrados los años sesenta y que será recogido por Mina, máxima figura pop de la siguiente generación, si bien la estrella lo abandonará en pos de una maduración tan admirable como necesaria. Es un confusionismo que sólo el tiempo resolverá, como tantas cosas.
Así pues, con la perspectiva del tempus fugit, ¿dónde han ido a parar los encantadores ecos de Katina Ranieri (Canzone da due soldi) o de Mimo (Volare, por ejemplo), si los grititos primeros de la tigresa y copionas, más dign
as de reediciones y nostálgicas reintreés, ya casi nadie los recuerda?. ¿Dónde ha ido a parar el urlatorismo en un Festival de San Remo 2007 en el que se antepone lo sofisticado: Neffa?.
Las grandes rivales de la Mina sesent
era también probaron el cine con pésimos resultados. Ni Milva ni Ornella ni Patty, ni siquiera la grandiosa Maria Monti lograrían trascender en la gran pantalla debiendo de desarrollar su talento interpretativo en el teatro, a menudo revolucionario, del momento. A medio camino entre el kabaret y los des-montajes de obras clásicas, las nuevas divas se pusieron moradas de contestazione, apoyándose curiosamente en repertorios añejos pero ampliamente politizados (el cantabile como manifestación de una colectividad). Recordemos los Bella Ciaos de Milva, el "Ci canta, ci raggiona" de Dario Fo, el trabajo de la Monti para el actor-director Paolo Poli y las caretas trágicas de una Vanoni para el Piccolo olvidados ya sus deslices péplicos, de primera juventud.

MINA
(1940- )
"Qual é il mio rapporto con il cinema? Boh? Chi lo sa? Cosa volete che vi dica, ho fatto tredici film. Ma se qualcuno mi chiedesse quali vorrei buttare, non avrei dubbi: tutti e tredici!".
La Mina

La sabia artista no lo pudo decir en su día más claro. Es verdad que otras fueron más malgastadas que ella. Pero siendo la más grande bien pudieron aprovecharla con mayor sentido de la responsabilidad. Asi que el imperio de la Mina visual en los sesenta se concentra casi en exclusiva en el medio televisivo, con sus shows de sábado noche de enorme entertainer (sus Milleluci de principios de los setenta despiertan el asombro más absoluto revisados en la actualidad. Una mariquita italiana con pluma de faisán -si era auténtica de verdad y no una imitación- debería morir de un infarto y dando las gracias ante toda la emoción queer que desplegaron en aquellos especiales Mina y la Carrá). Y luego el adios a las luces y los focos. Si pensamos que su última aparición en una película fue en calidad de drag en una revisión en onda infantil del mito de Aladino para lucimiento exclusivo de Morandi (Per amore... per magia. 1967), entonces sus fieles más honestos convendrán conmigo que no hubo retiro mejor dispuesto.

Pero Mina está por encima de un cine mediocre. Y, huelga decir, que el pretender rivalizar con la Magnani estaba fuera de sus inquietudes básicas. En cambio, su papel en la gran pantalla trasciende el mal fario de un número 13. Mina está en el espíritu, en la esencia del italiano y, por extensión, de buena parte del cine de ese pais. Aunque físicamente no aparezca, en cambio su voz sí que lo hace (su voz y los sentimientos y emociones que transmite con sus canciones) en numerosas películas que la utilizaron como sonido incidental (a través de un disco en un pick up o en una gramola, desde una radio encendida o incluida en el propio score).
No es momento de desentrañar todas las bondades de esta inmensidad o fuerza de la naturaleza. Bien es cierto, que en otras ocasiones nos acercamos a ella desde aspectos concretos de su biografía, aunque nunca hasta hoy habíamos reparado en sus trece fatídicas películas. Al menos los primeros títulos presentan un añadido irresistible. No importa que careciesen de argumento, de coherencia estilística y narrativa, de guionistas competentes. Lo que debería embelesarnos aún hoy es la ambientación de una época que algunos continuamos añorando, a pesar de no haber nacido ni entonces ni allí. Es un documento sociológico de toda una Italia que ansiaba ser moderna, con el poderío de una juventud norteamericanizada pero que, por paradojas de una idiosincrasia única, prevalecía en ella el sentido de una tradición inequivocamente mediterranea, latinizante, aquella en la que el griterío popular se unía a la estridencia de las primeras guitarras eléctricas de importación. Urlatori alla sbarra (1959. Lucio Fulci) es paradigmática en este aspecto. El grupito de jóvenes que se agrupan en el local de ensayos para rockanrolear a su gusto deberá desmentir ante la generación de sus padres su condición de delincuentes juveniles (teddy boys) en tanto que no por vibrar con los ritmos dislocados o portar blue jeans van a ser elementos nocivos de una sociedad aún adicta a la vieja tradición belcantista. El término urlatori se confunde pues con lo novedoso de Norteamerica y así surge el rock mediterraneo. Celentano luce un corte de pelo que da a entender que rodaba en las pausas de una mili a la Elvis, la Mina en su juventud insólitamente garrida (una chica muy guapa, por cierto), nos inquieta embutida en unos vaqueros que voluminizan sus extremidades como Marilyn en su experiencia country en River without return, el chistoso de turno se emborracha de fetichismos arropándose con una ceñida chupa de cuero y visera ad hoc (el tipo responde al apelativo de Brando), de pronto la fugaz Brunetta prende una velita en la hornacina de Louis Armstrong para acto seguido ser animados por Joe Sentieri (rubito como un Troy Donahue, belleza pizpireta que en realidad anticipa a mi querido Bruno Filippini) a salir todos a galope de Lambrettas... para realizar buenas acciones.

Muchos fans reniegan de esta etapa de la tigresa. Sin embargo, toda ella está ahí ya. La estupenda vocalista del swing, el repertorio sudamericano, la balada trágica... Y aún por encima, el desenfreno de una generación que en nada tenían que envidiar a los futuros punks del 77. En cualquier caso, en aquella Mina no cabría jamás el lema del no future porque el futuro le pertenecía por entero. Es curioso que siendo la gran diva popular italiana del siglo XX haya surgido tan tarde con respecto a otras imponentes damas foráneas. Se la compara con la Piaf, pero la Piaf pertenece a otro mundo, a otra tristeza, a otra película. Se la asimila con la Garland, pero no me cuadra tampoco. ¿La Amalia fadista?. Uhmm. Encima si hemos de borrar sus primeros años, como querrían algunos exégetas y empezar a contar a partir de que dejó el dichosito twist a un lado y se hundió en las simas del slow, los mediums y sus crescendos ni siquiera coincidiría en fechas con otra de grandeza indiscutible: la Jurado. Para mí, Mina es más bien como la Streisand en Estados Unidos. Sin parecerse demasiado, sus carreras son tan complejas que en muchos puntos parecen coincidentes y equiparables. Verla en televisiones, con sus especiales en blanco y negro tienen algo de los momentos de la judía de la época de My name is Barbra, Color me Barbra y A happening in Central park. Unas divas tardías. Y las últimas divas. Las que bebieron enormemente del universo catódico.
Volviendo a este viejo título de juventudes a la intemperie, resulta alucinante la aparición de un Chet Baker en estados febriles metido en una bañera, cual bajón de caballo pero aún con ganas de salir de picnic para entonar en inglés un gran clásico del íntimo Bindi (Arrivederci). Y Bindi también aparece en la cinta bajo el seudónimo de Agony, acariciando las teclas de un piano en duermevela, pertrechado en gafas negras como si fuese Ray Charles con más lados oscuros de lo politicamente establecido y con todo el truco del drama sobre sí. Es ese instante gayesco que da paso al no menos homo número de Gianni Meccia cantando con afectado afeminamiento a un soldado delicado. Y, finalmente, la gran clase de Mina interpretando un canto báquico con inequívoco acento jazzy (Whisky) que deja ebrio al espectador.

En Io bacio, tu baci (1961. Piero Vivarelli) el argumento vuelve a ser una excusa para que retorne la pandilla de revoltosos a desgranar sus últimos éxitos del juke box. La incorporación de estelaridades de la casta de Tony Dallara o Peppino di Capri cargan de energía al coleccionista de viejos vinilos, pues sabe que aquello es rareza, que no es fácil deleitarse con las actuaciones de determinadas luminarias poco fotogénicas en sus años de mayor renombre, lo suficientemente feas como para que nunca figurasen de primeros de reparto (a los anteriores habría que añadir a otro gafudo, el esencial Jimmy Fontana, cuando era muy crooner). Y la gran clase de Mina salía a flote una vez más en dos números extraordinarios: Passione (la coreografía más cuidada del filme) y Il cielo in una stanza (la sola melodía engrandecía la planificación de un número por lo demás visualmente muy austero).
Hubo algún título en el que Mina no era una simple comparsa con oportunidad de lucimiento, así su papel de novieta antimusical (sólo en apariencia) en Fuori la guardia. Pero donde más la situaban los productores era como cameo de primera categoria. En Appuntamento in Riviera (1962. Mario Mattoli) su papel es delicioso. Ella hace otra vez de si misma, pero no la vemos hasta el último tercio. Trátase de un filme en honor de la jóven revelación Tony Renis que como ídolo pop deberá apechugar con las consecuencias de su recientemente ganada categoría de personaje para consumir. Los de las casas disqueras le planifican viajes que le apartan de sus seres queridos, le obligan a participar en montajes falsos, uno con Mina de implicada (se anunciará a bombo y platillo su boda con la cantante). A partir de ahí los celos de Graziella Granata, su novieta tan de origen humilde como el propio Tony, generarán unos embrollos muy simplones pero efectivos de cara a agradar al público para el que iba destinado este producto pop. Encima, Vittorio Storaro ya fotografiaba los colorines de una manera sugestiva, la Riviera era la Riviera más que nunca y Renis lucía muy guapito, contando además con una voz cálida y susurrante que lo hacían diferente al resto de desaforados de su quinta. Por descontado que Mina se llevaba lo mejor del pastel. Particularmente inolvidable su interpretación de Renato (¡Maestro... Renato !). Y por lo extravagante, el final con ella vestida de novia loca, esos ojos enormes que ya parecían querer salírsele de las órbitas (de nuevo veríamos en la estrella una premonición de las fantásticas excentricidades de la megalómana Streisand a la altura de Hello Dolly o Funny Girl). El resto pertenece a un mundo extra- cinematográfico. El suyo.

continua mañana

10 comentarios:

filomeno2006 dijo...
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maciste II dijo...

Gracias por el recorte. Y la fidelidad.

filomeno2006 dijo...
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maciste II dijo...

Pronto.La domenica o lunedi. Pero aviso que me regiré por el escueto credo de Peppino di Capri: "Solo due righe".

filomeno2006 dijo...

Orchidea de Santis incarnava il mito della donna bellissima ma raggiungibile, della donna che potevi incontrare per strada o avere per collega d´ufficio. Orchidea de Santis era un sogno erotico rassicurante, in sintonia con i personaggi che portava sul grande schermo.....(Gordiano Lupi dixit en "Sexy Made in Italy", pag. 37)

filomeno2006 dijo...
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maciste II dijo...

El glamour en el cine desapareció hace tantos años... que ya ni me atrevo a ponerle fechas concretas a su fallecimiento.Supongo que algo se perdió aquel dia de verano en que murió Marilyn. Yo creo que ni había nacido tu Orchidea cuando ya se había ido a tomar viento la sublime falsedad del siglo XX. Me parece que los imposibles sixties /los horrendos seventies y el fin de la política de estudios en Hollywood lo mataron bien matado, sobre todo este último aspecto(el pop art lo recicló a su manera, bien es verdad. Lo que hizo Warhol con un bote de sopa...uff).

filomeno2006 dijo...

No desearás al vecino del quinto, éxito en la España desarrollista de López Rodó y en el Portugal caetanista (O delicadinho do quinto)............En la Italia democristiana.....¿Pasó sin pena ni gloria?

maciste II dijo...

No, no. Alvaro Vitali (que fue al principio payasito para Fellini) lo recogería todo en sus Jaimitos. Italia-Ezpaña, tanto monta...

España no ha cambiado demasiado en cuestión de vulgaridades. Vean si no al Chiquilicuatre rompiendo marcadores en este último PASAPORTE A DUBLIN.

filomeno2006 dijo...
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