15 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 10: GIULIETTA MASINA (1921 - 1994)


Para preparar este cromo volví a poner ayer el DVD de Las noches de Cabiria y otra vez me emocioné con su final. La prostituta que encarnaba la Masina alcanzaba las más altas simas de la desesperación y aún con todo no perdía la esperanza de emprender una vida mejor. Era un personaje que Fellini, esposo de la actriz como bien saben los aficionados a las mitologías, había querido dotar de un componente tragicómico, idóneo para una señora experta en estos recursos.
Filme sustentado en el dificil equilibrio entre pasado y presente, en el juego de la memoria bajo prismas mágicos, se sigue manteniendo vigoroso y enternecedor. Porque además Giulietta lo acapara desde su ventajoso status, vacilando entre lo grotesco (aquellos mambitos que provocan la carcajada pero también sonrojan) y lo sublime, elemento principal de una pantomima circense que tiene a la más cruda realidad como paisaje desolador apto, hacia el plano final, para ser encarado con un show must go on. Es ese plano del rostro de una Cabiria acabada de tocar fondo, que termina sonriendo a lo bobita cuando una troupe de jóvenes festivos la rodean con su algarada nocturna arrastrándola a la vida (y en la música siempre bellísima de Nino Rota encontraríamos el elemento definitivo para que rompamos en un baño de lágrimas), donde el genio de Fellini nos introduce en las esferas del pensamiento, en tanto que artista muy consciente ya de su potencial como autor. Habría renunciado definitivamente a la dictadura neorrealista avanzando aún más si cabe hacia ese egocentrismo por el que sería reconocido en todo el mundo a partir de su siguiente filme La dolce vita pero, sobre todo, con Otto e mezzo.
Y su mujer, que tras La Strada había conseguido los elogios de crítica y público, ahora se confirmaba como una criatura felliniana a merced de los caprichos de Pigmalión. En su interpretación de puta fantasiosa encontramos la deuda evidente de Charles Chaplin. Muchos críticos la elogiaron definiéndola como "la Charlot femenina". Bien es cierto que tamaña consideración sería cuanto menos discutible pero no infundada y, desde luego, no tributaria sólo de ella. Pensemos en Totó. Viendo la mímica de este príncipe hallaríamos más de un punto en común con el autor de La quimera del oro, sobre todo en sus primeros tiempos. Cuando Pasolini de cara al final de la carrera del cómico pensó en una posible unión artística del anciano con su protegido Nineto Davoli (muy dado a las gansadas con algo de slapstick) lo hizo con la firmeza de que ambos podrían reinventar el estilo charlotista (humanismo poetico incluido) sin caer en el ridículo. La muerte de Toto impediría que aquello fructificara. En cualquier caso, la tradición circense, tan milenaria en Italia supondría un acicate para que las más grandes figuras del humor nacional tonteasen con el charlotismo. La combinación risa y tristeza de la Massina sería su más celebrado ejemplo. En cambio costaría imaginarse una versión masculinizada de La Strada protagonizada por el cómico judío. Más que nada porque Gelsomina, la mujer payaso, es la bondad personificada mientras que Charlot es un personaje cargado de ambiguedades morales. La Massina sería incapaz de rebelarse contra las injusticias que caen sobre ella. Charlot resultaba vengativo. Gelsomina si se iba sin cenar una noche ahogaba sus penas en sueños ilusorios. Charlot rompería una luna de escaparate y birlaría algún pastel sin dudarlo demasiado (como bien saben los Keystone Cops.). Independientemente de ello, La Strada ha envejecido bastante en el discurso neohumanista. Se mantiene ante todo la composición de personajes y las colisiones entre ellos, el paisaje desolador, el misterio último que desde la sencillez característica del primer Fellini envuelve un filme de magia visual inolvidable. Esa frescura que moriría cuando el autor se volvió barroco total.

La colaboración de la actriz y el director arranca de Luci del varieta' (1950). A este le seguirán pequeños cometidos en El jeque blanco (1952) e Il bidone (1955). Sin embargo el debut de Giulietta en el cine no vendría de la mano de Federico sino de Lattuada (precisamente el codirector de Luci del varieta'). Sería en Senza pietá (1948) donde el espectador italiano empezó a llorar con ella en lo que fue, además, su primer papel de prostituta. Al serlo por las circunstancias concretas de la vida, la actriz pasó a ser prototipo de la heroína neorrealista en tanto que se justificaba por completo su profesión mientras se transformaba en portavoz de un gremio marginal, en una porción de pueblo. Es curioso que otra de sus putas buenas se llamase Cabiria. Fue en la citada El jeque blanco, pero en calidad de secundaria. Como secundaria fue en Il bidone, en la que ya empezaba a sufrir decepciones de sus machos (en este caso estaba liada con un estafador, Franco Fabrizi). Y aunque no repitió profesión en Europa 51, siguió viviendo en el extrarradio, una habitante de la marginalidad donde llega la aburrida burguesa Ingrid Bergman como salvadora de causas perdidas. En todos y cada uno de estos filmes Giulietta estaba memorable y ya anticipando su prodigioso talento para la gestualidad, para la comunicación corporal. Con La strada y La notti di Cabiria alcanzó el cénit.
La bajada fue triste. Sin Fellini y con una Magnani que se la comía viva en Nella cittá del inferno (1959) o en la autoparodia vulgar de Fortunella (1958) nos dimos cuenta de que su marido la estaba abandonando en todos los sentidos. Fue precisamente el propio director el que nos lo explicó con todo lujo de detalles (mágicos) -mientras la recogía del cul de sac del encasillamiento estéril- en lo que muchos interpretaron como una sucesión de indiscrecciones maritales hechas peliculón. Giulietta de los espíritus (1965) era eso y más. Pero el mitómano ante todo quiso quedarse con esa confesión íntima de un autor muy dado en su vida privada a las aventuras amorosas. Y, por descontado, con esa Massina acomplejada en un mundo de mujeres hermosas que terminan alejando al esposo de su alcoba noche sí noche tambien. Sospechas y tormentos y, finalmente, abandono hacia otras vidas más complacientes que la liberan de tanto mal.

En mi recuerdo, la última Massina del cine viene de la mano de Mastroianni en un cheek to cheek no por demorado menos memorable (Ginger y Fred. 1986). Fellini requirió una vez más a sus dos fantasmas del ayer para que interpretasen a otros fantasmas no menos míticos (Fred Astaire y Ginger Rogers) o, mejor dicho, sus imitadores italianos en su época de decadencia. Es como si los artistas ínfimos de Luci del varietá (cómicos de la legua) retornaran a la luz pública ( ahora ya con alcance masivo pues iban a actuar para un infame show de televisión que anticipaba a Berlusconi) para demostrar que su generación había sido en verdad grande mientras que lo que ahora primaba era el éxito rápido, el mercantilismo puro y duro, la vulgaridad más deshumanizada. Fellini recuperaba su inspiración de antaño, Mastroianni y ella estaban maravillosos y el filme fue el mejor testamento de los tres. Tres leyendas de la cultura europea del siglo XX. Basta con recordar el boato que rodearía los entierros primero de Federico, luego el de Giulietta (un año más tarde). Tratábase de sendos funerales de Estado y ambas jornadas fueron de luto oficial en todo el país. Sin duda, con su muerte (como más tarde con las de Gassman y Mastroianni) se iba muriendo la Italia de los verdaderos titanes.

continua mañana