15 octubre 2007

¡¡¡ NUEVO !!! : ALBUM DE CROMOS "ITALIANISIMAS AL DENTE"
Cromo nº 0: El triunfo de la personalidad


Estos dias se cumplen dos años de blog. A lo largo de este tiempo me he acercado al cine italiano en múltiples ocasiones procurando hacer notar su grandeza dentro de un siglo veinte que dejó infinitas obras maestras al lado de otras que no lo eran tanto. Al menos la mayor parte de estas últimas mantienen en el aficionado un recuerdo entrañable. Guionistas, directores, fotógrafos, decoradores, músicos e intérpretes configuraron una enorme familia única e irrepetible que tuvo su epicentro en Cinecittá y que durante dos etapas - la primera desde principios del siglo hasta los años treinta (con el parón de esa década convulsa del período fascista que algún dia habría que analizar seriamente) y la segunda desde 1945 hasta bien entrados los años sesenta- convulsionarían al mundo a través de una serie de aciertos traducidos en influencia universal. No es momento para hablar de cine italiano per se y sí para rendir tributo a sus mujeres: damas o hembras, finas y ordinarias, lisas o pechugonas, miméticas u originales, casi siempre divas pero apegadas a lo popular (para que no se diga). Tributarias de una fisonomía muy característica, mediterraneas de rompe y rasga capaces de convertirse en voz de la clase baja y tambien de elevarse en criaturas de lujo para estetas de lo decadente. Aún asi el secreto de la actriz italiana se evidencia al máximo cuando sufre metamorfosis radicales que la transforman de ordinaria del arrozal (pongamos por caso) a sublime representación de una virgen de Giotto. Es el paso de la antaño maggiorate a las dimensiones snobistas de intelectuales presos de la alta cultura.

La maggiorate fue un fenómeno tipicamente italiano que surgió en los años cincuenta y que en España triunfó de manera ostensible hasta el punto que las hembras opíparas estilo la Loren o la Lollo se hicieron tan famosas en el corazón del español como cualquier otra estrella de Hollywood.
Maggiorate se traduciría como jamona o hiper stud (en Estados Unidos). La apoteosis de la carne que tendría en el barroco un lógico origen. Las mujeres rubensianas de Fellini deberíamos entenderlas más que como un mero onanismo del genio de Rimini obsesionado por la carne abundante como un claro signo de admiración hacia el pintor del pasado unido a una deformación casi circense del arrollador elenco de féminas que abarrotaron el cine popular de su país en los cincuenta. Y aun así entraríamos en un error delimitando a Federico a un prototipo de mujer concreto: en La Dolce vita, por ejemplo encontramos un universo femenino tan rico como para que concluyamos en seguida que el autor era un espléndido gourmet de estos temas. Recordemos sus nombres: Anita Ekberg, Anouk Aimee, Yvonne Fourneaux, Magali Noël o la mismísima Barbara Steele, bellezas tan distantes entre si...

Viéndolas a todas en grupo daría la impresión de que el término maggioratte fue empleado a modo de generalización por imperativos publicitarios. Muchas de las actrices que fueron incluidas en el tomate del exhibicionismo jugaron en un momento dado con aquel prototipo únicamente para alcanzar con facilidad el estrellato y a partir de ahí ir evolucionando hacia registros más complejos. ¿Podía pasar Anitona por italianaza siendo como era tan sueca?. ¿Qué tendría en común Lucia Bose con Silvana Pampanini?. ¿Fueron maggioratas Yvone Sanson o Eleonora Rossi Drago, tan elegantes que diríanse modelos de alta costura?. ¿Por qué nos excitamos al pronunciar el nombre de Silvana Mangano mientras nuestro mecanismo de identificación actúa para que la veamos inmediatamente en nuestro imaginario embutida en mínimos pantalones y sueter apretadísimo si tan sólo se acogió a ese tipo de erotismo en Arroz amargo?. ¿Porqué no incluímos en el gremio a la feucha Franca Valeri, a la nimia Liliana Bonfatti, a la fugaz Marina Berti, a la genuina Massina si ellas fueron tan popolanas como la que más?. Habría pues que hilar muy fino y concluir que una maggioratte lo es más de corazón que de caja torácica. Fue una necesidad social de un pais ansioso de aire fresco, de alegria tras una penosa guerra mundial. Ellas representaron falsamente (en realidad la mentira del cine impone sus reglas y desde el mismo momento que una actriz se coloca delante de una cámara aparece ese grado de superioridad que la asciende a la categoria de criatura innacesible frente a un público que mitifica) un sueño colectivo que por los milagros de la casualidad lograrían verse universalizados (ergo importados a Hollywood).

La diversidad dialectal tendría un hueco egregio en los labios de una Loren salvaje o de la Magnani más querida cuando a grito pelado se expresaban en la lengua de Belli o Trilussa. El romanesco triunfa de pleno cuando Ave Ninchi sienta a la familia en la mesa y el gran Edoardo de Filippo o Aldo Fabrizi dejan que llene sus platos de pasta asciuta sin rechistar por miedo a una salida vulgare. La ordinariez de la italianísima en sus casos más entrañables debemos acogerla con admiración pues nunca resultará ofensiva (como si lo son las grossolane). Y es que para ser una verdadera ordinaria se necesita tambien mucho talento: genio en el ademán, fuerza en la réplica verbal. Y nunca perdiendo esa humanidad infinita que las hizo excepcionales.

Lástima que muchas de ellas se quisieran refinar. Perdieron en frescura. Nada nuevo por otra parte. A fin de cuentas ilustres predecesoras del período mudo como Pina Menichelli, Francesca Bertini, su enemiga la Borelli, Maria Jacobini o Leda Gys acabaron casadas con condes o duques (las de los cincuenta las imitaron bien en este aspecto añadiendo en la nómina de maridos millonarios a la nueva aristocracia del siglo: la del cine, productores básicamente).
Los tiempos de las dive muette... Hasta la popolana por excelencia, la eximia Eleonora Duse vivió un romance con el totémico D'Annunzio. Tal vez con ella podemos encontrar la raiz del neorrealismo cuando aceptó protagonizar Cenere en los años diez (mandaría quemar todas las copias al verse tan horrible. Lo suyo definitivamente era el teatro: craso error pues estuvo en Cenizas conmovedora dentro de un estilo verista - tan de moda incluso en la ópera- muy alejado de cualquier artificiosidad d'annunziana). O en la inmarcesible Francesca Bertini (más grande que la Garbo, al menos la Divina nunca cobraría las cifras astronómicas de la otra), futura condesa Cartier con su Assunta Spina (el drama de la mujer napolitana, un símbolo pues, que en el sonoro se retomaría varias veces).
En el enfrentamiento Bertini- Borelli ¿acaso no hallaríamos el germen de lo que en los años cincuenta sería el pugilato (absurdo, sin duda) Loren- Lollobrigida?.

Era pues una historia que vendría de antaño pero completamente renovada gracias al impasse germanista de los años treinta-principios de los cuarenta. Entonces la ocupación alemana atrajo a las actrices hacia la soireé y el rubio platinado. Se imponía un molesto cosmopolitismo más cercano a los estudios UFA que a la Metro Goldwyn Mayer y entonces surgió la alta comedia completamente alejada de la calle. El teléfono blanco sustituyó al cucharón de madera. Los salones y grandes hoteles a las escalinatas de la Piazza de Spagna o al laberinto sucio de meados del Trastevere. Los únicos exteriores parecían querer rendir tributo a los exotismos colonialistas del capricho africano del Duce. Assia Noris y Elsa del Giorgi (amante de Italo Calvino y futura condesa marcusiana según definición de Alberti) poblaron de vestidos de noche una sarta de comedietas en las cuales también anduvo implicado el inminente autor del Ladrón de bicicletas (Bajo aristocrático disfraz, precisamente así se tradujo en España Il signor Max, uno de los grandes triunfos de la pareja Noris-De Sica)


Queda patente que los fascistas las preferían rubias. Isa Miranda tambien lo era, aunque no la primera Alida Valli (siempre sublime), Elsa Cegani, Mirella Loti o la increible Luisa Ferida (que murió fusilada por los partisanos, entre los cuales se encontraba un juvenil Sandro Pertini). Todas ellas y alguna más cubrieron un espacio mussoliniano que tan sólo dio atisbos de realidad en títulos concretos como Cuatro pasos por las nubes (1942. A. Blassetti). Asfixiadas a veces en decorados de cartón piedra que simulaban palacios, conventos o internados de señoritas, aguantando fanfarrias medievalistas que anunciaban el encuentro de La corona de hierro, se sometieron a un look impostado que aún alcanzaría épocas- recurso como las del Risorgimento dentro de los caligrafismos propios de un Castellani o un Soldati. Miriñaques suntuosos que cubrían las frondosidades que, por fortuna, con el tiempo quedaron muy al aire. Era como si finalmente se cumpliera el inexorable devenir de las estaciones, donde el invierno iba a dar paso tarde o temprano a esa primavera que llegaría no exenta de tristeza y pesadumbre.

continua mañana

FOTO 1 La eximia Duse

FOTO 2 Francesca Bertini, 'l'ultima diva'
FOTO 3 Lydia Borelli, la rival de la anterior
FOTO 4 Nuevos conceptos de divinidad :Assia Noris, star del fascio
FOTO 5 Alida Valli (o simplemente "Valli", como la promocionaron en
Hollywood) :la única inmortal de la vieja escuela
FOTO 6 Gianna Maria Canale, la musa de Riccardo Freda
FOTO 7 Sophia Loren, una superviviente genial
FOTO 8 Locandinas de época de varios filmes de Marisa Allasio (años
50)
FOTO 9 Claudia Cardinale, reemplazo de jamoncitas para un cambio de década (50-60)
FOTO 10 Poster del filme de Pietro Germi. Mastroianni vs. Daniela Rocca (las opulentas tambien pueden ser grandes comediantas)

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

Paisano Maciste Betanzos: no te olvides de la simpatiquísima actriz de cine de género ORCHIDEA DE SANTIS