18 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 13: SOPH
IA LOREN (1934- ). Primera parte

Es la más grande estrella que dio el cine italiano en el siglo pasado (y visto el panorama actual, visto el concepto que se tiene de lo estelar hoy en día habría que afirmar que de todos los tiempos). No hablo de calidades interpretativas, ni de una cuestión de cotización económica. Hablo en términos ya caducos, de cuando una estrella influía en ámbitos extra cinematográficos, aportando conductas miméticas entre el público, pasando a formar parte de un sentir popular mientras este mismo pueblo adoptaba al mito a través de unas expresiones linguisticas o de sujeción a una moda en el vestir o en el peinar. Eso mágico. De cuando el cine era portador de tantas cosas únicas. Cuando los rostros de los actores se proyectaban directamente hacia el imaginario social con una fuerza imponente.
De las estrellas de verdad (¿alguien en su sano juicio piensa que la tal Scarlett Johanson sobrevivirá al próximo cambio de década?. Si hasta la más sólida Michelle Pfeiffer tan sólo pudo aguantar en el candelero quince años, y eso siendo benévolos), de las auténticas decía, tan sólo quedarían con vida Elizabeth Taylor y la Loren. No me salen más. Y no exagero al comparar a esta última con una americana (pero inglesa de nacimiento). Porque la lista de galanes de fama mundial con los que trabajó fue insuperable (hasta con el "Rey" Gable se besó). Sophia fue la más popular italiana en Hollywood. Y si los yanquis no la hicieron suya poco les faltó. Al menos en el star system tiene un hueco tan importante como la propia Taylor. Y eso es mucho si pensamos en lo chauvinistas que son en USA.
La Loren por descontado que es un monumento en su país. Un símbolo en Napoles (aun cuando ella nació en Roma). Y en tanto que muy segura de su importancia ha sabido cuidar su físico hasta el punto que viéndola de vez en cuando en los programas del cuore (por su presencia en algún festival de cine o en las exequias a su nonagenario marido) se nos revela como un prodigio de conservación. Para las señoras sigue siendo una mujer con clase. Para los hombres maduros una otoñal con polvazo. Y está bien que asi lo sea. Una estrella se debe a su público. A pesar de que ya queden muy lejanos sus primeros tiempos, tan radicalmente distintos. Cuando era salvaje y basta. Cuando decir la Loren era signo de erección instantánea. La de sus comedias al lado de De Sica o Albertone. La más perfecta vendedora de pizzas que dio aquella Napoles, filmada sí pero tan real como la vida misma. Costaría imaginarse que hubo antes de aquella incluso otra Sophia que ni se apellidaba así y que huía del hambre de la posguerra junto a una madre ambiciosa que la iba introduciendo en el faranduleo local. Porque local fue el fenómeno de los concursos de belleza en donde ganaría algún premio. De ahí a salir en las fotonovelas sólo hubo un paso. Y Sophia se transformó en la Lazzaro en dramas impresos, con dialogos encarcelados en bocadillos. Al menos esos bocadillos sirvieron para que no le cantaran las tripas a la buena moza durante largos meses en la Italia del racionamiento y los comedores de caridad.


Los fotoromanzos fueron evasiones de un país en ruinas. En ningún otro lugar prosperó el filón. Muchas de las actrices de las historias ilustradas lograron forjarse una carrera en el cine. La Lollo fue una. Y la Loren, otra. De todas formas su entrada en los platós de Cinecittá no fue por la puerta grande, antes bien asomada a un foro repleto de gentío que se dedicaba a vitorear al tribuno Marco Vinicio (Robert Taylor) en la superproducción Quo Vadis (1950). Ella figuraba en calidad de extra junto a su mamma. Nadie imaginaba que entre aquella muchedumbre se hallaba la futura Lucilla, hija de emperador, de La caida del imperio romano (1964). Pronto apareció como segunda corista en el baiao de Anna Mangano. Su apellido en este y otros repartos vaciló durante un par de años entre Lazzaro y Scicolone (el verdadero). En lo que no vaciló la chica fue en acudir a cualquier casting que se le presentase. Incluso a desnudarse del todo si con esto llamaba más la atención. Fue en la versión francesa de Era lui, si, si...(1951) donde mostró sus enormes senos (naturales, claro es) en su corto papel de odalisca. Tal vez fue el impacto causado lo que animó a los directores del cine italiano a contar más con ella. No en vano encajaba a la perfección dentro de la moda de la hembra opípara (se requería carne, no talento actoral con urgencia). Ella además era puro barroco: además de sus delanteras y traseras estaba su boca que era enorme, los ojos felinos, sus caderas anchísimas, sus muslos excesivos...
Pronto llegó Ponti a su vida y esto fue tan decisivo que ahondar en el asunto supondría para el lector una obviedad. Pero pensemos que ya en 1953 la moza rodaría casi diez películas. De acuerdo que eran pura bazofia, pero que el proceso para lanzarse como estrella nacional estaba en marcha era más que evidente. No la pararía ni dios. Y con paciencia y descaro fue labrando una trayectoria tan prolífica como compleja. Llena de luces y sombras, de aciertos y despropósitos. De empecinamiento y metamorfosis. De todo hubo en una filmografía al gusto del consumidor. Pero al principio lo importante era apuntarse hasta a un bombardeo. Destacó su pintoresca creación de la verdiana Aida, con voz prestada de Renata Tebaldi, en tanto que aparecía achocolatada para parecerse a la etíope original. Para verla hoy en día se recomienda una buena dosis de sentido del kitsch, aunque Sophia se mostraba convenientemente dramática en su mal de amores. Bien es verdad que en el resto del lote 1953 no le exigieron ningún dramatismo. La quisieron ufana y brava, provocativa e hiperbólica (mismamente en Due notti con Cleopatra volvió a desnudarse en una piscina palaciega para pasmo de Sordi). Al año siguiente Carlo Ponti pensó que ya estaba lista para dar el primer asalto al mercado internacional. A fin de cuentas la Mangano, gracias a su esposo De Laurentis, lo había probado con el Ulises siendo Penélope y Circe a la vez, como ya vimos en su correspondiente cromo. Loren fue princesa bizantina en un engendro titulado Atila, hombre o demonio (el titular era Anthony Quinn). Nada del otro mundo.
Tuvo que volver al cine de barrios y callejuelas para consolidar su mito. Y en L'oro di Napoli y Peccato che sia una canaglia lo hizo de manera increible. En el primer título (un filme de episodios) con su creación de la vendedora de pizzas, a grito pelado, frescachona y hermosota como la que más, estuvo formidable. La pequeña trama, con humor negro incluido, era una delicia. En el corazón de los italianos Sophia pasaba a ser para siempre la pizzaiola. Y entonces se inició una particular guerra (no tan prefabricada con fines publicitarios como se temía en un principio) con la Lollobrigida, que ese mismo año había sido la bersagliera en Pane, amore y fantasia. El público se dividió en facciones. Los partidarios de la una y los de la otra. Algo incomprensible siendo ambas tan distintas. Tanta polémica sólo el tiempo acabaría apaciguando al verse que la Loren era mejor actriz que la Lollo (a pesar de que las señoras tenían a Gina como más refinada: era más bajita y más de trajes sastres o moda Liberty, si salía de decimonónica).
En cuanto a Peccato che sia una canaglia, que en nuestro país se tradujo como La ladrona, su padre y el taxista, de nuevo nos encontramos con un gratísimo ejemplo de comedia all'italiana en la que no sobra ni falta nada. Numerosas veces repuesta en la televisión, habría que decir que fue a partir de su estreno en España cuando la Loren se convirtió aquí en un boom, hasta el punto que muchos de los filmes que había realizado antes pudieron ir viéndose en nuestras pantallas. Por ejemplo, La donne del fiume (1954), en donde la hembra llevaba su descaro hasta extremos de infarto con sus blusas ajustadas, sus pantalones cortos ceñidos, su baile del mambo (bacan)... Y todo en suntuosos colorines. A esa Loren del pecado mortal le faltaba una pizca de sentido del humor para ser en verdad admitida por cualquier tipo de sensibilidades. Detalle que fue logrando con el tiempo, antes de irse a Hollywood. Mucha de su valía como comedianta se la debe a Vittorio de Sica y Dino Risi. Juntarse con Mastroianni al principio de la carrera de éste, cuando aún no era un alter ego del Fellini más resabiado y sí el popolano simpático y guapetón, especialista en taxistas y mecánicos, le aportaría esa cualidad extra que tanto necesitaba para definirse como una verdadera actriz. Fueron sus títulos El signo de Venus, La suerte de ser mujer, La bella molinera y, por descontado, Pane, amore e...
En La suerte de ser mujer, la Loren quería medrar a costa de un admirador de profesión fotógrafo de modas (Marcello). En el papel de viejo verde se sustituyó a Vittorio por el francés Charles Boyer. En El signo de Venus tenía como hermana a la estupenda Franca Valeri y andaba detrás de un marido como loca. Para complicar más tan sencilla trama aparecía De Sica en un estrafalario rol de poeta miserable (y por ende pícaro) dando buenas escenas en clave hilarante. En cuanto a La bella molinera, no era otra cosa que la adaptación del célebre texto de Alarcón El sombrero de tres picos que en España había rodado ese mismo año Carmen Sevilla y Francisco Rabal. El resultado, dentro de la hibridez de la reconstrucción, fue muy divertido. Y con la Sanson de señorial enfrentándose a la Loren enharinada. Y aún otro momento culminante más: el de la fragonardista Sophia balanceándose en aquel columpio para desdicha de Mastroianni, el celoso molinero.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

continua el mes que viene

9 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Maciste, eres un auténtico fenómeno. Excelente análisis de la diva italiana, a la que se refería como icono de la belleza el gran Alfredo di Stéfano en "La saeta rubia", 1957.

maciste II dijo...

Me he enrollado un poco con Sophia y nmo lo pretendía. Apenas he llegado a 1.955. Para la segunda parte del cromo espero que alcance al menos hasta UNA JORNADA PARTICULAR (1.977),su última gran película.

orestes carson, aka fulgencio pimentel dijo...

Maciste, alucino con tu blog desde el principio al final. He disfrutado de la parte confesional, me he sorprendido de tus gustos musicales, con los que empatizo toda (aunque he buscado infructuosamente un supuesto repaso y elegía a Juan de Pablos, ¿dónde está? ¿lo llegaste a escribir?) y gocé perramente con ajustes de cuentas como el de Kubrick, se merece eso y más.
Este repaso a las italianísimas es de ensueño. Espero que no dejes a las más tardías y más fistras, tipo la Sandrelli, etc.
Ya que mencionas Una jornada particular, ¿qué opinas de Ettore Scola, y sobre todo de sus películas ligeritas de los últimos tiempos? Te lo digo porque, a pesar de ser muy irregulas, "Che ora é" es una de las mejores películas que he visto en los últimos veinte años. Al menos, me parece la más limpia.
Bueno, que eres un crack. Enhorabuena, de verdad. No sabes lo feliz que me has hecho leyendo.

Amputaciones dijo...

¿¡Dónde te metes, Maciste, mon ami!? Estamos esperando hambrientos la próxima ración de 'italianissime al dente'...

filomeno2006 dijo...

Pois é.......

maciste II dijo...

Si llevo sin internete casi un mes... ¿Qué queredes?.
Ahora estoy de nuevo aqui. Espero recuperar pronto el asuntillo. Grazie a tutti

maciste II dijo...

A Orestes Carson. He escrito cosas de Juan de Pablos. Por ejemplo hay sendos posts los dias 15 y 16 de marzo de 2.007

filomeno2006 dijo...

Galicia......¿Discriminada en materia de Internet?

filomeno2006 dijo...

¿ Y Marisa Mell ?