17 octubre 2007

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 2: Sex appeal mussoliniano


CLARA CALAMAI (1909 - 1998)
La irrupción definitiva de la interesante Clara Calamai se recuerda con sabor a escándalo. La exhibición de sus senos en La cena delle beffe (1941. A. Blasetti) parecía no tener parangón (algún crítico lo desmentiría apuntando a Vittoria Carpi a la altura de La corona de hierro como la real precursora en materia de desnudos femeninos frontales. Lejos parecían quedar aún los melones de la excesiva Loren en aquellas viejas fotos promocionales de nuestra adolescencia). En cambio algo debió aportar de original Clara cuando el erotómano de pro evoca más el impacto de esta última que a la anterior. Un estímulo similar a la libertad sexual, a la impudicia sana, a la falta de prejuicios. La Calamai siempre pareció una mujer moderna, adelantada a su tiempo. Si su desnudez fue tomada por el regimen mussoliniano como exaltación tópica de la raza superior que convenía forzosamente airear (tal como hacía el nacionalsocialismo) la inteligencia de esta mujer le confería significaciones casi feministas. Su gran momento sigue siendo un título parcialmente fallido de un Visconti en agraz: Ossesione (1942) o como adaptar bajo coordenadas neorrealistas un drama norteamericano plagado de pesimismo (El cartero siempre llama dos veces de James M. Cain), de triangulos amorosos, de pasiones y crímenes, de traiciones y destrucción. En esta película Clara está sensacional. Visconti supo sacar de ella, como de su macho (Girotti), todos los matices, las derivaciones anímicas de una relación que partía de propuestas morbosas. El paisaje a su vez adquiría connotaciones fatalistas que condicionaban a los amantes hasta extremos trágicos. Tanta sexualidad a flor de piel incomodó al régimen fascista que la prohibió sin reservas.
Por los andurriales de lo pecaminoso caminó muy a gusto la Calamai durante la década de los cuarenta. Fue La adúltera (1946. Duilio Coletti) y le dieron por ello un Nastro d'Argento y cuando en plena madurez Visconti la vuelve a requerir para la adaptación del drama de Dostoiewski Noches blancas (1957) a la actriz no le costó nada transformarse para la ocasión en una prostituta curtida en el dolor, anulando con su sola presencia toda la dulzura pastelera de la chirriantemente luminosa Maria Schell.

MARIELLA LOTTI (1921- )

El reinado de la Lotti fue breve (la década de los cuarenta). Su belleza mientras perduró en la gran pantalla, incontestable. Se especializó en jovencitas tortuosas, difíciles y esquivas, que se casaban sin amor con hombres maduros pero que gracias a que estos eran santos y pacientes terminaban ganándose la confianza de la reticente esposa. Tambien hizo novicias como en Nessuno torna indietro (1945) en donde se rodeó de primerísimas figuras femeninas del cine italiano (la Cegani, Valentina Cortese, Maria Denis, Doris Duranti) en una bifurcación sentimentaloide típica de la época que fueron las películas de internados de señoritas. Acabó monja total en Un giorno nella vita (1946) y con un pie en la santidad y otro en el arrabal en Il diavolo in convento (1950).
En el ínterin, Raffaello Matarazzo, especialista en folletines del corazón, le concedió el privilegio de secundar al mítico Za-la Mort en Fumeria d'oppio (1947). De alguna manera, se trataba de una nueva concesión a otro tipo de folletín: el dedicado a retratar los bajos fondos, el submundo de hampones y contrabandistas que había supuesto la gloria en los años 10 del maravilloso Emilio Ghione (partenaire de la eximia Bertini, además de director y autor de una influyente historia del cine patrio). Y si de aquella, los italianos se inmiscuian magistralmente en corrientes realistas tomando como patrón los célebres seriales de Feuillade, en el posterior filme de Matarazzo quedaba patente un intento verdaderamente esforzado por dotar al mito de un tono negro norteamericano (entre el cine gangsteril de la Warner de los años 30 y los neoexpresionistas de la Fox de los años 40) con algún que otro apunte afrancesado (las boinas á la Morgan de la Lotti, por ejemplo). Para no perder tan siquiera una remota esencia de la creación de Ghione se decidió a su vez que el perverso lo encarnase ahora el hijo del ya fallecido Ghione, en lo que fue la única incursión de este ilustre vástago en el medio. Y pese a que aquello no tuvo continuación (tal como se le presupondría a un personaje de serial) al menos esta rareza mantuvo un gran brio narrativo, típico de un director como Matarazzo, verdadero todoterreno por aquellos años. En cuanto a la Lotti, tan bella como siempre, sufrió convincentemente las desdichas de un hermano envuelto en una turbia maraña mafiosa con estupefacientes de por medio.
Con el cambio de década sus actuaciones fueron espaciándose en el tiempo pero todavía se mantuvo lozana y hermosa en cometidos típicos del cine de género (la chica no nació para la cronacha a la Zavattini) en el folletín desmelenado (Gli innocenti pagano) o en las aventuras de piratas (I pirati di Capri).

LUISA FERIDA (1914 - 1945)
Es posible que de no haber muerto tan jóven Luisa Lerida hubiese sido una actriz tan internacional como Alida Valli. Quiza carecía de la evanescencia, la espiritualidad de Alida (eran tan distintas...), en cambio ambas poseían un carisma y un saber estar que las erigieron como las grandes originales del cine italiano de la década de los cuarenta. El mito Ferida se ha diluido con los años injustamente. Y eso a pesar de su trágico final. Convendría pues inventarse una ley de memoria histórica para restituir su poderío. Aunque su debut data aproximadamente de 1935 no es hasta el final de los años treinta cuando empieza su ascensión a la fama. Será Blasetti el que le dé el espaldarazo confiriéndole el papel de Leonor en la aventura de espadachines (perfectamente ambientada además, algo normal en este director) Salvator Rossa. Durante el rodaje se enamoró de Osvaldo Valenti (experto en villanías) comenzando un romance que dadas sus derivaciones políticas en plena guerra mundial acabaría muy mal. Con la Tundra de La corona de hierro alcanzó el cénit. Ella estuvo majestuosa, altiva y, finalmente, condescendiente ante el silvánico y arrollador Arminio (M. Girotti). Su belleza vencía sin demasiados esfuerzos (aunque probó el travestismo en su faceta más amazónica) a la princesa, la siempre nariguda Elisa Cegani (por lo tanto vencería la amplia frente de la una contra la nasalidad de la otra). Y en La cena delle beffe fue la casquivana Fiametta en un pequeño rol que la volvió a juntar con su marido (un Valenti tan malvado que dejaba al propio Ricardo III de Olivier a la altura de un inocente boy scout, según señaló algún crítico).
La peligrosidad moral de Valenti se puso muy en tela de juicio al ser acusado de colaboracionismo por la resistencia antifascista. Desde luego que tanto el actor como Luisa empatizaban con la causa del Duce pero en ningún momento pudo llegarse a demostrar su implicación total en crímenes de paisas. Entre tanto barullo social la Ferida aún pudo ser una perfecta Fedora (1942), princesa zarista que clama venganza por su amante asesinado. Como si la realidad superase la ficción la actriz y Valenti acabaron siendo ejecutados, sin un juicio previo, frente a un pelotón compuesto por partisanos. El cabecilla de estos era un futuro presidente de la República, un tal Sandro Pertini que aunque no apretó el gatillo cuanto menos hizo caso omiso a cualquier petición de clemencia.

continua mañana