17 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 34: LAS PETARDAS DEL PEPLUM

Segunda parte

SCILLA GABEL (1938- )
Scilla fue al principio de su carrera una pobre víctima de su físico. Sus semejanzas con la Loren menos refinada ayudaron a crearle una promoción. Y esa anomalía- en tanto que despersonalización- sustentó su punto de interés de manera exclusiva. A la larga se vio que Scilla carecía de un carisma, de un talento potente no ya sólo para rivalizar con la original sino tan sólo para apartarse del rebaño de opíparas que en los setenta formarían el burdel más pedestre del cine italiano (visto que su carrera dio por concluida a finales de los años sesenta, el culto que mantiene en Internet, basado todo en sus picardías fotográficas en pelota picada a posteriori no deja de asombrarme. Hay mucha loca sujeta en la red, será eso).
Auténticas y copias. Originales y dobles. Ella misma al principio de todo dobló en determinadas secuencias a Sophia al menos en un par de ocasiones. El caso es que aquello le abrió el camino, introduciéndose con discreción en filmes de allende las fronteras. Asi se la vio en una buena aventura de Tarzán al lado del no menos bueno Gordon Scott. La gran aventura de Tarzán (1959. John Guillermin) se beneficiaba, como el resto de las de la serie con este actor, del empleo del color, de los escenarios naturales (¡y africanos, al fin!) y de un buen ritmo en la acción. Scilla no coincidía con el heroe desnudo pero a cambio compartiría planos con un incipiente Sean Connery, en un papel de malo. De hecho estaba integrada en el equipo de exploradores (canallescos por definición) que buscaban una mina de diamantes. La Gabel sabía (o parecía saber) donde se hallaba el tesoro pero las típicas luchas entre ellos dificultaban que consiguiesen más que fango y ruina (la aventurera moría de manera atroz: cayendo en una trampa para fieras y siendo atravesada por numerosas lanzas).
Su cuerpo era esbelto y nada explosivo, en cambio su rostro era un pecado en si mismo: facciones endurecidas, ojos felinos, boca steeleiana. Parecía idónea tanto para el terror como para el peplum. Y ambos eran géneros que estaban muy de moda de aquella en su pais. También, al parecer, lo estaba la Rusia zarista y las cosas de Tolstoi (Guerra y Paz, de Vidor: rodada en Italia unos años antes) porque la chica pescó un papel en la adaptación de la novela del ruso sobre Agi Murad (El diablo blanco). Dirigía Ricardo Freda, asi que hubo buenos momentos visuales (una fotografía y ambientación más que correctas). Fue todo un éxito, no en vano contaban con Steve Reeves como el heroe titular. Y Reeves de aquella vivía su momento más dulce en cuanto a popularidad en taquillas. Sin embargo a la larga el filme es de los menos conocidos, tal vez por alejarse de la Antiguedad clásica (amén de ser de los pocos en el que el semidios aparece tapadísimo). La Gabel debía rivalizar en su rubiez con la morena Giorgia Moll, un ensueño de mujer. Pero en cambio contó con armas suplementarias del estilo de joyeríos aparentes y vestidos de telas buenas y con generosos escotes, consecuencia de encarnar a toda una princesa muy carnal (y un poco cuellilarga). Y, aunque al principio se la veía orgullosa y prepotente, pronto se derritió ante un Diablo blanco, ideologicamente rival, pero que llegaba a la corte malherido y con cuatro harapos (estrategicamente mal puestos) pidiendo auxilio. Y, ay amiga, ante eso... no hay pueblo bárbaro que no pueda ser tratado con diplomacia y, por encima de todo, cortesía (de cortesana).
En Venere dei pirati (1960) logró no marearse en alta mar. Y eso que iba rodeada de piratas sáficas (la Canale vs. Moira Orfei). Il mulino delle donne di pietra (1960. Giorgio Ferroni) contenía las dosis suficientes de truculencia como para que la morbosa belleza de Scilla impactase aún más (y desde coordenadas diferentes) al espectador. Inspirándose tanto en Los crímenes del museo de cera (1953. André de Toth) como en el ciclo Poe ( los experimentos que sobre este escritor estaba llevando a cabo Roger Corman), se añadieron rasgos autóctonos con gran dignidad, sobre todo en lo que atañe a la atmósfera, sentido del drama y recreación de época. Y es que la escuela terrorífica italiana estaba en su punto de máxima inspiración. Cabría señalar además que fue una de las primeras veces que se empleó el color para fotografiar lo macabro. Sin duda, la Hammer Films estaba dictando algunas normas al respecto. Pero en grosso modo, era puritito estilo mediterráneo.
El cine de romanos en cambio estaba dando las boqueadas cuando Scilla decidió habitar sus palacios ( lo que hizo previamente en Sodoma, esquina con Gomorra, trascendió bien poco. En compensación, habría que decir que en el filme de Aldrich estaban todos harto inapropiados). Pena que no quisiese hacer de mala, contentándose con estar entre Pinto y Baldemoro (la tercera vía: ni ingenua ni absolutista) y lucir ropajes de segundo mano en los que a lo mejor habrían quedado marcas de semen dorado del titán Reeves en la época que sobaba a Silvia o a Gianna Maria (no se me asusten: eran unas divas muy falómanas). En Maciste, il gladiatore piú forte del mondo (1962. Michele Lupo) fue ayudada por Mark Forest a conservar el trono paterno que en verdad le pertenecía pero que estaba en peligro de caer en manos del villano de turno. Resulta que éste había embaucado sentimentalmente a la hermana de Scilla (la rubia Franca Polesello) para que se lo arrebatase, pudiendo así gobernar él a su antojo.
Pronto volveríamos a ver a la actriz en cometidos similares pero con un cambio drástico en su fisonomía. Harta de que la entendiesen como una imitación de la Loren, se sometió a dos operaciones de cirugia estética para eliminar ciertos detalles que podían inducir al equívoco (?, como si el talento pudiese pasar por quirófano). En La vendetta di Spartacus o Gli schiavi piú forte del mondo se limitó con su nueva máscara a cantarle las exequias a un género cuyos soportes básicos (los atletas) o estaban agotados o muy gordos para inspirar ya un mínimo respeto.

WANDISA GUIDA (1937- )
Más prolífica que la anterior en el peplum Wandisa, en cambio, siguió el mismo camino de las indefinibles. Igual podía ser buena como mala, morena o rubia. Y eso nos hace aún más admirar a las verdaderas reinas ayer citadas, que jamás osaron desviarse de la linea maligna. Al menos, jamás permitirían que un hombre poseyera mayores ambiciones de poder que ellas. En Ercole contro Roma (1964. Piero Pierotti) el gran Daniele Vargas se llevaba toda la película con su crueldad extrema. Ni tan siquiera la hermana de Wandisa, que daba perra en las primeras secuencias, consiguió depositar un mínimo de energía personal negativa (la fugaz Dina de Santis). Mientras que en I giganti di Roma (1.964. A. Margheriti) era víctima y presa de los galos, siendo rescatada por un corpúsculo de bravos romanos capitaneados por Richard Harrison y Ettore Manni (este último, bellezón que ganaba con los años) con los que emprendía una peregrinación infructuosa que finalmente acabaría en el templo de la diosa Roma. Antes había sido princesa que deviene esclava del lado del maravilloso Gordon Scott en Gladiatore di Roma (1962. Mario Costa), título más importante por el grado de tormentos a los que se somete el eroe nudo que por otra cosa. Y en sendas aventuras de Ercole y Maciste soportó sus vendetas con un porte principesco que, en cambio, siempre en su caso, rayó en la petardez. Y no hay película más petarda que aquella en la que la vimos haciendo de Reina de una tribu africana y que se llamó para el siglo Maciste nelle miniere di re Salomone (1964. Piero Regnoli). En este engendro horripilante, chapucero e incongruente hasta decir paren, ella por la contra dio lo mejor de si misma. Es mi favorita suya. Sólo por esos tocados que luce y que van de los postizos de varias toneladas de peso en vertical o en melena a un puñado de serpentinas que debieron de sobrar en el carnaval de Tenerife de ese año o unos cascos sabe dios inspirados en qué cultura arcaica, hasta los pantalones que porta de domadora de circo de gitanos que ni Moira Orfei se atrevería a ponerse en sus mayores cogorzas (todo lo más los usaría para limpiarle el requesón a algún gigante antes de felársela en el carromato) ya merecería un monumento esta diva trash. Luego vendría su interpretación, de verdulera para arriba, que carece de precedentes en cualquier mercado de abastos que hayan ustedes visitado ultimamente. Es por ello que para mí, aqui la Guida alcanzó el no va más del despropósito. Y cuando no aparecía en pantalla o el director (?) no nos obsequiaba con insertos documentalistas de cachorros de tigre mamando teta en un estilo Daktari que asombra por su cutrez, nos levantaron el ánimo un par de espléndidas torturas homófilas (y muy imaginativas) por parte de sádicos de triclinio. ¿Y los masocas?: no lo duden, los mazas (muy buenas las tetas de Reg Park en carne viva pero, sobre todo, Dan Harrison al completo). Tanta ridiculez parecía no agotarse en si misma y así la Guida, en un momento cumbre que ni que estuviera en el teatro de Mérida de cunilinguus con la Nuria Espert, neutraliza al bobo Maciste, todo inmune a l0s latigazos y al potro con pinchos , agasajándole con un motivo floral de aromas nocivos que deja colgado sobre su cuello-buey. Bien, pues la expresión de Reg al marearse es tan estrepitosamente grotesca que yo no sé que debieron sentir los escolares que presenciaron la peli el dia de su estreno en su cine de barrio, pero lo que es yo me meé toa por la pata p'abajo (vamos, que el pollanco Mature era Olivier en comparanza. Cuánto mejor estaría el macho haciendo la calle en Frisco).
Después de ésta no hubo más. No sé si porque estaba cantado, lo prohibieron o porque la Guida se había vuelto juiciosa. Aunque visto cómo cerró su filmografía me parece que, a la chica, juicio le quedaba poco: tres seudo Bonds y a descansar. Que ya era hora: no en vano ya llevaba trabajando ¡ desde un remoto 1956 ! (de virgencita solícita, chupada viva por la duquesona Canale en la mítica I vampiri, de don Ricardo).

continua el mes que viene

4 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Alan Steel, gentleman del peplum......

filomeno2006 dijo...

Kirk Morris, idem......

filomeno2006 dijo...

Helga Liné, alemana- portuguesa- española- argentina........

maciste II dijo...

Justo los dos forzudos que mentas eran italianos. Me quedo con Kirk, y, aún mejor, con el primer Kirk (anterior a 1.964) que protagonizó uno de los mejores peplums del período sonoro, MACISTE ALL'INFERNO.
Pero el rey seguirá siendo STEVE REEVES.

Me encanta Helga Liné. Logré entrevistarla en una ocasión.
Señora simpática donde las haya. Y todavía girando por provincias con obras de teatro. Lástima que no se acordase de apenas nada de su (extensa)trayectoria fílmica de los sesenta (se la vio en infinidad de géneros)... o bien, a lo mejor no quería acordarse, claro.

maciste II