16 octubre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº1: Tríada de rubias

ISA MIRANDA
(1905
- 1982)

Milanesa de nacimiento, Isa Miranda fue una de las mujeres más elegantes del cine mussoliniano. Casi siempre escogida para interpretar papeles de ringo rango con un punto de femmes fatales, se desenvolvía con gran estilo sin perder nunca la dignidad de las de su clase. Su período de mayor popularidad comprende las décadas de los años treinta y cuarenta en donde ya empieza a realizar escarceos en otras cinematografías como la alemana (muy hermanada a la italiana por razones obvias) . Es allí donde conocerá al maravilloso director Max Ophüls con quien trabajará en al menos dos ocasiones: La signora di tutti (1934) y La Ronde (1950) que es sin duda su mejor película, espléndido carrousel galante donde el director vienés desplegó toda su maestría para la composición tanto de encuadres maravillosos como de unos personajes mundanos, cuando no frívolos. La Miranda fue perfecta condesa varias veces, también cocotte deliciosa. Su apariencia física fría y distante, típica del cine italiano de teléfonos blancos ocultaba volcanes interiores que se reflejaban a la perfección por el destino trágico al que conducía a sus amantes de la pantalla. Tras La Ronde su carrera empieza un declive sólo aparente. Se vuelca en el teatro (Orpheus descending) y en la TV en diferentes países europeos.


ASSIA NORIS
(1912 - 1998)
Curiosamente la representante ideal del modelo fascista italiano era oriunda de San Petersburgo y durante sus primeros años de carrera en Cinecittá se prodigó en papeles de norteamericana. El motivo de tanto disloque era medianamente razonable: su dicción era pésima, sus facciones agresivas -en absoluto latinas- evocaban lo exótico (tal vez una Brunilda imposible). En realidad la Noris fue un gran paradoja que triunfó en los años treinta y cuarenta en el filón de las comedias sofisticadas. Levemente inspirándose por un lado en la Lombard de la Paramount y bastante más en la Lilian Harvey germánica Mario Camerini (a la sazón su primer esposo) le creó vehículos de lucimiento que acabaron resultando muy exitosos cuando la fórmula de parejas ideales la confiaron a los brazos de un bisoño Vittorio de Sica en más de media docena de títulos. Il signor Max (1937) fue el más representativo del tándem y también el que contaba con mejor guión (basicamente una comedia de enredo a partir de identidades equívocas). Actriz fría, casi a punto de congelación, se retiró ( o la retiraron) del cine cuando las pantallas italianas se llenaron de carne y grito popular. A mediados de los sesenta sorprendió a tirios y troyanos cuando reapareció en una comedia mediocre mega protagonizada y escrita por ella. Partiendo del noble título de Fernando de Rojas aquella resurrección fue un pretexto para mostrarla como una sofisticada alcahueta de beldades muy sixties ( Beba Loncar, Marilú Tolo, Raffaella Carrá) en La Celestina P..R... (1964. Carlo Lizzani). Tal modernización se vio entorpecida por la supeditación del a menudo interesante Lizzani a la estrella ajada regalándole un sinfin de planos que cansaban a cualquiera. Aún por encima su look de femme fatale historiada parecía remitir constantemente a la gran Marlene, lo que repercutió de manera molesta en todo el conjunto quedando al final una imposible mímesis de modelos superlativos a cargo de señora ególatra.


ELISA CEGANI
(1911 - 1996)
Nacida en Turín, Elisa Cegani será algún día recordada cuando se recupere como se merece la figura del director Alessandro Blasetti, pues fue asídua en los repartos de sus películas de los años cuarenta. Pasando por encima de ese terrible desliz de encarnar a la gran Eleonora Duse en un biopic de 1947 a todas luces innecesario (y en donde Rossano Brazzi era un no menos imposible Arrigo Boito), la importancia de la Cegani se halla en las reconstrucciones históricas del director de La corona de hierro (1941). Filme injustamente menospreciado durante años por la crítica izquierdosa ( la que dominó todo el cotarro a partir de 1945), es aún un espléndido espectáculo visual lleno de metáforas tan crípticas como rimbombantes pero que mantiene un halo romántico, mágico muy próximo a los cuentos de hadas. Excesivo y fascinante a partes iguales, asombra además la belleza de unos fisicos que van del tarzanesco de Massimo Girotti, al amazónico de la Ferida y, por supuesto, el conciliador y virtuoso de la princesa Cegani.
La actriz previamente se había puesto ya a las órdenes de Blasetti en otro título emblemático del cine fascista: Ettore Fieramosca (1938), o sea, el estupendo Gino Cervi metido a heroe medieval que gracias al guión malintencionado casi parecía adalid del Risorgimento. Ni que decir tiene que Elisa era su amada Giovanna, ideal como Duquesa de Monreale. Y en La cena delle beffe (1941) estuvo muy ajustada en medio de un decorado exquisito que reproducia la Florencia de los Medici. En realidad el reparto era excepcional: el galán era Amedeo Nazzari, además estaban Rina Morelli, Clara Calamai y el matrimonio funesto Osvaldo Valenti-Luisa Ferida, de quien mañana hablaremos algo.
Finalizó su colaboración con Blasetti en Fabiola (1949), adaptación de la novela del cardenal Wiseman. Ahora la reconstrucción giraba en torno a la antigua Roma, con sus circos, sus suplicios y sus mártires (con un San Sebastian -otra vez Massimo Girotti- que dio que hablar bastante en la historia del homoerotismo cinematográfico).
La actriz no paró de trabajar en Italia hasta principios de los años ochenta, pasando por diferentes etapas que van del peplum (Perseo, l'invincibile) a las coproducciones europeas de moda (El clan de los sicilianos). Sus cometidos tanto en estos anteriores ejemplos como en otros que le siguieron ya eran inferiores en importancia en comparación con los reseñados al principio del cromo.

continua mañana