17 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 12: Casi las tres Marías

A lo largo del coleccionable habrá una serie de cromos en los que agruparemos a mujeres de las que ya casi nadie (sobre todo fuera de su país) se acuerda
. Ocuparon, de todos modos, en su momento un lugar en los repartos de las películas, intentando desarrollar una personalidad que por partir de la imitación cayó en saco roto o simplemente perdiendo el tren por querer cogerlo antes de la hora. Curiosamente las tres de hoy se llamaban Maria (o Marina en el caso de la Berti) y es un placer para mí rescatarlas del olvido. Sin ellas, este análisis del cine italiano de los años cincuenta a través de sus actrices parecería incompleto.

MARINA BERT
I (1924 - 2002)
Es posible que el espectador español la recuerde en Quo Vadis (1951) como la enamorada de Petronio. Este filme mítico tiene su importancia histórica al ser el precursor del género de romanos, amén de una de las primeras superproducciones que Hollywood emprendía en Cinecittá. Es por lo tanto la Berti belleza clásica que se adelantó al peplum de manera maravillosa al no caer en la ordinariez de muchas que le siguieron. Se ajustó a la perfección su físico armonioso, en nada opulento a los gustos petronianos quedando un descubrimiento de lo más agradable. Esa experiencia anglosajona ya la había probado, de todas formas, con anterioridad en clave renacentista en la aventura de Tyrone Power El príncipe de los zorros (1949) pero su cometido fue demasiado escueto para que la intuyéramos superestrella en potencia. Como nunca daría la campanada se conformó con ir apareciendo en filmes de corte neorrealista en sus dos vertientes más socorridas: las que desarrollaban su acción en ambientes capitalinos (Al margine della metropole, La colpa di una madre) o en los rurales (Amore rosso, Il grido della terra). Prosiguió durante lo que quedaba de década aceptando algún que otro filme histórico como La reina de Saba (1952) en donde por supuesto ella no fue la tremenda titular del filme. Ese puesto lo ocupó el nuevo descubrimiento Eleonora Ruffo, más exuberante que ella y, por alguna extraña razón, más idónea para personificar a una reina supuestamente lúbrica. Por cierto, que la humilde Berti se resarció años después siendo por un momento la Cleopatra VII de Mankiewicz, justo durante la batalla de Anzio. Eso sí, en calidad de doble de Elizabeth Taylor (que había caído enferma, como de costumbre).

MARIA FIORE
(1935 - 2004)
La revelación de la muy apreciable Maria Fiore viene de la mano de una excelente obra neorrealista de Renato Castellani: Due soldi di speranza (1952). Allí nos deslumbró una actriz que con tan sólo diecisiete añitos poseía el carisma de las consagradas. De hecho, viéndola con aquel aspecto rural, semidesnuda por su condición humilde, parecía la respuesta teen de la Lollo (de Pane, amore y...), cabellera negra incluida. Amores contrariados y un leve toque de amabilidad típica del cine rosáceo hacían que su personaje sufriera lo justito. Digamos que sobre sus carnes a la intemperie el movimiento apretó sin ahogar. Afortunadamente al final de la película lograba llegar al tálamo estrenando zapatitos por primera vez (era una pueblerina descalza). Ya directamente en lo rosáceo estuvo igual de encantadora en nuevos títulos de la década de los cincuenta del estilo de Quando tramonta il sole, Bella non piangere o Quanto sei bella Roma. En cambio yo me quedo con la pura delicia que fue La domenica della buona gente (1953) donde volvía a pasarlo mal -por los celos- al cruzarse en el camino de su prometido (un Renato Salvatori saladísimo y efébico) la tremenda Sophia Loren (aquí en calidad de debutante). Por fortuna para la Fiore, tan gallarda hembra se pasaba la película tristona por haberla repudiado su esposo, con lo cual al final nuestra chica pudo saborear el gelato más dulce de su vida junto a su Renato del alma, claro está (que no sé lo que sería más dulce).

MARIA PIA CASILIO (1935- )
Esta muchacha resultó una presencia imprecisa, híbrida que a la larga acabó por no convencer a nadie. Por un lado, quiso jugar la baza de la tristeza añadiéndose a la larga lista de personajes neorrealistas en un título capital como fue Umberto D (1952. Vittorio De Sica); por otro, tonteó con las gacelillas quisquillosas en Pane, amor y fantasia (1953) y, de repente, en Racconti romani (1955) se despelotó o, cuanto menos, se esforzaba por aparecer más carnal que la Pampanini con resultados infructuosos (más que nada porque en el mismo reparto de esta última se la comía -en todo- otra de su quinta de nombre Giovanna Ralli). En estas tres facetas, además, la juvenil Casilio parecía haber llegado siempre a destiempo. El neorrealismo estaba dando las boqueadas cuando Umberto D, las gacelas aún tardarían unas cuantas temporadas más en florecer (Guendalina), en cuanto al maggioratismo una de dos: o bien ella no había nacido para tanta enjundia o acaso la competencia de la hembra-hembra la dejaba directamente en pañales, que no en paños menores.
Sin duda nos quedamos con la Casilio primera, la criadita sencilla e ingenua del filme de De Sica, porque en su globalidad es una obra sobrada de aciertos magistrales en los cuales ella algo pintaría. Porque a pesar de que la zagala dejó escapar al inquieto Skipper (el perro del desahuciado viejín), tal despiste favoreció que todos empezásemos a llorar por su destino, por toda la amarga odisea que vino después.

continua mañana