12 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 29: CLAUDIA CARDINALE

Segunda parte


Hollywood, ávido de italianas potentes, la reclamó tan pronto el baile lampedusiano dio por concluido. La vieron alli tan refinada y bien vestida que se les ocurrió ponerla en el reparto de una de las mejores comedias del cine norteamericano de esa década. Fue en La pantera Rosa (1963. Blake Edwards) donde la gozamos junto a un obnuvilado y nonchallance David Niven o un siempre esperpéntico Peter Sellers. Hacía de princesa hindú que vivía en Roma y pasaba sus vacaciones en su villa de la nevada Cortina D'ampezzo (Mancini le dedicó un hermoso motivo musical a cuenta de tal idílica ambientación). Además tuvo un momento savoir faire enorme cuando se recostó sobre una alfombra de piel de tigre para cautivar aún más si cabe al gentleman inglés. El filme se adhería de alguna forma a la moda de la sofisticación y el cosmopolitismo en el cine de géneros. Si la serie Bond lo hizo con la aventura, La pantera Rosa y secuelas entraron a saco en el terreno de la comedia.
Casi de manera seguida la actriz participó en El fabuloso mundo del circo (1964. Henry Hathaway), batacazo consecutivo ese mismo año del señor Samuel Bronston tras La caida del imperio romano y que terminaría hundiendo a tan importante productor. Se entiende pues que fue rodada en España. El protagonismo masculino recaía en el maduro John Wayne que vivía un drama interior al tener que dividir su corazón entre su hija adoptiva (la apoteósica Claudia) y la madre de ésta (Rita Hayworth en su declive). Curioso que volviesen a emparejar tras Hatari! al rudo cowboy
con una italiana. Sea como fuere, primaba el show y la cinta fue una de las más taquilleras no sólo de ese año sino de toda la historia. Lo atestiguan sus numerosas nominaciones al Oscar.

De vuelta a Italia, la tunecina también retornó al blanco y negro, al drama claustrofóbico, a las pasiones osadas pero no tanto. Al menos, drama había y en cantidades ingentes en Gli indiferenti. No podía ser menos tratándose de un filme de Francesco Maselli, aqui adaptando un relato de Moravia. Resulta alucinante ver en el reparto a grandes figuras norteamericanas como Paulette Goddard, Shelley Winters o Rod Steiger. Si el escritor hubiese tenido pluma (y no precisamente estilográfica) hubiese quedado el conjunto un poco Tennessee Williams. Pero como sea que Moravia iba por otros derroteros, aquella historia de familia canibalesca que colisiona una y otra vez en un choque de pasiones ocultas y retorcidas se nos presenta como un "quiero y no puedo" de tediosos resultados. Eso sí, hay detalles de antologia: el peinado de la Cardinale con ese flequillito encantador que quiere significar flapper girl, la secuencia final en la que la chica arregla la mantilla con peina de una Goddard insólita y espectral (puritita has been) y, por descontado, esa alusión al incesto antes de que Visconti lo apurase algo más en Sandra.
El Il Magnifico cornuto (1965. Antonio Pietrangeli) Claudia estuvo asombrosa en el numerito del strip tease (tratábase de una secuencia onírica: el insoportable Tognazzi sufre una pesadilla en la que ve como su fiel esposa - Claudia, por supuesto- se desnuda en el dormitorio matrimonial ante los invitados masculinos -y ancianos- de la fiesta que está aconteciendo justo en esos momentos en que el esposo duerme). El tomate es tan cool, con las penumbras y planos tan calculados, que uno se decanta sin duda alguna por Claudia antes que por la Loren en el más famoso desnudismo de Ieri, oggi e domani. La comedia iba un poco en la onda crítica de Il Bell'Antonio o Divorzio all'italiana. El tema de los celos y el machismo herido del hombre latino entraban aqui a colación. En realidad, Claudia era muy fiel... sólo que al final ya no nos quedó muy claro. En cualquier caso, el Tognazzi se merecía todo lo peor (no en vano este comicastro que se estaba pasando la carrera queriendo ser un nuevo Gassman, ahora intentaba imitar a Mastroianni).

Otra cosa bien distinta fue la mentada Sandra (en el original, Vaghe stelle dell'Orsa, un verso imponente del no menos imponente de los poetas nacionales: Leopardi). El filme a pesar de marcar el principio de la decadencia (en el peor sentido de la palabra) de su director contiene detalles de enorme clase: la utilización de las ruinas de Volterra como elemento mítico para que deambulen por ellas unos modernos Electra y Orestes, el sentido trágico de unos seres incapaces de consumar un amor por cuestiones ancestrales, el regusto selectivo de un Visconti que alterna en la banda sonora a Cesar Franck con Pallavicini, la belleza de los dos hermanos protagonistas (Claudia y Jean Sorel), unidos más allá de la muerte... Y la actriz fetiche siempre, a la que vuelve a vestir de forma sublime: le coloca mantones bordados, pamelas del Vogue y foulards de seda infinitos que el viento erosionador de la zona convierte en indomeñables.
Tras este paréntesis patrio, prosigue con sus colaboraciones en los USA. The Profesionals (1966. Richard Brooks) tenía un espléndido reparto (Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan...) y contaba una buena historia, con un transfondo moral muy en la linea de lo que venía haciendo en el western violento Sam Peckimpah. Sólo que Brooks tenía suficiente personalidad como para aportar pretenciosidades de su propia cosecha. Fue el primer Oeste de la Cardinale.
En otra onda (marina) no importó que en Don't make waves (1967. A. Mackendrick) tuviese que hacer de italiana desplazada a las playas de Malibu. La comedia sigue siendo estupenda, toda una crítica ácida a la juventud ociosa de la California del amor, con el -a menudo- bobalicón (por tan hedonista) culto al cuerpo que rodea ese ambiente. Había ironía por un tubo, un adecuado comunicador de ironías (Tony Curtis) y un desfile de bellezas tan perfectas como descerebradas (no incluyamos a nuestro cromo, por favor: estaban Sharon Tate, Dave Drapper...). Claudia lució más simpática que nunca, ojo.
No abandonó la grata compañía de actores de reconocimiento mundial cuando se subió al carro (o carruaje) de la moda spaghetti western en C'era una volta il west (1968), tercera de la trilogía de Leone y de las más delirantes del ciclo. Junto a Henry Fonda, Jason Robards y Charles Bronson, la Cardinale estuvo furiosa y más mediterranea de lo usual en cuanto a look: a su pigmentación natural habría que añadirle las aportadas por el sol de Almeria, que no eran moco de pavo. Si el director se iba superando a si mismo, Morricone en la música rayó a la misma altura componiendo una banda sonora inspiradísima. Su tema principal es sublime, uno de los momentos de oro del score europeo, quiza tan estremecedoramente hermoso como el Moon River de Mancini, hasta el punto que cualquiera que muestre antipatía por el género del oeste se sigue preguntando cómo una melodia que parece directamente venida del cielo pudo ser inserida en un, a bote pronto, embrutecido mundo de vaqueros costrosos.
La Cardinale rubricaba la década con éxitos en taquilla, por lo tanto. Bien fueran a gran escala o de difusión más localista, como en el caso de la comedia de enredo Certo, certissimo, anzi.... probabile (1969. Marcello Fondato). En esta ocasión mantuvo el moreno almeriense hasta extremos milagrosos para presentarse como eterna buscadora del hombre ideal. No iba sola. La acompañaba su amiga Catherine Spaak, experta en deslices en la vida privada. En la película esta última le llegaba a quitar al guapazo latino Antonio Sábato, aunque de buen rollo (invitaba gentilmente a la Cardinale a un menage a trois, a lo que ésta se oponía ofendida). De todas formas, no resultaba mojigata. Salía despampanante al lado de un atronador equipo de bellos de los sixties (John Philip Law, Robert Hoffman, Nino Castelnuovo..., de lo mejorcito en galanes serie B). Como si de un remake de Casanova 70 se tratase, sólo que en clave feminista. Pero desengañémonos: lo mejor, la música.

No está en el objetivo del autor de los presentes cromos el diseccionar pormenorizadamente la carrera de actrices más allá de la década en que más impactaron. Asi pues correremos un tupido velo por unos años setenta (y posteriores) en los que de todas formas mantuvo un buen ritmo de trabajo para pantalla grande. En su madurez, Claudia seguía imbatible, victoriosa frente a la nueva generación de verduleras. En cambio me resisto a omitir la celebración que supuso el haberse reunido con el otro gran mito erótico de la época, la francesa Bardot. Cuando las dos se encontraron hubo choque de potencias. Todo aquel tinglado se tituló Las Petroleras (1971), una mediocridad más (rodada en Almeria y en clave western) del inventor de Martine Carol, o sea, monsieur Christian Jacque. A Claudia no le importó para nada que en la publicidad se las promocionase como dos pares de siglas rivales: BB contra CC. Ni que hubiese un constante recochineo insano durante todo el metraje a costa de sus físicos explosivos. El detonante, al final, estalló en forma de combate cuerpo a cuerpo que hoy en día se sigue recordando con regocijo... y humedades. Para mi gusto, en aquel climax de hembras opíparas CC ganó por puntos a BB (y es que la tunecina siempre tuvo algo más).

continua mañana