19 enero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 26: LAS ANNA MARIAS

Anna Maria
FERRERO (1934- )
Fue una delicatessen. Su belleza era suave, delicada, natural. Además era una muy buena actriz. Si en el cine sus aptitudes las aprovecharon lo justito, en el teatro su sensibilidad se recompensó con creces gracias a sus interpretaciones de textos shakesperianos (maravillosas y ya históricas serían sus Ofelias y Desdémonas), incluso de la versión musical de Irma la douce (su canto del cisne). Su participación en el cine arranca en 1950, ella tenía apenas dieciseis años. El primer papel relevante le vendría en seguida, un año después, con su Maria de Il Cristo prohibito, única incursión del escritor Curzio Malaparte en el medio. Era la huerfanina que recogieron en su casa antes de la contienda y que al finalizar se encontraba tan vacía y sucia como el resto de los habitantes de la comarca. Además guardaba el secreto inconfesable de quién había asesinado al hermano de Raff Vallone y sufría teniéndoselo que ocultar. Estuvo desgarrada y emotiva hasta más no poder. En Ragazze da marito (1952) alternó con los De Filippo. Era una comedia popular agradabilísima en donde se atrevió a sumarse al fenómeno exhibicionista de moda, aunque sin salir de casa (había una larga secuencia de comedor en la que la muchacha se paseaba en sostén y braguitas para pasmo de mamá Titina). En 1953 formó parte del reparto coral de Villa Borghese, película rodada integramente en escenarios naturales (el tan emblemático paraje romano). Entre los jardines y estanques idílicos aparecía Anna Maria, en compañía de un grupito de estudiantes a los que pronto abandonaba no bien veía caminando como cada tarde a su amor platónico: un profesor maduro con problemas de glaucoma.
Retornó al mundo dialectal de Eduardo al personificar a la napolitana que debe emigrar al Norte en pos de una vida mejor. Fue en Napoletani a Milano (1953), un buen ejemplo de las constantes artísticas de su autor, dentro de una suerte de adecuación de la idiosincrasia regional al medio cinematográfico perfectamente válido pero, a menudo, incomprendido por los críticos. En cualquier caso, la aportación de De Filippo al movimiento neorrealista está todavía pendiente de una justa reivindicación. Volviendo a Anna María, conseguía aqui un puesto en unos grandes almacenes de la gran capital y en ella veíamos todos los orgullos y las zozobras de la que se siente extraña, contando para superarse con la inestimable ayuda del norteamericano Frank Latimore a su lado.
Terminó tan productivo año formando parte del interesante reparto de Febbre di vivere (1953. Claudio Gora), según la novela del escritor y también actor Leopoldo Trieste. Junto a Anna Maria (que aqui aparecía realmente exquisita, parecía por momentos una verdadera princesa) se encontraban los veteranos Massimo Serato y Marina Berti, además de un jovenzuelo y guapísimo Mastroianni en uno de sus primeros papeles dramáticos. La historia giraba en torno a un grupo de burguesitos aficionados a las apuestas de caballos y, sobre todo, a las trampas que se mueven en torno a este juego. De hecho Marcello regresaba de la cárcel donde había estado penando injustamente por culpa de su amigo el bellaco Serato. La trama amorosa se complicaba cuando Anna Maria, novia de Massimo y embarazada de él, confesaba su estado a todos menos al padre que a su vez bebía los vientos por la Berti, a la sazón prometida de Mastroianni. Esta última no sentía ningún interés por el bello Marcello y, de alguna manera, con su comportamiento precipitaba la trágica muerte de otro de los amigos que conformaban tan peligroso círculo snob (la Berti aqui gozaba de un buen papel de connotaciones fatalistas y finalmente trágicas, en lo que era la despedida de una de las actrices más bellas que dio la cinematografía europea de ese período). En realidad, Febbre di vivere fue una de las primeras antonionadas surgidas al socaire del éxito mundial de Cronaca di un amore. Se demostraría pues que a Antonioni ya se le empezaba a copiar el estilo desde bien temprano, sin tener que esperar a su famosa trilogía de la incomunicación. Ateniéndonos a esto, la Ferrero bien pudo haber sido una buena sucesora de la Bosé, ésta a puntito de afincarse en nuestro país. Y, por descontado, la Berti otro tanto de la elegantona Rossi Drago, si no estuviese la mujer despidiéndose de su frustrada carrera.
La consagración cinematográfica de Anna Maria llegó al ser la Gesuina de Vasco Patrolini en la cine versión que dirigió Carlo Lizzani de su Cronache di poveri amanti (1954). De ella se enamoraba el anti fascista Mastroianni. Los resultados fueron óptimos, quedando un filme repleto de tristeza y ternura (como solía pasar cuando se adaptaban las novelas neorrealistas de este autor). Su encuentro con Sordi en Una parigina a Roma (1954. Erich Kobler) en cambio no fue nada satisfactorio. Independientemente de la servidumbre reglamentaria al cómico, la Ferrero debía además ceder protagonismo a la gabacha del título, la menos importante Barbara Laage. Todo lo contrario de cuando se topó con Toto (Toto e Carolina) pues estuvo deliciosa (en realidad, ambos lo estaban) como zagalilla hastiada de todo y con tendencias suicidas (ni que decir tiene que el que más padecía era el venerable cómico al intentarla salvar una y otra vez de sus intentos fatales de desembarazarse de si misma).
Será a mediados de esa década cuando conozca a uno de los hombres más importantes de su vida, el genial Vittorio Gassman. Se enamoraron y casaron formando una de las parejas fugaces (con Gassman no cabía otra posibilidad) más hermosas del cine y el teatro nacional. En su compañía teatral Anna Maria pasó los momentos más dulces de su carrera. Era lógico que coincidieran los dos en la gran pantalla. Y asi pasó: en la super producción Guerra y Paz (1957. King Vidor) y, más juntitos, en Kean (1956), cine biografía del mítico actor shakespeariano Edmund Kean. A partir de estos dos títulos la trayectoria de la Ferrero mengua en calidad. El final de su matrimonio coincidirá con su intervención en la que fue su última gran película: ni más ni menos que Il mattatore (1960. Dino Risi), uno de los one man show más impresionantes del signore Gassman.
Al poco de conseguir el divorcio, Anna Maria volvería a contraer nupcias con otro actor: el guapísimo Jean Sorel. Y entonces se retiró definitivamente del mundo de la interpretación.

Anna Maria
PIER ANGELI (1932-1971)
La enamorable Pier Angeli fue una de las figuras más pateticas de la historia del cine. Comenzó fuerte, pero conforme su fama se fue desvaneciendo ella también se fue apagando hasta el punto que a los treinta años de edad ya estaba completamente quemada. Los norteamericanos la convirtieron en sus inicios en una especie de caprichito personal. Todo el mundo se sintió cautivado por su frescura, su sinceridad, su mirada incontaminada. Reflejaba a la perfección la inocencia de la italiana adolescente que había pasado por una gran guerra (y desde luego, por lo que vendría a posteriori). La Metro Goldwyn Mayer a raiz de aquella desarraigada Teresa (1951. Fred Zinnemann) le hizo un contrato de seis años apartándola de la Italia que la había amado antes, cuando debutaba en Domani é troppo tardi (1950). De alguna forma, la angelical actriz había conmovido antes a Europa que a los Estados Unidos con este filme italiano. En España fue un escándalo que aún tardaría en estrenarse (los españoles conocieron a esta Anna Maria al mismo tiempo que a la posterior de su contrato hollywoodiense). Domani... se atrevió a hablar de sexualidad entre jóvenes con todo el grado de permisividad del que se era capaz en aquella época tan complicada (hasta se aludía de manera sutil al tema de la masturbación masculina). Y los encuentros furtivos de la pareja protagonista, aunque magnificados por exigencias del melodrama, resultaron lo suficientemente procaces como para generar un aluvión de comentarios en países como el nuestro (tan huerfano de sexo).
Tanta expectación no impidió que la carrera posterior de Pier Angeli resultara un desastre. La Metro que la había mimado hasta extremos enfermizos (los productores debieron identificar a Teresa -la pobrecita emigrada por amor- con ella, porque si no no se entiende) al poco le daba de lado. La confinaron a títulos inocuos como el musical Sombrero (1953), El milagro del cuadro (1952) o Tres amores (1953), drama circense donde compartía reparto con Kirk Douglas. Al menos, con este último pudo vivir un breve romance que sería cortado de raiz por la mamma Pierangeli (señora tan veladora de la pureza de su hija que se volvió una especie de cinturón de castidad humano). La intransigencia de la matriarca se repitió cuando Anna Maria se dejó cortejar por el rebelde James Dean, en un período en que el greñoso rubio ansiaba sentar la cabeza de tanto devaneo pecaminoso. Cuando la mamma abortó el sonido de las nuevas campanas de boda con Dean, apareció el relamido crooner Vic Damone y entonces la vieja dio su consentimiento para que se procediese al fín a la profanación de la virgen (tratábase de un oriundo italiano).
Si la vida sentimental de la ya lejana Teresa empezaba a presentirse la mar de azarosa, en cambio su carrera profesional era de lo más absurda. La Metro no sabía que hacer con ella y de vez en cuando era prestada a otras productoras. Asi en la Warner hizo de ingenua en El caliz de plata (1954), que había sido concebida en sistema cinemascope e incluía sets insólitamente estilizados (Paul Newman peinado de Brando en Julio César quería pasar por el escultor del caliz que Cristo sirvió en la última cena). Y con Newman repitió en el drama boxísitico Marcado por el odio (1955), película muy agradable pero de argumento nada original (se había dicho todo ya en cuestiones del ring en décadas pasadas). Conforme pasaron los años cincuenta, Pier Angeli se empecinó como pudo en dar un cambio de imágen, en tanto que se notaba a las claras que la habían etiquetado de mala manera. Su malestar aún fue a más al percatarse de que su hermana, la estupenda y también actriz Marisa Pavan, estaba gozando en Hollywood de mejores oportunidades que ella (La rosa tatuada). Hubo proyectos frustrados (pudo haber sido Julieta con un Romeo idéntico a Brando) y como su cuesta abajo era evidente optó como única salida al encasillamiento el volverse más osada: cantante de cafe de mala muerte en Puerto Africa, esclava muy ligerita de prendas de una reina lesbiana en Sodoma y Gomorra y poco más. En los sesenta como tantísimos cromos de esta colección se vio envuelta en la vorágine de los subgéneros de la serie B.
A todo esto, Pier Angeli ya aparecía en las revistas del corazón sin su mirada inocente, sin su sonrisa virginal. Se había divorciado de aquel cantante de marras y ahora intentaba conseguir el amor con el reivindicable compositor Armando Trovaioli. En cambio, su spleen permanecía, transformándose en algo crónico hasta llegar a un estado depresivo con intento de suicidio y posterior internamiento en un psiquiátrico. Su muerte le sobrevino no habiendo cumplido aún los cuarenta.

continua mañana