18 octubre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 3: ALIDA VALLI (1921-2006)


Estamos ante una actriz fascinante. Tenía algo de etéreo. Pero también podía ser muy carnal. Arder en el fuego de la pasión. Aquella que venía acompañada de los sones de un aria decimonónica. Lo mejor lo dio en el poema lírico. Sus interpretaciones siempre denotaban un mimo, una sensibilidad exquisita. Mujeres asi ya no hay en el cine actual. Por descontado que tenía que haber llegado de la vieja Europa. Y al enamorarse los norteamericanos de ella, cuando ya lo habían hecho todos los italianos de buen corazón, quisieron venderla como una criatura casi mágica, como una hechicera cargada de misterio.... pero también de verdad. Lo hicieron con el sólo reclamo de su apellido artístico: Valli. Eran mediados de los años cuarenta y Alida llevaba ya a sus espaldas un montón de películas donde había demostrado una gran clase a la par que ductilidad para cualquier embolado de moda (bien fueran comedias de teléfonos blancos, películas de internados de señoritas o reconstrucciones caligrafistas del período del Risorgimento). Hollywood borraba de su currículo la mayor parte de ese pasado buscando en ella tal vez un atisbo de virginidad que la emparentara directamente con Ingrid Bergman, la que les salió rana. Por lo tanto la Valli fue en manos de O'Selznick símbolo de fatalismo (por su elegancia aristocrática) y a su vez pureza exótica (en tanto que relevo de la tránsfuga sueca, quintaesencia de lo incontaminado). La sometieron a una operación de marketing (retratos con glamour que lejos de mimetizarla la apartaban de las demás en salones decadentes adecuados para damiselas góticas, bellezas de medallón, camafeos de lujo) que mientras duró conseguiría ser rentable gracias a su fotogenia. En la importación tuvo a su favor sus grandes dotes como intérprete demostrándolo en títulos inolvidables como El proceso Paradine, El tercer hombre (película más inglesa que norteamericana, a pesar de todo) y poco más. Y es que al poco tiempo de su gran lanzamiento Hollywood no supo qué hacer con ella. Sin duda la virginidad no es de este mundo aunque a la Valli pronto la sustituiría una verdadera novicia, notablemente inferior como actriz, de nombre Pier Angeli (la célebre Teresa y sus morriñas).
La desverguenza de Norteamerica al obviar la carrera de Alida previa a su Noi vivi (1942. G. Alessandrini) llevaría a que se silenciaran cintas decisivas para poder entender los caminos del enamoramiento del espectador italiano hacia la actriz. Títulos como Sono stato io (1937. Raffaello Matarazzo) donde tuvo que lidiar jovencísima con la más ilustre familia napolitana del teatro : los De Filippo (Eduardo,Titina y Pepino), su Manon Lescaut junto a Vittorio de Sica o la inolvidable Luisa de Piccolo mondo antico, según Fogazzaro (1940. Mario Soldati) por la que ganaría el premio a la mejor actriz en el Festival de Venecia. Esta última supone una cumbre de su divinidad. Filme romántico hasta la médula a pesar del transfondo político del Risorgimento, es ante todo un perfecto retrato de mujer atormentada ante los prejuicios clasistas que abortan su realización amorosa (ella es pobre, él de origen aristocrático). Esto unido a la perfecta recreación de ambientes (uno de los grandes logros del cine caligrafista) con esos exteriores entre fantasmales e hiper estilizados del lago Como apoyan mi teoría de que viendo primero estos filmes de los años cuarenta el Senso de Visconti perdería buena parte de su impacto como original. En cualquier caso la excelsa Senso gozaría de importantes precedentes. En Piccolo ya encontramos la grandeza de la futura condesa Serpieri. La belleza atormentada, ese rostro que parece irse a desencajar de un momento a otro, una Valli siempre a un pie de la locura que tan bien reflejaba a través de sus expresivos ojos verdes. Fragilidad y fortaleza en un bamboleo perfecto a lo mejor de su ondulada cabellera. Lástima que no hubiese interpretado como en un principio se tenía previsto a la Maria de Malombra, otra heroina de Fogazzaro, repleta de sentimientos obsesivos y necrófilos. Hubiera estado soberbia. Pero el papel finalmente fue a parar a Isa Miranda, elegantísima sí pero no tan sensible como Valli.
En su lugar volvió a estar magistral como la Kira de Ayn Rand en el díptico (por su larga duración se dividió en dos partes) Noi vivi (We the living). Se trata de un gran fresco con el telón de fondo de la revolución rusa y en su momento pasó por ser otro título típico de propaganda anticomunista. Pronto los fascistas se sintieron incómodos con el tratamiento dado al tema político que evidenciaba por encima de cualquier apología partidista una enorme repulsa hacia los regímenes totalitarios, fuesen del signo que fuesen. Y la Valli estuvo admirable como la apasionada mujer que amaba hasta el fin al turbulento activista Rossano Brazzi, que fue capaz de prostituirse por él con un hombre al que no quería por sacar dinero para curarle de la tuberculosis que lo iba consumiendo, cuyo final era triste como tristes debieron ser aquellos años para el amour fou y que como buena heroína randesca era inteligente e idealista (soñaba con abrirse paso en un mundo de hombres a través de una profesión masculina. Sí, quería ser arquitecta y construir grandes puentes metálicos, ansiaba cambiar el entorno, dotarlo de mayor humanidad igual que el protagonista de El manantial).
David O' Selznick la descubre tras un pase de Eugenia Grandet (1947) y decide comprarla a toda costa. Hubo problemas políticos. Se llegaron a recibir cartas en las que se señalaba a la actriz como una de la amantes de Goebbels. Para más inri, la madre de Alida había sido acusada de colaboracionista, le pegaron un tiro. El caso es que firmó finalmente el contrato. Y su primera película llegó de una de las muchas renuncias de la Garbo (sin comebacks posibles) : El proceso Paradine (1947. Alfred Hitchcock). La Valli estuvo adecuada como la mujer de la que se sospecha que ha matado a su marido por su fortuna. Gregory Peck era el abogado que la defendía y que acababa hechizado literalmente por ella. La película no es perfecta, sin duda. Pero es una buena historia de degradación por amor.
En El tercer hombre (1948. Carol Reed) Alida volvió a aportar distinción, europeísmo y una pizca de ambiguedad. La película es un clásico del cine, pero no convendría exagerar. Su poderío mítico, a años vista, estribaría en tres o cuatro elementos que irían de la música de Karas a la famosa secuencia de la persecución en las cloacas del redivivo Harry Lime pasando por esa ambientación de la Viena de posguerra que incluía una fastuosa escena en una feria ambulante. Por descontado que el plano final del largo paseo de una descorazonada Valli sería el último de esos elementos que justificarían tanta leyenda.
Haría unas cuantas películas más en Hollywood pero ya de menor importancia (estaba innecesaria subida junto a Glenn Ford a una alta cumbre en La montaña trágica). Su vuelta a Italia se produce en beauté con un regalo que le ofrece Luchino Visconti. Y no un Visconti cualquiera. Todavía sabía narrar. Estaba en su mejor momento. Tal vez Senso se tratara del más perfecto ejemplo de cine-ópera. Acaso era un espectáculo cultural totalizador. El caso es que se tocó el cielo, se alcanzó el listón más alto en materia de romanticismo filmado apoyándose para ello en múltiples elementos que irían del pictoricismo a lo decorativo, de las técnicas teatrales a la estructura novelística (Stendhal, básicamente) y, por descontado, la música. En medio de tanto barroquismo, de tanta belleza la Valli dio una emocionada representación de la pasión humana (con sus entregas y abandonos).
A partir de entonces la actriz comenzó una nueva etapa profesional que incluía tanto su paso por las tablas como por la acomodación a un tipo de cine basado en las coproducciones y, desde luego, en los cameos en filmes de prestigio. Con Antonioni aún tuvo un papel protagonista en Il grido (1957), en donde empujaba a la autodestrucción a Steve Cochran. Y si con Pasolini fue una breve (pero inolvidable) Merope en aquel Edipo Re (1957) con Bertolucci fue un dolor al verla tan envejecida en su engendro La luna (1979). En el ínterin el espléndido Valerio Zurlini la desperdició dándole una excéntrica intervención en La prima notte de quiette (1972). La infausta moda del giallo y el gore hicieron el resto. En cuanto a su etapa de madurez, deberíamos admitir que es a partir de la década de los años sesenta cuando una Valli cuarentona se nos mostraba con un rostro muy endurecido, de facciones agresivas. La pérdida de la juventud hizo pronto mella en la diva. Conforme esto se producía, el cine que le ofrecieron bajó en calidad. Pasó por España para participar en peplums insignificantes pero con cierta intención pintoresquista (El valle de las espadas, junto a Espartaco Santoni, Broderick Crawford y Frankie Avalon). Pero tal vez el pintoresquismo máximo ya lo había dado en 1958 cuando aceptó ser la tía Florentina de una Bardot devastadora en Les bijoutiers du clair de lune. Rodada por Vadim en España, con un reparto que compaginaba a Stephen Boyd con Maruchi Fresno, merecería nuestra atención tan sólo por el increible dislate de ver al bombón galo torear una vaquilla en presencia de la Valli desde el tendido de sombra. Y siguiendo con esta misma pérdida de orientación, habría que calificar de tristísimo su paso por el cine mexicano en El hombre de papel (1963. Ismael Rodriguez), extraña y fallida parábola no exenta de retórica seudo poética a mayor gloria de Ignacio López Tarso, en su papel de "olvidado" mudo al que le cae una cartera llena de billetes. La Valli tenía el ingrato rol de engañadora. Y aunque hizo el esfuerzo de actuar en español, nos causó cierta pena verla en general ( sus deshabillés no podían competir con los de una Loren-a quien parecían invocar- además resultaba demasiado talludita cuando se puso a enseñar a Tarso a bailar el twist).
Pese a que esta última etapa tuviese más errores que aciertos, sus años finales vieron reconocida su grandeza pasada con premios y distinciones como el Caballero de la República Italiana que le otorgaron en los años ochenta y el más cinematográfico David de Donatello ya en los noventa.

continua mañana