16 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 33: LAS
PETARDAS DEL PEPLUM

Primera parte

El elemento femenino en el cine de romanos dentro de su segundo período dorado (1957-1964) es más bien un accesorio. Aunque todo depende del punto de vista con que se mire. Por ejemplo, desde una sensibilidad enrarecida, hay quien considera que las verdaderas hembras eran los musculosos héroes (en el fondo algunos portaban tetas mucho más grandes que sus partenaires) mientras que las reinas en cuestión, por sus excesos a nivel de vestuario, abalorios y cosmética, parecían drags del tres al cuarto. Esta interpretación gayesca no deja de tener su gracia y, lo que es peor, su razón. Lo cierto es que las mujeres escasearon siempre en un filón donde con una mala y otra buena ya bastaba. Y en tanto que fórmula (y como tal repetitiva) así quedó, sin más posibilidades que la incorporación (bendita) de una bailarina algo ambigua en sus intenciones para con el heroe que iba animando el cotarro con danzas lascivas (y ahí entraría la más grande de todas las chochoni: Chelo Alonso, por yemanyá).

El homoerotismo prima po
r encima de cualquier asunto en el género peplum. La exhibición impúdica de las partes estratégicas de una anatomia masculina hiperdesarrollada termina obligando a concentrar las miradas del espectador en ese regodeo esteticista (que a menudo no lo era, dada la galeria de atrofias musculares que desfilaron, sobre todo en los títulos más inocuos y abaratados) que anularía las posibles justificaciones del porqué eran mostrados de esa forma: normalmente, las columnas que arrancaban del suelo, las enormes rocas que eran separadas de una montaña, los leones que conseguían estrangular eran tan cartón piedra o peluche que entendíamos que aquello tenía a cojones que incluir un subtexto (cabría la posibilidad de que se tratara de una promoción del atleta de cara a un posible futuro en las palestras de belleza, pero al indagar un poco en sus currículum veíamos que tales maromos ya los habían ganado todos antes, yendo ahora a parar en consecuencia a un cine que los acogió como refugio extra deportivo y a la larga, al terminarse la sopa boba, como cementerio de los imposibles chulazos).

Bien mirado, esa carga naif de tantos productos de la antiguedad, fabricados en serie, sirvieron para que el público mayoritario disfrutase con historias grandilocuentes, llevadas a cabo con los mínimos medios (al principio no fue asi, los filmes de Steve Reeves, Gordo
n Scott o Mark Forest eran auténticas producciones de luxe subvencionadas con capital norteamericano), unos diálogos sonrojantes y los guiones más irrisorios. Que el espectador común pasase por taquilla para ver cómo se degradaba La Iliada o los textos de Sófocles y Esquilo dice mucho de su propio infantilismo, no en vano todas estas cintas eran aptas para menores. Y de ahí a denominarlas tebeos filmados habría un paso. Que luego una generación de heterodoxos con maliciosa retórica recogiese -para ensalzarlas- este chapucero conjunto de viñetas mal ordenadas con la conmiseración del cinéfilo superior ya sería otro cantar de Gesta (en cualquier caso despertaban ternura por su desfachatez y a la vez humildad). A ese sentimiento nos acogemos, pues repito que prescindiendo de una docena de títulos maravillosos de puro delirantes (la plástica mediterranea alcanzó grandes cotas de delirio en afortunadísimas ocasiones: la arquitectura enloquecida de interiores, la estructuración de los pasadizos y subterraneos, la inmersión en los infiernos dantescos como diseñados por émulos empastillados de Doré fueron algunos aciertos indiscutibles que emparentarían al género con toda la imagineria de estudio que fue capaz de crear la Metro en los años 30 para el Tarzan de Weissmuller), salvo estos digo, el valor artístico del peplum italiano de los sesenta sigue siendo más bien escaso.

Volviendo a esas extrañas "ellas", algunas se permitieron el lujo de nombrarse dueñas y señoras de todo el cotarro (entiéndase: reinos y cortes ) y con todos los derechos. Mi favorita fue Gianna Maria Canale (ya tratada en la colección), pero le siguió muy de cerca la increible cubana Sylvia López, degustada en las dos primeras de Steve como Hercules, señora del compositor de operetas para Luis Mariano, Francis Lopez, y alucinante en el arte de pintarse el rabillo del ojo alargándolo hasta más allá de la sien. Fuera de estas dos, las malvadas trans proliferaron como los hongos en un cambalache de colores y formas de botijo con licencia para intrigar. Las hubo de otras nacionalidades: otra cubana de nombre Bella Cortez, españolas como Helga Liné y Marilú Tolo, francesas como Juliette Mayniel o Mireille Granelli, inglesas como la extrema Belinda Lee y bastantes norteamericanas, tan desplazadas en estelaridad - ellas eran has been's que vinieron a desembocar su frustración en el Tiber- como los protas masculinos (guardo buen recuerdo de la incomparable Jeanne Crain haciendo la Nefertiti, a Jayne Mansfield buscando a su supermarido con pelucones de color malvaloca, a Fay Spain de Antinea en "Ercole alla conquista di Atlantide" o a la más irrelevante Gloria Milland en un par de Macistes del montón).
Pero para fugaces, las ingenuas. Norm
almente cristianas y decentes, moninas por antonomasia, pecaban en cambio de virtuosas en exceso. Eran pasivas hasta el desespero. Ellas siempre esperaban a que Maciste o sus apócrifos las salvaran de los leones o de las hordas bárbaras o mongolas. Ni siquiera contaron con la precocidad victimaria de una Cabiria d'annunziana. Eran vírgenes veinteañeras. Entre ellas hubo Annas a porrillo: Anna Maria Pace, Anna Ranalli, Anna Maria Polani... sin olvidarnos de Maria Teresa Orsini, Ursula Davis, Vira Silenti, Simonetta Simeoni y las de otras nacionalidades: la austríaca Christina Kaufman o las españolas Maria Luisa Merlo y Elisa Montes (en cuanto a nuestras nativas se entiende su inclusión, aparte de que eran unas santas, muchas de las cintas fueron rodadas en los barceloneses estudios de los hermanos Balcázar o en los madrileños Chamartin. Así, Fernando Rey pudo imponer su presencia regia en algun embolado de éstos sin perder jamás la dignidad, igual que Maria Luisa Ponte a la que juro haber visto como cantinera sorteando vasijas voladoras, lanzadas por unos forzudos que se debían creer que estaban en el saloon de una del oeste: no me pregunten el título de esta última que no lo recuerdo).

En mi devocionario kitsch me quedo con las drags. Aunque no supieran hacer n
ada. Porque es que era así (al menos las cubanísimas bailaban el mambo). Tan sólo miradas de deseo que les salían del fondo del chumino, expresiones de asco y desprecio cuando veían que al camionero en falditas los esteroides le impedían satisfacerlas o tirones de pezón a los propios maromazos simulando mareo por migraña.
Hoy traemos a dos de rompe y rasga. Hermanas en la vida real: las Orfei (aunque debieran ser Morfei, asi su apellido sugeriría todo el peligro de un bebedizo anestesiante). Véanlas en sus mejores momentos y tardarán en olvidarlas. Pero las olvidarán, no se preocupen demasiado.


* LAS HERMANAS ORFEI

MOIRA ORFEI
(1931- )
De estrepitosa vulgaridad, su humor y su nulo sentido del ridículo la redimirán siempre ante nuestros ojos. Se cansó de querer ser la definitiva Ayesha de Haggard pudiendo, dado que lo suyo perteneció al mundo del tebeo cuando se confunde con el circo, haber sido una competente Anita según Miguel Quesada (aunque mejor hubiese estado como tal su hermana Liana, pues era rubia como la protagonista de aquel comic español). Pura serie B, ni siquiera cuando se alejó momentáneamente del peplum fue original, conformándose siempre siendo sucedáneo de algo: si Daniela Roca fue la baronesa de Divorzio all'italiana ella poco después se emperró en ser algo similar en Divorzio alla siciliana (1963). Al menos la ironía de la vida nos la restituye bajo nombres de guerra que la revalorizan con el tiempo: ¡se llamaba Attea en el primer Ursus de Ed Fury!.
Traspasó a duras penas el cambio de década e inauguró la nueva para decir adios con su participación en una estimable comedia de Risi, Profumo di donna (1974) junto al ciego Vittorio Gassman (vencía Agostina Belli, pero la Orfei en tanto que fantasma del pasado había cumplido).
Alejada del cine aquel, siguió con su carrera circense que había iniciado en 1964 (como siempre que se habla de este mundillo, tratábase de una herencia familiar), si bien con altibajos motivados por un accidente de coche que imposibilitó el que continuase con su especialidad en el trapecio, cambiando las piruetas aéreas por otro tipo de actividades a ras del suelo (preferentemente domando a fieras: ¡ella que fue una de las más leonas!).

LIANA ORFEI (1937- )
Más de culto que su hermana mayor al haber participado en títulos claves del terror italiano (o para ser exactos, del horror cuando se arrimaba al bondage), Liana reflejó en la aventura de otros siglos toda la bravura que una rubia puede poseer en su interior (al estilo Lisi) aún con ciertos grados de inocencia que la redimían de las muertes súbitas, conmo les pasó a tantas morenas. Pudo haber sido pareja ideal del ex Tarzan Lex Barker en su periplo Via Veneto (los dos pasearon por allí, en La dolce vita los retrataron) pero al final aquello no se consolidó (al ex de Tita le llamaban las selvas germanas). Asi que no tuvo inconveniente la Orfei en amoldarse a los sinuosos brazos de Gordon Mitchell, un bisoño Kirk Morris o Steve Reeves en papeles de reina pérfida y despiadada. Fue insólito contemplarla en I tartari junto a un en declive Victor Mature, padre espiritual del cine de sandalias, encarnando algo parecido a una mujer vikingo de nombre Helga. Y engrosó la lista de barberas marca Dalila ( peluqueras bíblicas) en Ercole sfida Sansone (o sea, Kirk Morris vs. Richard Lloyd en un duo que terminaría en gang bang al sumárseles Ulyses que pasaba casualmente por la barberia como un monstruo cualquiera de la Universal).
En las derivaciones de la aventura cupieron en su momento hibrideces de terror, Orientalias o filibusterías con evocaciones a Salgari. Asi que si su hermana se batió un día en duelo con la Canale, ésta cogió de sable y se colocó en la popa de un bajel para ver si colaba (llamándose Anna del Peru bien podría) en Pirati della costa (1960. Domenico Paolella).
Coincidió con Moira en el extenso reparto de beldades de Casanova 70 (aunque aquí Liana superó en intensidad a la otra, al hacer de domadora de leonas dentro de una jaula, latigo incorporado). Para cerrar su carrera cinematográfica, la garrida se dulcificó en España al confiarle Angelino Fons el papel de la Jacinta de Galdós (tenía como Fortunata a la convenientemente recia Emma Penella. Aunque es una lástima que no hubiesen puesto en su lugar a Moira. El combate que nunca se llegó a producir entre las dos hubiese aquí sido para morirse).
Como la otra siguió en lo circense. Pero a la contra de Moira, ella no fue nada escrupulosa a la hora de pintarse la cara de blanco y ponerse una nariz de payaso. No en vano, el broche de oro de su filmografía lo puso en I clowns (1971) para Federico Fellini.

continua mañana