15 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 32: LEA MASSARI (1933- )


A lo largo de esta colección el interesado se ha ido tropezando con ejemplos de mujeres imposibles de sujetarse a unos cánones físicos periclitados. El manido clisé de la italiana tetuda y gritona se fue desmontando por si solo en cromos dedicados a una Lucia Bose, una Bettoja, una Pier Angeli o una Ferrero, por decir unos pocos nombres. Bien por una cuestión de sensibilidad, inteligencia o simplemente por un físico, que es lo primero que entra por la vista, hubo muchas actrices imposibles de amoldarse o acogerse al tópico de la opulenta. Tambien las hubo barrocas que con el tiempo fueron menguando en curvas hasta estilizarse para capricho de creadores refinolis. En los intringulis del deseo ni las opulentas tenían porqué ser sexys para todos ni las otras tenían porqué carecer de morbo. Siempre valoraremos más el misterio que la evidencia, lo sicalíptico que lo meramente pornográfico. Lea fue una de tantas incapaces de someterse a la dictadura de las del perímetro torácico. Ella tuvo la suerte de aparecer en el cine cuando las maggiorate o bien estaban agotadas de la espalda o buscaban urgentemente modistos gays que las alisaran un poco.

A finales de los cincuenta ya no era una niña. Pero los años acumulados le proveían de algo que las niñas por lo general no tienen: cultura exquisita. Era una romana de pura cepa que se había educado en colegios suizos, al estilo de una Audrey o una Mia. Poco se supo de su vida sentimental antes de L'aventura (su revelación), tan sólo que de Anna Maria había pasado a llamarse Lea después de la muerte repentina de su prometido (Leo). Los amantes de mitos solemos indagar en lo privado para encontrarle explicaciones al porqué de sus muchos porqués, como cuando se ponen delante de una cámara y hacen lo que hacen. El misterio Massari sigue para mí siendo indescifrable. No es el de la Garbo (que sabemos por sus cartas de amor sáfico en que consistió). Tal vez había venido al cine como representante de un tipo de mujer contemporánea, a un pie del feminismo (o al menos, como ejemplo a seguir por las concienciadas del siglo). Siempre dramática, a punto de reventar en lágrimas, incapaz de sentirse plena en una relación de pareja, obsesiva en el hecho de desaparecer definitivamente al caer en pozos sentimentales sin fondo... Con la Magnani en el retiro forzoso ella (siendo tan distinta) parecía encarar con enorme brio, pero sin manierismos, sin tantos años ni tantas arrugas, el puesto de la gran trágica oficial. Lástima que Magnani sólo hubiese una. Tambien es verdad que Lea no tuvo un Rosellini que la elevase a musa y amante. Contaba con un director excepcional que le dio la gran oportunidad de darse a conocer a los selectos del mundo: Michelangelo Antonioni.
Pero el maestro al final se decantó por la rubia Vitti, a la que hizo estrella de la incomunicación en su famosa trilogía (con el tiempo Monica afirmaría que se aburría soberanamente en aquellas películas, pero es lógico, lo decía en la época que estaba junto a Sordi haciendo reir al público en tanta comedia localista). En cambio a la Massari se la veía en su salsa revisitando ruinas (o siendo parte de las mismas) en unos cuantos títulos de reconstrucción del período de la ocupación alemana. Cuando se perdió por los agrestres meandros de las Islas Eólicas en L'aventura (1960) al final de tanta búsqueda nos quedó la sensación de que importaba un carajo que apareciera o no (a lo mejor es que en tanto que ruina en si misma ya pertenecía por entero al paisaje). Lo que en realidad no daba igual, siendo aquello un McGuffin metafísico, era la evolución anímica y sentimental de unos rastreadores ambiguos ante un entorno desolado (y bellísimo). Lea allí quería desaparecer, acumulaba un sentimiento de frustración personal insostenible que la estaba pudriendo. Era incapaz de hacerle comprender a su amante qué era lo que la volvía tan infeliz. Y claro, desapareció. Que la naturaleza es sabia.
La cinta maravilló en su estreno. Hubo una mención pre- títulos de crédito destacando la belleza plástica de las imágenes. Pero a nivel de representatividad total en lo que se hizo más hincapie fue en el tema, al parecer, original de la incomunicación. Bien es verdad que éste ya estaba presente en filmes anteriores de Antonioni, sólo que aqui (y a partir de aqui) se convertía en eje y sustento de la historia (o más bien anécdota reducida a su mínima expresión). Es una lástima que Lea no hubiese proseguido con el autor. Adorando como adoro a la Vitti, confieso que echaba en falta en La notte o Il deserto rosso a Lea aunque, en el primer caso, Jeanne Moreau estuvo fantástica lanzando miradas a la nada y, en el segundo, la Vitti demostró saber poner cara de loca igual de bien que la Massari cuando le llegó el turno.

Y mi dolor aumenta al pensar que mientras pasaron noches y eclipses, Lea perdía el tiempo enamorándose del insípido Dario Calhoun o dándole masilla a su papá para que construyese El coloso de Rodas (1961), un peplum que no le hacía falta. Quede como un simple desliz pues no tardó en frecuentar el partisanismo en numerosos filmes para directores noveles (y de izquierdas). Politización y realismo crudo (a veces tan asfixiante como cualquier Antonioni, a pesar de que los gritos y disparos eran lo menos parecido a los silencios de aquel). En Il sogni muoio all'alba hacía de partisana húngara (tal vez porque su rostro, anómalo con respecto a las morenas de la tierra, podía exteriorizar matices eslavos), en Morte di un bandito era la pareja de un Salvatore Giuliano con la faz bien morena, como agitanada (y por lo tanto, esta vez óptima) de un Paco Rabal a puntito de participar en El Eclipse, en La cittá prigioniera las pasaba canutas por lo del título y en Quattro giornate di Napoli la recuerdo tan sólo corriendo entre una muchedumbre de almas en pena mientras los fascistas les daban caña intensa durante dos horas de interminable metraje. Hubo una concesión al puterío pasoliniano (vía Moravia-Bolognini) en La giornata balorda y a la suprema institución Risi en Una vita dificile (1961), una de las mejores comedias dramáticas del cine europeo de todos los tiempos. Curioso que ésta última sea la más politizada del director ( y modélica en su honestidad política), delataría a una actriz muy centrada ideológicamente. Era en ese sentido un poco como la Signoret que afirmaba que era capaz de hacer de fascista con directores de izquierdas pero nunca hacer de comunista con uno de extrema derecha. El que en 1964 se hubiese desplazado a nuestro país para rodar con su amigo Francisco Rabal un biopic de Jose María "el Tempranillo" no deberíamos considerarlo una herejía desviacionista hacia las leyes del Movimiento. Porque Carlos Saura (aqui en su segundo largometraje y sin los tics tan desagradables que jalonarían su posterior carrera) afrontaba la figura del mítico bandolero desde una perspectiva bastante perversa, como si de un Salvatore Giuliano a la española se tratase (personaje que recordemos que acababa de interpretar en Italia el de Aguilas) con referencias a la pena de muerte incluidas (y con un estremecedor e irónico momento de Luis Buñuel en el papel de verdugo). En definitiva, con Llanto por un bandido Saura miraba antes a Francesco Rosi que a Saenz de Heredia. Lea era de nuevo su esposa, aunque debía permanecer sola en su guarida cada vez que Jose emprendía largas huidas a la Sierra. Cuando volvía se amaban pero por censura sólo pudimos intuirlo. Ella se conformaba con ceñirle el paño a la cintura como buena mujer de bandolero. Al final moría en el parto del hijo que esperaba, lo que de nuevo nos la presentaba dramática en su agonía.

Con Delon trabajó por primera vez en L'insoumis (1964. Alain Cavalier), ambos formaban una pareja bien hermosa. El insumiso del título era evidentemente él, desertor de la OAS en los tiempos de la guerra de Argelia. Ella lo ayudaba a escapar. Este título debio hacer mella en un racista Morrisey que eligió un plano del yacente protagonista para la portada de la obra maestra de The Smiths The Queen is dead (1986).
Lea siguió haciendo cine en la segunda mitad de los sesenta aunque perdiendo ligeramente el cetro de primera en el reparto en favor de otras beldades (de impacto sexual más directo). Por ejemplo, fue una de las varias prostitutas griegas que eran trasladadas en furgoneta por el territorio en guerra para ser repartidas por los prostíbulos italianos en la magnífica Le soldatesse (1965. Valerio Zurlini). Todas ellas eran auténticos iconos sixties (Anna Karina, por ejemplo). Pero dirigiendo Zurlini aquello no consistía en una frívola y autocomplaciente exhibición de ganado femenino. Había un impecable análisis de unos hechos trágicos, haciendo especial hincapié en lo psicológico en tanto que la visión de su autor era eminentemente humanista. Una vuelta de tuerca a las viejas teorías de la cronacha, sin desdeñar la dramatización (incluso la teatralidad más descarada) y que incluía secuencias poderosas y escalofriantes. Y todo con ese tempo, esa atmósfera triste tan típica de su director. La Massari estaba muy bien, desde luego (todos lo estaban, salvo el bello Tomás Milian). Pero la película se la llevaba con diferencia la francesa Marie Laforet, desgarrada al límite. No nos daba un respiro.
Será en 1971 cuando la carrera de esta italiana se vea revitalizada con Un soplo al corazón, sensible película de Louis Malle sobre su amado mundo de la infancia (más bien adolescencia) personificado en la figura de un quinceañero aquejado de esta dolencia y que ve cómo su vida normal se trastoca al deber pasar períodos de convalecencia en íntimo contacto con su madre (Lea). De todas formas no toda la cinta se la pasaba malito. En su primera mitad lo vemos iniciándose en el sexo junto a sus otros hermanos mayores con toda la naturalidad de los verdes años. La posterior insania del niño y su estancia en un balneario no impedirán que siga en sus trece, dispuesto a averiguar todos los misterios que esconde Eros (leía en presencia de mamá Historia de O, se iba a putas con los hermanos, tonteaba con una tuberculosilla) . Principalmente le obsesionaba el Eterno femenino (llegaba a travestirse con las ropas de su madre a la que empezaba a encontrar interesante sexualmente). Se produjo el incesto (que estaba cantado) y aunque pudo haberse incurrido en el morbo simplón (era la época de los escándalos) Malle supo capearlo con esa delicadeza típica de un autor que terminaría filmando una osadia coyuntural como La pequeña (1977). Pero la película no es nada del otro mundo. La Massari recrea un personaje, como siempre, con dobleces sentimentales maravillosamente bien (no es una esposa ideal, mucho menos una mujer satisfecha) y al pequeño Laurent lo intuímos demasiado impetuoso y perversito hasta el punto que determinadas escenas de desnudez casi lo vuelven una suerte de Jane Birkin con pilila. La película originaría, en cualquier caso, un pequeño culto a su alrededor. Para la anécdota, el mejor disco de pop español de los años 90 casi llevaba el mismo título. Me refiero a Family y "Un soplo en el corazón" (1993).

Se volvió a encontrar con Alain Delon-y con Zurlini- en un buen drama del segundo, Prima notte di quiete (1972). El era un profesor de Poesia que llegaba a Rimini para dar clase en el Liceo, ella era su compañera. La relación que mantenían estaba en un proceso de destrucción total. Se agudizaba la crisis cuando el conocía a una jóven estudiante, misteriosa Vanina, a la que le regalaba la obra de Stendhal, propiedad de Lea, que aludía a su nombre (Vanina Vanini). Pero nuestro cromo se moría de celos y al ver cómo Delon hacía las maletas para abandonarla le amenazó con el suicidio.
Al parecer no era la primera vez. Pero de éstas bien que lo cumplió. El destino del profesor fue tanto o más trágico, de todas formas, cobrando significado el título de la historia y es que la primera noche de quietud hacía referencia a la muerte.
La carrera de la Massari en lo que quedaba de década siguió moviéndose por los terrenos de la calidad y el compromiso (retornó en alguna ocasión más a las Italias ocupadas y hasta colaboró en una hagiografia sobre Antonio Gramsci) y en trabajos para el cine francés, país donde es muy querida. Con ella, los aficionados - de izquierdas, of course- a las bellezas peculiares encontraron también a una buena camarada.

continua mañana

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