19 octubre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 4: ANNA MAGNANI (1908 - 1973)


Ya lo publiqué una vez y es la rigurosa verdad: no hubo en mi adolescencia (época en la que tantas cosas se te graban a fuego para no despegarse de tí jamás) actriz que me hubiese impactado tanto como Anna Magnani. En sus tragedias encontraba en ella una emoción, una sinceridad, un arrojo, una visceralidad tales que yo no había visto nunca en ninguna otra mujer. Si acaso en mi madre que aunque más señorona que Anna tendía siempre al melodrama, a hacer una montaña de un grano de arena. Pero en cine era difícil que una norteamericana, por ejemplo, fuese tan intensa que supiese arrancarle a un muchachín sensible tantas lágrimas como cuando la vio emprender aquella carrera mortal hacia el furgón que se llevaba a su macho en Roma cittá aperta. El tiempo (veinte años desde aquella visión, más de sesenta desde que fue filmada) no ha perjudicado tal secuencia en absoluto. Ni a mis ojos ni a los de cualquier persona susceptible a la imágen en movimiento. El shock a los quince años no acabó allí. Era un ciclo semanal dedicado a las obras maestras del neorrealismo italiano y pronto volvió a reaparecer Nanarella (que así la conocían sus paisanos de la bota) en L'amore, otro tour de force impresionante que me dejó tan noqueado en los dos episodios que la conformaban (La voz humana de Cocteau + un via crucis inaudito de la diva sintiéndose preñada de Cristo por un supuesto San Jose encarnado por el mismísmo Fellini) que decidí por siempre sentirme latino, mediterraneo (a pesar de mi origen atlántico, o celta para ser exacto). En la Magnani vi a la gran mamma: endurecida por las circunstancias de la vida pero todo corazón, loba en defensa de sus crías, puta de su marido (era tambien muy carnal, celosa de sus amores, curvilínea y magra) y con un punto de desgarro que la hacían salir despeinada, algo andrajosa, una gorgona buena (si eso cupiese en la mitología: la Medea de los buenos sentimientos) y siempre, siempre al borde de la neurosis. Es quizá por todo esto que a mi madre jamás le gustó esa mujer. La llamaba loca. Le faltaba ese empaque carpetovetónico que tenía la loca oficial de este país, doña Aurora Bautista (inolvidable Tula, gran Maggie la gata en teatro). Encima la tenía que tragar en versión original con subtítulos que es como nos la presentaba TVE en el UHF. Sólo recientemente empezó a respetarla gracias a mis pases ocasionales del DVD de Mamma Roma (su cénit) quizá porque le impresiona muchísimo la muerte de ese hijo (Pasolini filmó el pathos desde perspectivas clavadas al Cristo yacente de Mantegna mientras Bach de fondo ayudaba a transformar la agonía en un acto pura y llanamente religioso).

La Magnani allí, antes y siempre fue la perfecta representación de la popolana. Pasolini puso en duda esta condición.Tuvo el atrevimiento (no llegaba a boutade) de considerar como un error haberle dado aquel papel. Sacaba a colación sus orígenes burgueses diametralmente opuestos a la fisonomía de aquella prostituta suburbial. Teniendo en cuenta que la Magnani ES la película, el poeta venía a decir que Mamma Roma no le gustaba nada. Gran equivocación. Es de lo mejorcito que filmó nunca. Si hubiese escogido a otra en su lugar hubiese sido un verdadero desastre (imaginemos por un instante que hubiese puesto, buscando una verosimilitud, a un equivalente femenino de sus amantes chaperillos: todo se habría gafado aunque el rostro, probablemente estúpido como estúpidos eran Franco Citti y Ninetto Davoli, se hubiera acomodado más a la verdad de esos ambientes tan caros al autor).
Dicen algunos biógrafos que la Magnani no era italiana. Que había nacido en Alejandría. Eso no la condicionó en absoluto para que no dejase de parecerse nunca a la gran amamantadora de los niños Romulo y Remo. Otra cosa hubiera sido si hubiesen dicho que nació en Helsinki. Entonces ya se entendería menos. Ella era como Irene Papas, Oum Kalsoum, Edith Piaf, Lucha Villa, Concha Piquer... algo imponente que nos retrotrae a la Antiguedad más clásica.

Cuando uno es forofo de la actriz es lógico que indague en toda su carrera, que procure apropiarse de su filmografía completa. Al hacerlo, si se es juicioso, comprobará con dolor que hubo en ella manierismos que la volvían en muchas ocasiones repetitiva. Que su absorbente personalidad podía a la larga resultar pesada. En cuestión de manierismos no hay nada escrito. Somos legión quienes nos gustan muchos actores bigger than life. Hay quienes definirían la maniera repetida cual clisé como estilo. Lo malo es cuando ese estilo se utiliza sobreseguro de manera innecesaria en materiales mediocres. Le pasaba a De Sica (preso de un prototipo), a Brando, a cientos más. Es entonces cuando el actor se superpone al personaje y todo papel que acepte parece que lo devore transformándolo siempre en si mismo. Eso le pasaba a Nanarella. Sus gestos, sus movimientos, sus ataques de cólera o de risa incontrolada (la risa de la Magnani es estremecedora a la par que contagiosa. Lola Flores tambien reía muy bien) no siempre iban bien encauzados. O lo de dejarse siempre las tripas en cada rol cuando tampoco era pertinente tanta energía (repito que muchos filmes que ella aceptó no la merecían en absoluto). Pero si nos quedamos con un must que podría incluir Roma cittá aperta, L'onorevole Angelina, L'amore, La carrose d'or, Bellisima, La Rosa Tatuada, Piel de serpiente (título hollywoodiense de culto al enfrentar a la italiana con un Brando descending) y Mamma Roma tendremos más que suficientes motivos para nunca cansarnos de llorar con esta diosa tan humana.

La humanidad de la Magnani. En ese precioso documental llamado Ciao Anna basado en el album fotográfico de la actriz y dividido en temáticas con imágenes y retratos congelados sólo acompañados de sus canciones, de sus risas, de sus murmullos o gritos se ahonda -sin mayor off que la voz de ella- en esa ternura infinita que de alguna manera configura la personalidad de una madre nutricia. La entrega los últimos años de su vida hacia su hijo parapléjico, su amor por los perros, esa querencia en rodearse de gentes sencillas, pero también esa modernidad en el vestir (nunca glamourosa, sería impensable ver en la Magnani a una meliflua maniqui de Jean Patou) que la alejaban de sus típicas heroínas neorrealistas en el umbral de la pobreza... Y, finalmente, acaso para elevarse a una condición high brow que desmentiría sólo en apariencia su popolanismo a ultranza, la mujer ilustrada, con un libro en las manos, rodeada de la selecta aristocracia cultural de su pais o de allende los mares (recordemos que Tennesee Williams la adoraba y que escribió para ella The Rose Tattoo).

Ahondando en su biografía sorprende que empezase en el mundo de la revista y las variedades. Esto justifica su inclusión en numerosos filmes musicales (carrosellos) o en dramas que la sacaban en papeles de corista cantante tanto en los años treinta como a principios de la década siguiente. En La carrose d'or ese amor por el teatro, por la farándula queda magistralmente retratado por Jean Renoir gracias además al proteísmo de la actriz que es en todo momento desbordante. Tambien resulta difícil de entender que en plena madurez, con un Oscar ganado por La Rosa, sus intervenciones fílmicas se vean reducidas en número. Se comentó que el matrimonio Ponti-Loren habrían ejercido un boicot sobre ella que arranca desde el momento en que la Loren le arrebató el papel de la madre en La Ciocciara (1960. V. De Sica), papel por el que la señora Ponti pudo ganar su ansiado Oscar. Sea como fuere Mamma Roma todavía es hoy su gran testamento antes de tiempo. Mientras que su cameo en Roma (1972) de Fellini fue un simple, contundente aviso a visitantes de que ella era la ciudad o, por lo menos, tenía las llaves que la abrían y cerraban (su portazo a Fellini en aquel inolvidable filme mandándole a algo parecido a la mierda era además epitafio genial).

No hubo mujer como la Magnani. Aunque todas (hasta las más mindundis) se empeñaran en imitarla gritando y haciendo ademanes como ella. Todo lo más quedaban populacheras. Repasar sus mejores filmes sigue siendo el mejor tributo para toparnos con el genio, lo esencial de una Italia muerta para siempre, devorada por la vulgaridad (en el peor término de la palabra) de los tiempos actuales.

continua mañana