17 enero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 24: LAS ROSSANAS

ROSSANA PODESTA (1934- )

Apareció en el mundo del cine augurando un futuro de estrella venturoso y prometedor. Y esto gracias a su inclusión en la superproducción de Robert Wise Helena de Troya (1954). Sin embargo su carrera no fue exitosa, ni tan siquiera relevante. Ahora que lo pienso, también aquella Helena de la Warner había sido un soberano fracaso, a pesar de que vista hoy en día se revela como un epic muy entretenido, teniendo a su favor sobre todo un enorme despliegue de medios aderezado a su vez por un gran gusto por lo artesanal.
Rossana fue la mítica rubia pero por desgracia estuvo inexpresiva. En su bisoñez hasta se le podría perdonar el haber aceptado el altísimo desafío de ser tal dama (su Paris no era un talentoso shakesperiano tampoco: el bello galán francés Jacques Sernas). Además Wise tuvo problemas con ella al no saber hablar inglés. Como recurso alternativo para levantar tanto embolado se operó sobre el filme una fuerte campaña publicitaria. Puro marketing para atraer a la gente a los cines.
En Italia se entusiasmaron con la idea de que hubiera nacido una nueva estrella. Un año antes, Rossana cumplió con las leyes del maggioratismo en tierra extraña y a las ordenes de Emilio "Indio" Fernandez en el formidable melodrama pasional La Red (1953). Vivio pasiones turbulentas, asuntos desmadrados y escenas amorosas muy subidas de tono. Estamos en la mejor época del mexicano, siempre acompañado de un equipo de profesionales soberbios que dotaban a su cine de una poética sumamente personal: guiones enloquecidos pero efectivos, actores competentes y creibles, personajes muy humanos, enorme vigor narrativo, una fotografía esplendorosa, espiritualidad y arraigo hacia la tierra... La grandeza del cine del Indio radicó en saber universalizar unos temas autóctonos hasta casi llegar a una suerte de abstraccionismo nacional. La Podesta cumplió como bien supo, su carnalidad se ajustaba a las de las chamaquitas divinas de la época (Columba, Maria Elena, Dolores y María) y se revolcó por la arena con el genuino Crox Alvarado, aquí sustituyendo a un insustituible Armendáriz. Pero a partir de ahí, la Podestá renqueó en una serie de títulos que acabarían conformando una trayectoria que parecía no arrancar nunca. Aprovechando el reclamo de su previa Helena de Troya se embarcó en unos cuantos filmes históricos: fue dama de un pais que no viene en los mapas en Solo contra Roma (1962. Luciano Ricci), la bíblica Marta en una biografía fallida de Maria Magdalena en La espada y la cruz (1.958. C.L.Bragaglia) -la pecadora oficial era Yvonne De Carlo en plena decadencia europea, una princesa egipcia muy mal caracterizada en La freccia d'oro (1962. Antonio Margheriti) y una hija de Lot, o sea, Stewart Granger fatal, en la espantosa Sodoma y Gomorra (1962. Robert Aldrich). Tal vez su película más digna la rodó en España junto a Arturo Fernández y se llamaba Un vaso de whisky (1958. Julio Coll), título emblemático que en su momento causó enorme escándalo (básicamente realismo algo descarnado -aparición del personaje del gigoló- y utilización de música de jazz -José Solá- como si fuese aquello una de la nouvelle vague). Rossana redimía con su bondad al canallesco Arturo que por entonces empezaba su carrera cinematográfica metido en los ambientes del negro barcelonés.
Y punto. Porque según avanzaban los años nuestro cromo se perdió en fugaces escarceos con los subgéneros de moda sin resaltar en ninguno (el inconveniente de la edad le impedía figurar primera en cartel).

ROSSANA SCHIAFF
INO (1938- )
Aunque el grueso de la filmografía de esta mediocre señora se desarrolla en la década siguiente, será a finales de los cincuenta cuando comienze a dejarse notar ( y de manera apabullante) en La sfida (1958) de Francesco Rossi. Aquellos labios carnosos y enormes, aquellas curvas desopilantes, aquella morenez brava remitían una y otra vez a la primera Loren, ida con los dólares. De hecho, algún crítico la definió como un calco físico de la incomparable sin el talento ni el genio de la original. Porque la Schiaffino fue un fiasco. Pésima actriz, inapropiada la mayor parte de las veces... Una petarda, vamos. Aún pudo en esa década primera mostrarse ordinaria (lo único que supo hacer bien en su vida) en La notte brava (1959. M. Bolognini). Allí era puta pasoliniana, o sea: de extrarradio, y se daba de bolsazos con una compañera de guijarros (la Martinelli). Pero como la historia la escribió aquel poeta las mujeres callaban cuando los chulos se adueñaban de casi toda la porción del metraje, cuando se llenó de noche la pantalla y vimos sus coches deportivos, las mansiones de okupas pijos o los after hours en los bares con gramola.
La Schiaffino estrenaba los sesenta en peplums del montón (Teseo contra el minotauro, El rapto de las sabinas) pero como princesa de tebeo fue una más y nunca la mejor. Cuando volvió Bolognini a procurarle un mínimo prestigio estuvo fatal. Fue en La corruzione (1963), donde no nos la creíamos de signora de la alta burguesía de Milán (no, ya no es que no fuera la nueva Loren, es que no tenía tampoco, ni por asomo, la clase de la Bosé). En La Mandragola (1965), Lattuada le confió el personaje de Lucrezia, dama del Renacimiento. De la Florencia maquiavélica, por más señas. Y por supuesto no daba el pego. Cuán ideal hubiera estado en su lugar una Cardinale, por ejemplo. Rossana se limitó a aguantar la respiración para parecer excelsa cuando le colocaban suntuosos velos negros y lucir zorrona cuando se le daba por jugar en la cama (esas sábanas traviesas) o en los baños públicos. El genio de Toto y el instinto erótico de Lattuada harían el resto (lo suficiente para emerjer La mandragola como uno de los títulos fundamentales del cine italiano de los 60). En cuestión de osadías, a lo más lejos que llegaría la seudo diva en su década fue a la práctica del sado maso chic en Jaque a la reina (1969. Pacuale Festa Campanile), pero daba la casualidad de que en el reparto debutaba la increible (y más jóven) Haydee Politoff que se la comía viva en todo.
El director Vincente Minnelli le dio el mejor papel de su vida en Dos semanas en otra ciudad (1962), engendro en torno a los excesos de los cineastas norteamericanos en Cinecittá, con un guión con aroma a Harold Robbins que da náuseas. Pero repito que ahí la Schiaffino dio lo mejor de si misma. Hacía de verdulera.

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