14 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 31: STEFANIA SANDRELLI (1946-
)

El caso Sandrelli nace de la precocidad más absoluta. Con quince años la chiquita debuta en el cine con la convicción de que el mundo adulto a puesto sus ojos en ella con la única intención de beneficiársela, por lo cual ella deberá defenderse con las armas disponibles, en un juego constante de lolitismo perverso.
A los diecisiete años ya había quedado en cinta. El padre era nada menos que el genial creador del Sapore di sale: Gino Paoli, uno de los autores de la canzone más importantes de su país. Perteneciente al grupo de artistas vinculados a la Liguria, revolucionaría el mundo pop desde el compromismo y la calidad (el gran amor de Paoli en el fondo fue Ornella Vanoni, su relación al menos fue muy larga). Pero volviendo a la futura sedotta, resulta insólito que en 1961, fecha de su primera película, hubiese tal regodeo morboso a su alrededor. Su imágen asilvestrada en Il federale (1961. Luciano Salce) no tenía demasiados precedentes. Todo lo opuesto a la doncella bergmaniana. Aunque tampoco la situaríamos en el otro extremo, como vulgarota caperucita versión porno. Era una golfilla errática, una pícara que parecía haber salido de las páginas libertinas de un Belli. Simplemente guapa, su atractivo nunca fue arrollador. Pero estaba tan bien haciendo la fresca que de nuevo podríamos volver al tema de su precocidad sin ánimo de agotarnos.
No poseía diplomaturas actorales porque es que no tuvo tiempo, sólo contaba con un premio de belleza. En cambio subsanó la falta de profesionalidad con un desparpajo a la larga beneficioso. No se le exigiría nada más para la mentada cinta de Salce, una road movie de muy grata visión en la que Tognazzi era un empecinado camisa negra que emprendía un larguísimo trayecto escoltando a un opositor del régimen (un fenomenal Georges Wilson) por esos caminos de dios. La película podía entenderse como una revisitación moderna al tema de parejas nómadas de El Quijote, aunque los más juiciosos al final deberían entenderla mejor como un lógico aprovechamiento de la fórmula maestra que por ese mismo tiempo Monicelli había puesto en práctica en La grande guerra. O sea, tragicomedia pacifista a cuenta de dos personalidades envueltas en un conflicto bélico que los supera (allí Gassman y Sordi, aqui Tognazzi y Wilson). La aparición de la Sandrelli fue venturosa. Les estafaba vendiéndoles cosas inservibles, luego reaparecía y les volvía a robar... Hasta que el íntegro Ugo sintió lascivia por ella no paró. Sin duda, aquel acercamiento pedófilo tenía más de reprimenda severa por lo mala que era la niña que de otra cosa.

Divorzio all'italiana (1961. P. Germi) vino acto seguido. Ya hablamos algo de esta cinta estupenda ayer en el cromo dedicado a Daniela Rocca. Pero es que también salía Stefania. De hecho, siempre que se cita la película se nombra únicamente a ésta silenciando a la otra, que está mucho mejor (en todos los sentidos). Germi le dedica el personaje de Angela, la muchachita que viene a pasar las vacaciones de verano a la residencia de los barones. En ese período estival, perturba la tranquilidad del señor (Marcello) que enloquece mientras la espía por la ventana del cuarto de baño en noches de insomnio, hasta el punto de obsesionarse con la idea de asesinar a su santa esposa para quedarse con la cria. Cría que por cierto se salió como símbolo de tentación lolitesca en la secuencia del paseillo de colegialas. Con aquel uniforme alcanzó el top.
Su siguiente película ya la tienen de protagonista total. La bella di Lodi (1963. Mario Missiroli) es un título típico de su década. Son años idóneos para los despropósitos más grandes. Y en plena fiebre antonionesca, la susodicha se arrima - para no ser menos y desde lo levemente experimental- al discorso de la incomunicación. A nivel narrativo el tal Missiroli rompe linealidades abruptamente organizando planos- secuencia que no siguen una evolución formal procurando, más mal que bien, no alterar el progreso de la historia que se pretende contar. Que es más bien mínima y carente de interés: los conflictos de la pareja protagonista (Sandra y el español Angel Aranda) motivados por sus caracteres bien distintos. La idea partía de un texto de Arbasino, autor en boga en su momento, paradigma del teatro de vanguardia. Pero independientemente de las novedades que aportase a la puesta en escena, prevalecía en su desconexión y caos fragmentario un cierto aroma de no-cine típico del primer Godard. Echándole humor, también veríamos los encuentros y desencuentros de estos chicos enamorados casi siempre al volante (él es corredor de go karts) como un insólito precedente del Two for the road de Stanley Donen, la mayor antonioniada del norteamericano, por otro lado.
Ciñéndonos a Stefania, de nuevo nos gusta su desenvoltura. Su verborrea tan simpática y su soltura para desnudarse sin mayores complejos. En la cinta fumaba como carretera.

Tras una cita con la historia, Il fornaretto di Venezia, volvió a ponerse en las manos de Germi en el título que la encumbró definitivamente como mito erótico. Sedotta e abbandonata demostraba ante la luz pública cómo se las gasta la sociedad siciliana cuando se corrompe a una menor. La Sandrelli era la interfecta, preñada de un tal Peppino. Se armaba la de Dios es Cristo: denuncias por aqui, vendettas por allá, negociaciones de boda más liados que el testamento de una loca y, concluyendo, la posibilidad de un final feliz... dentro de lo que cabe. Quedaba muy bien reflejada la idiosincrasia del sureño. Y la Sandrelli a pesar de estar más dramática que nunca y de su peinado de vieja resultaba más que apetecible.
Asi que con diecinueve años ya estaba preparada para lo mejor. Y en Io la conoscevo bene (1965. Antonio Pietrangeli) fue algo parecido a una femme fatale, una muchachita de rabiosa modernidad, díscola y aventurera, ambiciosa y promiscua, una trepa que cambia de oficio con la misma celeridad que cambia de vestido o de Ep en el pick up (esto último no es un detalle gratuito, la primera media hora del filme contiene un montón de canciones ye yés al ritmo que le impone su capacidad como pinchadiscos casera). Algo desangelada en su segunda mitad ( parece una versión femenina de La dolce vita bajo perspectivas ekbergianas) remonta de cara al último tercio. Pero es demasiado tarde para el optimismo, el final es insólitamente dramático. Su retrato de mujer mito a la larga quedaba bien gafado.

Contestó a otra llamada de su mentor Germi, aceptando el protagonismo de L'inmorale (1967) junto a su viejo amigo Tognazzi. Un filme poco conocido pero que en su momento causó cierta expectación en determinados festivales de prestigio. Tras este apareció el otro director importante de su carrera. Bertolucci fue muy grande en los años sesenta. Lo que luego pasó con él es una incógnita, pero lo que es toda esta primera etapa asombra por su rupturismo, por sus aportaciones originales dentro de ese espíritu sesentayochista de querer utilizar la cámara como arma para cambiar el mundo. Con Partner (1967), la Sandrelli se encara al bello Pierre Clementi desde una imágen diferente: pasaba a ser rubia. Pero dado que en la cinta coincidía con Tina Aumont, la chica llevaba todas las de perder. Y es que la Aumont era mucha Aumont. Tratándola con mayor profundidad, habría que señalar que la cinta abordaba el tema obsesivo en el autor de la dualidad (Clementi y sus dos personalidades en dura pugna) explicándose la esquizofrenia del personaje desde raices freudianas, es decir, alusiones tanto al fantasma originario (Edipo incluido) como a la cuna burguesa (fuente de todos los males para los impegnati).
Y en Il conformista (1970) se comentó mucho en los ambigús de las salas de arte y ensayo su escena lésbica con Dominique Sanda. Aunque lo que en verdad era más interesante son los vaivenes de su marido y protagonista absoluto, el fascista y reprimido homosexual Trintignant, aquejado de traumas de infancia que evolucionarían hacia lo patológico-criminal.
Ese mismo año debió de sentirse muy orgullosa al formar parte de la inolvidable armada del caballero medieval Brancaleone-Gassman en Brancaleone alle crociate, segunda parte de L'armata Brancaleone perpetrada por el mismo director (Mario Monicelli) y a decir de muchos críticos casi mejor que su predecesora. Dificil categorización en tanto que ambas sátiras son magníficas, si acaso esta segunda resulte menos trepidante y algo más metafísica. La Sandrelli era acusada de brujería y a punto de ser quemada en la hoguera era salvada por la pintoresca armata. De todos modos resultaba serlo de verdad al curar a Vittorio las heridas de su mano a base de insinuantes lametones. La stregha acababa entregando su vida para salvar la de Gassman en el impresionante enfrentamiento final con La Muerte y su guadaña ( no muy alejado en trascendentalidad del que propuso años antes Bergman en sus sellos, al menos resultaba igual de estremecedor aquel duelo sobre las arenas del desierto).
Su última colaboración con Bertolucci aconteció a mediados de la siguiente década en el imprescindible fresco Novecento (1976), pero su papel no era tan estimulante como para embaucarme de veras: era la honesta e hiper BellaCiao esposa del santo gramsciano de altar Depardieu (que estaba para polvo de aquella, a pesar del micro pene, o tal vez por eso mismo). Siempre me quedaré antes con Dominique Sanda (¿qué tendrá esa mujer para los homófilos de ley, Bertolucci incluido?) y su inolvidable Ada.

continua mañana