14 enero 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 21: GINA LOLLOBRIGIDA
Segunda parte


A pesar de que había debutado en el cine de habla inglesa dos años antes con La burla del diablo (1953. John Huston), filme que de todos modos estaba rodado en Italia, y que contaba con un guión delirante de Truman Capote, no fue hasta Trapecio donde lograría poner una pica en Hollywood. Este título imperecedero del muy denostado Sir Carol Reed sigue siendo un formidable espectáculo cinematográfico con todos los tópicos y hallazgos inherentes al sub género circense. Sub género que por razones siempre potentes solía incluir una fuerte carga pasional en sus tramas, deviniendo por tal motivo tragedias sobre un trampolín, un trapecio o una jaula de fieras. A su vez, la pasión se originaba gracias a algún triángulo amoroso que además -y por razones laborales- iba muy ligerito de ropa, dando lugar a un erotismo exhibicionista de lo más reconfortante (pensemos en cuerpos y situaciones en El gran espectáculo del mundo, Apasionadamente, Tres amores o los viejos filmes mudos de maestros como Dupont - Varieté- o Murnau, con su inconclusa Four devils). En Trapecio es Gina la que se interpone en la amistad infranqueable de Burt Lancaster y Tony Curtis, una de las parejas masculinas más hermosas que parió el cine universal. Desde su consabida tendencia a la petardez logró lucir un escueto maillot de lamé que amenazaba con romperse sobre la lona, aunque tal hecho bien es verdad que fue desmentido por el bien de la señora censura.
Siguiendo con los repartos internacionales amó a la bestia más famosa de la historia desde lo alto de un campanario parisino en la adaptación de Jean Delannoy de la conocida novela Notre Dame de Paris. Ella, por descontado, fue la zíngara Esmeralda y su Quasimodo el siempre excesivo Anthony Quinn (que no consiguió borrar el recuerdo de la creación laughtonesca del filme de Dieterle). En cuanto a Gina, nos dimos por enterados de que a una bella gitana de portada del Paris Match le sienta muy bien el rojo. Sobre todo, si su encendido vestido tiene mucho vuelo para soportar una danza semi aflamencada en plena plaza pública.
Y es que a la actriz le gustaba mucho el baile. De hecho pronto volvería a danzar a su manera ante el mismísimo Rey Salomón cuando fue la Reina de Saba en un disparate que hasta da verguenza decir que lo dirigió el inmenso King Vidor. Sin embargo, asi fue. Para los críticos indulgentes la película es interesante a nivel de anecdotario, en tanto que durante el rodaje fallecía Tyrone Power, que fue sustituido por Yul Brynner (que como todo el mundo sabe eran como dos gotas de agua). Por lo demás, la Lollo tentó al rey casto con un desaforado exhibicionismo de bañera y vestidos descocados que la mantuvieron a ojos del público mundial como una de las hembras más imponentes del cine transalpino.
Dando una de cal y otra de arena, se enfrascó a continuación en un título oscuro del norteamericano (de alma griega) Jules Dassin con reparto internacional y que estaba ambientado en un pueblecito del sur de Italia. El asunto se títuló La ley. Esta la "infringía" el brigante Yves Montand (aquí con bigotillo a lo Gable) que bebía los vientos (como medio pueblo) por la popolana. Nuestra hembra se volvió a (des) vestir con ropitas muy sencillas, de generosos escotes y hasta se bañaba en el río con dichos atuendos (ella era capaz hasta de reverdecer su bersaglierismo de antaño con tal de no perder el tren al que las emulillas de la Loren se habían subido recientemente: Allasio, Martinelli...). Con todo, fue una película extraña, mostrándonos una Italia tan rara como lo pueda ser una tarantella cantada en francés por Marino Marini. Lo que quedó claro de todo aquello fue que la Lollo era demasiado amiga de lo ajeno y que escupía tan bien como una lama, que Mastroianni seguía siendo muy salao y que preparaba hechuras (entiéndase, probaba con los trajes de marca, pues lo que estaba por llegar era el gran mundo de los snobismos: ¡Fellini!), que Yves Montand seguía siendo un gilipollas y que Paolo Stoppa un actor como la copa de un pino, que Melina Mercouri hacía méritos para transformarse en elegante travestón de máscara única y que Raff Mattoli como pescador que estudia para abogado brillaba sencillamente como una divinidad.
Luego, prorrogó sus servicios al capital norteamericano con una irrelevante participación en el filme bélico Cuando hierve la sangre (1959. John Sturges) en donde al parecer se dio de hostias con el mismísimo Sinatra y Desnuda frente al mundo (1961. R. MacDougall), melodrama architrillado sobre señora que se debate entre el amor de un padre (Ernest Borgnine) y un hijo (Tony Franciosa).
De nuevo en Italia se tiñó el pelo de rubia y se hizo putana de gasolinera en La bellezza de Ippolita (1962. Giancarlo Zagni). Aqui interpretaba un twist con un bikini de pedrería de mínimas proporciones, pasaba parte del metraje con el culo en pompa y se acostaba un poquitín (y de buenas) con la cantante Milva. Casi lo único sobresaliente de esta mediocridad era la presencia de esta diva del microsurco y los escenarios, a pesar de que su cometido era tan escueto como el tapacoños de la otra y, sobre todo, un desperdicio (sinceramente, ver como da vueltas a una farola la intérprete favorita de Giorgio Strehler es poco menos que un dolor).
Afortunadamente a Gina le llegó un papel con mayor enjundia. De nuevo a manos de Jean Delannoy retornó al cine histórico (y un punto academicista) en la biografia filmada de Paulina Borghese, alias Venus Imperial. Se trataba de una muy digna recreación de la vida de tan animosa princesa, hermanita del sobreprotector Napoleon. Había un reparto espléndido de celebridades internacionales y ella estaba bellísima pero, como siempre, desproporcionada en edad. Hubo un momento mítico con el que habría podido ingresar en la leyenda para públicos exigentes: cuando decidió despelotarse frente a Canova tal como la historia de la escultura quiso. Y otro momento empalme para los amantes de los físicos masculinos con las mallas tomadas de perfil de Stephen Boyd, demasiado abultadas para ser reales (el hacía de Canouville).
En La mujer de paja (1964. Basil Dearden) se codeó con dos ilustres del cine inglés: Ralph Richardson y Sean Connery. Es un melodrama entretenido pero algo fuera de onda sobre la idea de desembarazarse del elemento anciano del triángulo y en donde la mujer tomaría el puesto de la homicida (Gina era la enfermera de Richardson). Nada que pudiese interesarle mínimamente a cualquier jóven cachorro del free cinema, vamos. Estuvo agradable junto a Rock Hudson en Cuando llegue septiembre (los estilistas de la Universal le crearon un vestuario más moderno pues la bella parecía anquilosada en un estilo ancien regime con pestazo a alcanfor que tiraba para atrás). Y como las divas italianas son como son, cuando murió Rock Hudson, aireándose de paso su homosexualidad, ella señaló en una entrevista que nunca se hubiera imaginado que aquel macho al que amó una temporada pudiera ser eso.
A mediados de los sesenta seguía estando bellísima y dispuesta a destaparse lo que hiciese falta. Su condición de mujer de mediana edad no le impidió en absoluto pasearse por la gran pantalla con toda clase de lencería para niña en filmes como Dos menos uno, tres (1967. Gulio Questi) o darle amor de amante al propio autor del Quijote en un producto de Vincent Sherman e Isidoro M. Ferri que fue un verdadero horror (Cervantes).
La Lollo a punto de cerrar la década de los sesenta terminó por divorciarse de su fotógrafo y siguió imparable rodando películas en lo que era la recta final de tan imparable carrera. De entre tanta aventura, comedia romántica, westerns y dramas destacó su interpretación en Buona sera, señora Campbell (1968. Melvin Frank) por el hecho de que se recuperaba a la primera Lollobrigida, tanto la de los textos de Moravia como la del neorrealismo amable. La tal señora Campbell había estado enrollada con tres soldados yanquis (Telly Savallas, Peter Lawford, Phil Silvers) durante la ocupación alemana y veinte años después retornaban para preguntarle quien era el padre de su hija (Janet Margolin). A la actriz la premiaron de lo lindo, sin duda fue su última gran película. Porque su verdadera última película la rodó cuatro años después y se llamaba Las aventuras de Pinocho (1972. Luigi Comencini), según el cuento de Colodi en adaptación de la genial Suso Cecchi d'Amico. Ideada como una mini serie para televisión fue reestructurada para poder ser exhibida en cines. Sea como fuere, el proyecto fue un relativo fracaso. Y eso que aquel personajillo tan patrio como es el niño de madera no era la primera vez que era adaptado por el cine italiano.
No he vuelto a ver este título desde mi niñez pero no guardo recuerdos gratos de él. Gina era el hada buena que a mí consiguió aterrorizarme en un conjunto grisáceo y algo siniestro en donde la animación a lo Disney se echaba de menos una enormidad. Convendría repasar este Pinocho de principios de los setenta aunque con la debida prudencia al, repito, tratarse de un asunto que atañe a traumas infantiles personales. Algo por lo que todos hemos pasado. Mismamente el otro día hablaba con un amigo cuarentón sobre el mal rollo que le despertaban en sus meriendas de los sixties los encantadores Thunderbirds de Sylvia Anderson. A mi me pasó con este niño con postizos y hadas madrinas algo rococós.
La despedida de la Lollo del cine dio paso a una nueva faceta profesional tan radicalmente distinta que asombraría a sus fans más encanecidos. Como fotógrafa, corresponsal viajera llegó a entrevistarse con Fidel Castro y otras personalidades del siglo XX. Como si la antigua maggiorata se hubiese transformado por hechizo Kodak en una fusión entre Inge Morath y Oriana Fallaci (pero sin la vocación, ni la militancia, ni la sensibilidad de las anteriores). De hecho al cabo de un tiempo de retiro, en un recién inaugurado siglo XXI, la Gina de siempre, la del faranduleo y la petardez terminó dando la nota discordante con el anuncio de su boda con un jóven español que bien podría ser su nieto. En plena boga de las exclusivas a cargo de grandes momias de anteayer, la Lollobrigida pasaba a engrosar la lista de señoras que aferrándose a un imposible intentaban recuperar las glorias pasionales de juventud. Y todo a costa de perder la dignidad.

continua mañana

10 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Vino una vez a Madrid a fotografiar al entonces Presidente Adolfo Suárez (que había trabajado como figurante en "Orgullo y Pasión" 1956, rodada en la capital castellana de los Cantos y Santos).

Anónimo dijo...

Sobre "Los amantes del desierto", 1957, hicieron un "doblaje cachondo" Tip y Coll en "Asalto al Castillo de la Moncloa", 1978.......

maciste II dijo...

Vaya par de curiosidades. Thanks a lot. En cuanto a lo de las celebridades poco cinemáticas,también Serrat trabajó en calidad de extra en LOS ULTIMOS DIAS DE POMPEYA (1.960. Mario Bonnard).

maciste II dijo...

Y volviendo a LOS AMANTES.... se notaba muchísimo que la Sevilla no dejaba oscular en la boca a nadie, les salieron unos besos forzadísimos.
Además hubo un jaleo medio histórico al coincidir el rodaje con el ataque inglés al canal de Suez. Creo que Carmen se cagó por las bragas p'abajo (hubo evacuaciones...del equipo de Perojo y todo)y luego iba al Pardo a contarle al residente entre sollozos lo del asalto. Franco se moría de la risa.

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: si hay dos caracteres que están en las antípodas son el del gallego Franco y el de la andaluza Sevilla........P.S.: Cine de Barrio estaba muchísimo mejor con el gallego Parada.......

maciste II dijo...

Pues qué quieres que te diga.... A mi me pone más la Sevilla que el sr. Bahamonde. Toda la vida (Carmen y Paquita Rich fueron dos de los rostros más bellos del cinema mundial durante los años cincuenta). Y que el sr. Parada, of course. Aunque no niego que CINE DE BARRIO con el maricón de la barba era cien mil veces mejor (aunque nunca fue de barrio, porque de barrio era el cine de romanos, el terror malo, el cine S, los programas dobles del Oeste y la ciencia ficción barata...).

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: ¿Has visto "El rapto de Elena, la decente italiana", 1971? Si la has visto, me gustaría conocer tu opinión.......Un saludo.

maciste II dijo...

Pues no la he visto, pero haber si lo hago pronto porque hay ahí un reparto muy importante(la Valeri haciendo de alucinada Cassandra, la Schiaffino armando la de Troya - de Rossana a Rossana) y Giancarlo que a principios de los setenta era la de dios (una especie de Robert de Niro a la italiana). La apunto.

filomeno2006 dijo...

Recuerdo en nebulosa, entrevista en la TVE en blanco y negro de 1971 o 1972 a la Schiaffino en programa de sobremesa........En 1976 tomó parte en "La trastienda" filme precursor en materia de destape.......

Louella dijo...

As usual, es usted un pozo de sabiduría. LO ADORO. Mille tendresses.