19 diciembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 16: SYLVA Y DELIA

SYLVA KOSCINA
(1933- 1994)


El aficionado a la serie B europea de los sesenta la conocerá al dedillo. Pocas señoras se dejaron ver tanto en aquel sinfin de géneros que conformaron el cine de aquel período. En eso fue una obsesiva trabajadora. Terrores, seudo Bonds, algún spaghetti western, erotiquismos, películas de disfraces.... de todo hubo en su carrera de madura estupenda. Era idónea para el tema de espionajes cosmopolitas pues a su aspecto de señorita eslava (era natural de Croacia) habría que añadirle su voluntad casi maniática de aparecer siempre muy bien vestida y peinada. Por desgracia la incombustible Koscina no pudo evitar ser una actriz más bien corrientita, de personalidad poco subyugante y de una belleza escasamente personal. A mi por lo menos siempre me ha dejado frío (un frio del Zagreb). Con todo, mi predilección por la década de los cincuenta me obligan a ser conmiserativo con ella, quedándome con su primera etapa, la del blanco y negro. Y, por descontado, con su debut. Un tremendo debut, desde luego. En eso fue una privilegiada. El gran Pietro Germi la lanzó al mundo, a los festivales exigentes en Il ferroviere (1956) que es una pieza clave del tardo neorrealismo. Y ella encajó en el drama divinamente. Estuvo estupenda. Era la hija problemática del ferroviario de marras. La de vida sentimental muy agitada (quedaba preñada de un galán que no se atrevía a dar el paso a desposarla, luego abortaba y se liaba con una especie de estraperlista que la colmaba de lujos muy mal vistos en casa). Tamaña oportunidad dramática para una recién llegada como era Sylva (o simplemente Silva, asi aparecía en los títulos de crédito) no cuajaron en lo sucesivo. Y es que la Koscina fue una actriz sin definición. Lo mismo iba de ingenua como de despótica. De muchachita trabajadora como de madre aburguesada. Cuando irrumpió el peplum en Cinecittá sus cometidos ya entraron directamente en el mundo de la fantasía.
Siendo popolana supo amoldarse al estilo de las demás de su generación. Su mejor papel en este sentido fue el de la Lucia de la serie La nonna Sabela en donde ella era la cartera del pueblo, amén de novieta del apuesto Renato Salvatori. Con el mismo actor colaboró en la tercera entrega de la serie Poveri ma belli de Dino Risi (una de las mejores series de comedia de los años cincuenta), heredando el papel de Marisa Allasio que protagonizó las dos anteriores, salvo que en ésta última (Poveri milionari) Sylva, a la contra de su predecesora (una ragazza humilde), iba de ricachona.
Con la llegada de Steve Reeves a los estudios cinematográficos romanos empezó la fiebre herculina y macisteña. Justo en las dos primeras películas del musculoso atleta tuvo su momento de gloria mitologista la actriz. Tanto en Le fatiche di Ercole (1958) como en su secuela Ercole e la regina di Lidia (1959) fue Iole, la novia del mito primero y luego su santa esposa. Lástima que le tocase el ingrato papel de ser la buena porque en este tipo de cine quienes en verdad triunfaban (machos aparte) eran las malas (por ejemplo la carnavalera Silvia López). Pronto vino el boom de los repartos internacionales, del cine- antes aludido- de los mil sub géneros y la Koscina a fuerza de no perderse ni una oportunidad fue labrándose una fortuna económica considerable. Dicen los que saben de ella que sus ganancias las amortizó en la compra de un palacio esplendoroso en San Marino, repleto de obras de arte que terminaría perdiendo al verse obligada a venderlo todo por problemas con el fisco. Miss Administración la llamó algún crítico frivolo.
De su agotador período sixties a mi me hace especial ilusión un título para el consumo interior que se titulaba Copacabana Palace (1962. Steno). Película rematadamente mala que estaba rodada integramente en Rio de Janeiro con fines publicitarios orientados a la tarjeta postal (eso si, algo más digerible que cualquier chanchada). Tamaña tonteria reviste hoy en día dos alicientes a tener en cuenta: por un lado, la Koscina que es azafata de vuelo, al llegar a Rio y tras instalarse en el fastuoso hotelito que da nombre al filme, lo primero que hace es contactar con su ligue de otros viajes. Y ¿saben quién es el maromo?. Ni más ni menos que...¡EL INMORTAL TOM JOBIM !, que aqui le arrulla una dulce melodia con sabor a lo suyo, a pie de arena, torso a la brisa y acompañado de ¡Luiz Bonfá!. Y, por otro lado, el exagerado exhibicionismo físico del casanova Walter Chiari (su cuerpo era tomado desde múltiples perspectivas), que marcaría un tonillo homófilo de tremendos énfasis cuando se obsesionaba en masajear cuerpos masculinos (esto después de que a él un experto se lo masajeara muy bien en una secuencia hiper gay en la que se añadia un marica observándolos a través de unos prismáticos desde la ventana de enfrente. Marica que se complacía mucho con el voyeurismo de catalejo, al enfocar las lentes de aumento hacia la playa donde retozaban culturistas lindos, a lo mejor compañeritos de gimnasio del imperial Joao Leal Filho).
Volviendo a la Koscina, posó desnuda para el Playboy en su debido momento (a todas les llegó el día de quitarse tanto vestido ajustado) y se fue retirando tan lentamente que el público no se dio cuenta de dicho proceso. Es más, cuando en 1993 moría por problemas de corazón nadie salía de su asombro. Si la acabábamos de ver en no sé donde...

DELIA SCALA
(1929 - 2004)
Delia era la Esperanza Roy italiana. Una mujer de revista. Una actriz curtida en las tablas, dentro de la rama de la comedia musical. Los franceses la definirían como soubrette. Esto era, y además una soubrette empecinada. Asi que su paso por el cine tenía que ser a la fuerza francamente muy breve. Dejó, eso sí, un par de películas interesantes gracias a que la acompañaron maestros como los De Filippo o Totó. Pero, por desgracia, su categoria en este medio no llegaría ni a cuajar ni mucho menos a definirla como personalidad. Al principio de todo, en plena posguerra aún aparecía en los repartos con su nombre auténtico, Odette Bedogni. Era la época de Anni difficili (1948), del momento más álgido de la cronacha. Y ella se dejó notar. Lo pasaba mal. Resulta insólito cómo su físico nada aparatoso de los comienzos de la década de los cincuenta (un físico de ballerina, faceta artística para la que estuvo muy dotada y a la que se dedicó en sus años adolescentes) iría dando paso al menos sorpresivo de la jaquetona, idóneo para el maggioratismo y, claro, justo y necesario para pasearse por los escenarios en calidad de vedettona total. Pongamos el ejemplo de cuando participó en aquella carrera ciclista con la Pampanini en Bellezze en bicicletta (1952). Frente al poderío magro de Silvana ella quedaba un poco disminuida. Luego la ponemos en Signori si nasce (1960), una de sus últimas intervenciones en pantalla grande junto a Totó y estaba irreconocible, se había pampaninizado. Habría pues dos Delias bien distintas al gusto del gourmet. Con todo, el degustador debería fijarse muy bien pues repito que su carrera cinematográfica fue escasa. Quedémonos con su hija de ilustres en la obra maestra de Eduardo Napoli milionaria (1950), su paso por el reparto de féminas atrapadas en un edificio caído en Roma ora 11 (1952), esa rareza que fue la adaptación del conocido drama de Blasco Ibáñez Cañas y barro (1954) al que su director Juan de Orduña se encaró (tal vez buscando su personal arroz amargo) con un ímpetu neorrealista y el soporte italiano de Anna Amendola como Neleta y Delia en un pequeño papel de valenciana; y en el suripantismo de la mentada comedia con Totó, esta última una de las pocas posibilidades para que el espectador foráneo conociese su verdadera grandeza como revistera nacional, en donde sí fue una estrella de la mano de Chiari, Modugno o Carlo Dapporto.

continua mañana