13 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 8: SILVANA MANGANO (1930- 1989)


La Mangano junto a la Loren es uno de los casos más alucinantes de mutación que dio el cine italiano en su época dorada. Ambas pasaron de ser muestras de la carnalidad más agresiva a epítomes de lo refinado. Salvo esto la Mangano no admitiría excesivas comparaciones con la inolvidable Jimena de El Cid. Eran demasiado diferentes. Sobre todo en su madurez. La elegancia de Silvana siempre pareció más auténtica, más exquisita, más de aristocracia europea. La Loren se emborrachó de glamour muy al estilo hollywoodiense y eso la volvió un poco petarda. Además Silvana no era una mujer ambiciosa como la otra, hasta pecaba de apática a la hora de encararse a una carrera que hubiera resultado más fecunda de haberse entregado a ella a destajo cuando la boga del cine de episodios (años sesenta). A la ególatra Loren todo le parecía poco. En su haber tiene una de las filmografías más copiosas de la historia del cine. En cambio en sus inicios las dos fueron dinamita pura. Armaron la de Dios es Cristo. En nuestro país su sólo nombre evocaba el pecado. Y este sería mortal cuando a nuestra Silvana le dio por bailar el bayón en aquella tonteria que condenó a la humanidad creyente al infierno por su simple visionado: tratábase de Ana (1951. Alberto Lattuada). Vista en la actualidad es poca cosa. Injustificable el revuelo. Encima la tal Ana ingresaba en un convento por tanto meneíto cabaretil, con lo cual se cumplían las sacrosantas leyes del folletín eterno. Cuánto más hot había sido la de los arrozales, Riso amaro (1948. G. De Santis) que además de erótica era un espléndido ejemplo de neorrealismo aplicado a lo rural usando para ello técnicas incluso documentalistas. Quedémonos con el primer logro: tanta muchacha rozagante juntándose una vez al año para la recogida del arroz, conviviendo juntas en reducidos espacios, semidesnudas confesándose sus penurias. Y una Mangano con ceñida blusa y pantalones cortos se dejaba embarrar por las aguas del Po en una sensacional muestra de exhibicionismo antes nunca visto. Al menos Hollywood no nos tenía acostumbrados a semejante despliegue carnal. Si acaso la Jane Russell de El pistolero había aprendido que un buen escote y un pajar donde lucirlo podían aportar estímulos primitivos entre el personal masculino. Y pajar y un establo también hubo en Il lupo della Sila (1950), donde seducía a un maduro Nazzari después de haberlo hecho con el hijo de éste (un precioso Jacques Sernas) y todo por una venganza que venía de sus tiempos de niña (Nazzari había sido el causante entonces de la muerte de la madre y el hermano de Silvana). Sus provocativas piernas fueron su mejor arma para dar salida al rencor acumulado. Exhibicionismo forzado, sin duda.
Que no quepa la menor duda de que en Europa, el más arriesgado erotismo a nivel popular lo provocó antes que ninguna otra la Mangano. Y ella era una desconocida. Casi una anónima, una premiada más en concurso de belleza. Cuando se casó con el productor Dino de Laurentis las tornas cambiaron. El la hizo estrella. Y asi como Ponti preparaba las maletas de su señora rumbo a la conquista de America, el marido de la Mangano le firmó un contrato con la Paramount que no fue a la larga nada provechoso (al menos nada espectacular si lo comparamos con la cola que trajo Sophia con el suyo).
El filme del debut norteamericano se llamó Ulises (1954. M. Camerini) y fue un buen espectáculo a costa de las proezas homéricas de Kirk Douglas en su faceta más sadomasoquista. Silvana desempeñaba dos papeles: por un lado fue la paciente Penélope, por otro la maga Circe. Y si bien en el primer rol estuvo sólo emotiva, en el segundo resultó fascinadora sin más.
Lástima que lo que viniera luego no mereciese demasiado la pena. Películas como Mambo, El dique sobre el Pacífico o ¡Tempestad! eran materiales mediocres para una mujer que aparte de hermosísima parecía estar deseando demostrar de una vez su gran personalidad. Los años cincuenta los va sobrellevando entre Estados Unidos e Italia. Asi trabajó en el filme de De Sica y Zavattini, L'oro di Napoli (1954), estructurada por episodios y en la que a ella le tocó el duro trance de ser una prostituta. Lo que pasa es que le salió tan cool que más que puta parecía una emperatriz.
En Hombres y lobos (1956. G. De Santis) prosiguió con su vena rural (la que había probado en Il lupo) en clave de melodrama y con pantalla cinemascópica. Fue una agradable historia de cazadores de lobos, con Yves Montand a la cabeza de la cuadrilla. Y con nieve, mucha nieve.
La década se cerraba con la flojita Jovanka (1959) en donde era una prisionera judía en un campo de concentración nazi. La rapaban como rapaban a las demás compañeras, castigo este por haberse acostado con oficiales alemanes.
En los sesenta a la Mangano se la verá poco. En cambio su carrera resulta mucho más interesante. Títulos como La gran guerra, El proceso de Verona (donde nos asombró su vena dramática, muy próxima al desgarro magannaiesco, sobre todo en su impresionante escena de teléfono, exigiéndole a su padre -don Benito Mussolini- que salvase de la muerte a su marido. Ganó el David de Donatello y la Grolla di Oro. Aparte, el filme era una excelente reconstrucción de los hechos acaecidos en Italia tras tomar el poder Badoglio a punto de acabarse la guerra. Ella estaba casada con un conde a quien se iba a juzgar por su papel en el conflicto, teniendo como enemigos no sólo al nuevo gobierno sino a los propios fascistas que lo consideraban un traidor con el Duce y a los mismos nazis que ansiaban apoderarse de los diarios del marido. Si los norteamericanos hicieron su Proceso de Nuremberg, el italiano Carlo Lizzani perpetró con gran maestría este Proceso de Verona, beneficiado además por una corriente del cine italiano de principios de los sesenta que se estaba volcando en el compromiso político de su pasado reciente), Yo, yo, yo... y los demás o Las brujas nos la presentan madura y mejor actriz. Además empieza su fase de cambio físico que la lleva a menudo a despistar a sus fieles con unos transformismos casi circenses. Será en la comedia donde dé la gran campanada. En este sentido no hay nada más jocoso que revisarla en Il disco volante o La gran señora (ambas con Sordi) para percatarnos que a la Mangano no había papel inverosimil que se le resistiera. Aunque este implicase la renuncia de todo glamour. En El disco volante aparecía como una burda aldeana que de un estacazo ponía fuera de órbita a un marciano recién aterrizado en las afueras de Roma. En La gran señora, filme por episodios en donde ella bordaba varios roles, alucinaba desde la locura surrealista (una mujer a lo Ioneso) en el sketch del periquito. Al verla en estas interpretaciones se borraría de un plumazo su fama anterior de inexpresiva, de belleza estatuaria como diría el crítico más benévolo.
En cambio cuando la contrató Pasolini para sus poemas fílmicos aún pudieron salir más mujeres nunca antes reveladas. Los fans lo agradecieron bien. Fue una chica sordomuda en La terra vista dalla luna, la Yocasta mítica en Edipo Re, una Virgen de Giotto en el retablo final de Il decamerone y una soberbia burguesa en Teorema. Pasolini siempre tuvo elogios para ella. De alguna manera transfería sentimientos filiales hacia la actriz, veía en ella algo así como una madre idealizada. Es curioso que Visconti, otro homosexual magnífico, la transformase directamente en su verdadera madre para Muerte en Venecia. Sin duda el edípico freudiano parecía estar obsesionando a aquellos dos grandes estetas gays del siglo. Y teniendo a Silvana como maga del subconsciente. Parándonos en la veneciana, habría que decir que si algo no ha envejecido en absoluto de esta obra es la aparición de la actriz, sobre todo en aquel paseo majestuoso, un travelling emocionante, por el restaurante del Lido. Pienso que es un momento histórico en tanto en cuanto se revelaba la total transformación de la antaño maggiorata en una dama de suprema elegancia. La misma que volvió a ejercer en Confidencias, de nuevo para Visconti. Era una rica bien distinta, claro. Una suerte de burguesa snob y frívola. Ella declaró aborrecer el papel que solamente por su respeto infinito hacia el maestro había aceptado. Aquella sofisticación calculada podría incomodar a cualquier admirador de la naturalidad física. Sin embargo, si la comparamos con las nuevas señoritas cañón que empezaban en aquella década (Edwige Fenech, Gloria Guida) veríamos que Silvana sólo hubo una.
Lástima que pronto viniese la decadencia y el cáncer. De los ochenta sólo recordamos Ojos negros (que era un Fellini sin Fellini) y su estrambótico paso por el Dune de David Lynch (literalmente inaguantable: la película, no ella. Ella era algo indeterminado pero con presencia regia. Su inclusión en el reparto se comprende al superproducír el filme De Laurentis). En ambos casos la Mangano no era ya ni por asomo la sombra de lo que había sido. Y eso fue un dolor. Su final albergó la constatación de que había sido siempre una dama de carácter sencillo y modesto al decidir irse a morir a España, donde residía su hija. Cuando falleció nadie se había enterado de que sus últimos años los había pasado en Madrid.

continua mañana

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