11 febrero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 28: CLAUD
IA CARDINALE (1938- )

Primera parte

La gran virtud del mito Cardinale fue saber conciliar dos conceptos en principio antagónicos, estos son: la exuberancia y la delicadeza. En esta actriz tales polos opuestos consiguen acercarse tanto ( hasta extremos simbióticos) que provocan en el espectador un sentimiento de amor pleno en connotaciones. A su lado, cabría la sensación de estar ante una mujer compañera, pero también una mujer culta (entre madre y maestra) y, desde luego, una mujer sexo. Tal maravilla no vendría propiciada en exclusiva por una característica natural. El apoyo de unos directores prestigiosos que supieron verle suficiente poderío como para que diese lo mejor de si misma, la consagrarían como fetiche del cine italiano, en especial de los años sesenta. Y qué mejor que sea en esa década, en la que van desapareciendo tantas señoras opulentas de sus pantallas, como si Cinecittá se hubiese agotado de tantos excesos pampanínicos buscando ahora un mayor equilibrio de fisicidades en consonancia con la escualidez pop (en última instancia, las tetudas más vulgares fueron confinadas a la serie B, donde alegraron infinidad de aventuras irreales y a todo color), cuando Claudia desarrolle sus aptitudes al máximo. También es verdad que su participación en obras cinematográficas que bebían de lo literario hasta extremos peligrosos, la fueron integrando en una elite que a la larga le hicieron asemejarse a una criatura... hermosa si, pero también más tristona de lo que en realidad era. Con autores apellidados Maselli, Bolognini, Fellini, Comencini y, por descontado, Visconti parecía ser muchas veces un sueño retórico salido de las páginas de una novela existencialista, neorrealista o decimonónica que dejamos a medio leer. Cuando los norteamericanos la llamaron no atendieron a tales atributos culturales, como era de suponer, sabiendo sacarle toda la garra, toda la simpatía, todo el erotismo primario (aunque siempre elegante, bien fuese en desnudez o en ropajes chic) de una señora tan mediterranea. Esa otra Cardinale, internacional y triunfadora, posee una serie de éxitos tanto públicos como personales que la hacen tanto o más inolvidable que cuando fue musa para sibaritas. El público llano se enamoró por completo, hallando en ella destellos de comedienne irresistible. Y aunque no llegaba al dominio que en ese terreno tenía una Vitti, contaba con algo de lo que la rubia carecía: humildad.
Luego estaría el color de su piel. Era de una morenez extrema, rayana en lo africano... aunque con impurezas. No en vano era tunecina de nacimiento (su madre era francesa, de todas formas).
Pero verla en determinados planos tenebristas de Vaghe stelle dell'Orsa (1965) es sintomático en este sentido. Parecía adelantarse a la reivindicación inminente de lo negroide como elemento chic (Donyale Luna, en otra onda Florinda Bolkan) y que además encajaría -tirando del hilo de lo sagrado- con la idea pasoliniana de una alternativa reivindicadora del Tercer Mundo, génesis de toda una civilización incontaminada.
En cambio, los origenes de la actriz al final no interesaron al autor de los Scritti corsari. Tampoco los primeros pasos de la muchacha en el mundo del espectáculo apasionarían lo más mínimo a una Mircea Eliade, en cuyas teorias se apoyó por igual el poeta. Y es que Claudia se inicia en lo de la farándula desde lo prosaico: ganando su correspondiente título de belleza (Miss Tunez '57). El concurso tenía como premio el poder asistir al Festival de Venecia de ese año en calidad de adorno precioso. Lució el palmito como mandan los cánones en las arenas del Lido. Su surtido de despampanantes bañadores con los que posó en posturas forzadas causaron sensación entre mirones y fotógrafos. El caso es que las puertas del cine italiano se le abrieron de manera repentina con la ayuda específica de uno que la observó de más: el influyente productor Franco Cristaldi.

Claudia entra en el tinglado de la manera más ortodoxa, por lo tanto. Sus primeros papeles son casi insustanciales, estaba el hándicap de que no sabía hablar apenas italiano. Se defendia en francés, idioma inútil si una quería pasar por muchachita napolitana, como le tocó hacer tantas veces. Asi fue doblada de manera muy dolorosa en repetidas ocasiones pues la actriz posee una voz muy personal (profunda y áspera).
En 1958 fue Carmelina en esa joya de la comedia all'italiana llamada I soliti ignoti. Junto a Gassman, Mastroianni, Toto, Pisacane y Salvatori apareció como ragazzina sencilla, metida en su casa, siendo asediada por el Don Juan de barrio (Salvatori) y siendo defendida de éste por el hermano de turno (Tiberio Murgia). Esta obra maestra tuvo su continuación, Rufufu da el golpe (1961. Nanni Loy), inferior pero también divertida. Con todo, en la nueva como en la clásica Claudia seguía pintando poco en una reunión de pobres diablos, todos del sexo masculino.
Hasta que no llegase su siguiente gran oportunidad se conformó siendo emparejada con los mejores galanes populares del momento: Salvatori y Arena, en Il Magistrato y Vento del sud, respectivamente.
Con Un maledetto imbroglio (1959. Pietro Germi) la chica tuvo más ocasiones para el lucimiento. Además el texto era óptimo (El zafarrancho aquel de vía Merulana, de Gadda) y el director, espléndido (Germi). Ella era la criadita Assuntina que corría tras el asesino Franco Fabrizi a los sones del Amore mío.
En Upstairs, downstairs (1959. Ralph Thomas) se vio involucrada por primera vez en un reparto internacional pero a costa de ser un elemento incordiante más en el matrimonio de Michael Craig y Anne Heywood. La otra producción all star cast del primer período fue Austerlitz (1960), desmesurada recreación del período napoleónico por parte de un Gance en el final de su carrera ( lejanos sus tempranos días de experimentador fílmico, aunque de alguna manera cerrase su trayectoria volviendo a evocar la figura del Gran Corso) en donde la bella fue una deslumbradora Paulina Bonaparte (pre Lollo). Visconti debio tomar buena nota de lo bien que le sentaban los vestidos de época para su futuro Gatopardo, aunque para abrir boca se contentó con tantearla en un breve rol en su hermosa Rocco y sus hermanos (1960). Claudia era una muchacha de familia milanesa (completamente integrada en el ambiente capitalino) que se casaba con un miembro de los Parondi (emigrados aldeanos sureños). No tuvo demasiado relieve en la tragedia que se cernía cual castigo divino sobre los parientes de su bello esposo (Spiros Focas era Vincenzo, muy bien retratado por Visconti en calzones, tras un tremebundo acto/secuencia subidísimo de dramatismo operístico. En cualquier caso, este tipo de bajón post-crescendo se lo agradecimos sus fieles), pero al menos intuimos en ella cualidades para el desgarro emocional.

Constaba en acta que Claudia había optado por el terreno de la calidad, gracias a las buenas mañas de su protector, el anteriormente mentado Cristaldi, con el que vivía una relación marital aunque sin estar casados (el matrimonio se celebraría en 1965). Lo que si tardó en consumarse, tanto que pronto llegaría la anulación, fue el que vivió con Mastroianni en la excelente Il Bell' Antonio (1960), aguda reflexión sobre las conductas machistas de una sociedad provinciana, aqui con el tema de la impotencia sexual masculina como centro de los dimes y diretes de la colectividad ("- Pero, Antonio. Toda Catania lo sabe!"). Marcello, el de pestañas larguísimas, estaba que se salía visitando burdeles y Claudia guapa de morir (la secuencia del columpio habría que incluirla en un lugar preminente en una selección de los mejores momentos de la Cardinale). Es un título que no ha envejecido un ápice (a pesar de la viagra), algo de lo que no puede presumir I delfini (1960. F. Maselli), enésima recreación de los huis clos en los que se sumergia la jóven burguesia italiana de mediados del siglo pasado. Aburridos como marmotas, bellos y elegantes, paseando su spleen por las calles y casinos, sin palpar el gamberrismo (como si lo hacían I vitelloni), los delfines del título tenían más puntos en común con los protagonistas de Calle Mayor (además también salía la maravillosa Betsy Blair) que con aquella pandilla felliniana. En realidad, el otrora elogiado por cineclubistas Maselli se nos antoja hoy en día un poco tostón o, para ser benévolos, demasiado libresco. No así Valerio Zurlini, siempre magnífico a pesar de sus tiempos muertos. Dirigió La ragazza con la valigia a mayor gloria de Claudia y ella le agradeció la golosina dándonos la primera gran interpretación de su carrera. Es un título emblemático, una referencia cinéfila, un fetiche generacional. Además se oyen melodías eternas dentro de una costumbre que el cine italiano de los años sesenta repetirá cual clisé. La Cardinale es una seducida y abandonada antes que la Sandrelli, una criatura adorable que al compás de Mina, en una playa solitaria pero para ella atestada de un tocón omnipresente, se la puede acariciar. Sentimos su piel, su melena lacia, sus penetrantes ojos... Además su admirador número uno tambien estaba de muy buen ver: Jacques Perrin era tan mimado por la cámara que en muchos momentos nos preguntábamos si aquellos alargados primeros planos del blondo no serían cantos velados a la pederastia masculina.
Repitió con Bolognini en La Viaccia, con un juvenil Belmondo de acompañante. Y ya que se encontraron juntos tan a gusto los volvimos a disfrutar poco después en Cartouche (los espadachines estaban de moda en el cine galo de entonces). Demasiado alborozo, demasiados saltimbanquis para una Cardinale preferible en atmósferas de melancolía. En el universo de Svevo, mismamente, se imbuyó pronto por capricho de su admirado Bolognini. Fue Senilitá (1962) la que volvería a pintarla triste y bella, en sus blancos y negros (más negros en su caso). En cambio, Fellini la requirió en aquella cabalgata masturbatoria titulada Ocho y medio como parte virtuosa de las ilusiones / recuerdos sexuales de su alter ego Mastroianni. Ella era Claudia, la mujer ideal (y vestida de oscuro, por cierto) fuera de todo harén. También, en mis pensamientos, la recuerdo casi rubia y preciosa, con media melena, como enamorada de George Chakiris, un partisano poco creible aunque tan moreno como cualquiera de los guerrilleros que salían en Paisá. Se llamaba Bube y ella era La ragazza de Bube (1963. L. Comencini).

Y en esto, Visconti la coronó para la eternidad con su terrenal Angelica Sedara (puesto que para celeste ya estaba Bertiana). En aquel admirable fresco de época, un canto supremo a lo decadente y al fin de race, Claudia debía representar la vulgaridad de la burguesía, la nueva clase dominante que iba en el tiempo a relegar de su status a la aristocracia personificada en el señor Lancaster y los suyos. Lejos de parecernos una criatura chabacana, a ojos del espectador (y en especial del príncipe Salina, felino otoñal) emergió triunfante la moza desde su actitud inconsciente, siendo capaz de sobresaltar la moral hipócrita de los reaccionarios desde una suntuosa mesa de gala. Sus salidas de tono pizpiretas, sus risas a destiempo motivadas por un espumoso chianti... Angelica libre de convencionalismos, entregándose -para pasmo de comensales estreñidos en siglos- a un sin fin de gestos (sus mordeduras tenues de labio significando indistintamente azoramiento, inquietud o rabia) que terminarían por enamorarnos sin remisión. En el larguísimo baile final cabían valses inéditos y gallops de contagiosa alegria pero -sobre todo-, retiene la memoria del cinéfilo de ley el principal, a cargo de una Cardinale no muy enterada de lo que significaba la mirada dolorosa de su viejo acompañante dancístico (¿en realidad era tan anciano el príncipe Burt?, ¡si aún tuvo fuelle para follarse off the record a todos los bellos garibaldinos que aparecían como extras en el filme!, según contó un indiscreto Patroni Griffi a uno que yo me sé), todo un Gatopardo dispuesto a no dar un traspiés a esas alturas de su existencia, the last waltz. Y aunque pecaba de rellenita con aquellos vestidos tan almidonados, remarcando con escotes bañera unos senos turgentes propios, a lo mejor, de una posadera de nombre Maritornes, por eso mismo fue que consiguió aportar una carnalidad abierta, nada camuflada, tal como se presuponía a las hembras de su condición. Y, en última instancia, si aquello era una parvenue, que venga dios y la compare con las que pueblan hoy en día las páginas de las revistas del Gotha.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

continua mañana

16 comentarios:

fulgencio pimentel dijo...

Que has puesto a la Sandrelli en la foto de Daniela Rocca.

Besos.

fulgencio pimentel dijo...

Y por cierto, me has dejado con la boca abierta con el periplo vital de la Rocca. El final trágico y las ambiciones literarias la dotan de un halo mucho más sugerente, al menos a mis ojos. Y ella ya me gustaba mucho.

Lo de la Cardinale muy bien. Yo personalmente nunca he sabido qué pensar con ella. Más que pensar, qué sentir. Porque tiene un erotismo raro, evidente pero raro. Y a veces, esa sonrisa de vedette prodigio me empalaga. Pero me empalaga de tristeza. Es como si fuera una belleza un poco condenada, lastrada desde el principio, hecha para envejecer. Quizá es el estigma africano.

Echo en falta una mención a los correteos con Delon por la casona semi vacía del El Gatopardo. ¿Qué tiene esa escena? ¿No es como una metáfora total dentro de una película que es ya en sí una metáfora? Sí, es eso, qué pesadez de época. Al menos Visconti asumía sus pretensiones literarias con elegancia natural, porque ve uno La Dolce Vita y las obviedades -suicidio e infanticidio del escritor Steiner, última oportunidad para la inocencia en la escena final...- rozan el ridículo del puro cliché. Cuidado, eso no le resta nada al talento plástico de ambos megahombres, ni impide disfrutar de sus pajotes fílmicos.

Pero qué época, Maciste... Cómo eran.

filomeno2006 dijo...

Virni Lisi creo que tuvo problemas con su pronunciación inglesa en los EEUU. En España, con más lucidez, se admite el doblaje con total naturalidad.

maciste II dijo...

Subsanado lo de la Sandrelli, pero a falta de Daniela en la net... Ja ja ja, es como una premonición de la que vendrá mañana.

En cuanto a lo de los correteos, si. Es metáfora sobre metáfora. Y en el caso de Visconti, metáfora al cuadrado porque en "Sandra" la Cardinale y su marido no hacen más que abrir puertas de la mansión, descubrir estancias secretas, lugares ocultos de su propio pasado... En otro nivel semántico, más para el pueblo llano, se entendería como exceso de decorativismo (ganas de deslumbrar). Ellos podían.

Fulgencio: Lo del doblaje siempre ha sido un tema muy controvertido. Yo soy partidario de él si se hace con mimo y eficiencia. Me asquean los puristas que prefieren manchones de letras -se llaman subtítulos- sobre una pantalla(tal como si estuviésemos viendo un canal de esos de videntes y sus 906). Y lo que aún más me duele son esos críticos seniles españoles que abominan del doblaje al considerarlo un atentado cultural de primer orden y, por otro lado, optan por airearnos, en pos de una honestidad de cinéfilo de corazón, un regusto excesivo hacia el cine popular de su niñez (el mismo que conocerían con las voces de los actores originales cercenadas y en español). Por lo tanto, sus ensoñaciones cinéfilas siempre serán una bastardía y su dilema contradición pura: cuando se enamoraron de Marilyn en su adolescencia ella hablaba castellano de Valladolid. A la otra, la auténtica habría que esperar a la llegada de los cineclubs (si es que se estrenaban películas de la rubia en antros de esos).

maciste II dijo...

Ah, Fulgencio. Ya tengo desde hace días el nuevo disco de SERPENTINA en mi habitación. Es más chulo...

maciste II dijo...

De Daniela tengo una foto preciosa en un viejo NUEVO FOTOGRAMAS, en la que sale con un sombrerito negro y muy moderna, que me parece a mí un poco la Teresa Gimpera.
Ay, si yo tuviera impresora cuantas cosas imprimiría...

Anónimo dijo...

Claudia Cardinale, italiana de cultura francesa; Edwige Fenech, francesa de cultura italiana

maciste II dijo...

Disiento anónimo. La Cardinale era una norteafricana de ascendencia materna francesa y recriada en Italia. En cuanto a la otra señorita, apostaría a que dominaba el francés (y a veces el griego) como nadie.

fulgencio pimentel dijo...

Es bellísimo el disco de Serpentina, con sus altibajos, y con su escasa o nula dote literaria. Pero bellísimo. Sorprende darse cuenta de la salud y la vigencia que puede tener hoy un talento à la Curt Boettcher (por lo menos) como el de Paco Tamarit, con la solvente ayuda de su hermana, que se defiende casi como una cantante lírica. Yo, además de esos dos monumentos psico-sunshine que son Mañana y Ven siéntate, alucino con Cambio de vida, que es la más Vainica-Cecilia del disco. No es una canción tan requetebuena como el Flora Rostrobruno de Parade, pero está a ese mismo nivel de conmoción si la tomas como un capricho vainiquero, es decir, como un capricho que puede partirte en dos en un momento dado.
De todas formas, la fiesta está en saber que hay hoy muchachitos (si sumamos a Single o a los Espanto) que pueden acercarse ocasionalmente como compositores a esas alturas vertiginosas que alcanzaron en su día Gloria y Maricarmen, con los matices y las cataduras de artista de cada uno.

Me quedo con ganas de más en el caso de la Sandrelli. Yo apenas la he visto en los 60, pero sí, y mucho, la he visto revolcarse en el barro durante los 70 y 80, y desde luego los 70 son su década clave. Así que te conmino a cumplir con tu promesa de centrarte en la década capital de la artista. Estás en deuda.

Por lo demás, me encanta tu visión. ¿Es buena? ¿Es seria? ¿Tiene algo más que aportar que esa cara de golfa, a menudo pepona y vulgar, dispuesta a tirarte como una lata de sardinas? Yo tampoco sé qué pensar de ella cuando me paro a hacerlo. Pero instintivamente la he apreciado, incluso con desmesura, desde la infancia. Por un lado, me ha puesto caliente perdido tantas veces como ha hecho lo contrario. Por el otro, esa ambigüedad del que traiciona pero no lo hace, y esgrime con tanta naturalidad el gesto de afligida en terrible conflicto interior, como el de la traviesa y amoral indiferente ante el dolor ajeno. Soy fan.

Su relación con Gino Paoli tiene tela (y si te fijas coincide con la época dorada y el posterior declive personal del cantautor, que culminó en esa bala que se disparó y que aún tiene alojada junto al corazón, que fue como el accidente de moto de Dylan, sólo que en Gino desembocó en una carrera mucho más seria y pausada y en un bigote Brassens que todavía luce.) Ella fue nada menos que la causante de la ruptura entre Paoli y Tenco, amigos desde siempre, cuando se calzó al segundo. Tenco era un muchacho mucho más apuesto y más todo, claro, sobre todo si lo comparas con esa especie de maestrillo de pueblo travestido de existencialista, cuello de cisne y gafas de pasta incluídas, que era Paoli. Pero no quita para que nos hagamos una idea de cómo perdió la cabeza Gino, casándose con una colegiala primero, y montando la de dios cuando la chavala hace lo que hacen todas: cosas locas.
La Sandrelli debió caer deslumbrada por el artista o por el icono pop, no por el hombre, eso está claro. Sólo hay que ver a Gino bailar como un pato y gesticular poco menos que como Aznar delante de su anfitrión Celentano en el programa de TV de éste último. Celentano se pitorreaba del gesto adusto de Gino en aquel despegue fulminante de su carrera, cuando encarrilaba un hit eterno detrás de otro, de La Gatta y Senza Fine hasta Il Cielo In Una Stanza o Basta Chiudere Gli Occhi, con la ayuda de los mayores genios arreglísticos de la época, de Morricone a Reverberi. Pero Gino siguió siendo un anticarisma cuando empezó a tirar del repertorio de Brel y Serrat y a componer cosas tan sofisticadas como Albergo a Ore y a defenderlas casi a capella en TV.

Yo por Gino he tenido devoción. No en vano fui amasando toda una colección que incluye todos sus LPs, EPs y singles desde el 59 hasta el 80, muchos de ellos verdaderos piezones. Luego, con los años, he acabado tendiendo un poco más hacia algunos de sus amigos de la escuela genovesa, Bruno Lauzi, Fabrizio un poco más, Tenco, más aún, y Piero Ciampi, el que más de todos. Pero lo que he gozado con Gino no se puede olvidar.

Bien, y perdona por el latazo.

maciste II dijo...

Son puntos de vista. Yo fecho el año de su gran revelación para el cine internacional en 1.964. A partir de ahí empezó el mini boom SANDRELLI. Y será durante esa década de los sesenta (la década de los cromos tanto de este mes como del venidero)donde realize sus mejores trabajos. En los setenta no dudo que fuese más popular en nuestro país (la moda del destape, los filmes de Jaimito). También deberías saber que trabajó menos en la década que apuntas. Y aunque lo hizo de la mano de directores consagrados o señores que iban a serlo pronto (en el primer caso: Comencini, Nanny Loy o Bolognini y en el segundo Scola, posiblemente) tienes que reconocer que ni los primeros afrontaban ya su mejor momento ni el segundo había hecho todavía su gran obra.

De acuerdo con la visión particular que me das de la actriz, tus reflexiones y apuntes personales cautivan, aunque tu mismo te has tenido que remontar a principios de los sesenta para encontrar cierta motivación (los parrafos más sentidos corresponden a la etapa Paoli bajo mi punto de vista: creo que su momento Serrat es igual de grande). Es lógico. Es la edad dorada de tantas cosas... A mi me costaría un güevo tener que ponerme a ensalzarla ol o que sea por su papel en JAMON, JAMON. Ni tan siquiera en "Alfredo, Alfredo" (a pesar de un juvenil Dustin Hoffman)me pondría yo a tono. Ah, pero cuando el primer Bertolucci... había clase.

Comparto ese boceto que has improvisado sobre su rostro vulgarote. Tal vez lo que sentiste por ella en los seventies lo sentía yo hacia la Mutti o la Antonelli (sólo por mentar las de la bota, que en España teníalas a discreción).
Y por si no lo dejé claro en post, la chica en esos comienzos me parecía muy competente, tremendamente natural y desparpajada (pero no a la Marisol, sino como actriz de adultez muy precoz: las tres Z).

En otro momento te opino de SERPENTINA. No conozco a los ESPANTO, o sí: creo que había bajado una canción de ellos, ahora perdida en no sé donde. Estos sólo tienen maqueta, ¿no?.

fulgencio pimentel dijo...

Los Espanto son un enigmático dúo (enigmático para los demás, porque son mis dos mejores amigos) de Logroño, que amasan sus cositas en voz baja y sin salir de casa. Comparten conmigo, bien por afinidad bien por influencia, buena parte de sus referencias, a las que suman una cosa indie entre Jesus & Mary Chain (que apenas ejercen, por temor al ruido) e ignotos grupitos que jamás salieron de su círculo de iniciados. También está la cosa literaria, más ortodoxa por la parte de ella, muy fans de Barral, y más loca por la parte de él, lector fatal de Nicanor, Jaime Jaramillo, Guido Gozzano o Giovanni Quesep. Son muy impertinentes, pero se disfrazan de afabilidad, porque también son personas muy educadas y agradables, cosa muy de agradecer siempre en un artista como en un vecino de escalera.
Sólo tienen maquetas, pero un sello madrileño (http://www.birrayperdiz.com/) ha editado un recopilatorio en cd, a mi modo de ver un tremendo error, porque mezcla etapas sin ton ni son con añadidos no del todo afortunados. Para hacerse una idea podría servir, pero no les hace justicia ni la portada. A éstos hay que oírlos en sus maquetas. Vamos, no hay otra manera de saber de qué van. Si quieres, puedo hacerte un envío, mándame una dirección a patron@fulgenciopimentel.com
También puedes oír alguna suelta en http://www.myspace.com/espantosi. Brigada de rescate es, de las que tienen colgadas ahora, mi favorita, aunque tiene ya dos o tres años. Tan tonta como es, me parece un clásico, y retrata muy bien al compositor.

Qué gracioso y qué afinado lo que dices arriba de los cinéfilos y sus versiones originales subtituladas. Yo lo suscribo a medias, porque no me negarás que hay cosas que no pueden verse dobladas: la Magnani de Bellísima, sin salirnos del tema, o Rossellini casi entero. El cine europeo, y el del tercer mundo ya ni te cuento, se lleva la peor recua de dobladores del país, a veces tan torpes y tan mal puestos que dan ganas de cruzarles la cara, sin tener ellos culpa de nada. No va nada de ver A través de los olivos de Kiarostami, uno al que está de moda poner a parir ahora, en un cine en VOSE a verle en la tele con dobladores del porno o de la TVG. De la primera sales flotando, de la segunda no aguantas ni diez minutos. A Rohmer no se le puede ver doblado, a Louis Malle sí. Pues eso, que en general, los subtítulos son manchas insoportables, como tú dices, que no se justifican en pos de ese naturalismo que muy a menudo tampoco aflora en el original. No hace falta irse a una de John Candy: verse una de Woody Allen subtitulada es insoportable.

Se me olvidó comentarte el regusto Algueró de algunas gemas de Serpentina, como la segunda del disco. ¿Lo pincha Juan De Pablos?

Hace un rato me he encontrado desayunando a un amigo mío, muy sabio y muy perra, al que recomendé echar un vistazo a tu blog. Le han gustado mucho, pero mucho los cromos. No tanto la anterior encarnación del blog. Pero sobre todo me ha dicho que a ratos le parecía estar leyendo a Alberto Cardín, quepor cierto fue muy amigo suyo. ¿No es un elogio muy lindo?

fulgencio pimentel dijo...

Me apena que digas del El soplo al corazón que "no es nada del otro mundo". Louis Malle topará siempre con esa losa por ser refractario al concepto de "obra maestra" (esas cosas que hacían como chorizos Losey, Kubrick y Mankievicz), cuando a muchos nos resultará el mayor de sus encantos. Pero digo obviedades. Yo personalmente no tengo culto a Louis Malle, pero sí lo tuve en la juventud, más como ejemplo vital que como artista, lo mismo que me ocurría con Cassavettes y otros que tampoco tienen nada que ver: hombres guapos, ambiguos pero buena gente, bien vestidos, que afrontaban retos anormales por tozudez casi infantil, sin el peso intelectual que se les atribuía, hombres que hacían cualquier cosa menos lo que les pedía el mundo. Mi leyenda del hombre libre no encaja hoy tanto con esa definición, pero eso no le quita méritos. Aún más, me hace más disfrutables sus obras. En el caso de Malle, un director rabiosamente heterosexual que jamás gustó a ninguno de mis amigos homosexuales como no fuera por pura pose artie, ésta se suma a esa larga serie de películas "menores" y maravillosas, que hay que ver con la misma aristocrática modestia con que las hacía: El Fuego Fatuo, Ascensor al cadalso, Los amantes, Vida privada, Lacombe Lucien, Atlantic City, Milou en Mayo, La Pequeña, Adiós Muchachos. Sólo por cómo elegía a sus amantes, de la Moreau a una casi púber Sarandon, ya me merecería un respeto, pero sobre todo me encanta cómo le odiaban todos los de la Nouvelle Vague en su encarnación más partisana, la de beatas de izquierdas y "renovadores" del cine patrio.

La química de la Massari con Alain Delon es algo único. Esa... como grave exuberancia del rostro de la Massari le sentaba de miedo al gesto de chapero aviejado que tiene a veces Delon. Son el polo opuesto a la pareja abominable, contra natura que formaban Nicole Kidman y Tom Cruise en las infernales escenas de matrimonio de Eyes Wide Closed. Pero bueno, a la reseña de la Massari sólo le pongo otro pero: a algunos que no somos de izquierdas ni falta que nos hace, también nos gusta. Incluso nos gusta como amiga, ya ves.

filomeno2006 dijo...

Lea Massari......¿De ideas izquierdistas?

maciste II dijo...

Filomeno: No sé a quien vota esta señora (o si vota siquiera). Yo lo único que escribí al respecto es que estaba ideológicamente centrada. Cuando hablé de las izquierdas me referí siemmpre a su predilección por trabajar con un tipo de directores comprometidos con la izquierda. Ahí está su trayectoria. A partir de ella el público simpatizante con determinadas ideas expuestas en la pantalla asimilaron a Lea como suya (de ahí lo de camarada). Con todo es una interpretación personal. ¿Qué pasa, que sois fachas?.

Fulgencio: Me gustan momentos más que otros de "Un soplo..." pero me parece que fue sobrevalorada en exceso (como le suele pasar a Kubrick, por cierto). Me deprime la ambientación de época (bastante mediocre), ese tufillo de escandalera de época para mi ya no tiene ningún encanto( ese morbo que, de nuevo repito, salva por los pelos el director con su buen hacer)y,sobre todo, ese final en que la familia se carcajea en plan "tomas falsas" que no sé a qué cojones viene. Para mi gusto,ni es una obra maestra ni tampoco una buena película, es simplemente correcta. Pero de la misma manera te digo que la secuencia en que el crio ordena la ropa interior de su madre sobre la cama, tratando de vestirla imaginariamente mientras él mismo viste su bata rosa (luego en el baño se pone las pestañas, eso ya es la hostia) me parece de lo mejor que filmó nunca Malle.

Ya seguiremos comunicados: ESPANTO, SERPENTINA, tu amigo,Cardin, mi anterior etapa... Demasiado para estas horas.
Buona notte fiorelino.

filomeno2006 dijo...

Y por fin, la Massari en "El perro", 1976.......

fulgencio pimentel dijo...

Maciste, lo de la Massari y los que no somos de izquierdas quería ser un gag. No sé qué se hará de Filomeno, pero el facherío no es lo mío, por más que encuentre la mar de simpáticos a algunos fachas e incluso tenga un hueco en mi Olimpo personal para ellos, como con Celine, Silvio Melgarejo, Sánchez Mazas, Tono, Mihura y hasta el comisario Loperena. No te digo la Riefenstahl porque no la siento una facha ni en su etapa de los 30s.

Se puede no ser de izquierdas y tampoco ser facha. De hecho es el único abanico que me interesa. Mismamente puede ser uno liberal, anarco o anarcoliberal. Hasta un social demócrata à la mode no es hoy un ente de izquierdas. La cosa era bien distinta en el 65, y en Italia más. Ahora no es necesario comulgar con el Libro Rojo ni brindar por Stalin, como entonces. Pero aun así me río de la superioridad moral con que se creen investidos algunos de esos izquierdistas de hoy. Por un lado. Por el otro, la beatería es siempre de izquierdas, y yo ni quiero ni creo ser una beata.

Son explicaciones cogidas por los pelos. También son las que me salen ahora, que estoy recién levantado, miestras me fumo todos los cigarrillos que les debo a las horas e sueño. He descubierto un extraño placer en escribirte. Quizá sea sólo que pareces apreciar en parte lo que digo, como yo aprecio lo tuyo. Pero creo que tiene que ver más con la ciega intimidad que proporciona esto. También he descubierto una incipiente dislecsia que me hace releer y corregir continuamente las palabras, como en aquella canción de Ovidi Montllor, "desescrit tot el que escrit". Será el estar tanto tiempo alejado de mi antiguo oficio, será la edad o los genes.

Los momento más amanerados de Malle, como ése que describes, o el principio de Atlantic City, con la Sarandon frotándose las tetas con limones al son del Casta Diva, suelen ser los más apreciados por muchos. A mí me gustan, pero me gustan más sus "no momentos". No te voy a llevar más la contraria en cuanto a la peli, entiendo lo que dices y hasta puedes llevar mucha razón, incluso en lo del final: alguna vez he pensado que es como un halago a la burguesía y a su cinismo, ese "aquí no ha pasado nada". Quizá muchos lo encuentren simpático también por eso. Pero no deja de ser sincero, si tenemos en cuenta quién es Malle y de dónde viene.

Yo a Kubrick no lo soporto, aunque tenga algunas, unas pocas películas buenas.

Hasta luego, Maciste.