22 julio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo cuadragésimo octavo

* Cinemateca irracional

La programación cinematográfica de TVE me iba descubriendo maravillas por doquier en un constante flujo de ciclos, donde épocas y nacionalidades se daban cita para pasmo de neófitos. O sea, como yo mismo, que gracias a mi querencia por la imágen en movimiento me transformé en un receptor impenitente de casi todas ellas. Acabé fanatizado. Me dí cuenta que mis verdaderos educadores no eran unos decadentes salesianos sino unos señores apellidados Mizoguchi, De Sica, Welles o Sirk. Conforme veía cine y más cine iba captando una serie de etapas y escuelas que convenía poner en orden. Un acto de cronología que me haría entender el devenir interno de aquella arte. Del mismo modo que en Literatura o en Historia se requerían esquemas de ordenación, el Cine a la fuerza tendría el suyo (y quizá más fácil de aprender por contar con sólo un siglo de existencia. En mi caso, sería doblemente sencillo pues blandía a priori una predisposición y entrega totales). Tenía en casa la enciclopedia ilustrada universal SALVAT. Sus treinta tomos albergaban para mí todos los saberes, la quintaesencia de lo divino y lo humano. Miles de páginas que solía devorar en mis horas muertas, buscando a mis pintores favoritos entre las palabrotas más ocultas. Cuando le tocó al cine allí encontré fotogramas de las mejores películas de la historia, según los estudiosos: los maestros rusos, la comicidad de los judíos mudos, Orson Welles, los italianos... Empezé a retener los nombres de Pudovkin o Dovzjenko aún cuando todavía no había visto nada ellos. Para no olvidarme de dato alguno recurría a la lógica solución de las asociaciones de ideas (así Pudovkin realizó La Madre pues las palabras pudor y madre de alguna manera se interrelacionaban, con lo cual Dovzjenko -el otro difícil de memorizar- tenía que ser, por exclusión, el magno poeta de La Tierra. Era el ruso que quedaba pues Eisenstein y el Potemkin ya me los sabía de sobra). Apunté las principales corrientes en los márgenes de los libros del colegio. Creía comprender muy bien la evolución que había seguido el cinematógrafo a partir del advenimiento de las nuevas técnicas aportadas por el sonoro, con el avance luego del realismo en Hollywood y el estallido de la segunda guerra mundial que había influido en el pesimismo social, la entrada de cineastas europeos en el exilio y la política de autor. Empezé a cogerle cierta ojeriza al cine nortemericano en favor de lo europeo en un tic muy a lo progre que bien pudo venirme de las lecturas incontroladas de textos sueltos de Andre Bazin captados en algún suplemento dominical. En cuanto a los críticos, no fueron nada mancos los españoles a la hora de contagiarme su pasión de tantas horas de Filmoteca y Perpignan. Era en la revista TeleRadio donde los Juan Cobos, Mendez Leite, Miguel Marías, Miguel Rubio y demás me nutrían asiduamente con sus conocimientos, a través de sus columnas dedicadas al cine que iba a programar televisión durante la semana. Quien no conoció el panorama televisivo de principios de los ochenta podrá parecerle mi referencia de lo más ridícula, sobre todo si uno piensa que aquello era como ahora. Vive dios que no lo es, se emitían más de doce películas soberbias a la semana (encuentra tu hoy, sin contar los canales de pago, tan siquiera una). Todos aquellos criticos, en su mayoría de la progresía cultural, habían iniciado sus carreras en la histórica Film Ideal (Juan Cobos en un momento dado se desligó de ella por desavenencias con su director fundando la marxista Griffith). Durante los setenta seguirían adelante repartiendo sus textos en las entrañables enciclopedias por fascículos, periódicos, revistas de televisión y en Fotogramas ocasionales (aunque siempre acogió bien a las firmas madrileñas, la barcelonesa contaba con sus críticos patrios - Guarner, Molina Foix, de Cominges, Figueres- quedando desligados los madrileños, caso de los antes citados, yendo a parar a otras ubicaciones). Al terminar el siglo, se les vería a todos envejecidos y tosiendo entre humaredas de tabaco negro en las tertulias de la 2 de Jose Luís Garci (que, por cierto, en este año 1.983 había ganado su Oscar con Volver a empezar).

Ciclos, homenajes y celuloide Babel
A Mis terrores favoritos le sustituyó un ciclo de humor titulado así, Con H... de humor. No niego que a mi me resultó algo frustrante el cambio, pues ninguna carcajada iba a compensar el irresistible encanto de sentir miedo (siempre y cuando fuera desde la comodidad de saberme mero espectador de actos terribles en cuerpos ajenos). Afortunadamente títulos capitales del desternille con clase como Guardias y ladrones (Monicelli y Steno), Las tres noches de Eva (Preston Sturges), Niñera moderna (Walter Lang) o Maribel y la extraña familia (Jose María Forqué) me depararon deliciosos momentos de jocosidad y sinsentido en la butaca de casa. Tras el humor llegó el melodrama. Por lo tanto nada que objetar esta vez. Cómo hacerlo ante las inefables gemas de la lágrima del estilo de La gran mentira (Edmound Goulding), No me digas adios (Anatole Litvak) o La solterona (de nuevo, Goulding... ¡y Bette!).
Aunque para melodrama de alcurnia, su exacervada representación en la Tierra que fue, es y seguirá siendo, el cine del inmenso Douglas Sirk. Todavía los cinéfilos de ley recuerdan con nostalgia aquel venturoso ciclo (tan completo que hoy diríase irrepetible) que emitió la segunda cadena los sábados por la tarde (¡y presentado por Antonio Drove!). Arrancó con Los pilares de la sociedad, vetusta cinta de su etapa alemana y acababa con, claro, su canto del cisne, Imitación a la vida. Asombra la serie de títulos que fueron rescatados de su primerísima etapa teutona ( entre otros, Acorde final y La golondrina cautiva) que a día de hoy parecen perdidos para siempre. Quien ya de aquella dispusiera de video, hubiera grabado estas joyas y todavía las conserve, que se considere el hombre más rico del mundo, pues ni siquiera el Dvd o Emule se han dignado en devolvernos tamaños elixires de la era Goebbels a la humanidad orante.
El espacio CineClub también nos agasajó ese año con repasos someros a las carreras de Imperio Argentina (una extraordinaria comedienne, aparte que fotogénica como la que más, justo en un año en el que moría Estrellita Castro), King Vidor (cayó El gran desfile), Raul de la Torre (aquí comprendí que los argentinos se tomaban su tiempo en eso de narrar historias, de hecho todas me parecían cortometrajes alargados innecesariamente), los maestros del Japón (la sensación de lentitud se justificaba por lo zen cuando la pantalla se llenaba de samurais y geishas, morosidades que yo juzgaba como de lirismo excelso) y, desde luego, Werner Herzog.
No hubo director contemporáneo que me hiciera tanta mella como el que firmó el Gaspar Hauser. El ciclo no superó los cinco títulos pero fue de tal intensidad que todavía sigo recordándolos entre escalofríos. Tuvieron mucho de experiencia iniciática. La carga onírica del Aguirre, lo insólito del crío Hauser, la magia en blanco y negro de Corazón de cristal, las personalísimas Stroszek y Woyzeck me atraparon de una manera harto inesperada (apenas tenía referencias del autor, por si fuera poco no comprendía buena parte de sus significados) pero mi voluntad era grande y el hecho de que Carlos también lo estuviera siguiendo ya suponía todo un aliento para degustarlos con la mayor atención posible. Me chocaba el trabajo de sus actores, en permanente estado hipnótico. Y, ya digo, que la capacidad del realizador alemán de transformar cualquier proyecto en una experiencia única y personal, quedándome como simple espectador de un sueño incomprensible al que me hubiera abandonado tras la ingesta de una droga. De hecho eso era el cine para mí.
También me asombraron Las truchas de Jose Luís García Sanchez (pretenciosidad con voluntad de escandalizar, entre El angel exterminador y La gran comilona), Campanadas a medianoche de Orson Welles (la Moreau se deslizaba sobre el ogro con la eficacia de una profesional del amor), una My fair Lady en versión original (maravillosa de cabo a rabo) y las sempiternas reposiciones de pelis de Hitchcock.
Sería inabarcable enumerar la totalidad de cine proyectado en los dos canales en 1.983. Así los exotismos del cine chileno, cubano, sueco o húngaro no me conducían a la ataraxia pero ahí estaban ellos de igual modo, ocupando huecos necesarios.
Fue el año en que murieron Ingrid Bergman (y pusieron Indiscreta), Henry Fonda (Brigada homicida), Luís Buñuel (El angel...), George Cukor (Confidencias de mujer), David Niven (Mesas separadas) y, en fín, Gloriosa Swanson... Eligieron El crepúsculo de los dioses. Exactamente eso... un diosecillo me sentía día a día, degustando tanto manjar, necrofílico o no, en un tiempo en que la televisión (era Calviño) parecía ser una apetitosa prolongación de la Filmoteca Nacional.

continuará

21 julio 2007



INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo séptimo (Año 1983)

* El club de los poe
tas hostiados
Un nuevo curso. Llevaba arrastrando de lejos una espantosa carrera de estudiante mediocre. Tenía autoasumida ya mi condición de desastre. Aún por encima, el factor de competitividad muy a menudo me motivaba a caer en pozos sin fondo de los que tan sólo salía cuando me iluminaba un mínimo destello de esperanza, aquella que me indicaba que podía encauzar mi intelecto en otras disciplinas que mis compañeros ni tan siquiera olían. En el fondo, y conforme nos acercábamos al bachillerato, ellos ya empezaban a hablar del futuro. Era previsible que acabarían siendo hombres de orden y yo, el inútil que tienes ante tí, el mismo antisocial que un día el profesor de griego me pronosticó que acabaría siendo. Cuando años más tarde acabábamos BUP y estábamos a las puertas de una posible admisión en la universidad también mis compañeros volvieron a hablar muy claro de lo que querían ser en la vida: mentaban profesiones con nombradía que a mí me eran tan lejanas como poco atractivas. Finales de ciclos, encrucijadas doblemente terribles para el desubicado eterno.
Todo era un sindios. Acumulaba ese Octavo suspensos que no cabrían en la carretilla de Zipi o la de Zape. Consegui el deshonroso honor de sacar un 1-Muy deficiente en la bonita y entrañable asignatura de Ciencias Naturales (para mí un verdadero martirio, no tenía ni puta idea que hubiera tantos animales sueltos por el mundo adelante y todos con sus ramas familiares, más jodidas de aprender que la lista de los reyes godos, aparte de que algunos de estos infraseres eran sólo apreciables desde un microscopio, con lo cual ni siquiera un Felix Rodriguez de La Fuente o Cuadra Salcedo querrían aguantar un solo trimestre en tal zoo loco). Pero no fue el temor por los cateos lo que me atormentó en un principio (sabía que debería de aprobar todo si es que quería pasar al grado superior) sino el hecho de que El Papus nos tocaba ese curso. Iba a darnos matemáticas. Su fama de terrible, de maltratador excelso, de gran sádico era bien conocida, no sólo en nuestro centro: también resonaban sus hostiazos en los Maristas y en algún instituto. Ignoro si El Papus era cruel en sus oficios extra: dando clases particulares, por ejemplo. Si así fuera, sus tácticas bien podrían confundirse con el bondage a domicilio de un tosco anuncio de contactos. Luego estaba su aspecto. Era un hombre enorme, de rostro curtido, cejijunto y mirada penetrante, no me acuerdo si tenía verruga alguna: con su boca desagradable escupiendo algebra y sus pilosidades frondosas ya resultaba repulsivo. Era una suerte de ogro infame que la primera vez que tuve cerca me intimidó grandemente. No recuerdo qué me había dicho, es posible que me hubiera soltado una ironía tan sólo, una gracieta destinada a desdramatizar su innata gravedad. A mi sus palabras, con amago de pescozón, me sonaron a amenaza por todo lo alto, a declaración de guerra. Me fijé en sus manazas y comprendí que el año se presentaba muy chungo. Y eso que Octavo era, a simple vista, un repaso de los cursos previos. Séptimo si que era difícil (dijo algún listo).
Paradójicamente El Papus no fue para tanto. El león rugía, incluso formó alguna alegre hilera de castigados a los que hostiaba por turnos. Pero tales aquelarres no sucederían más que en contadísimas ocasiones. Probé su mano, desde luego, pero de ello no ha quedado un recuerdo tan potente como en cambio lo había sido su leyenda. Si acaso ésta hacía honor a su nombre en cursos de alumnos más jóvenes. Era como si los de Octavo estuviésemos semi exentos al atravesar un momento al pie ya de la adultez, momento con la suficiente consistencia como para andar con esas disciplinas salvajes. En cambio la sorpresa del maltrato vino de quien menos pensaba. De un pacífico profesor llamado Benjamín que me propinó un espantoso maxi bofetón (con sus dos manazas a la vez en sendos carrillos) y que me dejaron la cara roja como un tomate. No me dolió tanto fisicamente como moralmente puesto que en modo alguno merecí aquel castigo (estábamos los chavales sólos en la clase, él era el profesor del aula contígua que se presentaba de improviso en la nuestra, harto del barullo que estábamos haciendo. A mí me cogió de conejillo de indias, de modelo aleccionador, de víctima propiciatoria pues apenas había abierto la boca en todo aquel tiempo) que prosiguió con servidor de cara a la pared durante todo el recreo (desde luego, un rollo demodé total). Me irritó muchísimo la actitud de un docente que hasta la fecha nunca se había distinguido por el maltrato al estudiante. Aún por encima, se me venían imágenes del año anterior de cuando un grupo de alumnos, entre ellos yo, le habíamos hecho una visita de cortesía a su casa, donde permanecía de baja durante tres meses por una enfermedad que ahora no recuerdo. Si había sido la rabia, ésta había quedado muy mal curada.
Puede que a un lector adolescente le parezca mentira que tales cosas sucedieran en este país (ya democrático) tan sólo hace veinticinco años. Hoy en día, la tortlla ha dado la vuelta, o eso nos quieren hacer creer los medios de comunicación que nos atenazan con noticias constantes sobre profesores maltratados por sus alumnos. Independientemente que me alegre de dichos actos en tanto que en mi interior bulle una venganza irresuelta por tantos momentos dolorosos de cuando yo fui alumno, apostaría a que estos no son más que hechos aislados que lo único que se procura al difundirlos es que nos desviemos del verdadero problema y, por consiguiente, de que entremos en un debate serio en torno a nuestro nefasto sistema educativo. También ha saltado a la palestra ese otro asunto de la crueldad entre compañeros, sin duda ahí nadie tendría nada que objetar. Porque por encima de avances pedófilos, reglazos o caras cruzadas del cura de turno, el verdadero trauma para el diferente se produce ante el horrible acoso de sus propios compañerines (físico y/o psíquico) que puede hundirle (sino se posee un mundo interior lo suficientemente potente) en un infierno de consecuencias irreversibles. Eso es lo que puede joder la vida a un individuo débil. Lo demás son menudencias que el propio tiempo se lleva como tantas otras cabronadas de nuestra vida cotidiana que nos vuelven, de repente, un poco infelices.

El concurso de redacción
Traté durante aquel curso de ganarme la simpatía del resto de la clase tal como mejor sabía: que no sería encestando canastas, tampoco marcando goles o pasando unos relucientes esquemas de Historia a quien me lo pidiera. Lo mío fue ganármelos a través del humor escrito.De siempre fuí muy coñón con mi círculo de cofrades, me encanta reir y provocar la risa. Quien me pilla no me abandona, cierto es. Así que como aparte me manejaba bien con las letras me entusiasmé con las redacciones de clase de Lengua. Porque aunque los temas no eran libres yo me explayaba de lo lindo saliéndome de los límites normales sólo para buscar la complacencia de mi auditorio. Entonces, lo que hice fue incorporar el humor (grueso, si) y la parodia de las series de televisión en beneficio de unas historietas surrealistas, muy absurdas con las que la clase entera se tronchaba de la risa. Si el tema de la redacción era el verano, yo salía con una extravagancia a cuenta de los tripulantes de Vacaciones en el mar. Si había que escribir algo de la familia, de repente me volvía loco y de paso a los petroleros de Dallas. Siempre incorporaba elementos particulares de manera repetitiva pues era un recurso idóneo que originaba el chascarrillo y, de resultas, la complicidad del oyente (por ejemplo, el efecto infalible de introducir una vaca en lugares donde las vacas no suelen estar. Vamos, que caía en lo insolite). Supongo que aquello no haría hoy en día gracia ninguna. A lo mejor era todo muy serio (el surrealismo suele serlo, vean sino el burro de Buñuel). Lo importante es que mientras me divertía, me transformé en una especie de bufón atípico que cual Scherezade del gag nutría las ansias ilimitadas de cachondeo de mis califas crueles. Mientras reían no me abasallaban.
Otra cosa bien distinta fue lo del concurso de redacción de Coca Cola. El profesor de Lengua nos informó a unos cuantos de la posibilidad de representar a nivel nacional al colegio. Entre los elegidos de clase estaban Carlos y un tal Maciste. Las preparatorias consistieron en realizar pequeños textos de tema libre que entregaríamos luego al profesor para que los supervisara (corrigiendo errores y demás). Me acuerdo que tanto Carlos como yo llevábamos el asunto con mucho misterio. De alguna manera disfrutábamos con aquel reto que nos hacía por primera vez rivales en lo creativo. Apenas desvelábamos entre nosotros qué era lo que habíamos escrito ni los consejos que nos daba el profesor de cara al día del concurso. Guardo unos cuantos de estos preliminares y me sorprenden las temáticas escogidas. En cuanto a la sintaxis dejaban mucho que desear, apenas acentuaba y caía en redundancias linguísticas clamorosas. Sin embargo, repito que hay temas bien raros para un niño de trece años.

(...) Dulces y a la vez despiadados canallas de pacotilla. Malditos hijos del diablo. Ignorantes sabedores del matar y del cobrar. Estúpidos herederos de la era hitleriana. Mezquinas ratas. Sanguijuelas y víboras. Vampiros esquizofrénicos. Violentos cobardes sin escrúpulos...(...)

(...) Fui recorriendo mi pasado lentamente. El miedo había conseguido apoderarse de mí. Aquellos escaparates tan bellos y atrayentes. Muchas personas hubiesen deseado ser los únicos protagonistas de aquella representación de maniquies (...)

(...) Tiró violentamente la Biblia al suelo y llevándose las manos a la cara rompió a llorar, como aquella vez cuando los hombres de blanco le colocaban la camisa de fuerza (...)

(...) Aquella mujer recordaba las viejas fotos de sus padres y su hermano mayor, cuando la guerra, colgadas e
n su habitación. Las viejas muñecas de trapo, la antañona cocina de gas, auténtica novedad a principios de siglo. El taburete con la pata coja donde ella solía sentarse, tomando aquel pan negro de entonces, viendo a la abuela preparar su cocido famoso (...)

Obviando cierta cursilería infantil y halago al estamento religioso que me cobijaba (si, si. Todavía hoy me cae la cara de verguenza lo cristianito que quería quedar ante mi maestro en algunos párrafos que no he reproducido por decoro) hay elementos formales, ideas que se salvarían de una rápida quema. Inspirándome tanto en mis experiencias personales y/o familiares (problemas de comunicación con los demás, las vivencias de mi abuela materna que yo conocía sólo en su vejez, el ambiente de los marginados de mi ciudad) junto al plagio de plumas impactantes y de última hornada (los guiones que Juan Cueto le escribía a Jesus Quintero para El loco de la colina, programa de radio que me apasionaba por esas fechas) fuí llenando aquellos folios impresos no sin pocos temblores digitales. Y es que tales hojas se adornaban en su parte superior con la firma organizadora del concurso y la ficha personal que debía cubrir con antelación, lo que le daba un tono muy serio al asunto.
Durante semanas me esmeré en resultar un crío adulto. Abandonar mi mundo infantil y adoptar un tono realista que anonadase al final a los jueces. El día de autos, reunidos todos en una enorme aula idónea para realizar la selectividad, me noté muy disminuido. Al sentirme incómodo (siempre necesité una intimidad para ponerme a juntar letras) y poco inspirado opté por la despersonalización. Despaché un par de cuartillas con una sarta de tópicos y demagogias abiertamente calcadas de los últimos locos de la colina. Al mes, los resultados no fueron nada halagüeños. No había pasado ni las semifinales ni nada. No así Carlos que creo que siguió adelante, ganando hasta un dinerillo y todo. El profesor de Lengua aún tuvo la mala idea de recriminarme, me lo hizo saber preguntándome con un tonillo de reproche de lo más antipático: ¿Pero qué has hecho, coño?. Me pareció otro hijoputa a añadir a mi lista negra. Como si crear literatura supusiera el mismo esfuerzo mecánico que el que emplea un fontanero desatascando un retrete o un electricista arreglando un cortocircuito de lo más tirado.


20 julio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo cuadragésimo sexto

El arte de meter bien la mano
(y 2)


*La fiesta del tocón
Me había puesto como un pepe en la pasada cabalgata de Reyes gracias a aquel a
dolescente providencial que había conocido entre Gaspar y Melchor. Aun trempaba cada vez que recreaba nuestra espera a que saliesen aquellas tres estrellas de Oriente por el balcón del ayuntamiento, ambos apoyados sobre una columna. Ante el difícil equilibrio mi paquete era esmagado tan ricamente por sus carnosas nalgas enfundadas en raídos jeans mientras mis manos se introducían en sus bolsillos delanteros buscando su otro manjar. Nada me impedía sobarle. Mis toqueteos parecían ser del todo procedentes. Meses más tarde mis manitas jugaron tambien mucho cuando en plenas fiestas patronales una tormenta inesperada nos obligó a refugiarnos a un buen puñado de personas en un pequeño palco de música. Fui a coincidir con dos maromazos que a mís ojos estaban más buenos que el Luca y el TJ (en mi apreciación actual, como casi todos los ídolos de ayer, aquellos desconocidos no serían para tanto. En realidad, muerta la inocencia, el erotismo se ha convertido en algo monótono, pese a que lo instintivo siempre conseguirá que te pique la emoción, aunque sea ya muy ligeramente). Me coloqué detrás de uno de ellos, el cual conforme se iba acercando más gente más oprimía su culazo contra mi paquetín. Y yo como siempre, iniciaba los tactos con timidez, luego avanzaba los ataques y, al final, terminaba feliz rozando la cebolleta sobre el mullido colchón de sus nalgas. Lo más excitante era la progresión del sobeteo y, por descontado, el curioso momento de las miradas de reojo, normalmente maliciosas a las que, de vez en cuando, me sometía el sobado.
Lo de ser menor, de ser un pre adolescente supongo que influiría bastante en aquella condescendencia de los adultos (o casi). También es verdad que lo mío era una anécdota muy bizarra como para que los chicos mayores sacasen conclusiones a la ligera. Y, en última instancia, la estimulación a la que los sometía debía ser tan agradable que, todo lo más, se dejaban llevar por mis artes arañiles con la típica discrección del pederasta por pasiva. Aunque el que acosara fuera el de Liliput.

*Video killed and fucked
Al hilo de estas historias verdes, se hace obligatorio destacar el tema de la aparición en el mercado de los famosos magnetoscopios. Quiza el invento más relevante y revolucionario de la década de los ochenta para la clase media. Las tiendas de electrodomésticos llenaban sus escaparates con el milagro del video (Betamax y VHS). Las ventas fueron al principio moderadas debido a sus altos costes. Así que los propietarios de
tales comercios se esmeraron en promocionar lo nuevo (siempre ignoto para el conservador paisano) . Y lo hicieron de una manera bastante ingeniosa. Preparaban sesiones cinematográficas, por lo menos en uno muy céntrico así fue, todos los días a las seis de la tarde, consiguiendo que se formara un buen tumulto de gente ávida de imágenes estupendas. E imágenes gratis. Madres con sus niños pequeños, teenagers tras la escuela, vagabundos e individuos de rebote se juntaban ociosos en aquella esquina cada vez que una gran televisión con su precio correspondiente empezaba a emitir. A mí desde luego me parecía un maravilloso invento eso de poder disfrutar del cine en el momento que uno quisiera sin tener que esperar a que te lo programara TVE. Pero pasada la emoción de la novedad, empezé a reparar más en el intringulis de los cuerpos muy juntos los unos con los otros. Mi cada vez más perfeccionado instinto de predador facilitó el que reparase con vista de aguila imperial en algún culo preferido, el que según mi imaginación me estaba esperando. Así que ocupaba posiciones. A lo mejor era difícil llegar a él, entonces no dudaba en molestar a la mujerona del bebé rubicundo o al viejo pestoso dándoles codazos o pequeños puntapiés para apartarlos hacia otro lado o para que, llanamente, abandonasen el escaparate poniéndome yo en su lugar. Tal que así la operación palpatoria bien podía dar comienzo, muchas veces con fanfarrias de la Century Fox. A falta de un cine Carretas, experimenté el placer de la fila de los mancos en unos exteriores que en nada se asemejaban, tan siquiera, a los cines de verano. Aparte que aquellas filas mancas resultaron, más de una vez, en zigzag, quedándome el brazito a la remanguillé, pues siempre iba cargado de libros del colegio. Con el tiempo los del comercio, viendo que sus pases atraían a demasiada gente, lo que causaba pequeños caos circulatorios, amén de que sus ventas no estaban siendo todo lo suculentas que ellos habían pronosticado en un principio, decidieron cortar el show. Ante las protestas del público, volvieron a conectar el televisor pero a partir de ahí sin sonido, quedando todo el invento en un asunto "sólo para cinéfilos". Nunca olvidaré un pase del Ulysses de Mario Camerini en el que me harté de sobar a un paletillo de lo más carnoso, mientras el pesado de Kirk Douglas se deshacía del estafermo Cíclope con sus conocidas argucias homéricas. Es por ello que para mí, esa película tan olvidada siempre tendrá un significado adicional, repleto de erecciones al margen de los valores eróticos que aportaran la presencia del Douglas y la Mangano (que es mucho decir).

Juegos recreativos Gay... per
Iba sumando aventurillas locuelas que desembocaban en una cascada seminal no bien llegaba a casa. Era lógico. Tanta tensión, tanto regustillo, tanto tonteo... Y cuando los d
e la tienda de videos pararon de emitir películas me ví obligado a buscar otros lugares que favoreciesen el contacto homófilo. Ayer ya lo confesé con claridad. Y es verdad, los salones recreativos en invierno eran un hervidero de tersuras para degustadores pulpos como yo. Y es que en los ochenta dichos antros aún se llenaban hasta los topes. Todo con chicos. Todavía las chicas no se habían masculinizado en esto del arte del futbolín, el pin ball y el billar. Lejanos quedaban, además, los tiempos del ciber, la sofisticación del videojuego, la posibilidad de los chateos por internet. Todo era más virgen, los críos pecaban de confiados, los pederastas hacían su agosto. Sólo que yo no era el prototipo de pederasta, el típico asesino de Pedralbes capaz de las más burdas fechorías por llevarse a un pequeño ludópata al descampado. Yo era un niño del montón que se cuidó mucho de que un infecto calvo baboso lograse interceptarlo y me limitaba a disfrutar con los comecocos, las moon crestas y demás maquinitas de a veinticinco pesetas mientras entre Game Over y Play In calibraba cómo estaba el ambiente de carne fresca.
El más concurrido de estos salones se ubicaba muy próximo al colegio. Con lo cual tenía que ser muy discreto a la hora de intentar ponerme a catar nalgas. Tan sólo a horas desorbitadas o los fines de semana (abarrotadísimo estaba los domingos, los invasores pueblerinos, ya se sabe) gozaba de un poco de tranquilidad
para mis picardías de sátiro zorrón. No podría calcular ahora mismo el número de culos que acaricié. Lo que sí puedo afirmar es que en un ochenta por ciento de las veces mis operaciones las llevaba a cabo con éxito. Podía estar trabajando un trasero más de veinte minutos, hasta que me cansaba yo y no su dueño. Hubo rollos memorables que terminarían haciendome sacar la conclusión de que el macho es que le encanta que jueguen con su esfinter (los sexólogos ya lo dicen: el masaje de próstata es de lo más agradecible). Por ejemplo, recuerdo a un tarzanito adolescente en bañador que mientras mataba marcianos no paraba de adecuar con sus balanceos mi dedo rígido a su ojete, mientras le decía a su rival: ahí, ahí, justo cabrón... O a otro pavito musculoso que no se sabía si estaba asesorando al jugador de turno o a mí, que le palpaba con ahínco, cuando espetaba: Un poco más abajo, joder. No sabes, no sabes donde está el punto... O, en fín, a aquel cerdi de glúteos descomunales que, según le embestía, gritaba cabreado: Vete a follar a una vaca (cuando la vaca era él, claramente. Fijo que algo de la corrida que me llevé en el pantalón traspasó también al suyo. Debió hasta sentir los chorretones, el gañán apirañao). Ni que decir tiene que dichas frases, siempre con palabrotas del estilo mariconazo, hijoputa y demás, incentivaban más si cabe mi libido, lo que provocaba que estuviera a punto de correrme por la pata p'abajo la mayor parte de las veces. Era la testosterona que acababa por que infringieras cuantas normas morales te hubieran podido enseñar en el colegio o en casa.
El morbo de los recreativos me duró dos décadas más. Por fortuna, esto se ha acabado. Me repugnaría terminar siendo un digno sucesor del asesino antes citado o, por no dramatizar, un "floripondio" a lo Rafael Alonso de La Colmena. En cambio, no me arrepiento de mis excesos, pues he ligado en estos sitios, he follado en sus servicios con mu
chachos cómplices, he conocido a pederastas de los que terminé heredando chavales concretos (el scatyolista), incluso en mi última etapa me obsesioné olisqueando culos subidos a motos de mentira, sin que los pilotos se enterasen del todo. Y cosas peores que ahora no vienen a cuento, por salirse de la cronología a la que me he sujeto. El otro temita, el de los encargados de los cambios, los de las taquillas sería un aparte en este capítulo. Pero he de decir que, independientemente que comentasen entre sí mi papel en aquellas salas, jamás ninguno osó en echarme de sus locales. Incluso cuando, de repente, dejé de ser cliente. Que fue hace muchísimo.

continúa mañana

19 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo quinto

El arte de meter bien la mano (1)

Primeros síntomas de pubertad
La sexualidad ya no se circunscribía a unas vulgares revistas pornográficas. Los estímulos que se percibían desde el exterior eran tan aprehensibles a partir de una determinada edad que el mundo ya nunca sería el mismo para mí. Asuntos de testosterona, de desarrollo paulatino de mi órgano sexual, amén de la lenta aparición del vello púbico, los estirones nocturnos que me crucificaban con calambres espantosos. Y no lo eran tanto en su intensidad como en el pavor que me producía lo desconocido, pues mis padres apenas me explicaban qué estaba sucediéndome en realidad. Mi madre, al ser mujer, no sabía con exactitud en qué consistían esos cambios. En cuanto a mi padre, lo pasaba por alto en tanto hecho físico que no implicaba un gasto adicional en casa (la compra de paños higiénicos, tampones o compresas). Para ambos, el inicio de la pubertad en un varoncillo carecía de la importancia necesaria de haber sido yo una aspirante a mujer. Lógico que me atenazaran las dudas del porqué de muchas sensaciones raras. Por ejemplo, aquel dolor en los pezones... ¿Es que acaso se iba a empitonar aquella parte de mi anatomía, iba a quedar tetudísimo como mi ídolo El increible Hulk o, tal vez, es que iba a sorprender a todo dios con la aparición de unas glándulas mamarias a lo Anita Ekberg?. La segunda idea me rondó durante algún tiempo y más pensando en mi padre que en determinados cabreos, por mis mohines delicados, solía asediarme con su sarcasmo de ponerme unas falditas (¡y no de peplum!). En última instancia, la sóla visión de mi mismo ante un espejo con aspecto de hermafrodita, en tanto que amorfo ser, me causaba desesperaciones constantes.
Aquello no fue a más. Y vive dios que luego deseé muchísimo un pechito efébico por puro regusto esteticista (todavía a los hombres con los que estoy les cuesta pellizcarme unos pezones de rabito casi inexistente, lo que me causa tremendo dolor, nada S/M).

El báter como gueto
Cuando se iba estabilizando mi cuerpo, la calentura sexual empezaba a imponer sus reglas férreas. Aumento de masturbaciones, ansiedad desproporcionada, exacervación de aspectos homófilos que antes habían tan sólo supuesto una fantasía llevada con discrección desde la malicia presuponible a un crío. Era como si deseara darle una vuelta de tuerca a mis anhelos más íntimos. Incluso a profesionalizarme en el erotismo que más me apetecía. Cosa que no estaba nada mal. Salvo que había un detalle que impedía que aquello pudiera aflorar con la normalidad requerida. Y es que lo mío, a ojos de los demás, no era nada normal: era un pedazo de anomalía del carajo, un motivo de chanzas, un defecto a ocultar. Era incapaz de entender del todo que el mundo, ese que tanto me apetecía amar, me considerase un bicho raro. Así que, como tantos muchachos de mi edad, camuflé mis apetencias a la par que empezaba gracias a mis aislamientos a afrontar una doble vida, típica del que se automargina. No es que me lanzara a lo desenfrenado, tan sólo quería saber si había iguales. Conocía el barrio de las putas, me habían hablado del desahogo del aldeano recio ante una mujerona felliniana, oronda y desdentada, que le esperaba en el umbral de los pestosos locales de bombillas de color rojo y biombo tras la puerta. Pero ¿cómo eran, dónde se producían los contactos homosexuales, a qué hora ligaban los maricas de mi miserable ciudad?.
No tardaría en intuirlo de manera preclara aquel final del 7º curso de 1982. Los báteres públicos eran los sitios más idóneos para los encuentros fugaces, para las proposiciones deshonestas a machitos despistados, para el exhibicionismo arrogante... aunque no siempre estético. Jamás había entrado en un sitio de estos, a los que juzgaba de anti higiénicos. Aparte de que lo veía innecesario teniendo toilette en casa. Apretones pocas veces tuve (pecaba de estreñido) . Sin embargo mis ojos se fueron yendo cada vez más a unos cuyo interior estaba muy expuesto a la vista de los transeúntes. Esto ya lo conté este pasado otoño en una semana dedicada a mis memorias del retrete. Así ví un mediodia, a la vuelta del colegio, que en uno de ellos hacía que meaba una especie de monstruo frankensteiniano con una minga de un tamaño de elefante (o así me pareció a esa edad). Este hombre mayor, al que segui viendo -deteriorarse, momificarse, pudrirse- durante los veinte años sucesivos, padecía una psoriasis la mar de desagradable que le daba un aspecto tumoral a su pichaza. Se masturbaba con bien poco deleite. Aquella ráfaga visual me produjo algo indefinible, entre morbo, verguenza y rabia. Ni siquiera podía imaginarme que aquel hecho, que se repetiría cada cierto tiempo (incluso con otros ejecutantes ya de por medio) terminaría siendo una droga, un vicio bastante difícil de sacar. El rollo báter, que es muy inglés, lo sé. Pero en mi entorno nunca hubo un Joe Orton que lo redimiera (excepto si fantaseamos con que Orton soy yo). Tampoco me imaginaba que detrás de aquellas puertas desvencijadas y plagaditas de agujeros se cocía el bacalao del acto nefando. Y mucho menos que, en una parte de la orilla del río que cruza mi ciudad, los veranitos aparte de nudistas eran muy sodomitas. Sinceramente, a los doce años no se perdían nada mis carnecitas virginales en tales zonas boscosas. Sentía miedo al falo en erección cuando apuntaba hacia mis ojos (no así cuando lo ensalzaba en las revistas impresas, terminando muy lamido: el sabor de la polla era de papel muy malo) , aún más al hombre que lo portase (siempre me cuadruplicaban la edad). Cualquier otro homosexualillo vivaz ya hubiera catado una plantación de nabos antes de ingresar en el bachillerato. Yo me abstuve. Cuanto menos pensaba que hubiera sido ideal un affaire en el bater del colegio con algún vecino de aula atlético y sencillote. Pero eso supondría una locura. Inviable a todas luces. Así que me colocaba la máscara hetero y si reconocía por la calle, en presencia de mis íntimos Ortiz y Máximo, a algún bujarrón del ambiente me callaba y a otra cosa, mariposón.

Chicas de colegio
Seguíamos adelante, guardándome para mí la noticia de que aquel individuo que gemía tanto en el urinario el día anterior estaba felizmente casado con toda una señora sin cintura. Emprendíamos el camino de algún colegio de niñas, donde tenía Máximo el vicio de ponernos en su estrecha salida con el ánimo de meter mano a toda ninfa con trenzitas que pillásemos. Ortiz y yo también nos pegábamos a él. Tan pronto salían ellas, apelotonadas y ruidosas, el cabecilla de los tres palpaba cuanto podía por entre aquellas plisadas falditas azules, abombadas por detrás. Huelga decir que servidor prefería tirarles de las coletas con disimulo, pues me resultaba más gracioso cabrearlas en su tontez que el poder quedarme con el himen de alguna en el dedo por brusco, aunque tambien es cierto que siempre me provocó una dulce sensación el tacto de un seno pequeño y redondeado (aún hoy consigue estremecerme, no diré que no).
Travesuras de niños golfos que derivarían en ricas pajazas de Máximo, por lo menos, cuando llegaba a su casa. En mi caso ellas nunca eran las protagonistas. Sí, en cambio, los críos de clase cuyos apelotonamientos en los pasillos, en la cola del quiosco o dentro del aula notaba yo de mayor valía. Y en el regusto infinito de las meteduras de mano en entornos apretujados, en los lugares idóneos para los contactos homófilos empezé a reparar, hasta que todo aquello se convirtió en la gran obsesión de mi primera juventud. Los salones recreativos, en especial, fueron esos sitios pequeños y confortables donde me encontré más a mis anchas para ir desarrollando mi paulatina representación del pulpo predador. Y mis víctimas, al ser siempre un poco mayores que yo, solían agradecer mis ataques desde la prudencia, la infinita paciencia o el cachondeo, sin más.

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18 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo cuarto

Bravo por la música

* El sonido de la ciudad

De vez en cuando fantaseaba con vivir en un mundo con banda sonora incorporada. Pensaba que mi entorno habitual podía quedar mucho más bonito con cantidades ingentes de melodías frescas, alegres, animosas. Procurarían el efecto idóneo que acabaría por disfrazar la tristeza y monotonía reales en algo mucho mejor. Todavía no se habían inventado esas pintorescas orejeras que responden al nombre de walkmen, ni siquiera había rappers ni graffiteros con el radiocassette al hombro que pudieran molestar con sus soniquetes al viandante más carca, ese mismo que, en cambio, los domingos solía pasear agarrado a la parienta mientras en la otra mano sostenía un transistor con el Carrusel deportivo a tope de estridencias y con derechos propios. En mi imaginario, la ciudad ideal estaría a medio camino entre una coreografía pintada por Minnelli, la modernidad de los nuevos tiempos de la revista Fama y los "quiero y no puedo" de Pili y Mili cuando se les daba por levantar la pierna en exteriores como si de West Side story se tratara.
Por fortuna las galerías comerciales empezaban a expandir su poderío consumista y el hilo musical en ellas era de lo más novedoso. Nunca olvidaré el entusiasmo que me provocó escuchar más de una vez atravesando una de ellas el Just can't get enough de Depeche Mode. Era la música que me gustaba. Me hacía sentir feliz.
Mi primer contacto con el tecno pop fue en Galerías Roma. Tenían conectado sus altavoces con una FM local. Como sea que yo a la altura de 1982 aún no solía meterme en los berenjenales de las radiofórmulas con mi transistor de varias bandas (para mí la FM era Radio 3 plagadita de interferencias) lo que hacía era prolongar mi estancia en esos locales, reparando con la mirada perdida en escaparates que no me importaban, sin parar de mover la puntera de un pie y la cabecita loca al ritmo sintético pero muy humano de los modelnos british. Tampoco me olvidaré jamás de la emoción con la que entré y salí de las Proyflem en dirección a una tienda de discos para comprarle a Mari Carmen (una empleadita de mi papá) el flamante single de Lio Amores solitarios. Tras mucho rogarle, al final la convencí de que la portuguesa afrancesada era lo más, así que la muchacha accedió sacando de cartera cien pesetas, que es lo que por entonces valía un disco de dos canciones. Curioso, Lio también estaba sintetizada.

* Baila la máquin
a
La proliferación de grupos con sintetizadores que nos llegaban de allende los mares eclosionó en una fiebre musical que todavía hoy da insolitamente para mucho. Los primeros Depeche (con el gran Vince Clark), Yazoo, Visage, la Liga Humana, OMD, Haircut 100 fueron los grupos más representativos. Todos desfilaron por el programa Aplauso. Su look desenfadado pero siempre elegante fue rapidamente copiado por gentes de aquí, adoptando poses y soniquetes con desigual fortuna (algunos quedaban entre la engañifa y lo superhortera). De ahí a los nuevos románticos sólo hubo un paso (en España, un paso dislocado) y que tendrían a Mecano como los más resultones. Con todo, elementos bizarros como Aviador DRO o Humano Mecano permanecían en el más absoluto de los olvidos de cara a una promoción masiva ( no hablemos del tecno pop amable de los maravillosos Waq).
La falta de unidad formal de los programas musicales favorecían en Maciste niño el crearse un batiburrillo musical de lo más caótico en el que se juntaban con insólito garbo desde los cantantes ligeros a los ídolos de plástico, pasando por las importaciones cool de la pérfida Albión y los estertores de una movida madrileña que igual moría como daba paso al nacimiento de los sellos independientes (válvula de escape para lo más novedoso, aquello por lo que las multinacionales logicamente no podían apostar). Si de estos últimos empezaba a tener noticia gracias al Diario Pop del resto del batallón musical me enteraba gracias al ya mentado Aplauso y a un programa de la onda media de Radio Nacional que se titulaba Los 21 de Radio 1 (domingos en la sobremesa).
¿Se estaba formando un posmoderno en la calle Dr. Fleming a cuenta de tanta ensalada en forma de pentagrama?. Es posible. El caso es que ni le hacía ascos a la incomparable Paloma San Basilio (la Streisand del muy pobre) de Juntos, ni al Gurruchaga más teatral de Caperucita Feroz (Ortiz me comentaba que era más interesante el del primer disco, el que traía Muñeca Hinchable y Ponte peluca. A mí que un artista le dedicase una canción a un maniqui de sex shop me parecía el colmo del atrevimiento. De improviso Ortiz enlazaba providencialmente con el otro Eduardo de su vida, Haro Ibars, autor de las letras de muchas canciones de la Mondragón, al tiempo que empezaba a descubrir al Benavente de Autosuficiencia gracias a su mayor esmero como oyente de Ordovás), ni a los monines Pedro Marín o Gonzalo. Por si esto fuera poco, no me caían los anillos al tararear sin rubor el Chiquitita de ABBA junto a mi madre, pues era la sintonía del programa Un mundo para ellos, ayer citado, que le gustaba mucho.
El signo de los tiempos. Todo sonaba fresco. Incluso el Puma de Pavo Real o el Francisco de Latino. Por no hablar de la primera regla de Chabeli a la que cantó su totémico padre.

*A Menganito sabi
endo le gusta
También me enganché mucho a un programa radiofónico que se emitía los sábados por la mañana en la onda media de la Cadena SER. Era a nivel local y lo presentaba el señero Javier Huete, que era primo de uno de mis íntimos amigos en primero de bachillerato. Javier aún es uno de los comunicadores y periodistas más conocidos de esta provincia (rojeras impenitente, su look de vetusto Tom of Finland todavía me hace pensar). Era el clásico espacio de dedicatorias que gracias a la juventud- la de entonces- de su presentador consiguió atraer a los parroquianos más adolescentes de la comarca. Entre paletismos elementales y gracietas algunas logradas, fui reconociendo los nombres de la orquesta Platería a la altura de su adaptación (insuperable) del Pedro Navaja de Ruben Blades (el Tatuaje del mundo latino), el machismo de discoteca del italiano Pino D'angio, la concesión sorprendente a los ritmos de baile de los Pegamoides (Bailando) y así hasta un buen puñado de canciones del momento que sonaban semana sí semana también hasta el aburrimiento de los peticionarios (que huelga decir tienen, por estos pagos, una obcecación con sus canciones favoritas dignas de un análisis psiquiátrico: todavía hay programas de estos en los que gente muy mayor siguen pidiendo después de cuarenta años el Carro de Manolo Escobar o La Primera Comunión de Juanito Valderrama). Para que luego digan que somos un país que olvidamos rápido a nuestros artistas.

*El inexplicable caso Mecano

No es momento para juzgar a estos tres mandriles de la música pop de los ochenta. Menos aún para abjurar de ellos o, cuanto menos, de intentar quedar de puta madre ante el lector pavoneándome de que a mi nunca me gustaron. Si de algo peco es de sinceridad. Por eso reconozco abiertamente que a mí Mecano me volvían loco. Por lo menos hasta aquel disco suyo, obra maestra según los entendidos menos partidistas, que fue Descanso dominical (a esa altura había desconectado tajantemente de la música comercial de actualidad made in Spain), abandonando a los Cano y a la Torroja a su suerte, que sería mucha todavía, si... pero no eterna. Dejaba atrás unas cuantas cintas cassette que no paraba de escuchar en mis horas muertas, adecuando siempre que pude el chirriante tonillo de voz de la señorita de marras a mis oídos brutescos pues, por encima de sus ñiñís empalagosos, había canciones como Este chico es una joya, Barco a Venus, La Fiesta nacional, Me colé en una fiesta y unas cuantas más que habían conformado mi sintonía vital en pleno bachillerato.
La emoción de la compra de su disco de debut (el de la portada del reloj) y su posterior impacto tras la primera escucha siguen marcando un antes y un después dentro de mis experiencias en el mundo pop. Había ido con Carlos a la tienda Galaxia. Tan pronto la tuve fuímos a su casa y allí la escuchamos. En la Cara A se encontraban casi todos los hits que ya conocíamos por Aplauso (Maquillaje, Hoy no me puedo levantar) con una revelación (Perdido en mi habitación) y una sorpresa (Sólo soy una persona) que nos dejó a ambos desconcertados. Esta última parecía una melodía de juguete, como una caja de música que se abriera de improviso para transmitirnos una sensación de libertad gracias a una letra providencial, muy acertada. Evidentemente no era lo que esperaba de un grupo frívolo como aquel, así que tal delicatessen la definimos como una simple tomadura de pelo con, por fortuna, breve duración. No la supe apreciar hasta años después, cuando la recuperó a conciencia Fernando Márquez en una versión ajustadísima para su Proyecto.... Terminó siendo la canción favorita no sólo de ese disco sino de todo el extenso repertorio (lleno de más sombras que luces) de este grupo sobrevalorado (se llegaron a vender 500.000 copias del Lp de debut en 1982). Pero infinitamente superior que todos sus imitadores (Luna, Charol, Betty Troupe, Club Naval...). Lo cual no es moco de pavo. Un himno para el que detesta los himnos. Una declaración de intenciones váildas para explicar mi porqué. Un canto a la diversidad y al derecho a que esta se reconozca o, cuanto menos, se respete en este mundo de locos, a un punto ya de la deriva total.

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17 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo tercero


Cuando la televisión era nutritiva (y 2)

* Adulteces
También había tele que me repelía. Era increible la permanencia todavía en la nueva década del casposo programa 300 millones. Hoy sería un éxito pues a la moda latina de hace pocos años (aunque el virus venía de los culebrones ochenteros que, curiosamente, en 1982 tenían sabor brasileiro con rollazos tipo Malú, mujer que, pese a sus deficiencias, eran superproducciones comparadas con lo que nos vino luego de Venezuela, México o la Argentina) se ha unido el fenómeno inmigración, en el cual Latinoamerica juega un papel destacado. Aquella exaltación de lo tercermundista era superior a mis fuerzas. La hora siempre se alargaba dejando a Dallas al borde de las once de la noche. Odié aquel programa. Era como para un trauma irreversible, era un cancer sólo parangonable al Hotel de las 1.001 estrellas de Luisito Aguilé en los años 70.
El estomagante Alfredo Amestoy tampoco era santo de mi devoción catódica, su personal sentido del humor arranca en mi memoria con La saga de los Botejara (el vivo al bollo y el muerto al hoyo), sociologismo barato a cuenta de lo "Spanish bizarro", sin el rigor y fino sarcasmo de un Carandell decimonónico. En 1982 se planta en la franja dominical con un artefacto titulado Visto y no visto (para mí lo único que estaba visto es que el fenómeno cantautores reciclados en showmen mediáticos me producían profundas diarreas visuales. En el circo amestoyano era Luis Pastor el encargado de meter crítica social disfrazado de coplero ciego).
Más gracia tenía el concurso sabatino Verdad o mentira, con el buen profesional Alberto Oliveras, el incombustible Iñigo con su larguísimo Estudio abierto, el espléndido debate en broma de Hermida (sin duda la respuesta más farandulera de la intocable La Clave) titulado Su turno, el infalible Vivir cada día ya oliendo a clásico y los divulgativos Un mundo para ellos de Santiago Vázquez o Un mundo feliz del raro Felipe Mellizo. En cuanto a los informativos, quizá las estrellas más destacables del año fueron Arozamena y Victoria Prego que salían al borde de la medianoche en la segunda cadena con De hoy a mañana (este binomio de periodistas coincidieron, en el tiempo, justo con la toma del poder del PSOE, a finales de ese año).
También a finales de año el Ente se preparó para los fastos que conmemoraban el veinticinco aniversario de sus emisiones. Fue durante una semana especial que trabé contacto con todo el fascinante mundo acumulado en el archivo de Televisión Española, con sus revelaciones y sus carencias, con sus hallazgos y sus errores... Lo más importante es que todo el legado revisteril, hemeroteca familiar (Teleprogramas) de mi tía Luisa parecía cobrar vida a través de ráfagas inolvidables en lo que era una moviola que no me pillaba por lo tanto de neófito (Los vengadores, Daktari, Hawaii 5-0, El Prisionero, Los Munster, Aquel señor de negro, las series de Armiñán, La señora García se confiesa, Los Camioneros...). Tantas imágenes que me retrotraían a un tiempo que me parecía interesantísimo por lo ignoto y que tan sólo puntualmente TVE recuperaba en un espacio semanal dedicado a rescatar capítulos sueltos de series enjoyables.
Pero el tiempo avanza. Sin clemencia. Aunque parezca que se trate todo de un eterno retorno. Justo escribiendo ésto es como si la historia acabara de repetirse ayer mismo. Ahora iba de cincuentenarios. Tan sólo hace unos meses de ello. Pena que ya coincida con mi lejanía total del rollo televisivo. No veo la tele más que puntualmente. Es posible que al día no sume más de sesenta minutos de televidente, casi siempre haciendo otras cosas. Nunca sentado ex profeso.
Y porque ya no me nutre, recuerdo momentos de cuando si lo hacía. Gordo a rebosar estaba con series norteamericanas como La conquista del Oeste o Skag (con el narizotas Malden metido a cabecilla de unos obreros sindicados), la mini serie Asesinato en Texas (con Farrah Fawcett), la eterna Lou Grant o las inglesas y muy fugaces Esto se hunde o El pequeño teatro de Woodehouse (¡casi ná!). Pero como con el teatro hemos topado hago aquí un aparte para rendir tributo a los estudios 1, telenovelas y dramáticos filmados con los que asombrosamente la caja- aún- lista me seguía deleitando hasta el punto de que sus protagonistas directos, los actores, pasaron a ser mis amigos más fieles en soledad. El Maciste teatrero se puso los dientes bien largos ese año.

- PERO QUE NIÑO MAS DRAMATICO ES

Gracias a Rosana Torres y El carro de la farsa me enteré de los ultimos estrenos teatrales, amén de ser un buen divulgador de las corrientes más innovadoras y vanguardistas que por aquel entonces ya empezaban a tener como centro catalizador al grupo La Fura dels baus. Quiza aquellos energúmenos con pinta de terroristas de la antiescena me causaban cierto distanciamiento, no sé si brechtiano, siendo yo un pequeño espectador más afecto a los dramones de época que a los efectos visuales de una catástrofe. Además prefería cien mil veces un buen Estudio 1, avalado detrás por firmas literarias prestigiosas de otros siglos, a los exabruptos políticos de Els Joglars. Incluso me decantaba antes por una diadema bien puesta que por una bata de guatiné o un salto de cama, aunque estas últimas prendas las luciese María Luísa San José, tan guapaza ella, a la altura de Diálogos de matrimonio. Para mí esta serie "a dos" (el otro de la pareja se llamaba Jesús Puente) era el paradigma del mal rollo, muy en la línea de las estupideces pedantes del Garci del momento. Como mucho, toleraba lo contemporáneo en Don Baldomero y su gente porque éste era el siempre pintoresco Luís Escobar (junto a Marsillach uno de los bastiones del teatro español del siglo XX). El resto, lo que quedaba, para mí era lo mejor: disfrutar con el inmenso Pellicena como un Raskolnikov perfecto en una reposición de Crimen y Castigo, comprobar la grandeza de Charo Soriano y las delicias de Amparo Pamplona en la adaptación del drama de Dumas El collar de la reina, postrarme en hinojos ante la belleza clásica de una Elisa Ramirez como Margarita Gautier o admitir que como Marisa Paredes no había otra posible Dama del alba, según el texto de Casona. Pasaba por encima la claustrofilia de esos embolados de alta cuna porque adoraba a sus ejecutantes. No me daba cuenta que sus recursos dramáticos solían ser reiterantes y monótonos. Ni que aquello era de un academicismo con ínfulas de qualité a la burguesa para una clase media que aspira a algo más que el gallinero. Me importaba más el hecho de la existencia de unos rostros característicos, todos con sus voces intransferibles que conformaban un star system patrio, aunque definitivamente caduco a la hora de trasladar su poderío al cine. Pero siendo yo un niño de la era del video, tan sólo me quedaban estos vehículos por entregas para tan siquiera intuir que todos esos actores habían sido en verdad gigantes en los escenarios del teatro. El mito del cómico de la legua estaba allí. El tinglado de la antigua farsa, sí.
Cuando aquellas personalidades se adaptaron a un formato televisivo de más alto presupuesto aparecieron las famosas teleseries destinadas a convertirse en perlas de la memoria para una generación: La saga de los Rius, Fortunata y Jacinta, Cañas y Barro, La Barraca, Ramón y Cajal... De algunas de ellas ya escribí en capítulos pasados de Infancias verdes. Convendría reparar brevemente en un par de ellas. En 1.982 dieron mucho que hablar. Sobre todo la segunda.

La Plaza del diamante
Tal vez fue la producción catalana mejor acogida a nivel nacional de toda su historia. Sin duda Viuda pero menos, las comedias de Benet y Jornet y similares quedaban demasiado localistas para triunfar en un país con sus mitos de la ficción ya muy asentados. Con el drama de la Redoreda, conseguí enternecerme ante unos hechos que revivían las tragedias de la guerra civil, aún cuando el filón de la memoria histórica no se había explotado hasta la nausea. De ritmo cansino y metraje alargado, me sigo quedando por encima de todo con aquel retrato de mujer, aquella mueca de melancolía y hastío (casi francés) de su protagonista Colometa (Silvia Munt), adivinando en la intimidad de sus pequeñas cosas (gestos, manías cotidianas, suspiros y susurros) las características de un cine reflexivo y sensorial que pudo ser y casi fue. La Plaza del diamante era mal rollo pero con clase (no sé si con seny). Me gustó.

Los Gozos y las sombras

Otro boom. Qualité a la española, a pesar de que la acción se desarrollaba en Galicia (por lo menos Torrente Ballester, de quien se adaptó su magna obra, era el más español de los gallegos. Cela aparte). Como siempre en estos casos, la serie se apoyaba en la eficacia de unos excelentes actores en tesituras teatrales y en una dirección tan correcta como impersonal. En cambio supo enganchar con una audiencia huérfana de alternativas. Por lo tanto, no habría en este sentido que opinar de ella más que expresar el reconocimiento de la supremacía de Amparo Rivelles (tan regia y poderosa que parecía una Pardo Bazán desplazada en contubernios testamentarios y/o caciquiles), el choque de galanuras entre un bondadoso Eusebio Poncela y un terrible Carlos Larrañaga (su mejor papel en años, un galán ya cuarentón), la aparición del bluff Rosalía Dans como sex symbol a la gaiteira, la enésima devoción hacia Charo Lopez, aquí como una Ava Lavinia de Fisterra y, en fín, ese Rafael Alonso impagable en un papel tan cargado de enjundia como lo fue el que bordó en La Colmena (nuestro Adolph Menjou). A nivel erótico, dio que hablar la escena de la masturbación femenina a cargo de la siempre fina Charo ( a pesar de su volcán innato ) y, para tiquismiquis de lo técnico, tanta lluvia artificial que acabó por transformar aquella Pueblanueva en un lugar de irrealidad algo impostada.

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16 julio 2007

INFANCIAS VERDES (Año 1982)

Capítulo cuadragésimo segundo

* Cuando la televisión era nutritiva
(1)

La televisión era el opio del niño Maciste. Lo tenía todo: entretenimiento, fantasía desbordante, divulgación ajustada, rostroparlantes con poderío y carisma... A mí aquel cacharro me hacía pensar y vibrar. Solo o en compañía, aunque a la altura de 1982 me estaba empezando a habituar a ver las cosas sin familia. Habíamos comprado una tele portátil en blanco y negro, tan manejable que podía trasladarse con facilidad hasta mi dormitorio. Así en las temporadas de enfermedades puntuales -una gripe, las paperas, incluso el asunto de la pierna escayolada- el electrodoméstico nuevo hacía las veces de enfermero diurno y hasta nocturno. Además mamá había empezado a trabajar en el comercio de tejidos de papá y su socio tras haber adquirido ambos pequeños empresarios un enorme local de dos plantas en esa misma calle, ampliando el negocio de forma rotunda con la consabida captación de empleados (llegaron a tener casi cuarenta, entre dependientes, currantes de almacén, secretarias, contables y viajantes). Sin duda era la tienda de tejidos más conocida del barrio y las instalaciones nuevas, más modernas, ofrecían un aspecto más sofisticado que el del viejo local, que aún así guardaba una solera entre los paisanos (que constituían la clientela mejor) verdaderamente importante y en la que influía de forma poderosa el carisma muy diferente de los dos propietarios. Como sea que todos estos detalles serán desmenuzados en un futuro en esta misma historia por tantas razones (en especial por la manera que influyeron en mi sobre todo a partir de la ruina económica familiar del 83) pararé aquí recalcando el hecho de que, en tanto que el comercio implicó la participación plena de mis padres yo me veía constantemente sólo en casa, sin más entretenimiento que mi pequeño mundo, del cual la tele no era un elemento secundario, antes bien regidor de mis momentos más dulces.

- Infantilismos
Aquellas tardes después de clase en casa, cuando no me quedaba a jugar en la calle con mis inseparables Ortiz y Máximo, o a charlar a pie de portal entre divagaciones absurdas con Carlos y Hector, tenían sabor a merienda (más Nestlé que Nocilla) con el televisor encendido en la Primera (y casi única) y deseando que acabase aquel infierno llamado La Cometa Blanca, programa infantil que venía a sustituir al maravilloso Barrio Sesamo y a la Caponata y que a mí me parecía una deshonrosa sustitución. Aburrida y cursi, tal vez no me daba cuenta de que iba destinada a un público de menos de seis años y yo esa edad la superaba con creces (cuanto menos, la doblaba). La Cometa Blanca dio salida a dibujantes y animadores españoles a los que siempre les faltó esa chispa internacional para hacerlos digeribles (y eso que Garbancito de la Mancha y el pop de Francisco Macián tenían su aquel) pero Jose Ramón Sanchez y su desván de la fantasía o el mismo Don Quijote en colorines eran de un subdesarrollismo incapaz de igualar el perfeccionismo de los norteamericanos o el delirio trepidante de los japoneses (los medios económicos suponían el mayor hándicap, claro). Además la insufrible Rosa León me amenazaba desde su nueva imágen de arqueóloga del cancionero infantil cantándome, por ejemplo, Tres hojitas, madre. El caso es que la Cometa voló durante meses y meses sin percatarme del hilo de sus enseñanzas. Pena que el gran invento de Lolo Rico, La Bola de cristal, no hubiese surgido ya y tuviese, en cambio, que languidecer con este otro tan falto de gracia y candor, pese a llevar la misma firma de la mentada señora Rico.
Luego venía Petete que duraba nada. Daba paso a las siete de la tarde a un buen programa para adolescentes: 3, 2, 1... contacto. A él estuve enganchado. Presentadores guapos (Marifé Rodriguez, Fernando Rueda, Luís Bollain y la pobre Sonia Martinez), amenos y joviales me enseñaban cosas tan prácticas como relevantes para un niño adicto a la imágen (desde cómo se hacían los dibujos animados hasta visitas a observatorios astronómicos pasando por cómo completar sin cefaleas un jodido cubo de Rubik o emitiendo microseries como la Bahía de Fundy). Media horita muy bien aprovechada, equiparable al otro gran programa juvenil de las mañanas de los sábados, Pista Libre, con la diosa Sandra Sutherland y aquel chico vasco de pelos largos y rizados, Rafael Izuzquiza. Pista libre venía a sustituir al eterno Sabadabadá de Torrebruno, Mayra y la Gardoqui, heredero de los viejos recreos de Maria Luisa Seco, Pepe Carabias y La Guagua. Aquel nuevo tono para teenagers estaba muy bien traído. Además de aderezar la mañana con una estupenda película para públicos ad hoc (abundaba la serie B norteamericana de los sesenta - inolvidables pases de El hombre con rayos X en los ojos- o de El muchacho del pelo verde junto con el cine infantil de los paises del Este, siempre en grís) también daban cancha en lo musical a grupos noveles, en lo que parecía ser el gérmen tanto de la futura Bola de cristal con los ídolos pop de la movida metidos a entretenedores infantiles como de La Caja de ritmos de Tena y sus escandaleras por un "quítame allá esas zorras".
La vieja escuela del corrito y la guardería sabadabadeña ocupaban ese año una hora los jueves por la tarde: se tituló aquello Dabadabadá (la antediluviana familia Aragón estaban los lunes por la tarde). En cuanto a los dibujos animados, aparte de los fastos mundialistas ya mentados en el capítulo previo de esta serie con Naranjito y Sport Billy, las series animadas más destacadas de 1.982 fueron Dartacán (la mejor salida de este país) y Ulises 31 (traslación al mundo futuro de la legendaria epopeya homérica, con un Telémaco lleno de homofilia nipona. Lástima que no la hubiese diseñado, y no fue así por razones obvias, el gran Alex Raymond).

VERANO AZUL
Acontecimiento sociológico del astuto Mercero. En 1981 su estreno revolucionó los índices de audiencia. Serie eminentemente familiar, jugaba las bazas de una identificación plena de la clase media que veranea en turísticas zonas costeras. Y esa identificación se multiplicaba con una serie de constantes siempre infalibles tratándose de estos públicos: problemática intergeneracional, crisis de pareja, relaciones con la tercera edad, la adolescencia y sus dolores, el gran tema de la muerte... todo envuelto en un tufillo ternurista y blanquísimo que se compensaba, sobre todo, gracias a unos críos protagonistas sobrados de naturalidad.
España se volcó en la serie. En festivales internacionales recibió premios y las reposiciones fueron constantes. Justo la primera acontecería en el verano de 1982 (pase diario). Pero en su estreno fue en la sobremesa de los domingos. Entonces, la muerte de Chanquete (el plato fuerte, catarsis colectiva que aún hoy todo el mundo recuerda) me había paralizado. No por él, pues no me era simpático el personaje (prefería al hemingwayano Spencer Tracy de El viejo y el mar: más que nada porque al Ferrandis nunca lo soporté - tan llorica él- y aquí además siempre encallado, hablando de su ayer, para mí en entredicho. Inclusive a José Bódalo, que tuvo un cometido similar, abocetado si se quiere pero más digerible, en un filme anodino de Luis María Delgado de 1966. Se titulaba Aventura en las Islas Cíes y supongo que en su momento ni se llegó a estrenar. El listillo, por lo tanto, se habría aprovechado de esta adversidad para inventarse su Verano a partir de unas premisas parecidas -chicos en bicicleta de vacaciones en una zona rural con vistas al mar, marinero fantasioso y un poco ído, fumador de pipa y atareado siempre en sus redes- con el entrañable añadido de una pre adolescente seductora de regio nombre -Inmaculada Gómez Acebo, que en la peli respondía al apelativo de Gamba, quizá por estar de actualidad la modelo Shrimpton- y unos parajes soberbios tanto de unas Cíes pre hippies como de las Rias Baixas en general) sino por los efectos que esta tenía en los niños de aquel clan (y del cual Mercero no escatimó en sobreexposición vergonzante dentro de una secuencia muy alargada).
Tanto Tito como Piraña, elementos monicacos del grupo ciclostático, me eran muy amenos, amén de ser material paiodófilo de primer orden para gordinflones lobos de mar en el retiro. Bea y Desi parecían primas mías y aportaban erotismo sano pero diferencial para públicos masculinos (así al platónico de la guapa Bea, conciliador en tanto que futura esposa abnegada, se contraponía, sin repelerse del todo, el morbo sexual de la fea pero más buenorra Desi, ideal para un polvo adolescente en una noche etílica de verbena de verano). En cuanto a los Don Juanes teen Javi y Pancho me sugerían sensaciones opuestas, tantas como sus propias diferencias eróticas: así Javi era rubio y rico, un pijales onda Iván que me caía insípido y petulante. Pancho, en cambio, era indígena moreno, de aire kinki aunque noblote de corazón, daba lástima. Sus cuerpos eran apolíneos, pero el de Pancho estaba más definido. En cuanto a Quique era un personaje de relleno, hacía bulto. Pero yo le tenía mucha estima por ello. Además era reservado, discreto y algo culón. Epocas del embrujo Wrangler.
También estaba Julia, una especie de tía liberada pero sin pasarse, con sus consejos azucarados y levemente progres y modernos -tanto como una cancioncilla de Sergio y Estibaliz- (recuérdese sino, su adaptación reivindicadora de la tonada politica No nos moverán), que vota a UCD, pinta naif y suele ordenar en un baul viejos números de la Colección Rosas Blancas de su niñez.
A los once, doce años no fue nada dificil que la serie me marcase. Seguía siendo un niño contradictorio, capaz de ponerle una vela negra al demonio y otra, rosácea, a Mary Poppins. Y si la muerte de Chanquete me cogió en la finca de mis tíos pescadores (a los que tuve que convencer hasta la extenuación para que abandonasen sus faenas domésticas y pusieran de una puta vez la tele aquella que debían de tener de atrezzo, pues juraría que nunca la encendían -por lo menos en verano), el resto de capítulos los saboreé bien a gusto en casa, siendo mis favoritos Beatriz, mon amour (por lo del sangrado de la chavala, a la altura de las nubes olorosas del reciente spot, pero tema delicado en fín de cuentas) y el de La bofetada (porque Javi en el fondo se lo merecía por puto niñato -yo lo identificaba con los pijos de mi clase y no lo podía ni ver, pero es que además prolongaba su efecto aleccionador a mis propias experiencias con mi padre, muy poco suelto de mano si, pero...).

continúa mañana