16 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 11: Dos extremas



Eran como el día y la noche. Pero coincidieron al llevar sus respectivos estilos hasta los límites de lo racional. Por un lado, la Pampanini fue la reina absoluta del ma
ggioratismo, hasta el punto que cuando la moda pasó ella se retiró de la circulación no sin antes haber dejado una serie de películas en las que el erotismo y la vulgaridad con encanto iban muy unidos. Por el otro lado, la Canale se movía bien a gusto en lo clásico. Señora hierática y muy dada a la pose estatuaria fue idónea para el género mitológico en donde estuvo memorable y, sin duda, excesiva en sus numeritos de perversa sin redención.
Hoy, pues, en el cromo compartido, dos radicales de tomo y lomo. Pero ante todo dos mujeres
de bandera.

SILVANA PAMPANINI
(1925- )
Su solo apellido significaba opulencia. Era magnífica de los pies a la cabeza, aunque he de confesar que la prefiero en cuestión de fotogenia de un rostro en primeros planos a planos medios (por mucho empitonamiento que luciese, que eso es otra cosa). Siempre pareció una señora estupenda, nunca una muchacha lozana. Ni siquiera en sus comienzos. La Pampanini ya salió hecha. Pero independientemente de su físico también denotaba una fuerte personalidad en sus interpretaciones. En sus comedias costumbristas era simpática, nunca creída y, por descontado, comunicaba a la perfección con el público más popular. Precisamente en ellas vemos a la mejor Pampanini. Pongamos el caso de su película fetiche, La bella de Roma (1954). Sus curvaturas eran antológicas, a su paso se morían unos maduritos Paolo Stoppa y Alberto Sordi. En cambio ella solucionaba los desastres que involuntariamente provocaba con humildad y nula coquetería. Eso la hizo ser apreciada entre el público femenino y aun si cabe más deseable entre el masculino. Mientras fue ciudadana de Roma fue muy genuina. Cuando optó por el género histórico rozó la petardez pero nunca cayó de fondo en ella. Un toque de frescura y humor innato en toda hembra mediterranea que se precie la salvaba de acabar transformada en una imitación de la gabacha Martine Carol, por ejemplo (o alejándonos del cine, de cualquier modelo del Paris Hollywood). Recordarla en OK Nerone (1951) todavía puede resultarnos muy grato, hasta para los más reticentes al barroquismo de la Antiguedad. Como una Popea tópica (incluidos sus baños de leche de burra y sus striptease bajo el pretexto de irse a dormir) estaba alucinante. Y cuando fue princesa canaria del siglo XV que resiste la conquista española (pero no la de los apuestos guerreros castellanos) en Tirma (1954), nadie se la creyó pero estuvo fastuosa. Era imposible creerla con aquellos atuendos que iban de los maillots de cuero rojo a lo medio apache medio vikingo cuando se ponía ceremoniosa. Mientras que el guanche que la amaba sin éxito era indígena mexicano disfrazado de Tarzán (nada menos que el atómico Gustavo Rojo) y el que se la llevaba al acantilado se parecía mucho a Mastroianni de rubio oxigenado pero travestido de don Gil de las calzas verdes para hacerse pasar por caballero de Castilla. Tanto disparate en la actualidad debería ser de culto total. Y de hecho asi considero a, en el original, La principessa delle canarie (1954. Paolo Moffa). El database implica a Serrano de Osma como codirector de la misma, algo que no es exacto del todo, aunque sí que parece ser cierto que este pretencioso hombre metió mano en la parte técnica al lado de españoles como Colina y Soria. Sea como fuere, se trataba de una coproducción italo española con mucho equipo artístico patrio (Rodero y Quintillá, por ejemplo). Se rodó integramente en exteriores de la isla de Gran Canaria bien hermosos. La secuencia de la batalla corrió a cargo de Pietro Francisci, haciendo prácticas para su inminente Ercole (1957) con Steve Reeves. A la Pampanini volvímos a encontrárnosla en régimen de coproducción con nuestro país (porque otro régimen no lo necesitaba) en Serán hombres (1957. Silvio Siano) del lado de Francisco Rabal.
Probó las hieles del folletín (Il vertice, Odio, amor y castigo) y ya puestos en el campysmo, protagonizó una de las gemas de este estilo en Bellezze in bicicletta (1950) en la que se autointerpretaba. Pese a que durante casi todo el metraje aparecía tapada hasta el cuello con un ceñido traje sastre, sus formas amenazaban con ir a reventarlo por los cuatro costados. Eso no pasó pero de cara al final, en la competición ciclista a la que se apuntaba ella y su amiga Delia Scala, nos sorprendió con un jersey blanco ajustadísimo (típico de la Pampanini) y unos shorts insólitos que reposaron en el sillín con demasiada provocación extra deportiva. Aun por encima la maggiorate cantaba la canción titular mientras pedaleaba con gran garbo demostrando de paso que ni Azul y Negro ni Kraftwerk fueron pioneros en ponerles sintonía a este tipo de aburridos eventos.
Entre sus primeras apariciones, casi siempre cortas, deberíamos rescatar del olvido la tan entrañable como desconocida Biancaneve e i sette ladri (1949. Giacomo Gentilomo) pero sin llevarnos a engaño: ni Silvana era Blancanieves ni su bruja, sencillamente porque la película no adaptaba ningún cuento infantil. Biancaneve era el apellido del pobre Peppino de Filippo, envuelto en una serie de tribulaciones cómicas al ser enchironado por un error. En el cagarrón conocerá a otros pillos como ¡Mischa Auer! (el pintoresco periplo italiano de uno de los secundarios más pintorescos del cine mundial), que es además el amante imposible de una Pampanini soberbia. Pese a su breve intervención, la moza protagonizaba uno de los momentos más hilarantes de la comedia: con la llave que todos buscan de la caja fuerte oculta en su liga, y Peppino inmiscuyéndose por debajo de su mesa con intención de arrebatársela (todo esto en una sala de fiestas). Humor loco (a centímetros escasos de la screball comedy, de donde venía Auer) y sano erotismo. Combinación irresistible. En cuanto a Pompieri di viggiù (1949. Mario Mattoli), la maciza hacía de hija del jefe del cuerpo de bomberos voluntarios y los ponía a todos en guardia al verla su famila (la madre era la simpar Ave Ninchi) posando en una locandina en calidad de soubrette. Este nimio arugumento era el pretexto para una hora y media de números de revista, donde triunfaba la comicidad de Totó y Nino Taranto, la frivolidad imperial de la rubia primera vedette Wanda Osiris y de una Pampanini con muchísimas ganas de lucir un dos piezas (cosa que se lo impedían los bomberos que se presentaban en tropel en el teatro) y de maravillarnos con su intervención en un cuadro cómico donde formaba parte de una banda de ladrones disfrazados al más puro estilo Les vampires (como inesperada Irma Vep, ella estaba bien guapa).
Silvana se fue retirando con discreción no bien la boga del exhibicionismo se fue extinguiendo, que fue precisamente cuando sus compañeras de más o menos su misma generación optaron por un cine distinto, de mayor envergadura. Es posible que si la Pampanini hubiese casado con un señor influyente, como hicieron muchas de aquellas, el fan la hubiese podido disfrutar durante unas décadas más.

GIANNA MARIA CANALE (1927- )
Otra magnífica presencia. Fue la mejor arpía del peplum pese a la competencia y a que no nos donó con danzas exóticas típicas del repertorio de una Chelo Alonso, por ejemplo. Aunque bailar bailaba muy bien en las cantinas de Bizancio, cuando aún era puta, en el biopic fantaseado sobre la pintoresca emperatriz Teodora (1954), una de las primeras películas por otra parte que realizó para su marido, el buen director Riccardo Freda. Tal vez el cúlmen de lo bizarro de ambos fue I vampiri (1956), uno de los primeros exponentes del cine de terror de ese país, que crearía escuela y que resulta memorable por muchas razones. Entre las que atañen a Gianna Maria habría que citar ese empaque para su creación de dama macabra, con sus poses regias, su belleza incontestable. Fue Bathory apócrifa que al perder el elixir mágico de su juventud daba auténtico repelús.
En lo chic la Canale se movía como pez en el agua. Así fue modelo de alta costura junto a otra adicta al tailleur y la estola de visón (Eleonora Rossi Drago) en Donne sole (1955) y percha inmejorable para vestuarios de época (Duquesa de Grammont para la cine versión de Madame DuBarry según Christian Jacque, con Martine Carol presidiendo el cotarro o una Paulina Borghese pre -Lollobrigida en un olvidado retablo del excepcional Sacha Guitry en torno a las gestas de su hermano Napoleón). Pero cuando el cine de romanos entró a lo loco la Canale se puso las botas, o mejor dicho, las clámides, las pinturas y abalorios mil de toda reina perversa que se precie. De esas que se enamoraban perdidamente de los músculos del atleta de turno, que odiaban a muerte a las virginales cristianitas de las que se prendían incomprensiblemente tales Macistes, las que originaban pequeños cataclismos interiores al lado de usurpadores de tronos malísimos pero a la larga tan tontos como ellas. Y es que Gianna Maria siempre moría o apuñalada por otros o por ella misma de manera accidental, o emprendía una fuga que acababa en un exilio permanente. Y nosotros nos la creíamos a pies juntillas pues su actitud ante la tramoya era de altivez y frialdad. Y es de ley que lo hagamos así pues siempre consideraremos a una mala serie Z más mala cuanto más inexpresiva se muestre. Cuando la villanía gesticula se ridiculiza a si misma. En eso, la cortedad interpretativa de la dama fue un factor positivo dentro de tanto tebeo filmado. Le fatiche de Ercole, La rivolta dei gladiatori, Maciste contro il vampiro o Il figlio di Spartacus fueron algunos de los títulos de este género en donde la adoramos sin reservas. Y cuando se le dio por hacer de mujer pirata estuvo a punto de hundirse en el absurdo de una situación que la exigiría dinámica. Pero la disfrutamos también, sobre todo si se batía en duelo con una imposible Moira Orfei con pelucones de tonalidades cromáticas más mareantes que un cuadro de Vasarely (La venere dei pirati, 1960).

continua mañana

No hay comentarios: