14 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 9: Tres características


Qué sería de la comedia italiana sin sus actores secundarios. Y más en aquellos años cincuenta que se pusieron de moda las tramas donde un montón de personajes vivían sus pequeñas historias paralelas para acabar cruzándose todos juntos en algún momento, complicando aún si cabe más la acción. Eran complicaciones felices, enormemente simpáticas. Los actores característicos cumplieron a la perfección con sus cometidos desde el estereotipo o el guiño al espectador en aquel cine coral. Si en España la cantera de secundarios fue fecunda, Italia no le iba a la zaga. En este cromo nos pararemos en tres auténticas lumbreras del segundo plano que a menudo se volvía primero gracias a una contagiosa vitalidad, un exabrupto fulminante o una presencia magnética. Tanto Tina Pica como Ave Ninchi fueron unas teatreras redomadas, unas leyendas del palcoscenico. La Merlini, más humilde, desde la aparente frivolidad de unos orígenes revisteriles alcanzó gran fama gracias a su providencial comadrona en un título inmarchitable de la comedia all'italiana: Pane, amore e... Sin sus rostros, sin el erotismo amable de la Merlini el cine de aquel país hubiese tenido un color rosa más apagado.

TINA PICA (1884 - 1968)
La tengo en un altar. Mi hornacina a lo mejor no es tan grande como esa calle que le han puesto con su nombre en Roma o ese parque público en su Nápoles del alma, pero en él reflejo mi enorme fervor por tan sinigual personaje al menos cada vez que reviso sus viejas interpretaciones. Tina: una rara avis. Si hubiese nacido en España hubiese sido un perfecto personaje de la escuela Bruguera o su equivalente en alguna comedia de Pedro L. Ramirez. No llegaría a Doña Urraca a pesar de su querencia por los papeles de avinagrada porque Tina nunca fue una terribili (lo corrosivo del personaje creado por el dibujante Jorge llegaría a emparentar al dibujo con las criaturas monstruosas del expresionismo alemán gracias además a su tétrica escenografía). Sabíamos que bajo aquel temperamento (lengua afilada, sorna extrema) se encontraba un ser humano entrañable y sencillo. Podía ser la cascarrabias más insoportable del mundo que siempre dispondría de una palabra dulce para su nieto favorito o un cariño hacia ese amor imposible que le acompañaba desde los silencios durante muchos años. Tina la de la voz cavernosa, la de aspecto nada femenino, la que por eso mismo se convirtió al final en un icono gay /lésbico (en Prato existe un club de ambiente con su nombre). Pero más importante que su efecto en las minorías interesa la bravura de una mujer pequeñita, poquita cosa, casi una pasita pero capaz de armar guerras privadas desde el comedor de su casa. Eso en las películas rosáceas. Pero creo que no era muy diferente en la vida real. Es deliciosa la anécdota del plantón que les dio a Luigi Pirandello y a Eduardo y Peppino de Filippo durante los ensayos del Liola'. Tales eran las divergencias y obstáculos que encontraba entre tanto talentoso de ego súbido que se atrevió a gritarles a la cara lo siguiente: Vosotros tres pareceis el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero yo no puedo trabajar con la Santísima Trinidad.
Por entonces ya era una actriz curtida en las tablas. El cine lo había probado poco. Hubo algún intento en los años diez de ser incluida en los repartos de comedias napolitanas pero aquello no cuajó. Los años cincuenta es su gran década. La Caramela de la serie Pane, amore y... fue un milagro de los muchos que componen ese filme tocado con la gracia del humor con mayúsculas. Un milagro sería Tina, otro Marisa, otro De Sica, otro Marcello o Roberto, otro Sophia o Gina, otro las casuchas de aquel pueblo...
Y luego estaría su combativa nonna Sabela. ¡Qué personaje!. Creó una corta serie. Ella de protagonista principal. Ella y un mosquetón que no dudaba en poner en funcionamiento cada vez que las cosas se le torcían. A su alrededor giraban Renato Salvatori, Sylva Koscina, la Merlini... todos aprendiendo de su naturalidad y salero. Cuando la juntaban con veteranos de su generación como Aldo Fabrizi entonces las réplicas y contra réplicas eran puras filigranas que hubiesen encantado a un Aretino. Volviendo a España, pienso que con todo aquel carácter que podríamos encontrar similar al de nuestra Rafaela Aparicio, la Pica daba mucho gusto mientras que la Aparicio sigue produciéndome miedo y mal rollo. Cuestión de carcundias..
Mujer muy religiosa, disponía de una capillita privada donde oraba en dialecto napolitano. En la intimidad siempre fue reservada y amante de su familia. A pesar de esto los últimos años de su vida, ya en el retiro, los pasó sola. Murió semi olvidada en su tierra y en compañia de una sobrina.

AVE NINCHI (1914 - 1997)
Mi otra gran favorita de la facción de secundarios de los años cincuenta. Como Tina, también Ave venía del teatro, labor que fue abandonando paulatinamente no bien el cine popular de posguerra le hizo un hueco. Y ese hueco resultó enorme, no sólo por su voluminoso tamaño físico (era oronda, una mamma como debían serlo las mammas italianas de aquella, como debieron serlo también las españolas) sino por que su presencia fue capital en tanto que se erigía siempre como centro neurálgico en la estabilidad del clan familiar. Cocinando y repartiendo la pasta, sufriendo por el destino de los hijos guagliones, vigilando impenitente a las hijas casaderas, sacudiendo colchones y abriendo ventanas que daban a patios amplios y que se conocían por entonces como corralones, disfrutando a grito pelado con el último potín que le soltaba la vecindona del piso de enfrente mientras en la cocina se le desbordaba la leche de la lumbre... Había ratos para el camisón y la charla íntima con el marido (casi siempre Aldo Fabrizi), entonces veíamos que Ave a pesar de su moralidad tradicional (o precisamente por ello) podía aún ser una perfecta amante de su señor. Y en ese grado de picardía, siempre delicioso cuando se realiza con estilo, de igual modo escondía en Le ragazze de Piazza di Spagna (1952) el secretillo de haber en su juventud servido a un pintor de modelo, muy ligerita de ropa además. Al preguntarle su hija (la sublime Bose) cómo era el artista, ella respondió que muy viejo (¿quizás Rubens?).
Inolvidable en Paris, siempre Paris (1950. Luciano Emmer). En esta vieja película se explicita su mejor estilo: esa humanidad tan cautivadora, ese apego al paese sin obviar los últimos avances venidos de afuera. Y cuando en otras cintas gozaba de días de asueto en la playa, apenas le daba una tregua a su condición de gran mamma y siempre la veíamos cargada de crías, al borde de un ataque de nervios y sin tiempo para un bronceado de pura coqueteria femenina (es más, tanto en la encantadora Domenica d'agosto de Luciano Emmer como en la más steniana La familia Passeguai de A. Fabrizi, en donde repetía bañador negro- igualico al de mi santa madre en sus años de obesidad mórbida-, notábamos que la Ave de siempre estaba trasladando con toda convición su habitual territorio de luchas particulares en cocinas y fogones a las playas meridionales que la cobijaron). La gran clase de las maduritas popolanas.

MARISA MERLINI (1923-2008)
Marisa en las comedias de los cincuenta fue perfecto blanco para los piropos del viejo verde. Como De Sica que encontraba en ella, gracias a su profesión de comadrona, una idealización de la hembra con experiencia, desprovista de remilgos y artificiosidades. Ese papel la encumbró a la fama y pronto la seguimos viendo en títulos entrañables del estilo Le signorine dello 04, Il bigamo o Mariti in cittá. Quizá con su etiqueta de titulada en enfermería a cuestas aceptó uno de los roles más agradables de su carrera -después de la comadrona Annarella Mirziano- en Padri i figli (1957. Mario Monicelli) donde era algo así como practicanta a domicilio. El De Sica más vivales quería beneficiársela a costa de un noble oficio que obligaba siempre al impaciente paciente a recibirla con el culo en pompa. Sin embargo, ella se mostraba decentísima la que más y le daba al aprovechado con la puerta en las narices (ella pinchar pincharía, pero masajes que se los diese su padre. Años más tarde fue fisioterapeuta, como veremos más adelante, pero con un diploma acreditativo que la diferenciaba de las simples señoritas sobonas).
Con otra puerta y en otra película tuvo motivos para un buen gag. Fue en Il mondo dei miracoli (1959. Luigi Capuano). Hacía de mujer sola (su marido era viajante y estaba siempre fuera) y regentaba una pensión del centro de Roma donde albergaba a Jacques Sernas, aspirante a estrella de Cinecittá. Como era temerosa, había provisto de incontables cerrojos de seguridad la tal puerta. Lo cual no impidió que dejase entrar a la novieta del rubiales, la no menos rubia Virna Lisi, venida del pueblo con ansias de francesín y de triunfos frente a las cámaras. Como portadora de todas las llaves, la secundaria estuvo alegre, frescachona y cantarina (tarareaba Maruzzella, gran hit discófilo en la Italia del momento). Un nuevo hit de juke box era Io, mammeta e tu (1958) que Modugno bordaba con su estilazo habitual. El éxito provocó la aparición de un filme del mismo título bajo dirección del pionero Carlo Ludovico Bragaglia y en donde la actriz romana gozaba de un personaje estelar. Por primera vez era cabecera de cartel. Una comedieta agradable y sin mayores pretensiones pero un espléndido momento para disfrutar de la Merlini en un montón de secuencias. De alguna manera ella como Donna Amalia, en tanto que representación viva del matriarcado, se destapa con una serie de recursos cómicos variadísimos y aprendidos de la tradición (lo cierto es que Renato Salvatori las pasaba canutas no sólo por ella, futura suegra, sino por todo lo que provocan todas las mujeres que abarrotan ese hogar). Hay una escena muy jugosa en la que Marisa acude a la peluquería buscando un nuevo look. Se tiñe de rubio para seducir a Modugno.

Uno de sus primeros papeles de mujer sola, madurita Penélope de Ulises poco idealizables, fue el de su Mafalda en el sainete de Monicelli Il medico e lo stregone (1957). El médico era Mastroianni (aprovechándolo en su vena cómica más popular) y el curandero, un siempre espectacular De Sica (entre ellos se establecía una pugna, típica del enfrentamiento ciencia-remedios naturales). Marisa (como casi todo el pueblo donde se desarrollaba la acción) veía con malos ojos la llegada del doctor, pues las supersticiones y sus costumbres le hacían creer más en las artes brujeriles (y cuentistas) del otro. Con ella, De Sica siempre iba acertando (sus pesares atañían a su marido, si volvería o no de la guerra). El curandero pronosticaba al final que había fallecido. Sin embargo el fulano aparecía (¡era Alberto Sordi!) aunque declarándose desertor y unas cuantas lindezas más, con lo cual una desilusionadísima Marisa entendió que en verdad su esposo murió... Para ella, al menos.
El hombre de esta romana para mi gusto fue siempre De Sica, para lo bueno y para lo malo. Son incontables las películas en las que trabajaron juntos. Cuando el cine era coral ellos dos se vieron obligados por cuestiones de edad a entenderse (o desentenderse) conforme a su madurez. Esto es lo que afrontaron en Tempo de villeggiatura (1956. Antonio Racioppi), peripecias de un grupo variopinto de turistas en un albergue rural. Vittorio y ella formaban una pareja surgida de repente, en el ajetreo del hall y los baños compartidos y destinada a congeniar de manera sui generis dado el carácter remilgado y maniático de los dos. El es todo un caballero, ella toda una señora. Sus tonteos más cursis que un guante. Lo cual no impide que comprobemos que De Sica rara vez renunció a sus dotes naturales para el humor y que asi los luzca en un gag estupendo que atañe al agua de san Giorgio y los malentendidos a causa de falsos escapes urinarios delante de la cortejada. Al final Marisa parte en el autobus y Vittorio queda en el albergue, a la búsqueda de esa paz espiritual imposible.
Y aunque la intervención de la actriz en Il bacio del sole (1858. Siro Marcellini) era demasiado fugaz, aprovecho para rcomendar la película pues pienso que merece una justa reivindicación. Fue un drama que giraba en torno a los niños de la calle napolitanos y que en muchos aspectos parecían querer reverdecer las viejas historias del neorrealismo de finales de la década anterior (amén de unos diálogos que evocaban cierta poética de carácter dialectal en la forma: ¡diríase inventada por un Pasolini sureño!). Aunque pronto el filme se decantaba por una visión amable de la marginalidad a través de la aparición de don Vesubio (el actor tudesco O.W. Fischer), sacerdote que los recoge en su liceo de estudio y deporte. La Merlini era la señora del profesor Nino Taranto, encargada de transportarlos en el estupendo coche de su marido y, ya allí, mandarles labores en la cocina cuando creía conveniente. Salía recatada y fenomenal. Con su moño impecable, su jersey ceñido (sin alborotar) y un buen collar de perlas de dos vueltas.

Sinceramente, la sensualidad de Marisa siempre fue acogedora y familiar. Podrían haber aprendido en su momento algo de ello las chabacanas dottorese de los setenta. Claro que ya eran otros tiempos. Se había extinguido el ingenuismo de aquellos filmes guionizados por duos como Age-Scarpelli. Aunque si somos objetivos, bien es verdad que lo chabacano ya empezaba a vislumbrarse en títulos como Ferragosto in bikini (1960. Marino Girolami), que explotaba la vieja fórmula emmeriana de las acciones múltiples de personajes desconectados entre si en un mismo lugar. Aqui una playa en agosto y las chicas, los mocitos, los viejos verdes, los tapadísimos beatos, los otoñales callos que se creen aún con posibilidades de flirts, los pilluelos que se dedican a robar en las cabinas, los socorristas macizos y las macizas jacas que bailan en bikini el cha cha chá... Entre toda esta fauna estereotipada destacaban unos pocos detalles a retener: al guapo rubiales Enzo Girolami, no sabemos si vigilante playero o gigoló de viudas ¡recitando a Lorca en italiano!, una bionda oxigenada -imitación Mansfield- contoneándose en chá y, por supuesto, la Merlini que desconectada de todo el barullo aparecía casi al final metidita detrás de un mostrador (era toallera). Llevaba en cambio la parte más romántica (¡si hasta le ponían violines en el score!) pues recuperaba por la casualidad de una tormenta un viejo amor (un turista médico alemán) con lo que esto conllevaba de poder deshacerse del humilde trabajo que la retenía allí adentro. Una bobada, pero ella salía guapaza, fina y honrá.
Como si estuviese capacitada para ganar un Miss Italia apareció en Le ambiziose (1960. Tony Amendola) de la mano de una hija que era Miss Lazio, y se plantaba con tales dotes en el hotel donde se congregaban las distintas bellezas regionales del país. El motivo era la celebración de un certamen de misses. La Merlini estaba deliciosa, desesperándose por conservar íntegra (en la línea y en la decencia) a su retoña algo trasto (por no decir repollo). Un recepcionista se atrevía, con gran razón, a apostar a que Marisa bien podría ser Miss Madre. Era otro sainete levemente inspirado en el inmortal Bellisima viscontiniano (canto a la tozudez y el poderío del matriarcado) pero infinitamente peor. Y solucionado a través de la clásica fórmula de las múltiples acciones alternantes. Cine para el consumo interior pero con el valor sociológico que indicaría que todavía en los recién estrenados años sesenta los concursos de misses acaparaban la suficiente atención del público italiano como para generar títulos así.
Con Lucio Fulci colaboró en otro execrable sainete, La massaggiatrici (1962) donde reiteró su categoría de señora (pese al oficio en cuestión). Y es que Fulci, un señor que no sólo introdujo en los setenta las tablas de carniceria en el cine europeo sino que también en sus comienzos se atrevió con el musical pop o, en este caso, la seudopornografía quiso aqui -y desde la primera secuencia- que el público identificase la prostitución con la técnica del masaje a domicilio. Bien es verdad que unas cuantas pícaras de la calle (entre ellas Sylva Koscina) se dedicaban a sacarles las liras a los viejos verdes con sus manualidades ejecutadas en bikini, señoritas ociosas encontradas previamente en las secciones de contactos de los periodicos. Pero también lo es que la Merlini (demasiado fugaz, porque lo suyo no era el descoco vulgare) imponía sus derechos y la seriedad de una carrera tan reputada como la de fisioterapeuta, que para algo era diplomada y, además, mujer decente (ejercía en su propia casa, donde vivía con su marido. A pesar de esto surgían las confusiones. Tenía a las putas puerta con puerta). Aqui Merlini, por cierto, exhibía una piel atezada que diríase producto de tantos ferragostos pasados en zonas playeras. Pero la bata no se le abrió de más.
En esa nueva década la actriz tuvo su intermedio español en películas con niño como Loca juventud (con Joselito) o La chica del trébol (con Rocio Durcal) y aún pudo participar en obras maestras del humor negro como I mostri (1963). Pese a la degradación que sufría el género erótico en los setenta, en donde lo pornográfico prevaleció frente a la insinuación (de alguna manera era una evolución a peor en la que ella misma sin saberlo, más bien por sublimación masturbatoria del macho común, habría puesto ciertos cimientos), a pesar de ello digo, Marisa conseguiría mantenerse a un márgen siguiendo en el mundo del cine de manera breve pero muy digna.

continua mañana

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