18 enero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 25: GACELAS

ELSA MARTINELLI (1935- )
La Martinelli saltó al cine después de una breve carrera como modelo adolescente. Su debut en la gran pantalla fue tan prometedor como el de su compañera Rossana Podestá. Nada menos que se estrenaba en Hollywood como partenaire de Kirk Douglas. La película se llamaba The Indian Fighter (1955), un discreto western dirigido por el artesano André de Toth que la presentaba oficialmente al mundo (o a ese mundo acostumbrado a ir a los cines de barrio) como hermosísima india, hija de un jefe sioux. Estaba viviendo nuestra gacela una experiencia similar a la de una Montiel o una Maria Elena Marques, forasteras en Estados Unidos que en tanto que latinas debían apechugar (y nunca mejor dicho) con el sentido racista de la colonia hollywoodiense que les daban sin mayor miramiento cometidos de este jaez. Antes de su consagración mundial en Hatari! su estancia en la Meca se restringió a un papelito de italiana en la mediocre comedia Four girls in town (1957. Jack Sher), vehículo idoneo para que la belleza estrepitosa de su parejita principal (George Nader-Julie Adams) se luciese en su máximo esplendor.
Y mientras no le llegó el turno a nuestro cromo de bañar a aquellos elefantitos tan pintureros en el anteriormente mentado safari existencial, dio bastante que hablar en su país de origen. Italia le hizo un hueco, aunque dada su fisonomía elegante y actual (look que ella se había encargado mucho de perfeccionar gracias a ser portada en innumerables publicaciones ilustradas) los productores se debieron plantear si la chica encajaba en realidad en el mismo espacio de las Rallis y Allasios. Mientras sacaban conclusiones, Elsa se atrevió a imitar a la Mangano de Arroz amargo a la altura de La risaia (1956. Raffaello Matarazzo) con resultados tan inferiores como era de preveer. Repitió indumentaria, se adornó con tecnicolor y pantalla panorámica, incluso se marcó un baile a la desesperada. Pero su impacto ya era de segunda mano. Mejor estuvo en Donatella (1956. Mario Monicelli), su interpretación fue premiada en el festival de Berlin. Y pronto optó por la indefinición, lo que la equiparó a muchas de las italianas amorfas de ayer, hoy y siempre. Por ejemplo, en La mina (1958. Giuseppe Bennati) iba de ingenua muchacha de pueblo marinero. Mientras que en La notte brava (1959. M. Bolognini) aparecía como aguerrida prostituta suburbial, peleándose a bolsazo limpio con la Schiaffino. Dio pues una de cal y otra de arena. No obstante, siempre fue una presencia agradable, nada barroca. Su físico estaba acorde con el prototipo que había instaurado una Grace Kelly o una Audrey (esto se ve claramente en sus trabajos fotográficos). Y cuando Howard Hawks la llamó para ser el elemento femenino absoluto de Hatari! (1962) entonces todos sus fans nos dimos cuenta que había nacido con la nueva década una estrellita tan chic como lo pudo ser en su momento Grace Kelly en Mogambo. Como mujer hawksiana (alegre, independiente, temperamental, fantasiosa) estuvo a la altura de la media y sus careos de seducción con John Wayne lejos de transformarla en una criatura incestuosa la aproximaron al maduro desde una perspectiva adulta muy sugerente.
Como tantas de su generación prosiguió su carrera cinematográfica picando en los sub géneros. Más importante fue su proceso de sofisticación de cara a su imágen pública, favorecido por su profesión de modelo (que continuaba) y su presencia en infinitos saraos de la jet set internacional, donde fue miembro privilegiado.

LORELLA DE LUCCA (1940- )
Gracias a su matrimonio con el director Duccio Tessari la monina De Lucca no paró en los años sesenta de hacer cine de géneros. En cambio, esa Lorella en mayoría de edad no resulta destacable ni siquiera a niveles sociológicos, o de mini mito popular a la altura de una descolorida revista de fans, como cuando empezó en esto a mediados de los cincuenta.
De la quinta pues de Marisa Allasio, en nada se le pareció: ni en físico ni en ímpetu, ni en nada. La De Lucca era una gacela menuda e insípida. Sosa y tontuela hasta la extenuación. La que hinchaba los carrillitos para decir Uffaa... o adoptaba mohines y pucheros de desagrado al más mínimo revés rosáceo. En sus Poveris ella quería a los machitos pero jamás llegaba a acercarse a ellos porque el juego de potencias físicas entre estos y profesoras adolescentes más avezadas la intimidaban hasta anularla por completo. Quizá como queriendo demostrar que si seguía el ejemplo de la entrañable Guendalina (o sea, la francesa Jacqueline Sassard, la mejor gacela del período fifties en Italia) podría conseguir comerse el mundo, fue invariablemente millonaria pijales en títulos como Domenica é sempre domenica, Padres e hijos, Primo amore y en algunas comedietas más ambientadas en poblaciones costeras en épocas de sol.
Terminada la pubertad, la De Lucca se conformó siendo una de tantas desplazadas por una nueva generación de pollitas, más desparpajadas y valientes que ella (la Spaak, la Mori, la Sandrelli...). Eso sí, al menos la caída la cogió trabajando.

ALESSANDRA PAN
ARO (1939- )
Alessandra pese a ser compañera de la anterior en la serie Poveri ma belli, no resultaba tan indigesta. Quizá porque en muchos aspectos se la vió con intenciones muy directas a seguir los pasos de la más lista de la clase, la Allasio. Como la rubia, esta gacelilla romántica protagonizó una película basada en una canción, Lazzarella (1957). Y como ella, también quisó representar la sexualidad en edades ilegales (Avventura en Capri) junto al siempre macho Maurizio Arena. Por desgracia se quedó a medio camino, pero para su prestigio, al ser la novia de Ciro ( el hermano juicioso de los Parondi) en Rocco y sus hermanos (1960. L. Visconti) su nombre irá siempre ligado a una obra maestra del séptimo arte (aunque su cometido se limitase a llevarle los bocadillos a la fábrica donde trabajaba el morenín). Su retiro del cine se produjo a mediados de los sesenta después de que tanto peplum la dejase anacrónica perdida. Y su despedida no fue nada afortunada. De hecho uno de sus últimos filmes la presentaban como hija problemática de nuestra Sara Montiel. Fue en Pecado de amor (1961), en un papel que igual si lo hubiera hecho la De Lucca nadie se hubiera dado cuenta de la diferencia. Con todo, si decidimos que la Montiel aquí parecía Lana Turner, entonces convendríamos, por esa regla de tres, que su hija no era otra cosa más que un calco de Sandra Dee.

continua mañana