26 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo quincuagésimo quinto

Enfrentándonos al cruel destino
(y II)
Verano 1983- Otoño 1984

Escondrijos

En el comercio de toda la vida yo me aburría como una ostra. Era pequeño, lleno de humedades... Una estructura en recta que hacía imposible el escaparme de las miradas adultas cuando, a lo mejor, me apetecía manosear un busto femenino de plástico adornado con sostén. En cambio el otro local era una pasada: a mis ojos ocupaba kilómetros. Tenía vestuarios a tutiplén, despachos de todos los tamaños, oficinas que parecían las de una comisaria de telefilme norteamericano... (había cientos de revistas de moda por las estanterías. Pasé horas degustando los catálogos de las pasarelas de Milán y Paris, idolatrando a los modelos masculinos que iban todos dívinos de Armani). El despacho de papa era cojonudísimo: de gran magnate. Aire acondicionado, dictáfonos vintage que comunicaban con la tienda y la secretaría, y una mesa inmensa de caoba, adornada con figuras ecuestres muy de potentado. En ella me hizo entrega ese mes de septiembre de un sobrecito con dos mil pesetas por haber estado trabajando allí todas las tardes del mes de agosto. Mi primer sueldo, si. Pero, aunque me parecía poco, yo en realidad no merecía tanto. Apenas hacía otra cosa que desbaratar, enredar en el almacén (donde ni siquiera aprendí a anudar los paquetes), encrespar los ánimos de las empleaditas Mari Carmen, la pavisosa y Milagros, la fea. A la primera, rocié con el limpiador de cueros para sillas. A la segunda, con la que me tronchaba por su comicidad innata y su nariz ganchuda, similar a un llamador de puerta antigua, le llevaba la contraria en todo pues la creía putona al andar siempre presta a admirar a cuanto mozo de buen ver pasara por la calle.
Qué lejos quedaría aquel mes de ventiladores y cuchicheos de los empleados (como Camilo que llegó a decir de mí que prefería estar en la tienda de ropa de mujer para mirarles el culo en el probador a las manolas) cuando, llegado el otoño, ese mismo mundo se desmoronó con la fragilidad de una torre de naipes.
Ante el ultimátum del juzgado, mi padre se puso en manos de sus abogados que le aconsejaron entregarles las llaves de la gran tienda cuanto antes. Era el único medio de salvar la otra. En cuanto a los bienes de casa, no nos daban la seguridad de que aún asi fueran respetados. Por lo tanto, si queríamos conservar el televisor en color o el joyero de mamá, deberíamos cuanto antes esconderlos. Recuerdo que fue una semana de auténtica locura. De pánico a que llegasen los interventores para hacer balance de las propiedades (que eran mínimas y básicas. Ni siquiera se nos había pasado por la cabeza comprarnos un video o una cadena musical).
Papá habló con el dueño de la casa. No tuvo ningún inconveniente el buen hombre en dejarnos subir a su buhardilla el televisor grande. En cuanto a las joyas, se armó una buena trifulca conyugal cuando a papá se le ocurrió que podían ser guardadas en el rancho (otro nombre no le veo) del comerciante mafiosillo que ayer menté. En su inmensa hacienda campestre había ido a parar igualmente un montón de mercancia del gran comercio que habían sacado de estranguis mi padre y un empleado de confianza una noche a altas horas de la madrugada (dicho sea de paso, un tanto por ciento de aquella mercancia pasaría a ser del mafioso, que era muy dado a vender ropa ilícita, cuando no robada). Así que también pensó que las joyas estarían muy bien allí. Mi madre puso el grito en el cielo. Trató al fulano de pirata y a su esposo de confiado rozando en lo gilipollas. Se armó la de San Quintín. Se golpearon paredes, arrojaron objetos al suelo. Se trataron de lo peor. Y yo por el medio. Estaba viviendo una situación más conflictiva que la de cualquier hijo de padres divorciados. Porque acabado el matrimonio se acaba la rabia y, en mi caso, aquello no tenía fín. Por lo pronto, los brillantes maternos (que no eran nada del otro mundo pero que tenían un valor afectivo, sentimental, indudable) permanecieron durante un mes en el interior de la caja de la persiana que había en el techo del salón comedor.
Todo el maldito embrollo me superaba. Ni siquiera me planteaba el almacenaje de mis juguetes más queridos, o de mis manuscritos más corregidos. Me dejaba llevar, con el único desfogue que suponía el reencontrame ese otoño con Ortiz (sin Máximo), con Carlos y Héctor (al que pronto se sumaría Javier) o con los pintorescos nuevos amigos Mario y Rafael (la remozada conexión gamberril para mi estrenado bachillerato).

En el precipicio

Pasado un tiempo prudencial y viendo que ni los de Mudanzas BBVA ni la policia hacían acto de presencia en nuestro desmantelado hogar, poco a poco fueron los objetos ocultos recobrando sus posiciones habituales. Pero las amenazas de acabar en la miseria seguían cerniéndose sobre la familia (si ya es que no lo estábamos, que no lo sabía). Papá prosiguió con el viejo local. Tras el despido masivo (hasta más de tres docenas de empleados) se quedó con cinco con los que iba tirando más mal que bien. Continuamente le llegaban cartas del juzgado con notificaciones relacionadas a muchos de los antiguos que le pleiteaban reclamando historias viejas. Así que se pasaba buena parte del dia en el palacio de Justicia entre abogados y procuradores. Cuando le dieron un respiro recuperó la idea de echarse las cubetas al hombro y volver a hacer los pueblos. Era un método infalible para sacar pasta, además tenía más don de gentes que nunca. Le habían salido colmillos, de acuerdo, pero estos no dificultaban que de su boca brotaran malabares verbales embaucadores. Fue cuando mi madre pasó a formar parte de la plantilla. Y yo a la soledad de mi cuarto, procurando evadirme lo posible. La que no se escapó de ningún mal trago fue ella a la que le aparecían peña del pueblo del ex socio pidiéndole la nueva dirección en Venezuela para ir a liquidarlo. O un mal dia, que le cayó un interventor demasiado carroñero exigiéndole, a golpe de papel sin firma, que le diese inmediatamente todas las piezas de tela Príncipe de Gales y pata de gallo que la polilla aún no se hubiese comido. Entonces mamá, cual leona defensora de lo que era también suyo, sacó el genio y echó al atracador con maletín a cajas destempladas del comercio. Y lo hizo a ritmo de golpes estridentes de vara de metro sobre el mostrador. Por si el otro estaba sordo.
Visto el petate al que exponía a su mujer, papá espació sus viajes. Pero los problemas eran incesantes. La mayoría de los actuales empleados, hartos de que sus salarios se demorasen (en algunos casos, les debían hasta cinco mensualidades) empezaron con la denuncias. Y de nuevo a los juzgados. Apoyados por los sindicatos nacionalistas, la familia laboral arremetió contra su jefe que ahora, aparte, tenía que luchar con su fobia a ultranza hacia los barbudos izquierdosos que, aún por encima, venían hablándole gallego. Mi padre se amparaba en sus derechos ante una situación de suspensión de pagos como era aquella. Lo que no quitaba para que siguiera teniendo a la Sala de lo Contencioso como su segundo hogar.
Yo comía con todas estas debacles siempre y cuando el patriarca llegase a su hora a casa. Era tal la desproporción de los acontecimientos que no reparábamos en un detalle mucho más sangrante que todo lo anteriormente citado: el cambio de su aspecto físico. Estaba adelgazando, se le caía el pelo, de igual forma sus dientes se pudrían ocupándose él mucho de tratarlos, sin ir a un dentista, arráncandoselos de cuajo. Padecía insomnio y no comía bien. Fumaba como un carretero. Estaba siempre malhumorado. O lo que es lo mismo, sumando todo lo anterior, sumido en un estrés que estalló clamorosamente durante una mañana invernal de 1.984. El único empleado que le quedaba se asustó de veras al escuchar de su boca la intención de acabar con su vida. Le habría regalado un traje, despidiéndose al final con enorme gravedad, me figuro. Lo vio salir de la tienda, cabizbajo, literalmente hundido. Fue detrás. Se dirigía al puente romano. Allí mi padre se reclinó sobre el borde de la pasarela de piedra y volcó su pecho hacia el vacío. El otro al ver sus intenciones lo agarró rápido del brazo. Y lo consoló o no sé qué pasó. De esto me enteraría por mi madre de manera muy indirecta días después.

Todo 1.984 lo pasamos entre sus angustias y mis huidas ficticias. Acababa mi infancia con un golpe brusco. Ya no implicaba una concienciación subjetivista de lo que podía ser un mundo adulto, aquel que me gustaba retar en algunos de sus aspectos y, aún así, de manera pintoresca ( acordaos de que la primera vez que fui al barrio de las putas no fue para perder la virginidad sino para hacerles una interviú) o para retroceder sin más (por seguir con lo sexual, la primera vez que me había acostado con un chico deseable aquello me había producido una pérdida de la libido extrañísima) sino que la cruda realidad me abrumaba a cualquier hora, si estaba en casa, con decretos, sanciones, conspiraciones, estafas, apariciones de matones a sueldo, contrabandeo y dudosos movimientos bancarios. Y, por descontado, con broncas al límite, amenazas de quedarnos con el culo al aire... Era lo que siempre me había hablado mi padre, esa jungla de asfalto en la que no quedaba otro opción más que matar para que no te matasen a tí. Y, aún en esos momentos delicados, me encaraba a su derrota sacando mi rebeldía niñata a paseo para apoyar, ante sus apagados ojos, a sus obreros (que también tenían familias y también comían) y abjurando de la figura del empresario canibalesco y predador. Mientras tanto Cástor, allende los mares, ya disfrutaba de un complejo hotelero bastante concurrido. Unos tanto y otros tan poco.
Como mucho, la única lección que quise aprender durante ese período triste es que el único que tiene suerte en esta vida es el ladrón y el traicionero. De ahora en adelante sería un hijo de puta comme il faut.

FIN de INFANCIAS VERDES

25 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. 

Capítulo quincuagésimo cuarto: Enfrentándonos al cruel destino (I)


Los inicios de una mediana empresa
Mi padre conoció a Cástor a principios de los años sesenta. Ya sabeis que era viajante que trabajaba mucho esta ciudad y sus zonas limitrofes así que conocía al dedillo todos los establecimientos de telas. Cástor era un vulgar empleado de una tienducha nada céntrica de la capital que se hacía pasar por dueño. Papá era muy campechano e ingenuo, un clásico self made man que, de haber nacido en Estados Unidos, bien pudo haberse llamado Gary Cooper o James Stewart. El roce intensivo de ambos treinteañeros favoreció el que surgiera una amistad que el otro supo aprovechar no bien fue despedido por el verdadero jefe de la tienda. Papá por entonces deseaba estabilizarse, abandonar tantos viajes que habían dejado sumida en la soledad a su esposa, la cual permanecía en La Coruña sin más compañia que la de un perro terrier. Así que entre Castor y él se hicieron con un bajo para asentarse como sociedad anónima dentro del campo de lo textil. Consiguieron alquilar uno en pleno centro. Papá buscó casa y se trajo a mamá.
En lo personal, Cástor estaba soltero. Y bien que estaba. Ninguna intención tenía de casarse a pesar de que la tipa con la que andaba a menudo, una zagalilla culo de pollo, le había dicho que estaba embarazada de él. Por mediación de mi padre el socio accedió finalmente a contraer matrimonio acarreando con un hijo que, según las malas lenguas, era en realidad de otro hombre.
Pasó la década de los sesenta entre cambios del local (finalmente se ubicaron justo al lado de la casa en la que todavía resido) y la incorporación de las respectivas mujeres al mundo del trabajo. Mi madre, en una zapatillería muy recoleta. María, que así se llamaba la mujer del socio, chuzando como una negra de modista en su domicilio. Por problemas de salud, mama abandonó el chollo y, ya que se aburría en casa, ayudaba en las ocupaciones domésticas a la otra (eran madrinas, mis padres apadrinaron al pequeño Alfonsito. Había un estrecho vínculo entre ambos matrimonios). Pero lo que la otra tenía de curranta también lo tenía de mala lengua. Iba diciendo a diestro y siniestro que mamá estaba de criada para ella, que lo suyo era fregar los platos. Al enterarse la perjudicada, sus relaciones se enfriaron notablemente. Al poco nací yo y las cosas se fueron encarrilando de otra manera.

La bonanza
Los años setenta fueron los del despegue del establecimiento. Empezaba a adquirir un renombre. Se contrataron empleados. Mi padre se especializó en lo que mejor se le daba: agarrar de cubetas con muestrarios e ir a la aventura por todas las Galicias. Al regresar los viernes a la noche, la recaudación que se traía era astronómica. Según Cástor, un viaje de Alfonso valía por todo un mes con el comercio abierto. Y eso que lo que se sacaba durante un mes allí no eran cantidades nada desdeñables. Los paletos, los principales clientes gracias a que la calle era parada obligatoria de unas cuantas líneas de autobuses, se dejaban sus pesetas, esas que en muchos casos llevaban escondidas por debajo del refajo o por dentro de los pantalones de pana atados al cordel. Eran desconfiados, teimudos, pero al final pagaban. No eran así los vecinos que amparándose en la confianza del mañana te pago dejaban pufos escandalosos.
Teníamos un par de sastres y un contable. Lo cierto es que todo parecía discurrir como la seda. Ya he dicho en algún capítulo anterior que a mí, de muy crío (y aún de grande), nunca me faltó de nada. Me sobraba, que no era igual. Los fines de semana eran de merendolas apoteósicas. Vivíamos sin lujos pero con una holgura que luego ya no hubo. Porque luego vino la mierda. El ir descubriendo poco a poco que las cuentas no cuadraban, que hojas de libretas de ventas eran arrancadas por el propio contable en complot con el socio aguililla. Eso es lo que era. Aunque ante la debacle posterior, acontecida a principios de los ochenta, habría que cambiarle el calificativo por el más específico de ladrón.
Cástor se sentía tentado con tanta entrada de dinero. Azuzado sin duda por su ambiciosa señora, se metió en el bolsillo todo lo que pudo. Y no sólo de nuestro comercio, también pedía prestado por el pueblo, solicitaba ayudas bancarias en una maniobra tan retorcida como fue la de engañar a su propia mujer al realizar fotografías de los terrenos de sus suegros jurando a los banqueros que aquellas eran sus propiedades. Estas, pues, le servían de aval para beneficiarse de unos préstamos que jamás devolvería. Fueron apareciendo ejemplos del lujo del nuevo rico provinciano (para pasmo de los amigos más fieles: entre ellos, mi padre) como aquel par de Mercedes que él decía que estaba pagando a plazos. Se sentía pletórico en su villanía trepadora tan sólo cercenada cuando vino al mundo su segunda hija, Susana, de la que siempre se sintió avergonzado al nacer con taras psíquicas.
Papá en todo momento era el tonto de la película. Dadivoso en consejos, tratando a Susi y Alfonsito como hijos suyos y, por supuesto, economizando lo justo como hacía con su SEAT 131 inseparable al que utilizaba tanto para el trabajo ordinario como, en los fines de semana que hacía bueno, para sacarnos a pasear. Todo lo más, la mitad de los ingresos por nuestra parte iban directos para el negocio.
La apoteósis del despilfarro llegó con el cambio de década. Los socios se hacían con un local enorme en la misma calle. Consiguieron créditos de los bancos y siguieron adelante. Muchas ventas, nuevos empleados, entre ellos media docena de viajantes que libraron un poco a papá de tanto ajetreo... Y todo llevado con ese sentido paternalista del mediano empresario hacia sus obreros. Procurando formar una familia en común. Cástor dio trabajo de igual modo a un cuñado. Si, Camilo el papa de Venerando (aunque como mozo de carga ¡a los cuarenta años!).

El crack

El caso es que lo que tenía que pasar pasó. Y fue muy gordo. Por un lado a Cástor lo perseguían los acreedores. Mi padre empezó a investigar y pudo ir hilando cabos no sin recibir el lógico mazazo de quien siempre pensó que era un hombre honrado. Coincidió que el propio amigo le confesaba que su primer trabajo, aquel con el que los dos se conocieron, lo había perdido porque su jefe de entonces lo había sorprendido metiendo mano al cajón. Y, ahora resultaba que muchos de los préstamos los había solicitado al nombre de la empresa, con lo cual también estaba implicado mi padre sin verlo ni beberlo. Salió a la luz la curiosa relación corrupta entre el contable y él. Muchos paisanos se le echaron encima con serias intenciones de recuperar sus ahorros aunque fuese a golpe de azadón. Cástor finalmente decidió tomar una resolución drástica. Poner pies en polvorosa. Una noche de otoño de ese 1983, gracias a la ayuda del primo guardia civil de otro comerciante de ropa de la ciudad (conocido por sus tejemanejes mafiosillos), pudo llegar al aeropuerto de Alvedro y puso rumbo a Venezuela. Curiosamente allí no se encontraba desprotegido. Al parecer tenía un pariente que trabajaba en la rama hostelera que le asesoraría de muchas cosas y, por descontado, una importante suma monetaria ingresada desde hacía meses en una entidad bancaria del país bananero. Su mujer e hijos temporalmente quedarían donde estaban, hasta nueva orden. Eso sí, permaneciendo unos meses escondidos en el pueblo. No dudo de que esos días debieron de ser para ellos un calvario.
Pero hubo infierno para todos. En mi casa aquello lo vivimos con tensiones enormes. Mi padre que era un buenazo, si, pero que a visceral no lo ganaba nadie, sufría ataques de cólera que lo transformaban en un ser irascible. Digamos que aquello lo pagamos mi madre y yo. Recuerdo discusiones antológicas a las tantas de la madrugada en las que se hablaba de pegarse tiros o de mandarlo todo a la mierda. Por si fuera poco, no tardó en llegar una notificación del juzgado declarando en suspensión de pagos el negocio de toda la vida, amén del embargo de todos nuestros bienes por parte del Banco al que le habían pedido un crédito. Justamente el que les había permitido abrir el otro local.

¡mañana acaba!

24 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. 

Capítulo quincuagésimo tercero

La comunión de Susana


* El primer pitillo

Tarde, pero al final Susi tomaba la comunión ese 1983. La hacía con diez años de edad, me imagino que previo consentimiento del pastor de turno. Recuerdo a olvidadizos lectores que la niña tenía un importante retraso mental (repasen si desean el cap. vigésimo octavo). Aun así, como cristiana cumplió.
Fuímos a la celebración como era de rigor. Era hija del socio de mi padre, no íbamos a fallar. Además al ser al comienzo del verano coincidió que venía Arantxa de los Madriles. Así que por ese lado estuve muy bien protegido (tanto Arantxa como Susi eran mis únicas amiguitas). No así me sentía con el otro hijo del socio, Alfonsito, que me llevaba más años y ya tenía su propia vida.
En la mesa del convite comimos de lo lindo. Típico de familias rurales que disfrutan con el derroche. Y eso que los padres aquellos eran muy tacaños, a decir de mi madre a la que un día invitaron de vacaciones a Portugal y luego le escatimaban hasta el jabón para lavarse. ¿Comer caliente?. Impensable.
Al menos aquel dia no nos dimos cuenta de sus aspectos más oscuros y saboreamos manjares que desaflojaban cinturones a go gó. Arantxa estaba más canallesca que nunca, así me lo demostraba constantemente con sus ácidos comentarios sobre tal o cual cardo que lucía cantidades ingentes de grasa de cordero cayéndole por la barbilla sin avergonzarse ni nada. A mi me daban repelús, por lo pronto no levantaba en exceso mi mirada del plato por si a algún energúmeno de aquellos se les ocurría darme conversación. Tan sólo reparé en un jovencito de extraordinaria apostura, de guedejas doradas y ojos cerúleos, cuya belleza contrastaba con la rusticidad chabacana del ambiente. Pregunté con discreción a mi acompañante si sabía el nombre del muchacho y me respondió que era el hijo de Camilo, cuñado de la madre de Susi. No podía creer que en realidad llevase su sangre pues tanto este como su mujer eran horribles de feos. Por lo tanto decidí que el adonis sería bastardo (de origen).
A la hora del cafe, la copa y el puro los mayores se mostraban más enfebrecidos. Lógico, estaban la mayoría achispados. Algunos directamente beodos. Fue cuando se cebaron en el sector infantil, agasajándonos a los más mayorcitos con cigarrillos de verdad. Nunca había fumado. Era rubio americano, como en las películas. Mi padre fumaba Celtas, luego se pasó a los Ducados. En realidad tenía un alma tan proletaria, a pesar de ser el santo patrón de muchos de los que allí se congregaban, que nunca pasó del tabaco del pobre. Yo calculaba que los cigarrillos serían de contrabando, pues no me fiaba nada del socio. Escuchaba comentarios en casa que me lo hacían relacionar inmediatamente con la Cosa Nostra gallega. La cuestión es que tomé el cigarrillo, lo puse en los labios y ya encendido aspiré, expulsando ipso facto todo el humo por si un golpe de tos me dejaba en evidencia. De vez en cuando miraba de reojo a mi madre pero ella disimulaba girando la cabeza hacia otro lado. Portaba también un cigarro en la mano, algo que solía pasar en celebraciones de esta calaña. A mi siempre me divirtió observar las poses de afectación que tomaba cuando simulaba fumar: posición de la cabeza muy levantada, el tronco erguido, la apoyatura del codo mientras la mano se mueve al arrebol... Era como si se acogiera forzosamente a un ritual de la femineidad que incluía una serie de normas ( las de la apariencia) que debería acatar si no quería perder su status de gran señora. Así el humo volaba en cualquier dirección, salvo a sus pulmones. Me hubiera encantado imitarla pero eso no podía ser bajo ningún concepto. Tenía que mantener muy alto el nombre de la familia. Lo cierto es que me sentía incómodo drogándome a la fuerza, tenía ganas de toser por inercia. Y así lo hice. Nadie reparó en ello salvo el muchacho encantador que al darse cuenta me devolvió una sonrisa conciliadora. Me azoré pero no me importó demasiado pues yo lo atribuía al calor del recinto y a las absurdas situaciones, típicas de actos de esta índole.
Al acabar el cigarro nos permitieron los adultos salir al patio del restaurante.

***
Los niños jugaban a la pelota, se movían revoltosos manchándose los zapatos de charol, las ropas de estreno... Yo di un lánguido paseo junto a Arantxa que, ante mi embotamiento típico de empachado, me abandonó con rapidez no bien captó a Susana. Supongo que la iría a felicitar por estar tan hermosa en aquel bello día. Yo me abstuve y me quedé donde estaba. Más que nada porque a mí una niña vestida de novia me parece una de las cosas más cursis que se han podido ver en la Tierra desde que el mundo es mundo. Además no quería ser hipócrita. Susana jamás sería una mujer guapa. Por mucho que la vistieran de sedas, tules y organdíes. Por más que quisiera ser princesa por un dia (cuanto menos, en su caso, su belleza sería borbonesca). Así que contemplé el horizonte de Mercedes y Wolkswagens que se habían traído aquellos paletos de la emigración. De pronto reparé en que los niños más pequeños habían formado un corro alrededor del joven apoteósico del comedor. Venerando, que así se llamaba, se había puesto a hacer un pis detrás de los coches. Aquel hecho tan nimio, por una extraña razón, se había convertido en espectáculo de masas. El pissing fue lento, parsimonioso, regodeante, yo supongo que artístico. A lo mejor de pronto se enganchaba al grupo algun renacuajo rezagado. Entonces era cuando el efebo le hablaba al oído no se qué cosa mientras la sacudía con fuerza.
¿Y todo aquel morbo a santo de qué venía?. Es de suponer que lo que allí se estaba mostrando era un monumento parecido a una atracción de Disneyworld. Un prodigio de la naturaleza, porque sino no me explico. Podía haberme acercado. En cambio me quedé allí como un pasmarote, poniendo los ojos como platos. Me conformé con admirar la robustez de sus piernas, un culo cóncavo inclinado que iba subiendo en mi apreciación, una espalda atlética y bien definida, esos cabellos como de Bjorn Anderson. Cuando se dio la vuelta me pilló taladrándole el paquete. Me sonrió otra vez mientras se subía la bragueta. Me giré y fui en busca de las amigas. Había sufrido un flechazo. Yo creo que el primero de mi vida.

* El verano en la aldea
Cuando salieron nuestros padres del comedor me di cuenta que la aventura no había hecho más que empezar. Los familiares de Susi me invitaban a pasar lo que restaba de fin de semana en la aldea. Yo al principio les dí nones pero al ellos insistir advirtiéndome que lo iba a pasar muy bien con Venerandito, el cual también estaba pasando unos días con sus tios, cambié de opinión. Además vendría Arantxa. También me avisaron que debería dormir con él, pues no había camas para tanta gente. ¿Yo dormir con alguien, con un chico, y encima con el semidios?. Me pareció increible. Acababa de sufrir un flechazo del que aun no me había restablecido del todo (la ingesta de la droga tabaquera había influido lo suyo, a no dudarlo) y ya estaban decididos a que esa misma noche me acostase con él.
Empezamos a hablar. Nos presentamos. Me pareció un adolescente encantador. Era educado, gentil, divertido y muy dulce (y eso que no había salido del pueblo en toda la vida. Curioso. Ni punto de comparación con los animales de mis primos, aún siendo estos de capital). Y encima era más bello que un Apolo Sauróctono.
Decidimos estar juntos los dos, prescindiendo de Arantxa y Susi, a las que seguro que juzgaba para sus adentros de bobitas. En el fondo, compartíamos las aficiones de los de nuestro sexo, teníamos nuestro propio mundo. A ellas no las necesitábamos (como ellas no nos necesitaban a nosotros tampoco). En la finca me enseñó el gallinero, los cultivos de sus abuelos, un carro de vacas muy antiguo que conservaban con cariño en el patio interior. Y me decía que también debería pasar un ratín por el pajar. Me lo recalcaba con un énfasis que a mí me daba que pensar. Más que nada porque cada poco sacaba el lugar a colación, rodeándolo de un misterio no exento de picardía. Me hablaba de que había llevado allí hacía poco a otro muchacho como yo y que lo habían pasado genial. Lo que fuera que hubiese subiendo aquella escalerilla de madera me atraía bien poco pues sabía por Dallas que a los pajares sólo se va a una cosa (Ray Krebbs estaba cansado de sodomizar a la cerda de la Lucy en el de Southfork) y yo no estaba por la labor de marcharme a mi casa con el ano destrozado por un pollón caballuno. Es más: aunque todo fuese muy fino y poético, aunque lo romántico prevaleciera frente a cualquier otro hecho, de repente sentí terror por si el muchacho al final me traicionaba y se iba de la lengua dejándome luego en evidencia ante la sociedad.

* Cagar de campo
Así que le dí largas lo que pude ocupándonos entre tanto en adentrarnos por parajes de caminitos angostos. De repente a lo mejor me ofrecía la posibilidad de ir al dia siguiente al río a bañarnos desnudos. Por cambiar de conversación, le respondí que antes de eso me parecería genial perder el tiempo comiendo cerezas directamente de un árbol y no de una frutería. Asi que nos subimos a un tejado bajo que comunicaba con la copa de un par de cerezos y nos hinchamos de fruta verde.
Saciados prescindimos de cenar nada y nos fuimos al dormitorio, después de darles las buenas noches a los mayores y a las niñas desearles que soñasen con Karl- Heinz Bohm a la altura de Sissi emperatriz. Antes de entrar en la alcoba fui al cuarto de baño donde de paso me puse el esquijama. Al regresar ya estaba Venerando en la cama, sonriente como siempre. Al parecer llevaba puesto tan sólo un slip. Estuvimos sacándole punta a una revista de motos, típicas publicaciones que me hacen bostezar, hasta que nos vino el sueño y nos dormimos.
Pero para mí la noche fue una pesadilla. Fue terrible. No bien había pasado una hora me empezaron los retorcijones de barriga, las ganas de pedorrearme de manera compulsiva, mi vientre empezó a centrifugar sin yo poder controlar la situación. Me cagaba vivo por culpa de las putas cerezas. Como pude me levanté y a tientas busqué desesperadamente aquel retrete que había visitado antes de acostarme. Tropezé con muebles, luché con cerrojos, salí por fin al exterior y palpando hallé el lugar. Sudando frío retorné a la habitación con la esperanza de que todo se hubiera estabilizado dentro de mí. Pero no fue así. Volvían los ataques. De nuevo me levanté. A cada paso lanzaba un pedo de lo más sonoro. Temía que estuviera dejando huellas de mierda durante el trayecto. Así hasta tres veces más. No dormí apenas. Amanecí hecho polvo, boca abajo y con el brazo de mi compañero de cama posado de manera algo forzada sobre mi espalda. Si aquella postura era castrense o sarasa me importaba a esas alturas un carajo. Me había vsito morir y encima sentía una enorme verguenza ante él y su familia. Y es que las cagaleras se siguieron repitiendo durante toda la mañana para desesperación de mi joven paje, lo que le provocó en un momento dado adoptar una expresión de desagrado y frustración. Como si pensase: a este niño es peligroso encularlo hoy.
Tras la comida, en la que yo me abstuve de ingerir nada sólido, ya me encontraba mejor. Asi que me reuni con los demás críos para jugar, antes de la despedida, al círculo de los besos y la botella que gira. A mi me tocó por dos tandas consecutivas besarme con Venerando pero como eso no estaba permitido debí de volver a lanzar la botella hasta que parase en alguna niña (mierda de reglas: en cualquier fiesta de Fatty Arbuckle, donde no existían normas, aquella botella hubiera hecho diana de manera más justa). La que me tocó fue Susi, pero ella no quería (ahora pecaba). Entre que si y que no, Venerando me advertía que la chavala osculaba de puta madre. No dudo que hablaría con conocimiento de causa. Sólo que yo ya lo sabía sobradamente. Lo habíamos practicado muchas veces juntos.
Al final me marché de allí con un sabor agridulce. Por lo mal que me había puesto, por todo lo que pudo haber sido y no fue y finalmente, por la cantidad de aspectos que aún desconocía sobre sexualidad infantil en los pueblos de la Galicia interior.

continua mañana

23 agosto 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo quincuagésimo segundo

Radio Maciste, retransmitiendo para usted



* ¡Nuestro hijo está hablando solo!
Cuando uno es niño se habla solo. Es lo normal, ¿no?. Si no tienes compañía pues qué menos que te pongas a ponerle voces a tus muñecos, cuanto menos. Ya no digo que siquiera hagas el ruido del cochecito de carreras que sostienes en los dedos...No. Es que lanzas auténticas parrafadas al socaire de las evoluciones de unos cuantos Gi Joe's de plástico. Sin embargo lo mío fue a más. Y la culpa la tuvo la radio. Primero, fueron los folletines. Especifíco: La saga de los Porretas. Uno de los culebrones más largos de Radio Madrid. Se emitía a finales de los setenta /principios de los ochenta a eso de las nueve de la mañana. Eran un guiño al célebre Matilde, Perico y Periquín de la década anterior. Y era muy enganchable. ¡Cómo iba a ser menos, si allí aún estaban las grandes Juana Ginzo, Matilde Conesa y la otra, la Vilariño...! También es que adoraba la radio, soñaba ya con ser locutor. Pero no empezé creyéndome Luis del Olmo, sino un miembro más (capaz de desdoblarse hasta el paroxismo) del cuadro de actores de mi habitación. Ideé una secuela porretiana, sin tanto humor y más carnaza, a la que titulé Problemas Familiares. Todos los días, después de comer me encerraba en el cuarto y me ponía a hacer (que no a dar) voces durante diez minutos, a dotar de vida a mis personajes, conduciéndolos por donde me daba la gana, enredándolos en una maraña de situaciones plagaditas de insensatez, excitándome incluso con la crueldad del malo de turno (el sobrino Cayetano. Si, como el personaje de Larrañaga en Los Gozos...) Haciéndolos evolucionar psicológica y afectivamente como en mis novelitas (pero mejor, pues me explayaba de lo lindo en los diálogos, algo que en papel quedaba siempre medio amorfo por que me cansaba en seguida de tanto parloteo: con una réplica iban que chutaban). Y aquellos finales de emoción abortada, idóneos para los inevitables Continuará. No dejen de escuchar mañana a la misma hora... Era, repito, más de lo mismo pero orientándolo a mi eterna fascinación por los heroes y heroínas del transistor. Pasé dos o tres años con aquella serie hablada desde mi cama, con el único atrezzo de una zapatilla que lanzaba al aire y que me servía de inspiración. Nunca fallaba a mi cita diaria con mis fantasmas dignos de ventrilocuo. Era tal la intriga de aquella familia capitaneada por el abuelo Baldomero (equivalente al Segismundo Porretas del original) que acabé escribiendo resúmenes de las tramas, adelantos de acontecimientos que estaban al caer.... Y, como es lógico, mis padres un día me descubrieron dándome palique tal como si yo fuera una cotorra politonal. Nunca me dijeron nada. De hecho, estaba jugando. Manías de la edad.

* Cintas reciclables
Ellos no sabían que vivía en un mundo paralelo, con mis canales de televisión y radio de fantasía.
Que para distraerme de las horas muertas me consolaba mirando mucho el reloj pues a cada hora en punta daba comienzo un magazine, una serie de dibujos animados o un documental sobre animales salvajes. Confundía los medios en mi mente autista. No así me despistaba en la presentación del programa de turno. Era todo rigor y puntualidad, estuviera en la playa o en la calle. Si estaba en exteriores de estos, susurraba con discrección, no fuera a alarmar al ciudadano.
Repaso carpetas viejas que contenían cuartillas con los plannings diarios. Me asombra el detallismo con que vivía tamaña irrealidad a mis diez años. Lo currado que estaba todo. Las parrillas que reproducían las revistas Teleprograma y TeleRadio me servían de patrón. Una niña a esa edad estaría aprendiendo a coser y ganchillar con Muestras y motivos. Yo me inventaba programaciones con las revistas del gremio.
El hecho histórico de la compra de un radio casette fue decisivo para empezar a plantearme más seriamente aquella afición. Asi que aparte de grabar musiquitas, incluso programas de radio 3, ahora ya podía disfrutar inmortalizando mi voz en cintas de calidad infumable. Al cansarme de oirme a mi mismo me ponía con el aparato en el patio de luces justo en el momento en que mis vecinas Clotilde e hija (dos auténticas brujas de la Escuela Bruguera) les daba por airear a grito pelado sus miserias por un quítame allá esa lechuga. También encendía la tele y grababa sintonías de programas favoritos (como las de los concursos Destino Plutón y Lapiz y papel). Luego me iba al balcón y esperaba a que mi jilguero Pichi me deleitase con una ración de trinos y gorjeos. Por si todo esto fuera poco, dándome cuenta de que aún quedaban metros de cinta, ocultaba ahora el chintófano en la despensa de la cocina y comenzaba a grabar las conversaciones paternas durante la cena (siempre me descubrían pues yo apenas hablaba, muriéndome en su lugar de la risa).
Cuando pocos años después llegué a tener un walkman con auriculares, mis experimentos fueron adquiriendo dimensiones más ambiciosas. Asi el nuevo ingenio podía reproducir canciones a la vez que en el otro grababa tanto esos sonidos como los de mi voz hablando por encima. Y, a partir de ahí fue cuando surgieron mis programillas caseros.
Como estaba muy influido por El loco de la colina lo que hacía era grabar fragmentos, luego apuntaba en un papel los textos recitados por Quintero y con el papel en la mano y una extraordinaria cinta de efectos especiales que había creado el menda a base del ruido de grifos, caída del agua de un botijo, canto de grillos nocturnos y de Pichi in live, me sentí también en mi colina particular. ¿Lo que mejor me salía?. La risotada de esquizo falso, tal que el original. En verdad eran programas ambient. O new age. Tal vez puro chill out.
El gusanillo iba creciendo, alargándose y engordando. Y a mí no me llegaban las casettes para continuar alimentándolo. Le robaba a mi padre cintas del coche: las paridas que escuchábamos en los viajes y que a él le hechizaban (Rocio Durcal canta a Juan Gabriel, cantos de cosacos, muiñeiras mil y así). Les pegaba un esparadrapo por encima de las pestañas y a sentirme radiofonista imaginario.

* Radio verité
Pero no vayais a pensar que quedaba satisfecho con los resultados. Entre la penosa calidad de las casettes, unido al cutrerío de los efectos especiales parecían aquello más de una vez psicofonías imbéciles. Para ser un verdadero Loco de la colina necesitaba dar un paso fundamental. Demostrarme algo más. Esto es: que podía entrevistar. Asi pues me entrevisté a mi mismo, pero como nunca me llevaba la contraria terminé haciéndome una paja a mi salud. No, el tema iba por otro lado. Debería, como Jesús (el de la colina y el del monte Calvario), ser capaz de darle voz a los marginados. El conversaba con los pobres, con los tarados y con las putas de Sevilla. ¿Acaso de eso no había en mi ciudad?. Estaba muy concienciado ya con lo underground. Teníamos a un pirado que se creía un as de la bateria del rock, que aporreaba a su aire en las fiestas una muy doméstica que se había hecho con platillos y cubos de Dixan (Andres Bateria, que hasta tenía teléfono de contacto para contrataciones). Unicamente necesitaba arrojo para lanzarme al toro. Me esperaba el suburbio, el callejón y la chabola. Cavilé una tarde qué podría hacerse al respecto. Lo tuve muy claro. Iniciaría una serie de reportajes que me enfrentarían a esa realidad social en vivo. Carecía aquello de antecedentes en la aséptica radio local. En un esquema de intenciones decidí que la primera semana acudiría a un asilo de ancianos. La siguiente, me iría al barrio chino. La tercera semana me pondría tras la alameda a medianoche a entrevistar a maricas y chaperos. La última semana de ese mes emprendería rumbo al poblado gitano que casi estaba en el extrarradio. Comenté mi intención a Carlos y le pareció formidable pero muy arriesgada. Aunque al verme más indómito que Mary Noticias y Brenda Starr juntas me prometió acompañarme por lo menos al primero de aquellos realitys.
Con los ancianos todo fue bien. Descubrimos miserias por un tubo. Alzheimers que aún no se atrevían a decir su nombre. Monjitas caritativas sin pinta de llamarse Ana Mangano. Pocas Sor Sonrisas.
Cuando bajé a las cloacas del amor de compra y venta ya tuve que ir solo. Pero me adentré con tal decisión que parecía un cobrador del frac cualquiera. No tenía idea de quién era quién. Quise entrevistar a una vecina que reposaba en el descansillo de una puerta pensando que por vulgar y por estar ahí sentada era ya fulana. Ella se rió y me aconsejó que entrara en un club que había al fondo de un callejón. Asi hice. Integradas a la perfección dentro de un decorado real de kitsch mugriento, charloteaban de sus cosas dos suripantas muy años setenta, gordas y apretás, españolazas y arrabaleras. Me cubrieron de atenciones, me acariciaron el pelo. Una de ellas reparó en la grabadora. Me dijo que si no era de La Voz de Galicia no soltaría prenda. La otra asintió, añadiendo un para qué. ¿Contarte mis penas?, no mi cielo. Vuelve cuando tengas más añitos, o un carnet de prensa.
Desilusionado y con los pensamientos en otros lados acabaron pronto mis ansias de dedicarme a la radio verité. Concluí que en el hogar, con el botijo, las cintas inmundas, los desmadres de las vecinas y un par de magnetófonos podía ser, sin ayuda de nadie, puta, maricón, voyeur y chacho. Que para algo ya era un profesional.

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22 agosto 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo quincuagésimo primero

Un último vistazo a la televisión

¿Fue el acontecimiento más importante de 1983 la vuelta de Barrio Sesamo a la parrilla de la programación infantil?. Supongo que no. Pero el hecho de que por fín acabara el tostonazo insufrible de La Cometa Blanca y me volviera a reencontrar con mis viejos amigos Epi y Blas consiguieron hacérmelo creer, al menos durante el tiempo en el que duraban algunas de mis meriendas. El personaje Espinete venía a sustituir a nivel patrio a la antológica gallina Caponata. Y Don Pimpón hizo lo correspondiente con el caracol Perejil. Del resto: si te he visto, no me quiero acordar.
Hubo muchas reposiciones de series de producción propia (Fortunata y Jacinta y Cañas y barro) a las que habría que sumar otras nuevas como El mayorazgo de Labraz, Sonatas, Juanita la larga, Los desastres de la guerra y Las Pícaras (imperdonable por cierto que en el capítulo dedicado a La lozana andaluza Norma Duval hubiese sido la titular, sustituyendo muy mal a la Omaggio cinematográfica).
En cuanto a las extranjeras for all the family emprendí con interés el seguimiento por puntatas de la italiana Marco Polo y manifesté poca emoción ante las andanzas del sheriff Lobo (Claude Atkins en el condado de Orly). Prescindí rápido del puto Paul Hogan que venía a sustituir al insustituible Benny Hill (no pillé la gracia al humor australiano por muy chocarrero que fuera el del seboso inglés) o tanto de lo mismo con MASH, que rara era la vez que veía (creo que poco quedaba del espíritu original del filme de Altman. Y eso que hoy en día del filme de Altman no ha quedado nada en absoluto). Y luego las mini series con Ike a la cabeza, que me aburría soberanamente por ser de guerra, aunque saliese mi adorada Lee Remick, al borde ya de la cortisona.
Más gracia me hicieron Galáctica y Fama. La primera me flipaba. Lorne Greene capitaneaba una nave espacial de supervivientes en una época indeterminada, pero que por una extraña razón gozaba de la estética del tiempo en el que fue hecha. Puritito look early 80's. Había mucha acción, el ritmo era trepidante y, en última instancia, cubría un hueco largamente abandonado desde que acabase la generacional Espacio 1999.
En cuanto a Fama, imposible que a un niño de trece años no le interesaran aquellos saltimbanquis del sonido pre breakdance. Leroy turbaba, la profe tenía su morbo, el Amatulo estaba para polvo y el rizitos parecía un romántico onda Baglioni de lo más resultón. Sin embargo yo, en cuestión de enganches eróticos por gente recluida en academias de arte y ensayos mil, aún debería esperar unas cuantas temporadas más, hasta que saliese un tal Chris Donlon (el actor me parece que se llamaba Bill Hussey, o algo así) con sus increibles chandals y sudaderas, con su horterísimo appeal de CATALINA VIDEO stud. Una versión teen de David Hasselhoff. Otro poster en mi habitación.

Tomarás dos tazas de soap... operas
Siguiendo con las series, es paradójico que TVE arremetiera ese año con artefactos breves y de similar factura que venían a sustituir el impacto causado por la fórmula instaurada por Dallas. La mítica soap opera del clan Ewing había dejado de emitirse a finales de 1982 (dejándonos a todo el mundo con la incógnita de quién había disparado a J.R.). Los socialistas que manejaban el Ente habían declarado su intención de no comprar más capítulos, pues se trataba de un culebrón interminable, una suerte de opio populachero que en nada favorecía al desarrollo intelectual de una sociedad, la nuestra, que se presuponía europea, moderna e inteligente. En cambio, a Dallas no sólo le sustituyó Dinastía inmediatamente (tan infinita como su predecesora) sino que un montón de parecidos culebroncillos invadieron las casas de los televidentes a horas nocturnas (Los Manion de America, Diamantes, El imperio de los Munroe, Park Avenue fueron algunos de estos títulos). Un increible aluvión de best sellers, pura bazofia que evidenciaba cuan falsarios podían ser los programadores de la santa Casa. Lo que pasaba con Dallas es que costaba muy cara y TVE prefería otro tipo de recambios. El colmo de la insensatez se produjo a mediados de la década cuando sobrevino la epidemia sudaca (Los ricos también lloran fue la primera) y que alcanzaría hasta nuestros días. En ese punto, las calidades ya estaban en números rojos.
De todas las del lujerío las que conseguirían hacer sombra a la de los rancheros fueron dos concretas (sobre todo, la segunda).

* Flamingo road

¿Para que inventar lo ya inventado?. Los guionistas de esta tontería rebuscaron en el melodrama del Hollywood clásico (y ni siquiera el más significativo), eligiendo actualizar (alargándolo hasta el medio centenar de horas) un título por el que Joan Crawford había tenido en su momento (Flamingo Road,1949. Michael Curtiz) un éxito moderado (la diva de aquella emprendía un nuevo ciclo vital, una nueva metamorfosis de perpetua). Por lo tanto, no nos quedó más remedio que revisitar Truro, una pequeña ciudad de Florida, gobernada por un hijoputesco sheriff (el veterano Howard Duff) capaz de avinagrar la vida de todo quisque a la vez que se sacaban a la luz los trapos sucios de una pequeña comunidad de aristócratas sureños. Lo mejor de la serie: cierto aroma a El largo y cálido verano, Stella Stevens como puta madura, desgarrada y mártir, la revelación de Morgan Fairchild como zorrilda eminentemente eighties (¡qué peinados, que manera de andar, de mirar a los machos!) y, en grado menor, la apostura de Mark Hammill, un sosainas que acabaría la década siendo un Kevin Costner del pobre en innumerables telefilmes de sobremesa.

* Dinastía

La gran rival de Dallas. Se emitió en su lugar y yo la acogí con gran frialdad. Pese al incremento del lujo, al ver a los Carrington de Denver tan creídos de su glamour, tan queriendo ser ingleses pero sin conseguirlo (y más teniendo en cuenta que ya estaba enganchado a la maniera Brideshead ese año) me daban ganas de irme a la cama a pensar en Ray Krebbs y en Sue Ellen. No lo hacía. Confiaba en que este tipo de series había que dejarlas que fueran rodando hasta que empezasen a enganchar de verdad. En cambio, con esta pasaban las semanas y aquello carecía de interés para mí. Había un hijo maricón, sí. Pero era tan pánfilo, tan sin alma que lo mismo hubiera podido ser zoofílico o abuelista que no se hubiera notado. Hasta que no llegó Joan Collins a partir del capítulo dieciseis no empezé a verla con otro ánimo. La Collins como la pérfida Alexis estaba formidable. Fue su gran triunfo. Conseguía el éxito tras una larga carrera cinematográfica más ignota (en España) que mediocre. Lástima que revisado ahora su extravagante papel delate innumerables defectos y tics desagradables para cierto tipo de público exigente (por ejemplo: su aspecto de drag queen exacervada que anularía cualquier erotismo en una dama que siempre fue muy volcánica, o su horrible sentido del ricachonerío con dietas que se limitaban a la fuerza a champán y caviar). Por otra parte, John Forsythe como el odioso patriarca conservador Blake Carrington recuperaba de alguna manera viejos cometidos en el Hollywood de los sesenta cuando fue esposo en filmes como La mujer X (junto a Lana Turner, un desmadre auténtico) o en Con los ojos cerrados, junto a la maravillosa Jean Simmons (donde, por cierto, eran ambos un matrimonio residente en Denver).
En general, la soap opera destilaba ese mal gusto atribuible a tantos norteamericanos que confunden el chic de la vieja Europa con un repugnante baile de la Rosa en Mónaco. Los Carrington-Colby podían viajar en jets privados a cualquier parte del mundo. Si estaban allí apenas lo notábamos pues sus reuniones de negocios (o de cama, o de ambas cosas), se circunscribían a hotelitos para turistas de élite, diseñados a la manera occidental ( para que se encontrasen como en su casa). Afortunadamente los mejores capítulos venían firmados por el increible Curtis Harrington en su época de destajista televisivo. Su inclinación perenne por el decadentismo se amoldó a la perfección a una saga de millonarios a los que, con ritmo endiablado, iba precipitando hacia situaciones límite (como la del inolvidable capítulo 117, el del atentado terrorista en la boda regia de Amanda) impregnándose todo de malicioso surrealismo. Fue muy queer.

*Brideshead en un aparte
Pero todas aquellas novelas (como las definía mi madre) eran mamarrachada pura en comparación con la más majestuosa serie que nos donó a las grandes minorías la televisión británica (concretamente la productora Granada). Retorno a Brideshead decían los publicitarios que había costado 1.000 millones de las antiguas pesetas. Sus realizadores (profesionales del medio que venían de los años del free cinema y del movimiento pop) puntualizaban que era la serie más cercana a la perfección jamás realizada para la pequeña pantalla. Sustituyó de forma más que digna a mi favorita Arriba y abajo (los Bellamy tuvieron su reposición en 1983. Justo en la sobremesa, de lunes a viernes. Yo escuchaba sus capítulos en clases de marquetería desde un pequeño transistor que de forma milagrosa sintonizaba el primer canal de TVE).
La de los dos amigos (como la conocíamos en casa) partía de un discutible texto de Evelyn Waugh y contaba la historia de una familia aristocrática y católica de principios del siglo XX a través de los ojos de un pintor, Charles Ryder (Jeremy Irons). El marco era incomparable, así de Oxford se pasaba a la campiña inglesa, las breves estancias en Venecia, Paris o Marruecos y, sobre todo, la antigua mansión de los Flyte, que ya de por sí era un micro cosmos social repleto de represiones y atavíos, de rencores y falsa mansedumbre. Un pequeño mundo siempre amenazado por las hordas protestantistas que aportaban los elementos ajenos a la familia. La relación de Sebastian (Anthony Andrews) con Charles me pareció sublime en su momento. Embellecida desde el intelecto, lo estetizante y esa ambiguedad que no era nada original -no la habían creado los directores, ni tan siquiera Evelyn Waugh. Forma parte de la idiosincrasia y el regusto por el pudor del inglés de pura cepa- despertó mi admiración hacia un tipo de amor de amigo que podía en los silencios decir mucho más, inspirar más respeto, que una jauría de locas gritando muy agudo por Christopher St. un día de gran parade.
A partir de tanta exquisitez condensada en once capítulos que eran once joyas semanales con las que nos deleitaba la segunda cadena los martes, empezé a soñar con aquella época, buscando modos y modas, bibliografías completas del autor (en su día pensé muy seriamente titular a mi siguiente novela Los seres queridos, llenándola de dandys, de artistas descreídos o en constantes dudas espirituales, de gentlemen aficionados a la bebida y los placeres carnales), indagando en posibles alternativas en pantalla grande (todo lo más me toparía poco tiempo después con el insulso James Ivory y sus mariconaditas con vistas). No nos llevemos las manos a la cabeza ante esta tenue comparación: si algún defecto podríamos achacarle a Brideshead es ese tonillo académico, petulante y frío que los británicos terminarían adoptando como estilo propio a partir de esa década, y que los críticos denominaron como cine de la gente de la ropa limpia. Divinely elegant. Películas perfectas pero nunca arriesgadas. Y con la literatura por bandera. Ivory sería su máximo autor.
Compleja e inaprehensible en un sólo visionado, reencontrarme con ella a través de su reedición en DVD conserva todavía el enorme y primigenio hallazgo de esa Arcadia a la que, en un ya lejano fin de infancia, aspiré a pertenecer.

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21 agosto 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo quincuagésimo

El niño Máximo


*Una especie de retrato robot
Máximo era un haragán, un fullero, un pichabrava, un hijoputa, un encanto, un problemático, un inadaptado, una acémila, un torpe, un abusón. Máximo fue el emperador que subyugó a dos reinas dislocadas a base de fuerza bruta, de mohines despreciativos, de miradas amenazadoras. El siempre buscaba gresca. Es de suponer que era un hijo de familia desestructurada. No lo sé. Yo lo intuía. Jamás vimos a su padre. Nunca habló de él. Sí en cambio tenía una preponderancia masiva su real madre, la de arrabalera gestualidad y físico alternativo. Máximo era hijo de su madre y de nadie más. Era su viva estampa.
No me acuerdo como se nos juntó el muchacho. Supongo que al ser el hazmerreir de la clase, mejor dicho, el gordo y el burro de turno, el peor de gimnasia surgió entre nosotros un especial feeling.
Máximo no toleraba que se rieran de sus lorzas. En cambio jamás pensé que sus meteduras de pata, digamos, intelectuales, fuesen algo más que un generoso acto de humorismo para animar tanto tedio escolar. Un caso similar al mío con mis redacciones-parida... pero en tosco, en bruto. Así más o menos era él fuera del trío que formamos. El trío calaveras, el de la bencina. Un trío que estaba constantemente poniéndose a prueba, buscando autodestruirse de alguna manera. Ortiz era el bello de las malicias, yo el resultón ingenioso, el otro la patada en los cojones.
Máximo no era feo, sólo que no se arreglaba. En séptimo era un rubio saco de patatas, un aprendiz de vikingo desmañado y algo sucio. En octavo, de cara al final de curso, empezó a estilizarse. Me sorprendió con un cambio de look que incluía una venturosa pérdida de peso. De obeso pasó a rellenito. En maneras se estaba puliendo. Le encontré un morbo considerable. Quizá otro tipo de morbo, porque si lo pienso detenidamente podría sacar la conclusión de que el crío en el fondo siempre me gustó (no de una manera igual). Desde luego que me atraía más que Ortiz. Su virilidad rozaba lo animalesco. Qué desastre. ¿Cómo podía excitarme aquel mal bicho de los primeros tiempos?. Era un energúmeno que gozaba maltratándonos, vejándonos de mil maneras... Y siempre reincidíamos. Nunca separados, siempre unidos... Los gargajos que nos lanzaba debían de tener una sustancia viscosa, parecida a la de las llamas, con un mucho de pegamento IMEDIO que impedía cualquier separación. Porque sino no me lo explico.

*Columpios en colisión
Cuando íbamos a hacer perrerías a los aparcamientos subterraneos, que eran unos lugares oscuros, enormes y peligrosos y, por ende, ideales para dar rienda suelta a nuestro concepto de diversión (burlarnos del mundo adulto, sobre todo, burlarnos de las chicas piloto) acabábamos siempre Ortiz y yo siendo encerrados en espantosas cabinas sin luz, sólo abiertas por el inexistente techo. Ambos sabíamos perfectamente cómo iba terminar aquello: con una lluvia de escupitajos que nos provocaban el asco, el histerismo... y, a la larga, he de decir que- en mí - la erección. Máximo daba patadas, alguna que otra hostia, te apretaba del cuello y con ojos de asesino te aclaraba que pensaba estrangularte allí mismo. Máximo te trataba de títere y agarrándote del pelo frotaba tu cara sobre su pecho, bajandote hacia su vientre hinchado y entre risotadas procuraba llevarte cual esponja hasta su paquete. Entonces gritabas con arrojo y te soltaba dejando con la miel en los labios.
Ante sus ataques de ira Ortiz agudizó mucho sus reflejos. Yo, en cambio, era más torpón (astigmático que fuí) y llevaba las de perder. Lástima que tantos errores de cálculo favorecieran en mi psique el desarrollo paulatino de una filia que bien pudiera denominarse masoquismo en grado latente. Y asi fue. Otro nombre no me cuadra a día de hoy. Pero Ortiz también lo era. Tenía que serlo. Y Máximo, ya lo apunté al principio, era un sádico con ínfulas de emperador romano. Apoltronado en su triclinio de patio de colegio, subyugaba a alguna víctima menor que él a la que bloqueaba hasta la asfixia con una llave de robusto brazo mientras yo, a lo mejor, me sentía reinona de peplum y, a su lado, mientras mi mano se posaba en su espalda e iba bajando cautelosa hasta el principio de sus nalgas, le instigaba con verdadero deleite a que apretase más el cuello del tierno infante. Ahora lo pienso y me doy repelús. Tal perrería no se entiende sin explicaciones de homofilia crónica.
En cuanto al verdugo, proyectaba de alguna manera su sed de venganza por tantas humillaciones escolares principalmente en sus dos fieles vasallos, los cuales el único papel que les quedaba jugar en cuanto a contraataque era el de cizañeros con un punto de miserables. Así, nos turnábamos muy civilizadamente a la hora de llevarle al abusón chismes que le afectaran por el mero placer de saber que estaría uno de nosotros ese día exento de un castigo físico mientras a su vez disfrutábamos con las consecuencias del falso potín en el otro débil del terceto. Todo muy enfermizo, lo sé.
Apenas había calma chicha en nuestros recreos. Sólo cuando nos poníamos con el porno robado lográbamos tranquilizar al león interior. No a mí, que en seguida capté que violencia infantil y sodomía impresa sustentaban poderosamente nuestras relaciones. En momentos así era habitual que sacasen los otros dos el tema del mariconeo con historias que me parecían tan sexys como inverosímiles. Así Ortiz nos asombraba relatándonos con gran expresividad lo que esa mañana comentaban los alumnos de COU referente a un estudiante que ese fin de semana había estado de orgía homo con amigos del barrio, o Máximo que al ver pasar a un tipo treinteañero con pinta de loco afirmaba todo miedoso que ese era un barbazul que perseguía a niños por la calle, los raptaba y luego les hacía todo lo habido y por haber. Y todo por el culo.

***
De nuevo la tormenta. En el parque de los columpios nos apoderábamos de las barcas para jugar a lo animal. Máximo golpeaba con fuerza su nave contra la nuestra, se ponía de pie y nos daba mil vueltas para al final soltarnos con el consiguiente choque violento que podía por lo mismo acabar con nuestras cabezas golpeadas en los barrotes de hierro de la atracción o, simplemente, perder el equilibrio y caer al suelo mientras las naves amenazaban con rematarte en la arena. Era un circo romano, sin duda. Y Máximo un Mesala pendenciero dispuesto a acabar con el auriga más moñas. Por ejemplo, yo mismo que una mala mañana caí desde lo alto de un tobogán debido a un empujón del gordo. Sufrí una leve conmoción cerebral que me retuvo en la cama durante tres días. No me impidió tras la convalecencia reemprenderla de nuevo con el torturador que ya me esperaba sonriendo en el parquecito. Desde luego el shock no me había quitado la tontería.

* La madre que lo parió
Me gustaría reincidir en el tema vengativo del niño. Creo que no sólo lo provocaban las chanzas en clase debidas a su sobrepeso. No me equivocaría al afirmar que sus problemas con su madre, una mujer dominanta, a un punto de la neurosis, jugarían un papel más que esencial. Yo presencié hostiazos de ella al hijo estando de merendola en su casa. En mi cortedad de fisonomista barato, sonsaqué que aparte de ser una mujer de armas tomar es que dichas armas bien podían venirle por raza. Apuesto a que era una gitana de Valladolid. Por consiguiente mi amigo también lo era (pero en churumbel de Castilla), y aún tan sólo indirectamente. Al hilo de esto, recuerdo que siendo como era un crío conflictivo los profesores pronto requirieron entrevistas con esa señora. Conforme avanzaban los meses estos pararon de citarla. Era ella la que asiduamente se plantaba en el colegio. Y muchas veces la veíamos todos discutir a grito pelado con profesores concretos o con el propio jefe de estudios. La temían. Les levantaba dolor de cabeza. Se presupone que les echaba el mal de ojo. Un día en clase de Marquetería, ocurrió un hecho esclarecedor: cuando el profesor mostrenco de turno le lanzó uno de los habituales borradores de madera a la cabeza de Máximo éste, para sorpresa y regocijo de todos, se rebeló de manera bastante amenazante apuntándole al cuello con un punzón. Deodato, que así se llamaba aquel aborrecible carpintero, no se amilanó y optó por dejarle en evidencia ante toda la clase aludiendo ahora a la locura hereditaria de mi amigo y otros comentarios muy feos sobre su madre. Máximo salió de clase como un demonio. La cosa quedó así. Pero la mayoría de los compañeritos pensaron que el niño estaría mejor en otro lugar. Sea donde fuere, estaba claro que ese iba ser el último curso que estaríamos los tres juntos.
Mi memoria no ha retenido el último menage á trois. Sí en cambio mi última vísita a los aparcamientos, que fue con él a solas. Lo había convencido de que pasáramos un rato juntos. El se mostraba logicamente distante, le faltaba la complicidad del tercero, pero estaba de buen rollito. Y estaba muy guapo, además. La oscuridad, la cercanía de nuestros cuerpos terminó por empalmarme más de lo que desearía. Sentía ansias de olerle las partes bajas, las cuales cubría en su forma más vistosa por un pantalón de pana fina color azul marino que le sentaba muy bien. Había perdido kilos, su cara era de un adolescente de turbadores ojos azules. La primavera hacía el resto. Por no meter la pata opté por ser discreto. Así si el permanecía de pie, apoyado contra el capó de un coche yo disimulaba agachándome ante un inminente peligro que falsamente había percibido. De esta forma, al estar reclinado muy junto a él conseguía aproximar tan siquiera mi nariz hacia sus zonas erógenas y sin miedo a que se diera cuenta, tal era la oscuridad. No fue a más la anécdota. Cuanto menos vibré cuando él mismo me obligó en un par de ocasiones a que me acuclillase, malinterpretando su orden pues allí no pasaba ni dios o, en fín, cuando sacó de colita para echar una meada. En aquel instante bromeé espetándole que bajara el volúmen del meo. En realidad hubiese pagado porque el chavea se lo hubiese hecho encima mía. No en vano hubiese tragado todo su orín para cumplir con la tradición. Todo con tal de que no se escuchasen ruídos que nos delataran.
No supe más de Máximo. El bachillerato lo iniciábamos Ortiz y yo sin él. Años más tarde, tal vez paralelamente al descubrimiento de que Ortiz era ya un enfermo terminal, compartí la cola de la pescadería del supermercado con su encanecida madre. La otrora gorgona parecía ahora una señora hasta respetable. La vejez, que apacigua. Comprobé que empujaba de cochecito de bebé y que entre sus comentarios hablaba de las comidas que le gustaban a Máximo, del que no he dicho todavía que era unigénito. De improviso me olvidé de lubinas y caballas y volvió a mi cabeza aquel besugo de hijo que había sido hacía mucho mi más odioso amigo. Fue un momento fugaz en el que más que nunca me di cuenta de que los años no pasan en balde. Hasta pensé si aquel niño habría acabado trabajando para el Estado o si acaso era un simple y llano portero de discoteca. Entre tantas divagaciones perdí mi turno en la pescadería. Seguía en eso siendo el eterno inepto de las pequeñas cosas. Aunque estas fueran en realidad odiseas cotidianas de vulgar amito de casa.

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20 agosto 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo noveno
Año 1983

* El mundo está loco, loco, loco
Fuera de mi mente permanecían hechos luctuosos o trascendentes, algunos históricos y otros simplemente anecdóticos que trascendían en los medios de comunicación llenando espacios informativos. Al tener constancia de ellos a la hora de la comida familiar, con la tele puesta, comprendía que el mundo andaba muy revuelto y con visos de hacer Boom!. A lo mejor, con la potente eficacia de un arsenal de euromisiles, tema de moda. Así pues, convenía que por un oído me entrara y por el otro me saliera tanta noticia destinada a intranquilizarme. ¿Qué importaba que las Brigadas Rojas renunciasen a la lucha armada por considerarla un fracaso en relación con su intento de cambiar la sociedad si en cambio en la Unión Soviética un inmovilista como Andrei Gromiko seguía juzgando como inaceptable la oferta del inepto Reagan sobre una resolución intermedia en el tema armamentístico?. Era la amenaza milenaria del botón rojo, de los megagobernantes imperiales que por un simple berrinche podían mandarnos a todos a tomar por culo. También comíamos con lo del hambre del Africa. Pero me duele confesar que a mi aquello no me afectaba tanto pues nunca fui buen comedor, aparte que como siempre estos problemas acontecían en un perro continente que me quedaba muy lejano. Lástima de sobras, con lo que yo dejaba en el plato cada día habrían podido salvarse unas cuantas vidas.
Y ya que estamos con los apocalipsis nutricionales, habría que señalar que contra el pronóstico de los fachas de mal agüero España no volvía a los tiempos de cuando eran dos, de cuando las colas del racionamiento y el estraperlo masivo (desde luego que en Galicia estaba el tema del narcotráfico y el contrabando de tabaco, pero nada que se le pareciera a los lejanos tiempos de Surcos). Felipe González nos seguía prometiendo modernidad y lujo, cuando a lo mejor nos hubiera bastado con una repartición de los bienes comunes, con un cumplimiento ortodoxo de las siglas de su partido. Que era socialista y obrero. En cambio, en 1983 uno de los primeros viajes internacionales del andaluz lo llevó a los Estados Unidos donde prometía ante su presidente una total obediencia a los postulados de la organización del Atlántico Norte. Sería a partir de ese viaje cuando muchos de los socialistas de ley empezaron a sentirse desencantados, no digamos ya la rama más izquierdosa, esa que solía llamar a Radio 3 (La Barraca de Manolo Ferreras dio voz a muchos disidentes pertenecientes a las ligas revolucionarias y al anarquismo obrero para alertarnos de que lo del cambio era un camelo como una casa. Si hasta el Perich ese año ya daba por hecho que al PSOE le sobraban un par de letras). También estaba lo del terrorismo: tiros en la nuca y secuestros a empresarios y militares, básicamente. Y lo de la guerra de las banderas en Rentería ese verano. Y desde un punto de vista tanto o más folclórico que lo anterior, porque él lo encauzó así, el caso Rumasa con Ruiz Mateos afrontando el rol de perseguido around the world. Pero a mí aquel viejo pirado nunca me hizo tilín como super heroe de la disidencia.
Sí en cambio gozó de mi predicamento otra figura que trascendió la mera referencia en una vulgar columna de sucesos para ingresar en los dimes y diretes de la crónica social del papel couché. Hablo de Rafael Escobedo que aquel verano ingresaba en prisión acusado del asesinato de sus suegros, los marqueses de Urquijo. Cincuenta y tres años le habían echado al bello maromo, manteniendo hasta sus últimas consecuencias un grado de ambiguedad y victimismo que lo hacían ante mis ojos digno sin dudarlo de clemencia. Abominaba de Miriam a la que conceptuaba como maquiavélica hija de puta, capaz de influir en la mente desequilibrada de su pareja. En cuanto al mayordomo sarasa de los viejos aristócratas para mí no existía, pues en nada lo veía con unas maneras british como para justificar su categoría profesional, o cuanto menos, como la entendería una Agatha Christie.
Escobedo era mi ídolo ese verano de marras. No me daba miedo, como sí me dio Charles Manson en su momento, cuando tuve constancia de él por aquella mini serie de terror que reproducía sus avatares sangrientos y que se tituló Helter Skelter (la canción de los Beatles a partir de entonces adquirió para mí un deje tan truculento que todavía hoy en día me consigue poner la piel de gallina).

* Veranos de otro color
No podían ser iguales a los de antes. Había dejado para septiembre la friolera de cinco suspensos y todo ocio era a priori intolerable. En cambio, la manga de mi padre fue muy ancha al permitirme veranear un mes con mama en La Coruña. Y ya iban. Y es que ella no tenía la culpa de mi fracaso escolar. El sacrificio de mi padre no ocultaba cierto regustillo por el rol de Rodriguez que le tocaba vivir durante ese período estival. Hiciera lo que hiciera el patriarca sólo en casa durante los Julios de mi adolescencia es algo que siempre se guardó mucho de desvelarnos. Cuanto menos nos advertía que aquello era inaguantable, que en la ciudad no quedaba ni dios. Así que mama y yo terminábamos compartiendo todo el mes de marras: ella menos atada de labores domésticas que nunca y yo más faldero que de costumbre. Parábamos en casa de mi tía Teresa con las consabidas bajadas a la playa, si es que el tiempo lo permitía. Cuando llovía me consolaba con husmear por entre la encantadora biblioteca del tío Luis, en especial por su larga ringlera de libritos de bolsillo de la mítica Enciclopedia PULGA, la que me ofrecía a mi alcance todo el maravilloso mundo de la ciencia, del arte, de la técnica, de la literatura, historia, viajes o biografías. Todavía guardo un ejemplar que le robé. Era una adaptación de Una colonia sobre un volcán del olvidado Fenimore Cooper. Su portada- deliciosa- reproducía a una damisela sureña diciendo adios en la orilla al capitán aventurero de un bergantín. Aunque para damiselas -eso sí, más contemporáneas- las de la Colección Chicas de mis primas las mayores y que permanecían en otra parte de la estanteria del viejo mueble. Firmaban las novelitas rosas las insignes Marisa Villardefrancos o Laura García. Títulos como Trenzas largas o El valle de mis recuerdos lo decían todo.
A base de estos entretenimientos llegaba rápido el fín de semana en el que retornaba papá con sus ansias de descanso, algo que raramente conseguía. Era incapaz de desconectar del todo de una serie de problemas con su socio que le estaban trayendo por la calle de la amargura. Encima nuestras reuniones familiares siempre eran ruidosas, al límite de lo racional... Ni te cuento cuando llegaban de Alemania tía Rosa y su marido Lalo. Pura visceralidad. Mala educación disfrazada de agresividad frente a un mundo jungla. Reincidí en mi voluntad de repeler la falta de urbanidad del macho cuando se junta en manada con otros de su especie, de la frivolidad ridícula de la mujer cuando hace lo mismo con otras de su gremio. En nuestro flamante nuevo coche (un SEAT 131 color naranja) con ellos y ellas apretujados camino de un chiringuito dábamos una imágen decididamente grandguiñolesca y berlanguiana (entre el sopor y el barullo recobré más de un trayecto mi vieja costumbre de marearme en autos). Mientras que en mis aislamientos, junto a un libro de estudio llamado Vacaciones Santillana (texto estival para burros) que me traía de casa y que acababa manchado de salitre y arena, languidecía ensimismado durante una hora al día, pensando en lo bien que podría estar debajo de una sombrilla con mis amiguitos del cole. En la playa apenas me mojaba porque es que no sabía nadar en absoluto. Pillar pillaba moreno, pero luego estaba el problema de mi fina epidermis (y aquellos desagradables sarpullidos que me aparecían por los roces de la ropa sobre las ingles, entre los muslines y que me obligaban a ir cubierto de talco de bebé por debajo del bañador), de los cólicos inevitables tras comer fruta muy madura o muy verde o por beber refrescos helados... Todo aquel pequeño infierno que era el verano quedaba compensado con las excelencias de un buen moreno de piel y la esperanza de que en agosto volvería a una normalidad aparente y mejorada, en la que no me separaría más de Ortiz y Máximo (por lo menos veía al segundo, que siempre le quedaban un par de asignaturas más que a mí).
Nunca fui un boy scout, tampoco me decidí por las acampadas a las que se apuntaba con verdadera ilusión mi primo Albertito. Y eso que seguro que de hacerlo hubiese pasado las innumerables pruebas que la Madre Naturaleza hubiera dispuesto para mí (ataques de zorros, inventar el fuego, abrir latas de melocotón, montar una tienda de campaña, subir a un árbol, ser robado con dignidad por Yogi) ya que poseía los diferentes Manuales de los Jóvenes Castores de la Editorial Montena (con mis fieles adalides los sobrinitos de Donald, tres espléndidas cloacas).
Era raro de cojones, con decir que jamás entendí el famoso slogan Las bicicletas son para el verano ya debería quedar todo explicado (a no ser que estos artilugios pierde equilibrios contaran con cuatro ruedas, entonces sí).
Conforme pasaron los cursos y mis agostos se fueron instituzionalizado como parte de una reintreé escolar, mayor ilusión me hacía pasarlos invadido de asfalto. Con un mes de playa tenía suficiente. Mi padre no comprendía como podía volver tan animado de La Coruña para meterme de nuevo en el horno que era la ciudad. Yo me entendía. Aparte que las clases eran mucho más ligeras y nos solían dar profesores distintos a los del curso. Huelga decir que estos eran poco exigentes y hasta muy entretenidos. Pienso ahora en aquel curita gordinflón llamado Don Amable (q.e.p.d.) que de repente, para distender el ambiente, se arrancaba cantándonos con mucho sentimiento el Háblame del mar, marinero o nos agasajaba con perlas del doble sentido del tipo: Hay personas que están mejor por detrás que por delante.
No. No estuvieron mal los nuevos veranos. Comparados con lo que deben ser esos espantosos Campamentos Urbanos que tienen montados en la actualidad, con un montón de niños haciendo el gilipollas por las calles, abasallando a los transeúntes y como viviendo en un videojuego misioneril... Buff. A jugar con la ouija los pondría yo.
Ya en septiembre por arte de birlibirloque, como por efecto de magia Borrás, los cinco suspensos se transformaban en cinco sufis como cinco soles. En octavo aquello significaba mucho. Pasar a un nivel superior, ser bachiller. El graduado ya lo tenía, eso no me lo quitaba nadie. Cuanto menos tenía derecho a un futuro mejor que incluiría un trabajo digno, una casa con jardín, un novio con Ferrari o lo que coño fuera ser adulto con diploma. El tiempo lo diría.

continua mañana