21 diciembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 18: LAS ELEONORAS

ELEONORA ROSSI DRAGO (1925 - 2007)
Eleonora moría a principios de este mes a los ochenta y dos años de edad. Llevaba años retirada del mundo del cine no bien las nuevas generaciones comenzaron a tomar un relevo natural. Bien es verdad que en 1970, fecha de su retiro, el cine italiano iba a evolucionar por unos derroteros por los que ella a lo mejor ya no se veía interesada. Además no era una gran actriz como para que un Visconti comatoso se pudiese fijar en ella (ni siquiera para aprovechar su, por otro lado, espléndida madurez). Porque la Rossi Drago fue una presencia imponente. Y sus fieles nunca le agradeceremos lo suficiente el que hubiese optado por bautizarse con un nombre artístico que en todo momento remitía a la tradición de las genuinas divas del espectáculo (cito algunos nombres de las dive muette y lo comprendereis al instante: Italia Almirante Manzini, Giulia Cassini-Rizzoto, Clelia Antici-Maffei o Gianna Terribili González). A la prosopopeya de un nombre y sus dos apellidos (tan ficticios como su representación terrenal de lo femenino) habría que añadir su deleite por las toilettes de marca (predominaban los gowns de chez Faith). Era elegantísima. Y precisamente su envoltorio fue lo que fijaría las bases de su estilo interpretativo (más que ninguna escuela). Pero no siempre pareció un traje de cocktail al que le hubiesen salido patas (como un día la definió Terenci). Al principio de su carrera, tonteó con el maggioratismo (como todas) en una película muy curiosa que se titulaba Sensualitá (1952). Alli interpretaba a una mujer meridional de rompe y rasga, una volcánica destapada a orillas del Po, dispuesta a jugar con un hermano para conseguir al otro (estos eran: el bisoño Mastroianni o el burlado y el otro el maduro Amedeo Nazzari o el que se le resistió). No era una trama en absoluto original, mismamente la simpar Kerima estaba rodando por entonces La lupa, el drama de Verga por Lattuada, en una misma onda. La fiebre fiery alcanzaría a nuestro país en una ridiculez de Florían Rey que se titulaba La danza de los deseos con una Lola Flores a lo tarzana bailando una zambra en el pico de un acantilado (verlo para creerlo. Y aún así...).
Fue la única concesión de la Rossi Drago a la moda de la carnalitá. En lo sucesivo optó por el refinamiento a ultranza. La culpa la tuvieron Michelangelo Antonioni y Vittorio Sala que la quisieron señora en sus dos películas de 1955: Le amiche y Donne sole. En la primera, que estaba basada en un cuento de Pavese (Tra donne sole) Eleonora se llamaba Clelia y llegaba a Roma de su Turín natal para abrir un salón de modas. En la segunda, hallaríamos una perla de la fraseología chic a cargo de ella misma cuando declaraba su amor a Ettore Manni de la siguiente manera: Te quiero igual, aunque a ti y a mi no nos gusten los mismos muebles.
Un año más tarde de haber colaborado en estas dos obras capitales del cine europeo de los años cincuenta, participó en una estimable cine versión de la obra de Alejandro Dumas, hijo en torno a la apasionante vida del mítico actor shakesperiano Edmund Kean (Kean). En realidad el filme, como antes la obra de teatro, partía de la adaptación de Sartre y en ella se volcó con gran entrega Vittorio Gassman que además de co dirigirla junto a Francesco Rossi interpretó al biografiado. La Rossi Drago estuvo perfecta como la condesa Koefeld en severa pugna con la extraordinaria Anna Maria Ferrero, a la sazón esposa entonces de Gassman.
Ya fijada en un rol inconfundible pasó a interpretar madres con clase. Asi la vimos en Estate violenta (1959) y, en un menor nivel de exquisitez, en una revisión del conocido cuento de Marco, de los Apeninos a los Andes (1959). Su paso por el peplum fue nimio (en David e Golia se limitó a aparecer en poses estatuarias, bien yacentes bien en vertical) con lo cual dejó a otras el dificil trance de ser harpías a la antigua. Ella se conformó siéndolo a la contemporánea, que es como mejor se luce un Balmain. Y en sus escarceos con el cine francés o alemán aportó una distinción repleta de ambiguedades muy aptas para mujeres maduras como ella. Castigó una enormidad a la hermosa (y más jóven) Karin Dor en Der teppich des grauens (1962), políciaco alemán algo desangelado que la presentaba como jefa de una banda de estorsionadores adicta a los gases tóxicos. Lo importante es que parecía una marquesa. Su doncella la presentaba al principio de la mejor forma posible: El vestido de noche ya está preparado, señora. Al final tuvo un buen numerito dominatrix con la Dor. Y, por descontado, una muerte a su altura (asfixiada por su propio veneno). El filme vacilaba timidamente entre lo negro y lo terrorífico, género este último en el que terminó la bella su carrera: Las endemoniadas (coproducción con España) y Dorian Grey (con el espantoso Helmut Berger) fueron sus últimas apariciones en pantalla grande.
A destacar su paso por la piel de toro para participar en el nuevo cine español con uno de sus títulos emblemáticos: El último sábado (1968. Pedro Balañá) que, si mal no recuerdo, iba a ritmo de Los Sirex. Antes se puso a las órdenes del reputado Jose Antonio Nieves Conde en El diablo también llora (1965) donde hacía de señorona de médico pero sin un duro en el bolso. En realidad, se trataba de contarnos una nimia historia de matrimonio insatisfecho con marido demasiado celoso (Fernando Rey). Este se plantaba en la casa del posible amante (Francisco Rabal) que no lo era (pues el verdadero se llamaba Alberto Closas, de profesión fiscal y, de puertas para adentro, su cuñado) con intención de cazar in fraganti a la adúltera. En el forcejeo de los varones, Eleonora disparaba sobre su marido y lo mataba. Rabal le agradecía la atención enamorándose de ella. Durante el juicio salía a relucir la verdad, que era poquita cosa y sin ninguna sustancia. El intríngulis de todo partía de que en el tribunal se citaban entre letrados, testigos y encausada una red familiar y afectiva de la señora Drago que haría palidecer a cualquier guionista de soap operas. De hecho, el filme no era más que un intento de Nieves Conde de vendernos una historia de vicios de aburridos burgueses a lo Harold Robbins sin la carnaza de aquel, pero con igual aroma a basura barata. Y, por supuesto, todo revestido de una facturación impecable, como de filme internacional. Eleonora seguía estando bella, elegante e inexpresiva cual maniquí de boutique de Serrano.

LEONORA RUFFO (1935 - 2007)
Otra italiana fallecida este año. La guapa Leonora Ruffo fue demasiado fugaz como para poder parangonarse con su tocaya artística. Encima era muy inexpresiva. Su físico era impresionante, eso si. Casi que este detalle fue lo único interesante de La reina de Saba (1952), su puesta de largo en lo profesional. En eso fue pionera del cine colosalista... pero menos. Y es que el citado asunto era tan pobre de medios que daba algo de pena (ni siquiera dispusieron de ferraniacolor del que engalanaba a la Loren cuando pretendió parecerse a Cleopatra o Aida). La Ruffo maciza al menos consiguió que el experto en hembrazas (Fellini, por supuesto) se fijase en ella y le diese un papel en su maravillosa I vitelloni (1953). Pero no como mujer fuerte sino como pobrecita, sufriente esposa juvenil de un Franco Fabrizi muy reacio a compromisos maritales (como siempre saliéndose en su rol de popolano cínico). Ambos papeles tan antagónicos en cambio lo que evidenciaron fue la futura indefinición de la seudo actriz, de la que muy poco supimos en lo sucesivo. Tal vez, como si fuese un guiño personal a su debut de regina atómica, se reenganchó en plena oleada del cine de romanos en productos no demasiado nobilizados aunque sí muy curiosos del subgénero (incorporaban el terror y la ciencia ficción a las tradicionales tramas) del estilo de La vendetta di Ercole (1960), Maciste contro il vampiro (1961) o Ercole nel centro della terra (1961). Ya en plena boga del campysmo sci fi nadie se paró a preguntarse quién había sido la tal Ruffo en la década anterior al verla montarse en una nave espacial rabiosamente pop (algo de su diseño le habría influido a George Lucas para lo suyo), en un clásico de lo inverosimil de nombre 2+5: Missione Hydra (1966). Así que la chica ya estaba perdida para el siglo. Poco después se retiraba para siempre de los focos.

continua mañana