18 diciembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 15: ANTONELLA Y GIOVANNA

ANTONELLA LUALDI (1931- )
A pesar de ha presencias cineber nacido en Beirut (hija de padre italiano y madre griega) fue una de lasmatográficas más representativas de las calles romanas de los años cincuenta. Belleza a medio camino entre la conciliadora Bose y la felina Ralli supo embaucar al espectador de su época con papeles de chica sencilla y hogareña. El suyo fue casi un homenaje a la clase media y sus profesiones modestas: así la vimos de estanquera, peluquera o telefonista siempre sabiendo mantener la dignidad, casi nunca pegando un grito. Su media melena, preferiblemente lacia (sin ondulados de peluqueria) le sentaban realmente bien. Esto unido a un físico muy bien proporcionado (justito el busto, caderas razonables) terminaría por redondearla con el infinito encanto de las vecinitas de al lado. Títulos como Las señoritas del 04 (donde guardaba con mucha discrección su condición de madre soltera), Padres e hijos (estaba en cinta de Interlenghi y pasaba un final de embarazo de lo más pesadito. No en vano paría gemelos), La cenicienta y Ernesto (ésta en régimen de coproducción con España), El momento más hermoso (donde coincidía en el hospital de parturientas con la que suponemos amiga Giovanna Ralli), Los enamorados (peinando a su querido Franco) o Crónica de los pobres amantes (según el texto de Patrolini) plasman a la perfección el grado de popolanismo amable de la hermosa Lualdi. Cuando casó con aquel galancito de ensueño, el actor antes citado Franco Interlenghi, además de formar una de las parejas más lindas del papel couché se produjo la asociación de ambos en una serie de filmes que aprovecharían al máximo dicha coyuntura.
Pero como de todo hubo en la viña del Señor, la bella no sólo vistió a la moda del 55 (pongamos por caso) sino que también se amoldó al estilo Liberty y hasta Segundo Imperio: en Casta Diva lucía hermosos miriñaques para ser la enamorada del compositor Bellini y en la superproducción europea Le rouge et le noir (1954. C. Autant Lara) apareció elegantísima interpretando nada menos que a la potente (y despótica, entre otras lindezas) Mathilde de la Mole, la creación de Stendhal que incluía a un Sorel ideal personificado por el inmortal Gerard Philippe (éste último debiendo enfrentarse a un personaje que casi doblaba en edad, tal que su Madame de Renal, por cierto, la sublime Darrieux). En cuanto a la Lualdi se enorgulleció mucho de tener ya un epic en su curriculum. El prestigio de la adaptación de Autant Lara fue enorme en Francia, a pesar de ello el filme no fue estrenado en nuestro país (nada raro pensando que aqui el autor de la novela estaba muy mal visto). Con la nouvelle vague los logros de este tipo de cine academicista se minusvaloraron, lo cual no fue un obstáculo para que al cabo de los años reconozcamos que Le rouge et le noir sea una gran recreación del universo stendahliano, que soporta dignamente el dificil equilibrio del gran espectáculo y el drama intimista, de la subordinación al original literario y el lenguaje audiovisual.
La Lualdi también probaría con las burguesitas más o menos contemporáneas (I figli non si vendono, Giovani mariti), las prostitutas pasolinianas (Notte brava) o las heroinas de peplum (Los titanes). Pero donde dio en verdad la campanada fue cuando llegó el cine de autor a su vida en escasos pero memorables títulos, tal que A double tour de Claude Chabrol y Une Vie de Alexander Astruc (su periplo francés de finales de los cincuenta incluiría también su protagonismo en la adaptación del cuento de Boris Vian, Escupiré sobre tu tumba junto al que parecía ser su nueva pareja ideal Christian Marquand).

GIOVANNA RALL
I (1935- )
Los poderes de esta real moza podemos encontrarlos casi en exclusiva en la década de los cincuenta. Es por ello que su canto del cisne, digamos, no oficial fuese aquella Carmen del Trastevere (1962) con sabor a deja vú (pretendiendo prorrogar los excesos de carnalitá de antaño no hacía más que evidenciar que a la estupenda Ralli -como a las demás de su generación- el arroz se le había pasado por entero. Otro tanto de lo mismo podríamos decir de aquel amago lésbico con la sublime Anouk en La fuga). Pero revivirla en sus mejores filmes sigue siendo todavía sumamente regocijante. Era muy pechuda (de su quinta sólo Marisa Allasio le haría competencia) y se columpiaba muy bien entre lo romántico de tebeo femenino y el descaro exhibicionista de cualquier publicación ilustrada para hombres. Además gritaba fenomenal y cuando no daba desplantes ella misma al pesado guaglione de turno siempre tenía a un hermano mayor, recio como el roble, que la rescataba de los pretendientes de un puñetazo.
Sus comienzos no fueron los de una Loren, si hemos de atender a lo que contaban las revistas de la época, o sea, no pasaron por concursos de belleza o por desfiles en traje de baño. De bien pequeñita se subiría a las tablas, bien como figurante bien con escuetas frases hasta que fue descubierta por Vittorio De Sica que le confió un rol irrelevante (jugaba en un jardín con otros niños) en la seminal I bambini ci guardano (1944). No sería hasta 1954 cuando Giovanna afronte cometidos de mayor relieve estelar en comedietas encantadoras como Las señoritas del 04 (las pequeñas odiseas de un grupo de telefonistas -iban desde calambrazos en las orejitas por parte de un técnico aspirante a Casanova a jaquecas estresantes por culpa de un interlocutor plomizo- y en donde la Ralli fue la más frescachona de la compañía), Le ragazze di San Frediano (se llamaba Mafalda y vencía por puntos a la algo pavisosa Rossana Podestá), Racconti romani (según Moravia, aquí vencía a la Casilio con su desparpajo habitual que parecía heredado de toda una Loren, en realidad pasaría por su hermana pequeña, a pesar de que Giovanna era de una belleza más clásica), Il bigamo (en donde tuvo conflictos con Franca Valeri pues ambas decían estar casadas con Mastroianni), El momento más bello (aprendía las técnicas de parir sin dolor) y Las aeroguapas (profesión típica de una maggiorate de altos vuelos).
En tanto que sus días como popolana juvenil parecían fenecer- se aproximaba el cambio de década- dejó para la gran historia del cine su intervención en obras de mayor calado intelectual de la mano de maestros como Vittorio de Sica y Roberto Rosellini. Este último la integró en el reparto de su estimable El general de la Rovere (1959) en donde coincidiría con otra redimida del maggioratismo: la más excesiva y barroca (y por ende, felliniana) Sandra Milo. Pero en este caso la película era por entero de un inconmensurable De Sica en calidad del general titular. Ese mismo año llegaría Era notte a Roma del mismo director, donde se mostró muy despierta en una trama donde predominaba el pesimismo y la claustrofobia, pero es que era la fidanzata de Renato Salvatori y eso anima a cualquiera (eso sí, Giovanna parecía seguir aportando viento fresco de calle a un cine muy... concentrado). Y en Viva L'Italia se la vio simplemente perdida en lo que fue una aproximación historicista de Rosellini a la época del Risorgimento (se trataba de una hagiografía de Garibaldi demasiado introspectiva para que fuera un éxito popular).
Su aportación al cine de habla inglesa fue mínimo, de las de su quinta fue la que menos se internacionalizó. Pero lo poquito que hizo estuvo muy aprovechado. Hablo de una estupenda comedia de Blake Edwards (entre pantera y pantera) titulada Qué hiciste en la guerra, papi (1966), de urgente reivindicación. Tratábase de una farsa bélica, ambientada en un pueblo siciliano en 1945, donde sus habitantes mareaban a americanos y alemanes a base de griterío, cortes de manga y mucha fiesta. En dos palabras, de genio. La aparición de Giovanna tuvo algo de estelar: tomada de escorzo, de cuello para abajo, resaltándose sus curvas gracias además a un vestido color salmón muy bien puesto. La otra producción internacional en la que se implicó a mediados de los sesenta se llamaba The caper of the golden bulls (1967. Rusell Rouse) y seguía la línea de las películas sobre atracos perfectos. Era del todo irrelevante a no ser por el exotismo de haber sido filmada en Pamplona y de que hacía de la baturra Angela. Ella, la misma que vista y calza, la que vimos tanto por el Trastevere en sus mejores años (los cincuenta).

continua mañana