13 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 30: VIRNA
y DANIELA

VIRNA LISI
(1937- )

Virna fue la más rubia de las italianísimas democráticas. Me refiero a que, a pesar de que ese color del pelo antaño se identificaba con las divas mussolinianas (variantes copionas del ideal germano), el suyo no atufaba de retóricas, sino que despertaba deseo tal vez por aludir a una virginidad que tardaría en irse. Bien es cierto que la Lisi empezaría en el cine cuando los resquemores de la guerra eran contados. Su reinado arranca en plenos colorines amables del lado de muchachitas libres como la Allasio (otra rubia sin aspiraciones dictatoriales: como mucho, su dictadura la impartiría en el corazón de los guagliones a golpe de capricho y contoneo). Y cuando alcanza el cénit de su popularidad ya estamos inmersos en los años sesenta, en la era del benesere sin mayores nostalgias que puntuales revisionismos del ayer "ocupado" a cargo de autores comprometidos con la izquierda. Mas la Lisi nunca fue una concienciada, como bien podría ser Lea Massari,vista más de una vez corriendo delante de un furgón de camisas negras. Ella era más frívola, o si se quiere romántica de tebeo de hadas, al menos en los años cincuenta. Pudo ser entonces una gacelilla con resabios pudibundos, hasta que le llegó la hora de volverse fiery y descocada, o simplemente una señora de armas tomar (leonessa en Caterina Sforza o espadachina en El tulipán negro). Y cuando murió Marilyn, los yanquis que habían quedado huérfanos de una original (y como tal, irremplazable), se obsesionaron con encontrarle sustituta como fuera. En un momento dado se volvieron locos al pensar que Virna les valdría, sin darse cuenta de que era una italiana (y ellos, unos racistas). El caso era un verdadero despropósito. De todas formas, no se les escapó aquella belleza y, al menos, en un par de filmes aportó cierto charme que solventaba su nulidad como actriz (lo que no impidió que con los años la mujer fuera mejorando hasta el punto de conseguir un César por su interpretación de Catalina de Medicis en una enésima revisión de La Reina Margot).

Volviendo a sus inicios, sorprende como Virna podía ser recatada hasta extremos antinaturales teniendo aquella mirada (y aquel cuerpo). Porque sus cabellos fueran claros no tenía que implicar que fuese fria, como dicen que daba Grace Kelly. Mismamente se le intuía sangre caliente en la transfusión que le ponen en Le dicciottenni. Pero las Brunildas de buenas a primeras suelen inspirar virginidad e inocencia. En la mentada, que en España se tituló Diablillos en vacaciones (1955) iba provista de lo anterior, no lo dudo. En el internado (que era donde se desarrollaba la acción) de "señoritas remilgadas pero revoltosuelas" el demonio oficial tendría franqueado el acceso. Lo malo es que siete años después de aquel filme, nos la volvíamos a encontrar en el mismo internado con las mismas actitudes (romántica y decente) aunque con distinto uniforme (el otro no le valdría) en la idiotez titulada 5 marines per 100 ragazze. Una Lisi más cercana a la treintena que a la edad del pavo y acompañada de jacas de la talla de la Carrá (que ya en 1962 estaba demasiado talludita para cantarle al Sagrado Corazón, ¡ aunque fuese a ritmo de twist de Little Tony !) buscaba urgentemente un radical cambio de imágen. Y es que más que novicias parecían alegres divorciadas.
Un poco antes de entrar en la década prodigiosa, salió guapísima y acorde a su edad en un filme curioso que anticipaba en algunos aspectos a la inminente Dolce vita. Hablo de Il mondo dei miracoli (1959. Luigi Capuano). Ese mundo era el de Cinecittá, con sus tejemanejes y su fauna snob. Cine dentro del cine. Jacques Sernas dejaba a su novia, tambien actriz teatral (Lisi) en el pueblo, con voluntad de hacerse un hueco en ese emporio romano. Poco después llegaba ella, con idénticas intenciones y algo más de suerte. Pero lo más reseñable eran esos apuntes dolcevitianos a los que antes aludía (a falta de un genio que los organizase, de momento).
Y el cambio en la carrera de la actriz auténtica (no la de ficción) llegó de la mano de un buen director de cine, Joseph Losey que la introdujo en la atmósfera enrarecida de una Venecia ultrabarroca y hermética, antes nunca vista, en el título maldito Eva (1962). Pese a que se la comía viva la Moreau, los fans de la Lisi la miramos boquiabiertos al comprobar cuán alejada estaba aquella señorita de la otra que conocimos, mismamente de aquella hija de Aldo Fabrizi en Un militare e mezzo (1960), despreciativa de Terence Hill por celos bobos o cuando era ingenua de peplum en Romulo y Remo (1.961) - lástima del papel de la loba que los engendró, pero el tal se lo adjudicaron a una pura raza- del lado de los más apuestos forzudos que dio el género en su época de máxima nombradía: Steve Reeves y Gordon Scott. Ahora debía lidiar con un autor pretencioso, grandilocuente, histérico que asfixiaba su belleza de muñequita linda en tenebrosos claroscuros. No volvió a repetir nunca más una experiencia de tal calibre.
Porque conforme se fue afianzando en las coproducciones la chica se perdió en mil embolados sin más sustancia que la decorativa. Salvo en El tulipán negro (1964) donde sacó arrestos para divertirse con un florete. Fue una aventura firmada por Christian Jacque con ese punto de pesadez academicista, típico de todo lo venido de Francia, que sin embargo valió para encumbrar como gran mito europeo a Alain Delon (aquí haciendo de dos hermanos azorrados: uno con cicatriz y otro sin ella). La Lisi era la chica, una dama incógnita que al final demostraba llevar las mallas (pues de aquella no se usaban pantalones). Y es que Delon, al menos aqui, pecaba de blandito como super héroe embozado. Como nuestro pais también colaboraba en el filme, los españolitos acudieron en tropel a los cines, dividiéndose entre el amor del galán y la galana. Pero a estas alturas, lo más descacharrante sigue siendo ver a Adolfo Marsillach en un papel en verdad insólito: el de Jefe de Policia, pusilánime y demencial, soportando en sus carnes toda clase de barrabasadas y desventuras más propias de un pelele, víctima de Bud Spencer que de un gran señor de la escena (y futuro adaptador del Marat Sade).

En Hollywood la Lisi pronto demostró que no iba a ser la nueva Lorelei Lee ni aunque desvalijasen Tiffany's para coronarla de diamantes. Pero tuvo la fortuna de ser una buena víctima de violencia de género: o sea, de su esposo, un Jack Lemmon hasta las narices de ella en la genial Como matar a la propia esposa (1965. Richard Quine). Era humor negro a costa de los tics y represiones del ciudadano medio norteamericano. Bien pudieran haber puesto a Kim Novak que el resultado hubiese sido el mismo. Con todo, la Lisi gritó y realizó aspavientos conforme se esperaba de una hembra latina. Y en Not with my wife, you don't (1966. Norman Panama) era enfermera y se debatía entre el amor de Tony Curtis y George C. Scott (no sé que tenía que debatir la moza, desde luego), ambos pilotos de aviación en la guerra de Corea. Casaba con el primero pensando que el segundo había muerto pero, al no ser así, le entraron dudas metafísicas entreveradas con lo uterino.
Concluido su periplo hollywoodiense hizo las maletas y regresó a la Italia de los sketches, de las mujeres sofisticadas y estupendas donde se eternizó en papeles cortados por el mismo patrón. Made in Italy, Casanova 70, Le bambole y, sobre todo, Arabella (1967) fueron ejemplos de cine mediocre pero que conseguiría mantenerla en el candelero durante los sixties.

DANIELA ROCCA
(1937- 1995)
Siento gran debilidad por este pedazo de señora. Las características de su carrera apuntan a que fue una gran desaprovechada. Encima su vida privada tuvo tintes trágicos con un punto de escándalo. Por tanto, a la larga Daniela se nos presenta como una figura patética. Sin embargo, aunque haya muerto hace años, permanece inmortal entre los apasionados por las ilustres damas de la comedia. Y permanece por su increible caracterización de esposa bigger than life en Divorzio all'italiana (1963. Pietro Germi). Maravilla allí su dominio de lo humorístico, inventando -con la ayuda del director- a una mujer grotesca en lo físico (sus horripilantes peinados, su cejijuntismo atroz, aquella dentadura caballuna) pero sólo en apariencia ( en la secuencia de su salida a misa nos dimos cuenta de que la señora baronesa era un monumento en curvas gracias a un vestido ajustado que realzaba su talle), melosa hasta la náusea (aquellos ¡Fefé...! en tonillos irritantes a un Mastroianni tan genial como ella) pero, de nuevo, sólo en apariencia (porque cuando le salía la calle era la más ordinaria del mundo: recuérdenla sino a grito pelado con las vecinas que cuecen jabón en el patio y que le están llenando toda la casa de humo).
Admiro a ese tipo de actrices, siempre hermosísimas pero que en nombre de la comicidad aceptaron aparecer ridículas: una Carole Lombard vestida de Travis Banton resbalando por el suelo sin el más mínimo complejo en cualquier screwball; una Kay Kendall, igual de maniqui, ejemplar en sus cogorzas (cuando le daba por hacer solos de trompeta en Genoveva, o desbaratar la alcoba en Les Girls, o chocarse de narices contra las puertas en Mama nos complica la vida), una Marilyn con lentes de bibliotecaria aburrida por miopía extrema en Cómo casarse con un millonario, o esta Rocca del cine italiano capaz de repetir roles de fea sin temor a dañar su imágen erótica en La noia (1963. Damiano Damiani) , donde hacía de criada gafuda que dura un suspiro en la casa porque el ama Bette Davis sufre complejos de Yocasta temiendo por la castidad de su hijo.
Desperdiciada Rocca escribía al principio. Y es que antes de alcanzar la genialidad con la comedia negra de Germi, se la vio en unos cuantos peplums donde interpretó papeles de cortesanas que en rigor eran para otras. Al menos hacía malas. Tenía una presencia regia, imponente. Era el equivalente en bruja de los Steve Reeves de turno. Y fue precisamente Reeves quien en La batalla de maratón la cogía moribunda en super brazos redimiéndola ante las plateas de sus ardides. Y moría finalmente: llevaba una flecha clavada en el corazón.
Ya digo que sus características lascivas la redimían de su participación en tamaños embolados impropios de su talento. Algo que ni siquiera hubo en la baviana Caltiki, il mostro inmortale (1959), pues se limitaba a sufrir por los cambios de personalidad de su prometido. Encima, lo hacía pintada de mestiza mexicana (la acetrinaron, si) colocándosele, para rematarla, unas absurdas trenzas de chamaquita Del Río que no daban el pego ni por asomo. El filme tiene su encanto, no en vano Bava y su amigo Freda tenían el ojo puesto en los terrores del momento (tanto en las momias aztecas de los seudo Baledones, como en el Terence Fisher más exótico -el de Los estranguladores de Bombay, por ejemplo- sin olvidarnos de las monsters movies de los USA, con la alimaña titular más viscosa e inclemente que se había visto en Italia hasta la fecha). Pero la Roca, pobrecita mía, estaba imposible.
Pietro Germi fue el que le dio y le quitó todo. En el rodaje de Divorzio ella se enamoró locamente de el. Y cuando la abandonó, Daniela intentó suicidarse. A partir de ahí ya no dio pie con bola. Una serie de crisis nerviosas cercenaron sus posibilidades de hacer más cine. Arruinada economicamente y hundida en un estado mental lamentable fue internada en diferentes instituciones psiquiátricas durante un período largo. Su retirada definitiva del cine se produjo en 1967. Dejó además cuatro novelas y un libro de poemas escritos. Sin duda fue una mujer única.

continua mañana

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