12 noviembre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 7: LUCIA BOSE (1931- )

Recuerdo vagamente de mi infancia (años setenta) la visión de Lucia Bose como una mujer estupenda montada en un coche con Adolfo Marsillach. No paraban de hablar, discutir, tal vez enamorándose, quizas odiándose. Es una imágen que tuve oportunidad de ampliar cuando años más tarde pude ver aquello -que era una serie- en su totalidad. Se llamaba La señora García se confiesa (1976). Lucia era la señora de marras y concluí que si algo había sobrevivido de todo aquello era el empaque de dos actores sobrados de talento. También la elegancia de una mujer que igual se acogía al estilo más clásico como a las más avanzadas formas del vestir. Curiosamente estas últimas no venían de un modisto milanés sino de Ibiza y su moda ad lib. Era de suponer que ambas formas la estaban emparentando de manera directa con otra dama de su generación de nombre Silvana Mangano en títulos como Confidencias (en donde podía compaginar un abrigo de pieles con unos pantalones vaqueros -de marca, of course- sin caer en el ridículo). En cambio, todo el discurso de la serie (una imposible vuelta de tuerca a la eterna lucha de géneros) quedaba muy trasnochado. Se insería perfectamente en el momento pero a distancia era irritante. Progresismo contra tradición, el lado femenino del macho y el masculino de la hembra en encontronazos de instintos ora reprimidos ora exhibidos con impudicia, la fuerte carga que supone la sujección a unos roles sociales y demás topicazos eran aliñados con el mal rollo característico de una España que empezaba a ser nueva aunque sólo en apariencia (tamaño tostón tendría su culminación definitiva en los ochenta con las cosas de la Diosdado). Lucia parecía prorrogar su papel de esposa hastiada de Del amor y otras soledades (su momento barcelonés) añadiéndole eso que con los años da la experiencia: sabiduria y colmillos retorcidos, donde entraría su propia experiencia vital. No en vano con el filme de Basilio Martín Patino la actriz daba paso a la mujer real que desnuda sus sentimientos tras la ruptura con el torero.
La madurez de la Bose, bien en España bien en su Italia sigue siendo muy interesante a pesar de que a partir de los años ochenta su presencia en las pantallas fuera muy escasa. Entonces pasó a ser en el retiro la madre del cantante y, finalmente un hada azul con un punto de loca -típico de mujer mediterranea- dedicada por entero a su museo de ángeles.
Sea como fuere nos encontramos ante una actriz atípica y muy original. La Bosé de los comienzos
lo atestigua una y otra vez. Y eso a pesar de que estos fueron tan comunes (alguien diría vulgares) como los de cien mil chicas como ella. Más o menos como la Lollo o la Loren, como cualquier Miss. Las ligeritas de ropa. Las popolanas en harapos ambiguos. Sin embargo su Miss Italia 1947 no le impidió ir desarrollando una personalidad muy especial que la apartó al poco tiempo del griterio de las otras. Además su físico era anómalo para la época: era esbelta, algo huesuda pero muy hermosa. Una gacela tristona por los tiempos... En su rostro había pureza, sinceridad, era una belleza de la cara lavada. Su debut con De Santis en Non c'e pace tra gli ulivi (1950) como una campesina de pañoleta a la cabeza no pronosticaba aún su verdadera grandeza. A fin de cuentas muchachas rurales estaban floreciendo a porrillo en aquella dopoguerra. Sería a partir de su segundo filme, Cronaca di un amore, cuando sus compatriotas se percataron de que Lucia no hacía nada encima de un burro, que jamás podría ser una vulgar pechugona que imita a la Magnani. A las órdenes de su director, Michelangelo Antonioni, la jóven se transforma en un objeto exquisito que si no llega a ser parte de la decoración y el mobiliario es porque Antonioni también deseaba dotarla de rasgos humanos (aunque altamente negativos). Lucia aquí es el perfecto retrato de la burguesía, la que se niega a perder su posición aunque sea a costa del crimen. De alguna manera la actriz abandonaba la miseria neorrealista para integrarse (y muy bien) en el gran mito Milanés. Y no es menos importante señalar que su interpretación etérea y transparente adquiere características sublimes a partir de un sinfin de detalles que irían de la manera de mirar a la de moverse e incluso de vestir.
Su colaboración con Antonioni se prorrogó al poco con un papel bien opuesto al anterior: en La signora senza camelie volvía a ser una modesta muchacha que intenta abrirse camino en el mundo del cine pero que termina decepcionada cuando ya está dentro de él. No podríamos hablar de un filme autobiográfico pues la Bose estaba comenzando. No se trata pues de su particular Condesa descalza, aunque si que hallaríamos en ciertos detalles críticos un meridiano antecedente del filme de Mankiewicz. Lo que importa a efectos de este post es que Lucia iba perfeccionando su antimaggioratismo al aceptar papeles que la redimían de los caminos penosos de sus compañeras de generación en profesiones, digamos, chic.
Esto se vería muy claro en sus filmes más rosáceos como Tres enamoradas (1952) o Roma ora 11 (1952). En el primero la chica buscaba la superación a través de una carrera de modelo. En el segundo, de mecanógrafa. No hay cabida en ella para la desolación que supondría el tener que echarse a la calle para vender su cuerpo como una di quelle.
Tres años más tarde de estos títulos la actriz había consolidado una imagen bien concreta. Bardem la utiliza para reinventarse de alguna manera su antigua Paola de Cronaca di un amore cuando le da el papel de Maria Jose en su Muerte de un ciclista (1955). O sea, retorna una burguesita que se aferra con uñas y dientes a unos privilegios de clase aunque esto implique pasar por encima del amor (que no es su marido sino su querido, Alberto Closas). De nuevo volvemos a ver a una Lucia presa de contradicciones y de dudas, una criatura tan odiosa como enamorable (y en el filme de Bardem aun por encima perfectamente fotografiada). Y con Buñuel compartió su exilio en Cela s'apelle l'aurore (vía Francia) en lo que fue un trabajo incomprendido por crítica y público y que incluía el primer y último happy end de la extensa filmografía del genio aragonés.
De vuelta a Italia, aunque recién casada con el matador Luis Miguel Dominguín prueba las mieles del prestigio índigena en Gli sbandati (1955. Francesco Maselli). Y eso que el arranque del filme daba al cinéfilo con cierta retrospectiva indicios de que se podía tratar del nacimiento de la boga de cine con adolescentes pijales, típico de finales de los cincuenta. Nada que ver. Era un auténtico drama de transfondo bélico-político en donde se sacaban a colación dilemas tan importantes como eran la traición a la amistad y la renuncia a una relación por diferencias de clases. Que los protagonistas fuesen muchachitos bellos (Jean Pierre Mocky a la cabeza) no significaba que asistieramos a una representación amable de la Italia del benesere (al estilo de Primo amore), antes bien era el gérmen de un sub género inolvidable que se apoyó tanto en las teorías marxistas como en el existencialismo de moda para explicar la historia de la reciente Italia y cuya obra maestra se llamó Estate violenta (1959. V. Zurlini). En Gli sbandati será Mocky el que se aferre a su status aristocrático abandonando a la pobre Lucia por imposición de su madre la señora condesa (una Isa Miranda ajustadísima como representante del viejo régimen). El final es tan patético que pone los pelos de punta a cualquiera: el tiroteo fascista al grupo de juveniles partisanos entre los que se haya la Bose. La visión de su cadáver sobre el polvo del camino es sencillamente demoledora.

Poco más rodó en los años sucesivos. Su matrimonio con el torero machista condicionó en buena parte su alejamiento de las cámaras. Además el nacimiento de sus hijos favoreció de cara a la galería que se justificase todo abandono. Pequeñas colaboraciones con maestros como Cocteau (El testamento de Orfeo) fueron quizá hermosos guiños a la elite cultural europea que la adoraba. No en vano entre su círculo de amistades figuraba lo más granado del intelectualismo y el artisteo del siglo XX. Las fiestas de la pareja eran sonadas y tuvieron cumplidas reseñas en las revistas del corazón: de igual modo podían reunir en su casa de campo a Luis Escobar junto al bailarín Antonio como a Picasso, Dalí o al marques de Cuevas. En todo aquel esplendoroso círculo el recio Luis Miguel daba objeto exótico para muy sibaritas.
Tras el divorcio, Lucia Bose prosiguió su carrera. Hubo escarceos con la Escuela de Barcelona (de infausta existencia), con los nuevos realizadores patrios (Guerín, Josefina Molina) y con la televisión (la serie de Marsillach, que le dio gran popularidad). Además fue matrona para Fellini (Satyricon) y Marquesa del Dongo para Bolognini (La cartuja de Parma). Y por si alguien dudaba de su capacidad de permanecer en el top del prestigio (aunque para mal) aceptó aburrirse al trabajar con la entonces endiosada Marguerite Duras (la que todo lo que tocaba transformaba en tedio) en Nathalie Granger (1972).
De alguna manera reafirmó los últimos años su condición de delicatessen después de demostrar a todo el mundo (culto o no) que había sido una de las bellezas más fascinantes de su país.

continua mañana

3 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Seguiremos leyendo las jugosas críticas........Un saludo.

maciste II dijo...

Gracias por tu fidelidad. Tengo que ponerme a abrir tanto correo pero he estado muy liado ultimamente.
Aviso que, como vengo haciendo de un tiempo a esta parte, a partir de mañana deshabilitaré los comments hasta el próximo domingo.
Cansado y agradecido te manda un saludo afectuoso,
Maciste

filomeno2006 dijo...

La Pampanini creo haberla visto en programa humoristico de la RAI año 1998 o 1999.......