24 junio 2007

INFANCIAS VERDES.

Capítulo cuadragésimo primero

* El cine ya no es l
o que era

A mis diez añitos la película de los Oscars se llamó Kramer contra Kramer (1979). Era una vuelta al cine sensiblero, muy acorde a una década de contradicciones (fascinantes algunas, desde luego) que se abrían con Love Story y acababan con los divorcios de Dustin y la Streep. La fui a ver solo. Me enterneció aquel pequeño, mezcla del Nicholas de Con ocho basta y el Ricky Schroder de The champ (1979). Y más aún lo hizo su papi de la ficción, un Hoffman no tan a punto de caramelo como en El Graduado pero de quien no me hubiera importado que me diera su biberón, puesto yo también en una situación de abandono. De hecho en aquella sesión me sentí también abandonado pues, en principio, iría a verla con mi padre (mis compañeros pasaban de cine sentimental) pero un compromiso laboral de última hora le había impedido hacerlo. Así me encontré como quien no quería la cosa yo solito a un paso del ambigú, dándole al recepcionista mi entrada para que la partiera en dos. Fue la primera vez que me ví en aquella situación. Quizá por ello me dejé llevar por su excesivo ternurismo, me agradó sentirme arropado por el actor. También algo por la actriz, reconociendo que aquella leona de la interpretación sabía mirar. Que traspasaba la pantalla. Era buena aquella cara de acelga. Pronto abominaría de ella.
El ritual de acudir a las cintas oscarizadas pretendía de alguna forma reivindicar mi propio presente, demasiado afecto a las reposiciones de gran cine en televisión. Pero ¿dónde quedaban las epopeyas maravillosas como Lo que el viento se llevó, Gigante, La gran Evasión, Doctor Zhivago que me asombraban una y otra vez en las noches especiales de Navidad y Reyes?. ¿En qué punto se había perdido el glamour de las grandes damas, de las vampiresas de turno, de mis novias de entonces de nombres Audrey, Kim o Julie (Andrews) ?.
La guerra de las galaxias no había conseguido superar en mí la emoción de cuando en Robin Hood el buen Errol se batió en duelo con el vil Rathbone. Cuando Superman, algo me hizo sentir por encima de cualquier otra cosa voladora el fatal envejecimiento del señor Brando, pues justo lo acababa de ver pasear sus divinas lorzas por un west fronterizo titulado El rostro impenetrable (1960). ¿Cómo pudo pasar que habiendo la noche anterior dormido mis ocho horas reglamentarias me hubiera quedado frito en Gandhi (1982) si en Gunga Din (1939) me lo había pasado de miedo?.
Es por eso que cuando se reponían en el Coliseo o el Avenida filmes viejos, superproducciones de extenso metraje, y que por problemas de derechos legales todavía TVE no había logrado emitir, caso de Ben Hur o West side story, me parecía un acontecimiento cuanto menos que regocijante y pintoresco. Y es que en el caso de la romana, no se le podía hacer más justicia al increible Charlton Heston que el ser exhibido (en todos los sentidos) en pantalla inmensa (de hecho su torso era cinemascope puro). Pese a mis buenas expectativas, Ben Hur -salvo su primera parte- me pareció uno de los tostones más grandes que en nombre de la cristiandad perpetrara Hollywood. Me acordaba de mi madre que siempre me contaba el chascarrillo de posguerra que circulaba en España tras la proyección de Lo que el viento se llevó: Si, ¡ Y lo que el culo se cansó!. A mi la de Escarlata nunca me cansó el culo. En cambio con ésta, Ortiz y yo entramos en un sopor total (no sólo se nos durmió el pompis, el resto del cuerpo acabó enmohecido), efecto que tan sólo reventaba la hermanita ñoña de Judá cuando se le daba por hablar (el ridículo doblaje que le adjudicaron era como para matarla, de Cifesa crónica). Entonces nos tronchábamos de la risa. Y la mitad del público con nosotros.
De todos modos y aunque ni me lo planteaba lo más remotamente, el propio cine actual me estaba transformando en un nostálgico de tiempos pretéritos, del cine artesanal, más humano. De un tiempo que no me correspondía. Además, y esto que voy a decir sonará sacrílego, ir a un cine ya de por sí me traía el hándicap de la incomodidad física, la pérdida de concentración frente a una turbamulta de espectadores niños, chillones y ruidosos. Si aun por encima iba con amigos, prefería cien veces más cuchichear cada poco, perdiendo irremediablemente el hilo de lo que ocurría en la pantalla (y haciéndoselo perder, por supuesto, a mis acompañantes). Cuán distinto a mi época de cineclubista, viendo joyas silentes sin tragar saliva pues todo se percibía... Pero ¡cómo uno dejaba de tragarla ante tanta emoción recogida en firmas Dreyer o Murnau!...

* Spielberg significaba dinero

No es que reniegue de Spielberg. Pero es que nunca me pareció interesante más allá de dos filmes muy concretos (y uno de ellos rodado para televisión). Tampoco voy a ignorar la realidad: que fue el director cinematográfico de mi generación. Mal que me pese. Y me pesa mucho porque esta cualidad es síntoma de un Hollywood que vive a expensas del glorioso cine del pasado. Ni siquiera las secuelas ni los imitadores del nuevo rey Midas han aportado, salvo honrosas excepciones, algo que no fuese inanidad. Se crean espectáculos como churros sustentados en el pastiche y la parafernalia de los efectos especiales. Cine que me trataba de memo (camuflándose en la máscara de producto para jóvenes. Por los resultados, aquellos jóvenes además deberían ser mongólicos).
Spielberg era una máquina de hacer dinero. Asi fue durante unos años. Ahora su cotización está a la baja. Pero a principios de los ochenta su apellido, junto al de Coppola, Scorsese y Lucas, eran símbolo de triunfo, de enormes dividendos, de romper taquillas. Conocía su telefilme El diablo sobre ruedas. Era extraordinario. Una aventura macabra, surrealista, de mágica abstracción y que admitía polisemias de las más variadas tonalidades. Incluidas las más sencillas, las que podían impactar a un crío de mi edad. O sea, cine de acción y angustia. Peligros en la carretera. Los domingueros canallas. Aún no reparaba en su metafísica. Inclusive en su malicioso transfondo político (en este sentido, nunca confiaré en la pureza e ingenuidad de este pícaro director judío). Otro de sus bombazos había sido Tiburón. La hostia. Obviando su paso por el cine de ciencia ficción (para mí, aburrido por naturaleza: Encuentros en la tercera fase) poco más había aportado a la industria hasta la fecha. No era moco de pavo, claro. Pero el bombazo vino en los ochenta. Primero con En busca del arca perdida (1981). Esta no la ví hasta más adelante. Resulta curioso que gracias al marketing que rodeaba al director, las escenas de acción de Indiana vistas en trailers hicieran que me comprase el libro basado en la película. Y, en cambio, cuando se estrenó no acudí al encuentro del heroe.
A la que si fui fue a ET, el extraterrestre (1982) y eso porque Ortiz ya la había disfrutado semanas antes y me había convencido de que me iba a gustar. Qué le vamos a hacer. No me pareció nada del otro mundo. Todo se unía: teatro repleto de críos estridentes, grata compañía a mi lado, mi fase más "para adultos" que chocaba con una película muy, pero que muy infantiloide... Y aquel monstruito al que todo el mundo juzgaba como encantador y a mi me parecía tan horripilante como absurdo. Con un diseño tan triste y carente de inspiración que dejaría a cualquier adulto perplejo. No comprendía cómo el buen Elliot se lograba encariñar tanto de él. Más adelante se entendió que tanta vacuidad multipremiada había sido fruto de un poderoso presupuesto y de un marketing que todo lo vende. El día de marras a mi aquello no me gustaba nada. Incluso los Indianas me resultaban muy redichos. O, cuanto menos, muy deudores de un pasado mejor. Todo lo más se aceleraba el ritmo y se cargaban las tintas para halagar al muchacho medio del momento. Mala racha la del buen Harrison Ford con sombrero imperdible y látigo de arqueólogo (?) para un adolescente como yo con miras más profundas. Edad de transición plagada de delicados cambios. Y, pese a mi poca pasión spielbergiana, tal vez con una limitada seguridad de que su década setentiana era la mejor (el tope de la qualité lo daría con La lista de Schindler, claro) pasé por taquilla para ver una rara reposición (inédita en España) de 1941 (1979), el primer batacazo de su carrera. Sólo un par de chistes no lograron salvar la función del terrible tedio que me entró. ¿Qué hacía el niño Maciste viendo una de guerra, por paródica que esta fuera, si nunca soportó el género?.
Cabrera Infante era un gran entusiasta de Spielberg. Llegó a soltar la boutade de que era el nuevo Mélies, un mago creador de ilusiones y de trucos indescifrables. Cualquiera diría conmigo que el cubano se pasó tres pueblos a la hora de cantarle sus excelencias (sólo pensemos que flipaba con Parque jurásico). Se impondría un término medio. Y, en mi caso, una reflexión aguda en cuanto que no puedo andar alardeando de que admiro a Disney y en cambio renegar de Spielberg, porque supondría una contradicción clamorosa. Y es que algo unía a estos dos directores: ambos edificaron sus carreras en nombre de la fantasía, los dos fueron muy astutos y además conseguirían, en algún momento de su filmografía, ser autores. Con mayúsculas.

continuará

23 junio 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo cuadragésimo

* El escritor que surgió de la tumba


Como sea que yo alucinaba con mis creaciones, Carlos se encargaba de refrenar mis flipadas haciendo su crítica, algo siempre tan conveniente y necesario. Mi amigo no sólo era constructivo en sus afirmaciones sino que me hacía bajar, por mi bien, de mi nube de vanidoso, aquella en la que me había situado, al pensar yo que gozaba de patentes de corso sólo por tener a mis espaldas cientos de folios escritos con mi puño y letra. Fue fundamental su reproche de que pecaba de esclavitud a la imágen. Literatura y cine eran medios distintos. Por lo tanto, la hibridez en un principiante que carecía de experiencia como lector podía ser nociva, en tanto que daría pie a vicios irreparables de cara a un futuro como escritor vocacional. Así pues empezé a visitar bibliotecas, sin gran éxito por mi parte. La del colegio era pobre en material. Tan pronto me inmiscuía en un librito de Los Cinco me cansaba de él y fijaba mi atención en los Asterix y Lucky Lukes de los estantes inferiores. En cuanto a la municipal, tanto libro me perdía. Llevarlos a casa en principio era imposible pues no era socio. Y hacerme eso ya era un engorro. Rellenar cuestionarios, seguir unas normas de recogida y devolución de ejemplares... Así pues, la única solución más factible era la de comprarlos. Y qué precios... Había que ahorrar para algo muy concreto. Podían ser los best sellers de James Michener, la novelización del serial Dallas, incluso el de Arriba, abajo (estos dos últimos eran una frustración, pues no abarcaban más que unos pocos capítulos del principio y que me dejaban muy insatisfecho: sabía yo más que los autores), la trilogía de Los Gozos y las sombras (el éxito de televisión del año, a nivel de producción propia) y En busca del arca perdida (no, no caté a Proust hasta más tarde) que leí antes de ver la película.
Pero en donde me esmeraba más cuando compraba en quioscos o librerias era en el asunto del terror. A fín de cuentas estaba metido en mi cripta de soledades, mi cabeza giraba en torno a incubus y no-muertos hasta el punto de que las criaturas de la noche las sentía como mis primas hermanas. Me agencié El resplandor, del autor de moda Stephen King sólo porque me obsesionaba el cartel de aquella película de Kubrick cuyo visionado me estaba vedado por ser menor. Tras mucho pensarlo (¿seguirá a rajatabla el desarrollo de la película, o me dará este King gato por liebre?) pasé por caja (en la portada salía Nicholson, malo sería que ese escritorcillo no metiese lo del hacha).
Empezé con su lectura pero no me entusiasmó en exceso. Era un buen tocho. Lo dejé a medio terminar. Años después aquel ejemplar se lo regalé a Carlos.
Los que si devoraba eran los volúmenes de la colección de misterio y terror de cuya editorial me he olvidado pero de los que guardo un recuerdo poderoso. Para mí eran fetiches de lo anómalo. Sus mismas portadas en tapa semidura me agradaban: monstruos y más monstruos... Pavorosos trazos que escondían dentro macabras historias clásicas o no. Ortiz y yo éramos fieles a la susodicha, en cambio casi todos los números los compraba yo. Eran relatos cortos que devorábamos en los recreos y en cuyos autores apenas reparábamos. Abundaban los nacionales pero de igual manera no fallaban las traducciones de Poe y Lovecraft. Ahora que lo pienso, Juan Tébar repetía en muchos. No en vano el bacalao lo debían partir entre Juan José Plans y él. Pero eso no lo puedo confirmar porque no he guardado ninguno y en Internet no hallé nada que pudiera solucionar estas dudas. Es muy posible, de igual manera, que ya hubiese leído en esa misma colección el seminal relato de Terenci Moix El demonio, aparecido en su momento en su emblemático La torre de los vicios capitales (1.969. Editorial Táber). De lo que estoy seguro es que los momentos más góticos eran los que calaban más fuerte en nuestras ensoñaciones corruptas (¡cómo eran aquellas ilustres damas Bathory y Carmila!). Y de que las partes más flojas seguían aportándolas noveles de última hornada, a los que trataba de neófitos insoportables. Y eso que comparados con mis ingenios eran gloria bendita (o azufre maldito, para ser más exactos), pero...

* La grandeza del Demonio o El influjo del medallón

No se entendería mi profundo amor por Belcebú sin pensar en toda la educación cristiana que me habían impuesto hasta la fecha. Detestaba a los curas, odiaba lo que representaban, su hipócrita moral chocaba una y otra vez con mis maneras (vicios para ellos). Y, aunque yo sólo pecaba de pensamiento y autoestimulación genital, sabía que a los ojos de la Curia había cogido el camino errado, sería la fruta podrida que no haría sino intoxicar a sus vecinos de árbol. ¿Cuál era mi alternativa ante tanto rencor?. ¿El agnosticismo, mandarlo todo a tomar por culo...?. Demasiado complejo. En cambio mi fijación por lo satánico, por el mal con mayúsculas quedaba de lo más divertido como juego extraño.
La primera visión que se me viene del infierno era espantosa. Era obligado seguir las rutas de la fe para poder salvarse de las llamas abismales, del fuego eterno. Gustavo Doré cuando ilustró la passeggiata dantesca plasmó un prototipo que me turbó durante largo tiempo. Pero aquellas visiones apocalípticas del maestro autodidacta no eran inferiores a la terrorífica idea de la muerte, de que estábamos de paso, de que era un soplo la vida, como decía el tango. Era sólo un niño sí, pero al de la guadaña lo tenía muy presente con la larga sucesión de fallecimientos de mis tías y abuelos. Entonces pensé en que, si el Cielo era una cursilada y el Infierno un sitio muy parecido a este planeta, idóneo para andar condenado en manga corta, lo que molaba era enrollarse con el propietario del segundo. Para eso era primordial hacer un pacto con él, así me libraría del doloroso final. Conocía el mito del Fausto (antes de Goethe, se había aproximado a él Marlowe) y, por encima de todo, me embaucaba el Dorian Grey de Oscar Wilde. Quería, como aquel dandy, permanecer siempre jóven, siempre vivo, que envejeciera mi cuadro o sino mis novelas, que a efectos era lo mismo. Pasé días con la idea de vender mi alma a aquel gran postor. Necesitaba un impulso, un estímulo... un amuleto. Y este llegó en forma de regalo dentro de un volúmen de la antes mentada Colección de Misterio y Terror. Era un medallón que reproducía el rostro purulento y repulsivo del Maligno. Era un símbolo de hojalata pero que yo calculaba de plata auténtica. Y sus dimensiones eran razonables. Los primeros días lo mantuve escondido en un cajón de la mesilla de noche. Tesoro que no hacía juego de ningún modo con otros objetos que ocupaban las tarimas del mueble del saloncito de estar. Era el caso de una virgencita de Fátima del tamaño de un dildo anal. Así que cogí de mechero y le quemé la cabeza a la piadosa aquella con inmensa satisfacción por mi parte. No fui a mayores, aquella hazaña ya me hizo sentir fuerzas extranaturales.
Cuando sacaba de amuleto lo besaba con lascivia y luego repetía frases alusivas a mi entrega total a cambio de que me conservase siempre jóven. Es posible que nada se cumpliera pues el pelo de mi cabeza se ha caido casi todo y el poco que queda pinta canas. En cambio, mi mentalidad parece haberse quedado por siempre en una adolescencia inmarchitable, pasen los años que pasen. Algo habría que agradecerle al de abajo. Además es que, ahora que lo pienso, estos granos en la cara es puritito acné puberil...

* Un burdel muy familiar
Aun tendrían que pasar unos años más para que el malvado Maciste cometiese perrerías mayores, típicas de hereje. Como cuando me metía en los confesionarios de las pequeñas iglesias con la esperanza de aterrar a alguna beata o, al propio confesor, cuando era yo el que imploraba perdón al haber cometido ficticiamente alguna espantosa violación a alguna niña o por haberme excitado sexualmente ante el Cristo yacente y desnudito al que tanto remiraban los feligreses en contricción. El colmo de la idolatría tal vez aconteció una mañana de iglesia escolar, en el bachillerato, cuando osé expulsar de la boca, tras haber comulgado, la hostia consagrada a la que, encima, le dibujé un pollón estupendo para acto seguido ir a pegarla en una pared del recinto, muy próxima al despacho del director.
Tales acciones de brabucón epatante, unido al hecho de que siempre me vestía de negro o de colores tristones, acontecían sin el estímulo del medallón aquél que pronto, muy pronto fue interceptado por mi madre. Sintió pánico y asco, como si hubiese encontrado en mi mesilla la caca de un murciélago. Me ordenó tirarlo. Pero no le hice caso. En su lugar quería herir a mi madre (por su condición cristiana) como fuera. A ella y a mi padre. Estaba convencido de que hacían lo posible por volverme infeliz. Y para eso no dejarían en su empeño de probar cosas horribles e ilícitas que afectaran a mi personita. Por ejemplo, pensaba que estaban envenenando mi comida para que yo muriese. Algo dentro de mí me lo decía y yo parecía confirmarlo por mi mismo al notar iracionalmente sabores muy extraños, de un mes para acá, en el caldo gallego que tanto frío me quitaba en los inviernos.
Durante esa temporada rimbaudiana odié a mis padres con toda el alma negativa. A ellos y a sus amigos. Hice una lista de todos, incluso de familiares nuestros. A cada uno les lanzaba un maleficio. También les otorgaba un papel a desempeñar en el Averno. Absolutamente en todos los casos la sexualidad violenta, corrompida, brutal afloraba para pasmo de posibles lectores píos. O sea, de mis propios padres. No es broma: ambos consiguieron dar con aquel libelo improcedente en un crío de doce años y la repercusión fue monumental. Me castigaron sin salir el fin de semana durante un mes, no hubo paga, tomaría todo el caldo sin rechistar (y sino quería me darían dos tazas) frente a una estampita del Ecce Homo. Y, encima, pasé por el suplicio de ser recriminado por tanta maldad.
¿Entré tras la cuarentena en vereda?. En absoluto. Seguía sintiéndome superior a ellos, porque sus creencias eran inconsistentes y falsarias en comparación a las mías. Porque, además, pronto estrenarían la segunda parte de Viernes 13 en los cines, porque el niño de la serie Damien o aquel Martin de George Romero estaban rato buenos... Incluso porque mis padres no me habían apuntado a la Confirmación. No tenían ni puta idea de lo que era aquello. Ni siquiera vieron viable un exorcismo, tan necesario en mi caso, por otra parte. Los culpables de mi situación irregular (ante una sociedad bienpensante), por lo tanto, seguían siendo ellos y nadie más que ellos.

continúa mañana

22 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo noveno

* Que viene el coco

El coco que asustaba a la sinigual Queta Claver, a la altura de la imperial revista Ana María, venía para llevársela poquito a poco. Sicalipsis para grandes vedettes que a mí me hacían bailar el Rascayú. En este caso, el coco de Queta bien pudiera haber sido, si la censura lo hubiese permitido, un glande del tamaño de Cuenca (don Luís). Ya dije en algún capítulo pasado que no fui niño al que sus padres asustaran, para meterlo en vereda, con hombres del saco ni criaturas parecidas. Como mucho, el Coco era para mí un entrañable muñeco de trapo inventado por Jim Henson que entre despistes mil y a golpe de trompazo me enseñaba las cuatro reglas. Por lo tanto, el pavor y la truculencia, la atracción de lo desconocido en fin de cuentas, me inspiraban cierto arrojo a los doce años. Y es que en Galicia, tierra de misterios, de trasnos y meigas, de Santas Compañas y conjuros en noches de San Juan, de bosques animados y de transposiciones tiempo-espacio del divino Cunqueiro a cuenta de los ciclos artúricos, el galeguiño de pura cepa sabe sonreir con sorna, pero nunca le pierde el respeto a lo sobrenatural.
Tal vez el cuento de los inquietantes ermitaños que habitaban en grutas interiores de nuestro paisaje conseguían llamar más mi atención cada vez que viajábamos mis padres y yo en coche. Entonces papá decía: Mira, ahí anda el ermitaño. Vive Dios que también yo lo terminaba viendo de pasada, en mi imaginación era un barbudo a medio camino entre los jipis del momento y los cromagnones de Hace un millón de años. También Ortiz me embaucaba desde sus lados más oscuros (que siempre fueron muchos) con historias relativas a extraños seres que poblaban casas derruidas en medio de parajes cercanos a la suya. Su invitación a acudir a una en concreto nunca la pude aceptar pues era requisito esencial visitarla de noche. Y a mi, de noche mis padres no me dejaban ir a ver fantasmas. Teniendo en cuenta el comportamiento que adoptó más adelante el crío, cuando de adolescentes íbamos a sufrir el terror en pantalla grande, dudo mucho que mi amigo jamás atravesase el umbral de la cabaña de marras. Aunque tampoco dudo que al final fuese inquilino asiduo de innumerables ruinas para otros menesteres, hasta acabar transformándose él mismo en fantasma lóbrego, cuando ya su condición de yonqui terminal le arrebató para siempre su lozanía ponderada, su salud y, mucho me temo, que su vida (adelanto acontecimientos, incluso invento imágenes de las cuales no fui testigo feaciente, salvo en una ocasión, lejana quedara nuestra separación definitiva, siendo ambos veinteañeros, cuando cruzó por mi calle con semblante cadavérico y bolsita de supermercado escondiendo agujas. Fue la última vez que lo ví). Y es que en los cines donde se proyectaron Carpenters inolvidables (La Niebla, Halloween...) solía Ortiz taparse la cara, ante un inminente susto, con las dos palmas de las manos. Si notaba que el público de alrededor tardaba en chillar entonces sus deditos se entreabrían y sin despegarlos del rostro miraba la película a través de los barrotes que formaban sus dígitos temblorosos. Paradojas de los sietemachos de la negritud.

* Suspense y cagaleras
Mi pasión por el género era colmada desde la televisión con al menos un par de series arrebatadoras y, sobre todo, con un ciclo de films que se encargó de llevar el experto Chicho Ibañez Serrador.
En cuanto a las series, decir que eran inglesas. Y que no sé si causarían tanto impacto en mí si las viese hoy en día como entonces. Me da que no, porque los años setenta fueron horribles para el terror british. La Hammer agonizaba y la Amicus se regodeaba en su crisis desde una estética feista y grisácea, cual sus propias ambientaciones contemporáneas.
La más célebre serie fue Tensión (Thriller). Su misma careta era emocionante: una imágen minimal, distorsionada, oblícua que significaba un plano subjetivo de alguien que observa a través de la mirilla de una puerta. Por emitirse los viernes por la noche mi amigo Carlos también podía verla y así comentábamos cada sábado los momentos más intrigantes de unas tramas, independientes siempre las unas de las otras, que podían girar en torno a los extraños habitantes de casas deshabitadas, asesinos en serie escapados de los manicomios donde purgaban sus males, muertos resucitados que clamaban venganzas o mujeres malignas que practicaban ritos satánicos. Todo bajo una atmósfera opresiva y amedrentadora. Gracias a Tensión, Carlos y yo tuvimos ya algo más en común. Quizá el fuera afecto al terror gracias a los Creepy de turno. El caso es que parodiábamos los mejores momentos en su casa y hasta nos ayudábamos con flautas dulces para interpretar la sintonía de arranque. Acabábamos entre risas porque, aunque parezca mentira, sí que encontrábamos humor en el horror.
La otra serie la emitían los domingos por la tarde (un horario bastante pintoresco pues muchos instantes me marcarían tan grandemente que aquello hubiese merecido los dos rombos de medianoche). Tambien era inglesa. Y se titulaba La casa del terror. Era además de similares características con respecto a Tensión. Particularmente hubo un episodio acongojante protagonizado por un autoestopista provisto de chubasquero amarillo y que asesinaba a cuanto coche le paraba. Todo en medio siempre de fuertes aguaceros. Nunca se le veía el rostro pues llevaba puesta la capucha. Ya dentro de los vehículos se sentaba en los asientos traseros y sorprendía al conductor samaritano clavándole unas uñas larguísimas y afiladas en los ojos. La sangre hacía acto de presencia. Servidor se cagó de miedo. No eran horas.
Luego estaría el ciclo de Ibañez Serrador. Comenzó a emitirse, si mal no recuerdo, a finales de 1981 y este se prolongó hasta casi entrado el verano del año siguiente. Los lunes por la noche, en el UHF había una cita obligada con sus Terrores favoritos. Nunca le agradeceré lo suficiente a mis padres el que me hubiesen dejado ver muchos de los títulos más impresionantes del género. Títulos que no seguían ningún rigor temporal ni escuela en particular. El criterio de selección sería discutible pero con lo que hubo ya tuve bastante. Cupo la autoreferencial La Residencia pero no así el cine mudo, por ejemplo. Pero, con independencia de los títulos más camp, fue aquella de la noche de la emisión de No profanar el sueño de los muertos de Jordi Grau la del summum de mi paroxismo como televidente de escabrosidades. Claro que me marcó la Baby Jane, incluso aquel tardío grand guignol de Curtis Harrington a cuenta del original de Aldrich (¿Qué pasó con Helen?), pero el impacto de ese filme de zombies a la española fue soberano. Mis padres ante el primer susto decidieron cambiar de canal, en cambio yo pegué un brinco y corrí durante la publicidad hacia la otra tele, la de la cocina, para seguir degustando todo aquello que las salas comerciales me impedían por edad. Así acabó en mi retina la sangre siendo en blanco y negro. Una peli brutal y como norteamericana, de buena. Una digna secuela, antes que Romero perpetrara las suyas propias, de La noche de los muertos vivientes.
Al día siguiente en clase, resultó que tan sólo Ortiz y yo la habíamos visto. Alucinábamos compartiendo secuencias favoritas. Incluso nos terminamos mofando del pobre Carlos que, como siempre, al haber que madrugar al dia siguiente sus padres le mandaron a la cama (yo creo que el chaval era tan civilizado, estaba tan domesticado, que él mismo se iba solito, sin sentir remordimientos. El deber era el deber).

* Relatos con alarma roja
Tanto terror simultáneo generó en mi un afecto por el género que tenía a cojones que manifestarse en mis inminentes nuevas novelas. Conservo dos de las tres que escribí en 1.982 (falta la emblemática -de la ridiculez- El Hacha). De nuevo, como en Rancho o Sagas, leídas hoy parecen de coña. Sino reparen en determinados párrafos de Escalofrío, la que abría la trilogía.

ESCALOFRIO

Capítulo I. Noche embrujada (mayores 14 años)

-¿A donde va, señorita? - preguntó el taxista.
- A Manderley.

- ¿A Manderley, no conoce la vieja leyenda?.
- Eso son pamplinas.


Capítulo III. Alimañas monstruosas (mayores 18 años)

- Estas son las tarántulas más peligrosas de toda la Tierra.
- Es
verdad, doctor. Son espantosas.
- Pero... en esta habitación oscura están las tarántulas asiáticas. Su picadura es totalmente mortal. Aunque les de 50 disparos no mueren.
- Gracias doctor, después de tantos bichos prefiero un buen beicol (?) y una taz
a de té.

Capítulo V. Macheta sangrienta (mayores de 18 años)

Lorena no tuvo tiempo de ver quien llamaba a la puerta. Una gigantesca hacha llena de sangre rompió la cadena y partió en dos a la chica. Era estudiante de primero de derecho.

Capítulo VI. Vampiros (mayores 16 años)

Como no veía salida ninguna, Katty subió por el tejado. El vampiro le agarró el pie, pero ella le dio una sacudida y el vampiro se dislocó una pierna. Quería saltar pe
ro era imposible, había una altura de 20 m. Era imposible.

Capítulo VIII. Sangre 1ª parte (mayores 18 años)

Lo primero que hizo fue desnudarla y luego la ató a un palo boca abajo. La SANGRE sentía deseos de reventarla al ver su gordura. Se acercó más a ella, más y más... Hasta que contempló su matriz enrojecida, puso sus uñas en sus entrañas y la SANGRE impulsó por el vientre de la chica. Le había abierto un poco por dentro. El monstruo la chupó, se sentía cada vez más fuerte. Después la puso boca arriba y le extrajo el bebe que estaba dentro de ella. Lo primero que hizo con él fue arrancarle la pequeña cabeza y comérsela.

Capítulo IX. Sangre 2ª parte (mayores 18 años)

Taylor rajó a Tom y l
uego intentó hacerlo a Laurie, pero la bestia lo devoró. Antes de hacerlo Taylor le dio una cuchillada a la bestia y ésta echó litros y litros de sangre. Laurie mató a Lily y Tom pudo salvarse.

Así hasta trece aberrantes idioteces con su calificación moral (a lo cinemático) y sus elementales dosis de plagio. Yo Claudio, los carteles anunciadores de Holocausto canibal y El resplandor, picoteos de aquí y de allá. Seguía retroalimentándome de cultura audiovisual y cayendo en el despropósito monguístico cada dos por tres. Como si Chiquito de la Calzada hubiese pasado por un período de traductor de pulps.
Cuando emprendí Los Elegidos, con portada dibujada por Carlos, me atreví a inventarme frases publicitarias como aquella que figuraba debajo del título: No les importaban profanar sepulcros. Sólo sabían asesinar y gozaban con ello. Nadie puede desatar la ira de Jaunzar en su rebaño. Nadie puede detenerles porque son: Los elegidos.
Y, por si fuera poco este aviso, en la sobrecubierta aparecía esta otra, antológica: Esta novela por su temática y contenido puede herir la sensibilidad del lector. Este relato tiene ALARMA ROJA.
Desde luego, si en realidad quería dejarme de memeces y convertirme en un émulo de Stephen King, se hacía perentorio que de una vez por todas me dejase adiestrar por los escritores del gremio a través de su lectura disciplinada y no con mi insólita manera de traducir las imágenes vomitadas por una pantalla manchada de rojo.

continúa mañana

21 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo octavo


AGENDA ACADEMICA ( 7º EGB)

1ª Ev.: 6 suspensos
Comentarios tutor: Empieza muy mal. Conviene que tome las cosas más en serio para poner remedio cuanto antes. Pruebe, si quieren, a hablar con el tutor

2ª Ev.: 5 suspensos

Comentarios: Sólo se le notó la mejoría unos días. Sigue sin esforzarse. Felices pascuas.

3ª Ev.: 4 suspensos
Comentarios: Rinde muy por debajo de sus posiblidades

4ª Ev.: 4 suspensos
Comentarios: Ni pon
e interés ni trabaja

5ª Ev.: 5 suspensos
Comentarios: -


FINALE: 4 suspensos
Comentarios: Se esforzó muy poco. Felices vacaciones.

* Grandes acontecimientos del año


Vista toda mi actividad extra escolar no debería sorprender a nadie la introducción a este capítulo. Hacía lo que me venía en gana, sin atender a horarios ni deberes. Incluso desatendía mi alimentación, algo que nunca me había importado una mierda. Era muy mal comedor y, ahora, con los nuevos vicios pajeriles, seguía adelgazando, parecía un espárrago andante, la Twiggy con sombra de bigote. Mi peso no estaba en consonancia con el modelo standard. Ni mucho menos era el aconsejable para un chaval que afrontaba un período tan delicado de su vida como era la entrada a la adolescencia y sus cambios hormonales. Las comidas las hacía rápido y mal. Corría veloz para reunirme otra vez con mis dos otros confidentes que, en el fondo, eran los que en verdad me alimentaban con sus cuentos y trapisondas.
Pero volviendo a lo escolar, séptimo de EGB fue el principio de la debacle como estudiante. Nunca nada volvió a ser igual. Jamás recobré la inspiración de un curso 4º. Las materias ya no eran marías y exigían más que una horita diaria de repaso por encima. Maciste se maleaba para desesperación de mi familia. Yo tampoco estaba satisfecho con los malos resultados al comprobar con rabia y rencor como Ortiz, estudiando lo mismo, sacaba mejores notas (no así Máximo que era el último de la cola. El zoquete, el digno merecedor de las orejas de burro, de haber todavía ese premio en aquella España pre-cambio). Mi padre era el responsable de abroncarme a cada trimestre, cuando le entregaba la cartilla. Una por otra, pues la cartilla que me leía a mí era intensa e iba cargada de enorme tensión. Los negocios de papi no estaban siendo muy boyantes últimamente y aquel problemón suyo suponía un refuerzo argumental cuando le tocaba darme el discurso de rigor, que siempre era el mismo. Giraba en torno al individuo solo en una jungla de asfalto, selva en la que el hombre era un lobo para el hombre y demás metáforas que trataban de hacerme ver que la realidad no era la que me imaginaba, sino algo bien distinto. Llegaría un día en el que mis padres no estarían a mi lado para darme mis caprichos y entonces me las vería cara a cara con el destino. Todo aterrador, todo apocalíptico. La pura verdad. Conseguía sobresaltarme, no lo dudo. Era un excelente orador. Pero mi infantilismo de salidas de cascarón me podía más. Pese a todo, acepté asistir a una pasantía durante unos meses. Horas extras que me apartaron de mi círculo vicioso de niños viciosos, obligándome a hincar codos durante dos horas diarias.
En la academia hacía los deberes. Era un piso en cuyas habitaciones se distribuían aulas temáticas. La mía estaba medio llena de jóvenes de ambos sexos, con edades dispares, lo que suponía una novedad inquietante. El instructor era un señor sin pinta de avinagrado cura. Aún así, durante el corto período que duró mi estancia en su apartamento, no conseguí tener confianza en él. Era incapaz de tratarlo como a un igual. Sabía que se había doctorado en magisterio. Por lo tanto, era mi enemigo. Me sorprendió que el día de mi presentación me preguntase por uno de los profesores más temidos del colegio, el Papus (o Papandreu). Yo le respondí que nunca me había dado clases, pero que era muy probable que me tocara el año siguiente (y el verbo tocar abarcaría todas sus amplias definiciones pues era uno de los más pegones, más violentos del colegio).
Mi padre pagó religiosamente las tres mensualidades de la academia. Pero mi estancia en ella no sirvió de mucho. Mi cabeza seguía estando llena de pájaros (casi todos de mal agüero, como los que picotearon a la pobre Tippi) y, encima, el ambiente que se respiraba dentro no era muy favorecedor para que me volviese disciplinado. En aquel año 1982, según iba acercándose el mes de junio los varones del grupo parecían desquiciados por el temita del fútbol. Los Mundiales, que se celebraban en nuestro país.

* Mundial '82
El gran coñazo. Algunos acudían a la academia con pequeños transistores camuflados. Yo no lo podía soportar. Nunca había tragado el fútbol y menos en una época como aquella. El calor pre estival no hacía más que avivar mi sensación de agobio. Quería llegar al final del curso con un mínimo de dignidad y cualquier referencia balompédica hacía todo más cuesta arriba. La televisión de los dos canales carecía de alternativas por eso mismo. Colmo de males: acababa de descubrir una radio fresca, increible llamada radio 3 pero durante las semanas que duró el fútbol se había transformado en una emisora deportiva, mandando de vacaciones a mi programa favorito, La Barraca. Encima, de la selección española tan sólo me gustaba un poquitín Camacho, al que encontraba muy bizarro (un machote español). Pero el resto no había por donde cogerlos, y eso que aquellos pantaloncitos del siglo XX que se gastaban los jugadores nos daban más de una pista de donde se hallaban sus puntos estratégicos (nada en comparación con la adorada indumentaria de la liga australiana, claro es). Y es que menuda pinta tenía un tal Victor (el de la imágen de la dcha. es Camacho, aunque parezca mentira, a mediados de los setenta, con un pie de foto que bien podría rezar así: el Tadzio que rechazó Eloy de la Iglesia), centrocampista del Barcelona (antes en el Zaragoza) y cuyo aspecto de kinki Vaquilla daba pena (sí, la raza fue mejorando pero no demasiado a juzgar por la fealdad prorrogable del actual - y mi querido- Puyol).
El papel de nuestra selección fue el de siempre. Ni me acuerdo cuanto duramos. Para mí supuso una eternidad. Tan sólo el mito Maradona trascendería algo en la apreciación general de aficionados o no, incluída la mía al pasar a la posteridad de mis recuerdos por una sesión de ducha in fraganti de la que bien se hizo partícipe INTERVIU (y es que no por pequeñita la minga del pibe dejaría de ser matona, pensé una noche tonta).
Naranjito fue la mascota. Gloria pura en comparación a otras mascotas que estaban por venir (mismamente aquel perro verde del ¿Mariscal? para lo de la Expo o la misma Botilde del Un, dos, tres, imperdonable sustituta de la carismática Ruperta). Naranjito tuvo su serie de dibujos animados, repleta de frutas protagonistas (no confundir con Los Fruitis ni la porno de Cicciolina). Agradables recuerdos me trae aquello. Lo mismo que Sport Billy, japonesería que cayó aquel año con afán de difundir el deporte del balón con toda la coyuntura del momento. Sin embargo, a pesar de su proselitismo monotemático, Sport Billy me gustaba, aparte de por el diseño del heroe juvenil, por sus licencias fantasiosas (típicas de manga), como su imaginativa mochila mágica, portadora de todos los super poderes del mundo. En los años noventa los nipones contraatacaron (con mayor fortuna) con asuntos del esférico en la mítica Oliver y Benji (pero de aquella yo ya estaba a otra cosa).


* La visita del Papa
Un horror. Coincidió además con mi etapa de ateismo más radical. La última semana de octubre fue histórica por dos razones. Una fue esta. Sinceramente no entendía el grado de histerismo, de arrastrar masas de este señor tan nefasto. Encima la televisión aireaba imágenes constantemente de jóvenes, de niños como yo, postrados ante el paso de su papamóvil como quien veía un ídolo pop. No me entraba en la cabeza. Yo haría lo mismo por Harrison Ford, pero ¿por aquel viejo beato?. Nunca encontré tan bien dados aquellos disparos cuando lo del atentado. Y si de aquella se habia salvado era porque el hombre tenía un componente sobrenatural de lo más odioso. Totus tuus... Qué le dieran por culo, eso pensaba durante todo su periplo por varias provincias. Ni siquiera la conciliar Gomez Borrero (corresponsal que siempre me cayó bien por sus contínuas referencias a Fellini y su cohorte), consiguió sacar de mí un mínimo de adhesión (mucho menos de devoción) hacia el Santo Padre. A pocos días de las elecciones generales, el país andaba con mucha marcha. Así que cerré la ventana episcopal y me inmiscuí en los comentarios políticos de mis padres. Al parecer, se avecinaba un cambio.


* El triunfo de los rojos
Ganaron los socialistas. Siguiendo el hilo de lo anterior, mis padres (de extrema derecha, los que no entendían de política, sólo de vender calcetines) empezaron a desbarrar. Mamá: Si no queman las Iglesias, todo va bien. Papá: Ahora vamos a tener que pagar por ir a misa... Aunque parezca mentira, estas lindezas se podían oir en mi casa a horario infantil protegido. Unas barbaridades como cualquier otras pero en tanto que éramos paradigma de la familia media española (extrema y carpetovetónica) esclarecedoras del sentido que se tenía de democracia a esas alturas del percal. No en vano el año anterior un golpe de estado frustrado había hecho revivir momentos dramáticos como para que se anduviera pensando en burros volando, perros atados con longanizas y paises de jauja.
Yo empezaba a recoger ideas, opiniones, sentencias de otros lados. A partír de todos ellos iba edificando una opinión. Me sentía de izquierdas y, por lo tanto, el PSOE no estaba mal. Ya en el poder creció el monstruo del felipismo, la corrupción se ocultó con el marketing poderoso de la modernidad, se creó una falsa ilusión de que vivíamos en un paraíso total. Eramos europeos pero, a la vez, era conveniente ingresar en la OTAN, así estábamos más cerca de Estados Unidos (y Estados Unidos eran los mejores). El sueño duró muy poco. Lo hizo más la pesadilla. Los socialistas se eternizaron en el poder y el final fue terrible. Pero por lo visto este país no tiene solución y a día de hoy, en tanto que dictadura bipolar, han vuelto al gobierno y, aún por encima, sin el carisma de Felipe. Porque Felipe tenía carisma. Y no sólo eso, además estaba muy bueno. Era el gitanaco de Sierra Morena que rivalizaba en sex appeal con el Curro Jimenez y el Luís Candelas juntos. Muchas emancipadas quisieron tener un hijo suyo en su momento. La Andalucia de los ladrones tomaba el poder con contínuas mayorias absolutas justificadas por el hechizo de unos morritos muy bien puestos (acabaron porcinos) y toda su verborrea. Asunto de labios y labia.
En el cole, Marianín nos alertó también: Ojito con estos. Mis padres dicen que a este colegio le quedan muy pocos días de vida. Según él iban a cerrarlo, pues los rojos conseguirían bloquearle cualquier posible ayuda ministerial. Si era así, pena de final tan burocrático. Optaría mejor por uno más violento y que pasaría por paredones a religiosos. Sobre todo implicaría la propia intervención ciudadana. Y es que servidor acababa de ver el filme If... (revueltas anarcoides- estudiantiles con quema de la institución escolar incluida) en La Clave. Una pasada que me había dejado marcado a fuego de metralleta. Sinceramente, los socialdemócratas me defraudaron desde el mismo momento en que aquel climax liberador no tenía lugar y en cambio, los cursos seguían discurriendo con mi torturada participación en ellos.

continúa mañana

20 junio 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo trigésimo séptimo

* El cochinismo ilustrado (2)

También tenía portadas muy desagradables, como aquella en onda desafortunadamente escatológica en la que Miguelito Bosé posaba desnudo sentado en la taza de un báter (no dudo que expulsando de sus entrañitas de Super- Super- man sustancia seminal con heces) y donde sus partes pudendas las tapaba el menda con un número anterior de la propia revista. Queda claro que el modelo afeminado (que no ambiguo) del hijo de la actriz y el torero no es que no me atrajera, ¡es que lo rechazaba de pleno!.Tampoco me decía nada el modelo playboy maduro internacional, arquetipo hortera donde los hubiere (y harto explotado desde Playgirl y los anuncios de coñac, claro) -caso del quemadísimo Helmut Berger, muy codiciado por los redactores del Party por todo su pasado rumboso tirándose cuescos por el palazzo de Visconti.
Sea como fuere, era perentorio saltar la barrera del miedo paralizante y atreverse a cometer el delito. Qué mejor que un lugar de confianza: el quiosco de mi calle (a cincuenta metros de casa) regentado por un señor muy mayor y muy ciego que ante las aglomeraciones estudiantiles del colegio cercano perdía el sentido de la vigilancia, desorientándose por completo.
Robar el Party era mucho robar. No sólo lo digo por el precio sino porque era una revista de dimensiones desmesuradas, un tamaño que luego calcó la posmoderna La Luna de Madrid (incluso en la calidad de la impresión). El placer de lo clandestino, cuando ya traspasaba el umbral del hogar con el ejemplar en mis manos, era infinito. Al abrirla ya la cosa cambiaba. Poco entendía de aquellas fiestas de barbudillos alegres, en donde la preponderancia de travestís (el fenómeno quirúrgico de moda) me daba algo de grima. Por fortuna había dónde leer, algunas firmas empezaron a hacérseme muy familiares (un tal Jordi Petit se erigía como el mandamás de algo cuyas características se me escapaban por completo: de hecho si había un movimiento político radical alrededor de aquel ghetto parecía estar confundiendo lo revolucionario con el vulgar histerismo; Bibi Andersen tenía también mucho que decir, igual que los aristócratas de la pluma y el seudónimo que se derretían ante saraos donde divas gays hacían acto de presencia regia para desmayo y/o solaz de las maricuelas más mitómanas -en este sentido, todo lo que una marquesona con pilila mustia me adelantase en primicia quedaba a priori de segunda mano ante las crónicas mundanas de lo mismo que me servía en bandeja de plata un Jorge Fiestas desde Nuevo Fotogramas- y Luís Arconada daba cicerone de honor teniendo en cuenta su rango de responsable casi máximo de la publicación). Nombres como Pierrot, Ocaña, Nazario, Leonardo Dantés o Paco España desfilaban como grandes clowns de un circo que, aunque vendido como milicia de un ejército de luchadores por la igualdad, a mis ojos se tornaban criaturas feístas (frikis) de una Sodoma que nunca llegaría a la noble iracundia de Esparta. Tampoco los veía originales. En nada se diferenciaban, salvo en el abuso de rimmel, de los saraos horteras de puticlub de la publicación LIB, aquella que confundía el amor libre con el despiporre casposo típico de país tercermundista y, por ende, muy afín al cachondeíto latino. Ambas eran muy divertidas, si. Pero Maciste no buscaba tanta alegría, sino conocimientos o, al menos, sugerencia y erotismo, cosquilleo en la bragueta, mitificación de cuerpos varoniles, caza con teleobjetivo indiscreto de mi famoso ideal... A años vista, he de reconocer que robar Partys acababa con un regusto de insatisfacciones la mar de imprevistas.
Pero yo de vez en cuando insistía. En el fondo había más del estilo, los quioscos estaban llenos de ofertas verdes. El de mis vecinos en eso no era nada manco. Y es que el negocio lo llevaban entre el viejo y su hija, una treinteañera moderna con la que hice muy buenas migas al ser además cliente: le compraba todos los lunes los Teleprogramas y los viernes los TeleRadios. Quizá intuyendo, muy lista que era, que me llamaba la atención lo porno (mis ojos se iban a los paneles superiores en donde tenían colocados los materiales X) un día me sorprendió sacando para mi pasmo un puñado de las del celofán (es decir PRIVATEs y PIRATEs y más de cuyo nombre no me acuerdo) y convidándome a entretenerme un poco con lo último venido de Sexilandia.. Me puse tímido pero receptivo. Me contaba que me iba a enseñar una cosa que nunca había visto en parte alguna. Yo inmediatamente pensé en que me iba a deslumbrar con una foto de Starsky sodomizando a Hutch, mientras Baretta esperaba turno. Pero no. Me abrió una a colores y me dijo que observara atentamente. Yo miré pero vi todo borroso. Entonces me aclaró: Es en tres dimensiones. Necesitas gafas. Y las sacó. Pero el efecto al ponérmelas era muy chungo. No tuve la sensación de que me viniera lefa a la cara, ni percibí un cosquilleo en la nariz a causa de alguna ladilla que hubiera saltado de un pelo de coño hasta mi napia. La quiosquera enrolladita al comprobar que no me entusiasmaba el tema (era en verdad novedoso, pero no tanto el sistema en sí que ya conocía por el cine de los sábados, concretamente por una película de acción que había visto protagonizada por una tal Ana Obregón y que estaba rodada en ese mismo proceso tecnológico. Al final de la proyección aquella había quedado mareadísimo, como con ganas de vomitar y con un aumento considerable de dioptrias que en nada agradecí). Para rematar me soltó un cálido pero intencionado: En casa tengo más, las buenas... Ahí se ve el detalle maravillosamente bien... En mi poca picardía yo lo primero que deduje es que aquella buena moza tenía en su piso una colección de óptica muy avanzada. Cualquiera más espabilado se hubiera dado cuenta que lo suyo era una proposición pedófila en toda regla. Pasé página. Lo único que concluí de aquella vez es que con ella en el mostrador me debería abstener de más robatorios. Con el viejo todo era distinto. Así encontré sabrosos ejemplares de fenecidas historias de nombres Homopoder u Homoerótico entre los apabullantes Yes, ClimaX, Sere Zade, Tetas o Culos.
Revistas sin coños que tan pronto devoraba iban directas a la basura, no por sentimiento de culpa sino por miedo a que mi madre las descubriera un día haciendo limpieza. No me consideraba lo suficientemente importante para conservarlas, como sí hacía papa con su media docena de INTERVIUs de siempre y que guardaba en el cajón de su mesilla de noche, digo yo que para casos de emergencia.
Las mías, como el resto de las existentes, tambien eran material infecto: mal editadas y pésimamente escritas, con pies de fotos parangonables a los bochornosos haikus en honor a las putarracas de los heteros. Material clandestino con dos números y a otra cosa, revistas de aquí que apuraban el filón de la apertura a base de robar de allá. Relatos eróticos de la redundancia, experiencias personales sin glam que me estaban aclarando aspectos de una sexualidad concreta sin todavía sentirme reflejado en ellas o, cuanto menos, sin ser consciente de que las odiseas planteadas (busconas de báter y cine) conformarían el futuro de un tópico depredador irracional. La alerta de lo venéreo (sin el SIDA aún como amenaza) trastocaba todos mis buenos pronósticos (hepatitis C, sífilis, gonorrea, herpes múltiples...) pero no le daba vueltas al asunto porque yo me había matriculado en la escuela del esteticismo frente a la mediocridad cuartelera de las mayorías. Craso error aunque entendible desde mi corta edad. Ni siquiera me planteaba en mi homoerotismo el delicado asunto de la higiene (podía manchar de mierda, sino me aseaba bien, la polla de un chico si yo era pasivo o viceversa de ser lo contrario) por la exclusiva razón de que todo lo idealizaba y dentro de nuestros anos las paredes eran de blanco inmaculado, cual los pasillos de la nave de 2001. En cuanto al ghetto, decían que estaba ya a mi disposición si es que quería traspasar el umbral de la Sodoma recientemente democratizada. El camino más fácil para la mariquita de siempre. Sin embargo lo mío no eran las cárceles del amor, sino los abiertos paraísos de la Arcadia.

* Pajillas de autor
Lo único por lo que debo estarle agradecido a las cartas de los lectores de estas revistas fue por el hecho de impulsar una importante variante en mis escritos. Así abandoné en mi labor de narrador, momentanemente, mis ficciones plagiadas de la ficción para acercarme a una nueva modalidad parecida a las confesiones aquellas y que me enfrentaban por primera vez a mi realidad cotidiana, sólo que tergiversándola en beneficio de mi propio placer, llevándola a mi mundo privado.
Tras mis masturbaciones infantiles, cuando me cansaba de restregar la cebolleta encima de mi almohada favorita (o sin ella), sobre la incómoda alfombra de la habitación de los juguetes -tiempo divino que transcurría sin prisas pensando en tantas situaciones trempantes del día a día-, me paraba a reflexionar en si tanto derroche de fantasía imaginada -fantasía que se esfumaba tras el orgasmo con la misma celeridad que desaparecía mi semen al absorberlo la superficie-, no sería mejor o más productivo que lo canalizase de otra manera: por ejemplo, haciendo lo mismo pero además aferrado a un papel y un bolígrafo. La idea mientras duró fue muy excitante. Era tentador bajarme los pantalones de pana y calzoncillos Jim, luego tumbarme boca abajo y escribir todo lo que pasaba por mi calenturienta mente: eran sinopsis breves, que tan sólo darían para cortometrajes de haberlas filmado pero en las que no sobraba ni faltaba un detalle. Condensaban la esencia del morbo. Ya no bababa la baldosa fría, aquello caía encima de un papel cuadriculado cuyos renglones salían torcidos, cuyos resultados eran ininteligibles, imposibles de acogerse a una relectura. Por ello que los papeles iban también a la basura no bien acababa de emborronarlos. Servían para el desahogo, también para recoger la leche y, al final, formando una bola de papel, me consolaba con hacer diana en el cubo de los sueños imposibles. Porque eran tan sólo eso: sueños robados a una vida edificada a través de los retazos ambiguos, en la que aparecían siempre mis compañeros de aula favoritos en posiciones equívocas, muchas de ellas brindadas de la pura realidad que captaba en alguna furtiva (y afortunada) mirada de soslayo. Ellos tocándose los genitales en las largas filas de entrada en las aulas, ellos agarrándose con descaro por los culos como si fuesen juguetes carnosos mientras aquel que lo tenía más redondo y apetecible se dejaba rascar muy dentro de él (aunque siempre por encima del pantalón), con dos o tres dedos, por un compañero libidinoso... Ellos propinándose besitos fugaces en los morros, observando con malicia el crecimiento del vello púbico en el gimnasio, fruto de un puberil desarrollo o pegándose en wrestling por una nimiedad que los saturaba de sudor y roces. Presto lo captaba al vuelo... Tan sólo ordenaba aquellas escenas y las traspasaba al folio, mientras mi pene se movía imparable en signo de follármelo todo (acentos incluidos). Y lo mejor es que mis compañeros del deseo nunca estaban desnudos, siempre jugaban con ropas de faena, lo que acabaría conformando en mí un subidísimo fetichismo por las prendas que sigue a día de hoy condenándome en su dictadura erótica.


continúa mañana

19 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo sexto

* El cochinismo ilustrado
(1)


Ahora con esto de la Internet que amenaza con acabar con tantas cosas el presente capítulo es posible que el lector más jóven lo interprete como un irrepetible anacronismo de los sentidos. Los quiosqueros se quejan de que la pornografía se vende ya poco al abastecer de manera desproporcionada en miles de páginas web conformes a los gustos del consumidor. Pero en los primeros años ochenta este tipo de publicaciones en celofán funcionaban cojonudamente. Tenían precios desorbitados por ser muchas de importación. El negocio X se beneficiaba de décadas de oscurantismo en una España cerrada a los instintos primarios (cuando el sexo fue digerido por el sistema capitalista este perdió en gracia y encanto pero todos los ciudadanos occidentales que conforman las medianías se corrieron bien a gusto a cuenta del filón). Así pues los quioscos de la transición inundaron sus fondos más ocultos, esos que protegían de la mirada de los menores, con estas vías de escape para adultos sin reparos.
Al niño Maciste aquellas ligerezas no se le escapaban pero todavía con el cambio de década no las tenía como una obsesión. Mis primeros contactos con el porno impreso fueron a finales de los años setenta y venía siempre camuflado bajo un aspecto tan feísta y sórdido que en modo alguno conseguía acaparar mi atención más de un par de minutos. Esto unido a la falta de experiencia e ignorancia en la materia terminaban por provocar que pasase rapidamente la hoja de mis fantasías de recreo. Porque era en el recreo cuando algún chavalín avispado me alertaba del descubrimiento de tan codicioso tesoro que, por regla general, permanecía escondido en el interior de una zanja inagada o en el hueco lagartijo del muro colegial. Entonces ya allí el niño sacaba de hojas desgarradas, mojadas por el paso de un aguacero invernal y las mostraba con deleite. Era blanco y negro que reproducía órganos sexuales en acción, primerísimos planos de felatrices que devoraban obeliscos con roña de días. Alguna afortunada vez aquellas modelos poseían ojos rasgados, como del Japón milenario y entonces me asombraba de que también aquellos seres pequeñitos (de crío pensaba que los japoneses eran enanos simpáticos o , por el contrario, con muy mala leche) pudieran también hacer eso. Pasaron los cursos pero las citas irregulares con los nuevos escondrijos se fueron sucediendo dentro de lo que eran los momentos más divulgativamente verdes de mi recreo. Mis minutos de educación sexual no los traía la LOGSE sino las burdas Cartas privadas del PEN que incorporaban el material de los textos (cartas y consultorios) a su sempiterno despliegue fotográfico. Paradojicamente, en mi despertaban mayor imaginación éstos que la enésima guarra siendo asaeteada por sus dos orificios por sendos cipotes precondom. Y más aún todavía que aquellos relatos de los lectores (aunque no sé hasta qué punto eran fidedignos pues los notaba excesivamente fantasiosos como para que los hubiese escrito un españolito recién salido de una dictadura castradora. Tal vez fueran los propios redactores de la revista los que le daban al coco prepuciano en sus horas extras con el fín de animar este país tan adicto al misionero y al coito perruno) me escamaban sobremanera los borrones blancos de humedad, lamparones de sustancia extraña que dificultaban el pase de páginas. Los redichos del primer acné en seguida me sacaban de dudas sin yo preguntar nada: Aquí se corrieron.
Todo estaba muy claro para unos críos que aún compaginaban las poluciones nocturnas con el meado de sábanas. Eran días de contínuas revelaciones. Superado el trauma de que los niños ya no vinieran de Paris, ahora y de repente es que la jodienda ya no sólo conducía a la reproducción sino que se había convertido en un triste espectáculo para maltratadores de revistas. De todas mis sesiones de hemeroteca improvisada saqué la conclusión de que el felpudo femenino me daba bastante repelús, en especial la vulva a la que interpretaba como pellejo en carne viva capaz de contener en su interior los misterios más pavorosos (con algo de planta devoratriz vista por Corman). Por la contra, el pene me despertaba curiosidad y hasta admiración si éste era enorme y lucía duro como una columna dórica. El macho, en definitiva, me inspiraba respeto en tanto que era un igual. La mujer, pese a su preponderancia machacona en la pornografía hetero, la delimitaba a un segundo plano, como ente nunca deseable (pinturas, lencería, pilosidades servían para apartar de mí ese caliz, destruyendo el mito que seguía con pasión en los pocos libros de arte que había en casa de una Afrodita o una Artemisa, rebajándola a la categoría de suripanta quitacuartos del varón) pero tampoco la despreciaba (Jose, el chapero siempre se vanagloriaba de no haber comido nunca un chocho. Su estupidez llegaba al extremo de afirmar con orgullo que ni siquiera cuando nació tocó el de su madre, pues lo habían engendrado por cesárea). Y cuando conseguí ojear pornografía hetero (o no) con amigos nada descarados en cuanto a su opción sexual, acogí a las huríes con humor (y desde el kitsch elevado a unas risas) reparando en sus pelucones, en sus gestos fingidos, en su artificio ridículo para halago del macho rampante típico y tópico. Y otra cosa: jamás, a la contra de los asquerosos argumentos que imponen los puritanos en defensa de una hipotética preservación de la inocencia infantil, nunca ante unas imágenes fui a la cama traumado. Es más, cuando por fin conseguí dar con las que me gustaban de verdad la cama fue un paraíso donde me desahogué en placeres a cuenta de todo lo que se había quedado grabado en mi retina.


Porque esa sensación de cutrez, el único "pero" que poner a tanta hoja volandera, pareció desaparecer casi definitivamente cuando entre Ortiz, Máximo y yo decidimos que lo ideal era la opción del robatorio de las propias revistas. Dentro de lo que cabía entonces, podíamos elegir nuestras favoritas, quedando todo más higiénico además. Lo importante era ser cautelosos y eficientes en la labor. El quiosco de marras no era ni eso: mesa y tenderetes a la puerta de una oficina de líneas de autobuses. Como la dependienta era relativamente jóven poseía una correcta selección de sexualidades al gusto del sediento pajillero. Existían de aquella unas gacetillas muy ilustradas con el título de Videolibros que además tenían su equivalente homo de nombre Videogay. Por su tamaño eran fáciles de birlar, un mínimo descuido ante un apelotonamiento de viajeros y los libritos se colaban con premura debajo de nuestras zamarras o por dentro de los pantalones. Fue con Ortiz y Máximo con quienes comenzé a descubrir el mundo de los sodomitas. Ellos no reparaban en detalles moralistas a la hora de sustraer ambas vertientes de la sexualidad y, huelga decir, que era en las de temática marginal (onda gay) donde más nos deteníamos luego cuando nos poníamos de lectura. Eran la novedad. Seguíamos siendo diferentes. Ya no sólo no dependíamos de nadie para ver folleteo, es que desde nuestra condición de delincuentes comunes podíamos permitirnos el lujo de optar por amplias combinaciones de apareamientos con sus respectivos genitales. Y más sexos que hubiera, que serían bien acogidos. Para mi gusto los modelos bigotones, patilleros y peludos, eminentemente seventies se mostraban eficazmente desafiantes y apetecibles. El detalle de los jeans ajustados sobre una moto remitían a las morbosidades en boga de Tom of Finland. Máximo, de vez en cuando, soltaba un adecuado: Mariconess, mientras Ortiz y yo cronometrábamos muy mucho la permanencia en una hoja por si al macho dominante del trío se le daba por putearnos. Ortiz respondía ante los estímulos gráficos con su típica sonrisita maliciosa. Yo, además de eso, estaba que reventaba. Curiosamente nunca olvidaré una fotografía en blanco y negro que ensalzaba con todos los honores la belleza de dos gemelos jovencísimos y hippyosos metiéndose mano como quien no quiere la cosa. Volvía a reaparecer el tema del incesto como cuando me adoctrinó Crumb años antes, sólo que aquí de carne y hueso. Bidimensional pero muy bien traído. Para mí lo del tomate con parentescos seguía siendo el colmo de la transgresión.
Durante un período los tres nos hicimos adictos al pornogay. Pujábamos por ver quién se llevaba los robatorios a casa (la mayoría de las veces era Máximo quien se las acababa quedando) pero en modo alguno nos planteábamos poner en práctica dichas escabrosidades en nuestros cuerpecitos castos (y eso que todos los enigmas del sexo entre varoncillos nos los revelaban aquellos catecismos post Stonewall).

***
La existencia del desnudo masculino en los quioscos no me era del todo ajena. Siempre gusté de acercarme a estos lugares y reparar en sus escaparates primorosos en busca de tebeos, de colecciones de serie negra y de terror, de revistas de televisión o de primeros fascículos de series televisivas. Sólo que cuando mis nuevos amigos de andanzas entraron en aquella vorágine indiscriminada de robatorios empecé a tomar notas al márgen de lo tradicional. Había una que se llamaba Party y que acabaría por ser uno de mis primeros objetivos cuando el hurto pasó de sociedad anónima a limitada. La publicaba la editorial que sacaba El Papus y era vendida como una guía del mundo del espectáculo. Ninguna disculpa para ofrecer carne de macho famoso que no conociesen ya las mariquitas finolis neoyorquinas, suscriptoras del After Dark. Sin el snobismo de la americana y con gran cantidad de caspa al menos cumplió su misión. Y esta alcanzó rango de histórica si nos atenemos a quienes le adjudicaron la categoría de ser la primera revista gay de este país (su primer número en 1976 coincidía con la todavía en decreto ley de peligrosidad social). Recuerdo, en la prehistoria de todo, portadas de la susodicha con Patxi Andion con el torso al aire justo hasta vérsele algo de los pelos del pubis. El titular: Patxi Andion nos enseña el culo. Y vive dios que el cantante actor debería tenerlo fenomenal, tan apuesto y recio era en su conjunto. Si algo de polla era donada para la portada, una pinza impertinente de la quiosquera de turno ya se encargaba de escamotearla de mala manera (quiosquera que a buen seguro tendría a esas alturas otros ejemplares de la misma sobadísimos y hasta sucios de flujo vaginal de tanto tirar de su sección de pasatiempos).

continúa mañana

18 junio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo trigésimo quinto
(1982)

" La con
fidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva "
CICERON

Vivo en una ciudad grís, triste, avejentada. En ella la Galicia de la melancolía se desvirtua y se vuelve prosa para dar paso en el mayor de los casos al nacimiento y consecución de nuevas generaciones de muchachos perdidos y sin futuro. La emigración consigue más que nunca aquí prorrogar ad infinitum su tiranía dejándola vacía de savia nueva. Y la que queda, o bien se ha amoldado a la perfección al confusionismo y vulgaridad general de estos tiempos o acaso carece de sustancia donde poder encontrarle una originalidad.
Sociedad comatosa, ciudad siempre de luto, a pie del criticoneo, prolongación de una filosofía de lo rural que adocena, clasifica y ahoga al diferente. Maciste recuerda los largos inviernos caminando por paseos donde tan sólo los destellos de algún edificio art nouveau conseguían llamarle la atención (amén de todo su pasado románico que forjó su única historia). El resto era imperialismo trasnochado y de mal agüero, de flechas y pelayos, de aguilas acechantes sobre frontispicios de piedra raída. Ciudad que me fue oprimiendo hasta conseguir que perdiera la sensación de estar vivo, empezando todo por una falta de oxígeno evidente, cosa nada dificil pues este es clima de duros contrastes. Y ahora que la escapada se ve tan lejana me refugio en las imágenes pretéritas en las que todavía conservaba un mínimo de alegría, de capacidad de inventarme el entorno. Los días del final de mi niñez.

Quedó bastante dicho en anteriores capítulos que era un solitario. Y aún con todo, mis muñecos favoritos me reprendían desde sus reuniones numerosas. De algún modo, yo también tenía que aprender a comunicarme con los demás. Sólo que no era tan fácil. No encajaba en las pandillas. En las pachangas menos. Con Carlos y Héctor, enloquecidos de los comics, ya advertía que carecía del suficiente tirón como para ser parte de un equipo adicto a la linea clara. Se hacía perentorio buscar un alma gemela. Un espejo. Un yo reflejado que supiera realzarme como personita a la par que aportase características propias que sirvieran para ampliar mis expectativas de lo que debía ser la amistad real. Todo demasiado complicado para los pocos años y un entorno que en nada remitía a la Grecia clásica... y clasista. Yo tampoco aspiraba a semejantes valores. En cambio me estaba revelando como un niño muy caprichoso, cuando no tiránico. Mis papás lo sabían de sobra. En cambio los poco alertados empezaron a tener sus encontronazos verbales conmigo en peleas bastante subiditas de tono. Flaco favor me hacía aquello cuando las sartas de reproches las solía derramar sobre los únicos niños que me daban comba. Quizá con Ortiz choqué con la horma de mi zapato. Apenas nos prestamos mutua atención durante el primer curso juntos. Pero en 1.982, estando ambos en 7º de EGB, conseguimos que al fín nuestros polos se aproximaran hasta quedar unidos en lazos muy particulares.
Ortiz era un efebo atractivo. Moreno, de cara angelical, de porte delgado y bien formado podía materializarse en él mis cada vez más pronunciadas fantasías homoeróticas sin que en ningún momento yo cayese en la locura, en el grave error de las proposiciones indecentes. De esto último estaba decididamente convencido pues durante todo aquel período, incluso el posterior hasta mis diecisiete años siempre me cuidé mucho de preservar ese aspecto de mi intimidad por temor a posibles repercusiones. En el juego de la amistad, con todas sus entregas y complicidades bien pudiera haberse producido un encuentro carnal entre los dos. Pero esto no ocurrió porque, como me suele suceder por la regla general, quien ha pasado a ser mi amigo no me gusta hasta esos extremos, todo lo más derivaría hacia un complejo platonismo, en el que cabrían estimas y rencores o en el caso de Máximo, el tercero en discordia de mi nuevo micro grupo de Séptimo, el deseo sublimado a través del dolor físico.

Antes de que llegase este otro muchacho zangolotino y brutal, Ortiz y yo fuímos amici per la pelle. Visitábamos de manera habitual nuestras respectivas casas y no nos separábamos ni a sol ni a sombra en los recreos. Los fines de semana organizábamos nuestro ocio a base de merendolas hogareñas o de cine de los sábados. Recuerdo que atravesar el umbral de su casa para mí era toda una odisea. Y es que su residencia era un pequeño y coquetuelo cottage que aunque situado en el mismo centro de la ciudad (en el barrio más pijo, para más inri) parecía gozar de las sensacionales aportaciones de la diosa Naturaleza en forma de finquita con jardín y que por eso mismo contaba, hacia la mitad de la vereda, con un furioso pastor alemán que vigilaba acechante cuantas visitas se congregaran allí. El can estaba siempre atado pero aquella correa era lo suficientemente larga como para alcanzar casi hasta el extremo del muro que separaba la parcelita de terreno de la nada. Había que calcular muy bien las distancias y arrimarse cuanto fuese a la pared. Y aún así todo era cuestión de milimetros. Es curioso que amando yo de siempre a los perros me produjese verdaderos traumas el suyo. Pero aún lo es más que el susodicho en modo alguno apaciguara nunca su furia contra mí a pesar de las múltiples veces que hice acto de presencia por la villa de sus amos.
Ya dentro era de rigor jugar con su colección de clicks de Famobil, de la cual poseía todos los del stock y más. En su comportamiento Ortiz era parecido a mí: algo retraído, nervioso, rayano en lo neurótico y poseedor de un complejo mundo interior. Era más generoso que yo pero igual de malévolo. Teníamos un mismo sentido del humor... cada vez más negro, donde siempre reinaba la crueldad para con los demás. En esto ambos eramos incisivos y demoledores. Cuando al final se nos sumó a nuestras peripecias de niños (pero no tanto) el antes aludido Máximo formaríamos el perfecto trinomio de la falsedad y los dobles sentidos, de los dimes y diretes, de la difamación y el escarnio. Nos volvimos celosos de nosotros mismos, rivales de los números impares, como si aquel menage á trois tan sugerente lo único que motivara eran situaciones que acababan entorpeciendo el discurrir de lo que eran a nuestro juicio las más ejemplares uniones: las relaciones a dos. Y cada cual estaba dispuesto en su caso a hacer privilegiar su puesto de acompañante de Ortiz, se supone que el centro vinculante de todo. Fue entonces cuando la puñalada en la espalda y la ambiguedad sexual (típica de la adolescencia más fecunda) nos transformaron en verdaderas víboras a las que nadie del resto de la clase osaban acercarse, por temor a salir despellejados. Sin embargo transmitíamos la fascinación del riesgo, del pecado, del estar fuera del sistema. Unos cuantos se habían enterado de nuestros extraños juegos (solíamos apropiarnos de porciones de calle, de portales, de azoteas y garajes a la salida del colegio, inquiriendo a las viadantes y vecinas ancianas e incluso sorteando la iracundia de algún poli local ya familiarizado con nuestras algaradas en los parques) y pronto quisieron agruparse a nosotros. El caso es que lo hicieron pero sólo hasta cierto punto. Y es que nuestro horario gamberril era infinito quedando al final de la tarde juntos, los tres, retenidos en algún garaje público donde por costumbre acechábamos a las propietarias de los coches aparcados, meábamos en los neumáticos o nos encerrábamos en las cabinas de la luz.
No querría abordar tan pronto el tema del sadomasoquismo que gracias a Máximo brotó de una manera irremediable en mí, dado su carácter de abusón (era un crío de envergadura corporal). Lo que no pasaré tan pronto por alto es ese aspecto de ambiguedad sexual de Ortiz, que sobrevino ya a tempranas horas de nuestra relación. Existía un amiguito suyo de otro colegio, de cuyo nombre ya me he olvidado con el que compartí un par de tardes al menos. También era morenito y tenía cara de golfante. Su exhibicionismo físico era habitual y lo ejecutaba con una pasmosa naturalidad. La obscenidad que se mascullaba debajo de la mesa camilla de la habitación de mi compañero, donde el espacio reducido favorecía el contacto físico de las pieles (algo que ya sabía por haberlo yo mismo practicado con mi primín Alberto), buscando los primeros regustillos, era flagrante. En aquella ocasión me ví incapacitado por falta de lívido a entrar con ellos en la camilla de los toqueteos, tampoco lo hubiese admitido aquel extraño para mí pues yo era eso de igual modo para él. En otra ocasión encontré a ambos críos solazándose en un masaje de espaldas que me produjo el mismo reparo ñoño. Ortiz estaba tumbado boca abajo mientras el masajeador ejecutaba como bien sabía (y no dudo que permitiéndose licencias que no vienen en los códices fisioterapeutas). Yo me negué a mirar más de lo que ví y me limité a salir un ratillo al jardín para repasar la colección de canicas y bolas locas del reumático crío.
Pasado un tiempo y ya inmune a los encantos de mi amigo me sorprendería con un recibimiento similar (tumbado en la chaiselongue, sensual, fatal). Fue cuando comencé a sentir asco del bello efebo. La situación me lo ponía a huevo, no admitía dudas (de hecho cualquier putón redomado hubiese sucumbido a sus notables prendas). En cambio yo me abstuve de acceder a sus deseos mudos (su mirada era lo suficientemente elocuente) y opté por tratarlo de eso, de putón... y al otro se le cortó el rollo sin mayores problemas. Cuanto menos, los problemas a partir de aquel hecho nimio los crearía yo cuando me fui con el cuento de una seducción rayana en el acoso a Máximo, que dada su contención y proverbial prudencia para guardar secretillos de alcoba, al enterarse no es que hiciera pasar mi chisme directamente a oídos de Ortiz, sino que terminó averiguándolo toda la clase quedando el niño como una Mesalina de la Nueva Sodoma y servidor como un mariconazo peor, pues jamás debería haberme dignado en pisar su lupanar si tenía un mínimo sentido de la virilidad y de atracción por las tetas. Aunque este lupanar fuese de la marca Famobil.


continúa mañana