15 enero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 22: Las FRANCAS

Franca VALERI
(1920- )

Qué lástima que la fama de la Valeri no haya traspasado las fronteras de su país. Es una magnífica comedienne, una de las presencias más pintorescas del cine italiano de los años cincuenta. Y, por encima de todo, una actriz muy dúctil. Si hubiera que definirla a la ligera y con una mentalidad a la española, diríamos que fue la Gila de allí, por su propensión al gag construido con la apoyatura de un teléfono. Bien es verdad que con un aparato de estos ella obraba milagros en cuestiones de comicidad, pero es que además su estilo azerado, cargado de ironía y mordacidad iba siempre dirigido a estigmatizar los usos y costumbres de la burguesía milanesa, de donde procedía. Las posibilidades de trabajar con su voz fueron enormes. En una de sus primeras apariciones en pantalla grande, junto a Totó nada menos (Totó a colori, 1952), imitaba el acento francés con total desparpajo, pues era miembro de un grupo extravagante de seudoartistas gabachos que se traían a Italia toda sus pantomimas cargadas de afectación, en nombre del existencialismo tan en boga. Totó se inmiscuía en la reunión de alucinados con ánimo de ridiculizar (se había disfrazado de algo semejante a Salvador Dalí). La única que se salvaba de la quema era por descontado Franca, capaz de reirse de si misma y de despertar adhesiones cool cuando pedía que se cantase algo de Cab Calloway (un detalle de gran exquisitez, sin duda).
Ni que decir tiene que semejante dama del humor poseía un físico difícil, no sujeto a cánones establecidos. No era ni mucho menos un estafermo; era feucha, sin más. En ella no se cumplía el refrán de La suerte de la fea... En el momento álgido de las comedias rosáceas, triunfaba la belleza despampanante, en muchos casos tópica de la maggiorata. La Valeri supo encajar las circunstancias, dando soberbias interpretaciones desde el beneficioso rincón de los característicos. Y desde la modestia hizo milagros. Contemplarla en algunas cintas de Sordi (uno de sus mentores teatrales) sigue maravillándome en tanto que jamás era anulada por el divo egocéntrico, sosteniendo muy bien las réplicas, aguantando los planos en sus téte a téte. Y un incontenible Albertone la dejaba actuar (un filme de Sordi es por lo regular un show del Sordi de siempre elevado al cubo) teniendo por seguro que la fea iba a calmar en su justa medida sus tendencias histriónicas. Con ella al lado, el otro respiraba. Véanla si no en filmes como Un eroi de nostri tempi (1955), Il Bigamo (1956) o Il vedovo (1959). Y cuando la juntaron con Sophia Loren en Il segno di Venere (1955) para que fuese su hermana, la atómica parecía una idiota narcisa en comparación con la sabia Franca.
Su inclusión sistemática en los repartos de innumerables filmes corales de los cincuenta indican que durante un tiempo fue insustituible. Además y por fortuna, rara vez se repitió. Nada hay menos parecido a una Valeri a la altura de Villa Borghese (1953) que una Valeri de profesión Signorine del 04 (1955). En el primer título ella simbolizaba al paraje romano desde otra perspectiva: era una mujer de noche, la que aguantaba las soporíferas conversaciones de sus clientes en sus trayectos en automóvil, la que se apuntaba de jurado en un concurso de Miss Cinema sólo para que la policia que iba tras de ella no la enchironara, la que sublimaba toda esa nimiedad de topicazos rameriles con un sin fin de detalles gestuales siempre precisos, nunca exagerados. En cambio en Signorine era solterona recalcitrante, deseosa de enganchar al pretendiente por la boca, preparándole innumerables variaciones de un mismo plato. Una pesada gastrónoma de fumetti era ella.
Tanto transformismo fue enriqueciendo su leyenda en otros campos como la radio, el teatro y la televisión. En este último apartado, fue una gozada poder disfrutar de sus monólogos (teléfono en mano, claro) en el programa de Mina Sabato sera (1967), disponible en Emule y recomendadísimo para todos los lectores de Fantasia Mongo.

Franca BE
TTOJA (1936- )
Otra actriz sumamente interesante que no gozó en su momento de grandes oportunidades para demostrar su talento o, al menos, de que nos pudiera aclarar de que este seguía ahí, como cuando se destapó como revelación absoluta en el filme de Germi, L'uomo di paglia (1957). La Bettoja era una belleza rara, en absoluto estamos hablando de una mujer exuberante. Al contrario, pecaba de sencilla. Podría definirse como monina. Pero lo que debería importarnos más es que poseía una especial sensibilidad para los registros dramáticos. Algo que no se aprovechó. Viéndola en las fotos que he colgado, habría quien podría sacar la conclusión que tenía algo de fantasma de medianoche. Es la escasez de material gráfico el que me obliga a recurrir al mundo histérico de los aficionados al terror que la ensalzan machaconamente en el papel de Ruth Collins para The last man on earth (1964), con Vincent Price y sus transfusiones. Sin embargo si hubiera que etiquetarla en algún género este sería el de las aventuras exóticas serie B. Su debut fue tal que así. Y en Egipto, junto a Ricardo Montalbán y Carmen Sevilla en una estupidez titulada Los amantes del desierto (1957. Fernando Cerchio). La Bettoja era una amante pasada de Ricardo (que no se sabía bien si era príncipe o ladrón, o las dos cosas a la vez por culpa de un guión escrito a la desesperada) y tenía un buen par de escenas: una, curándole las heridas al macho y otra, en posición de aspa siendo torturada en una rueda giratoria como si se tratase de la noviecita del compañero bottom de El Guerrero del Antifaz. O de la más potente mora Zoraida, que tuvo mala muerte en dicho tebeo español de posguerra. Franca no en vano se llamaba Zulaica. Aqui la vimos morena y aguerrida. Estaba claro que aún no se había definido bien. Porque lo mejor de ella misma lo dio al poco tiempo con su composición de la emocionalmente inestable Rita en L'uomo di paglia. Estuvo a punto de romper un matrimonio modélico pero en modo alguno la contemplamos como elemento contaminante, antes bien sentíamos profunda conmiseración por sus crisis interiores que la hacían ir dando tumbos... desde los silencios siempre, nunca desde el exabrupto. Había pues nacido para el neorrealismo tardío (e intimista) otra criaturita indefensa y tenue, incapaz de echar pecho como, en cambio, sí lo hacían tantas de su quinta. Pena que aquello no tuviese prolongación. En los años sesenta se montó al carro de la moda peplum pero se bajó en seguida. Fue Samia en un par de ocasiones para un Sandokan demasiado maduro - Ray Danton- como para rivalizar con todo un soberano Steve Reeves. Casó con Ugo Tognazzi, con quien trabajó en Il fischio al nasso (1967) y se despidió del cine con sendas colaboraciones en un par de filmes mediocres de Ettore Scola (Riusciranno i nostri eroi...) y Marco Ferreri (Non toccare la donna bianca).



continua mañana