23 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA
John Ford y Huracán sobre la isla (1937): Cómo sacar agua en medio del desierto


1937 es para John Ford un año de encargos. Por un lado, la Fox le propone un vehículo de la niña mimada de la productora, nada menos que la angustiosa Shirley Temple. Por otro lado, el todopoderoso Samuel Goldwyn le ofrece la adaptación de un, por entonces, muy leído best seller ambientado en los mares del Sur y con un huracán de protagonista. No eran desde luego dos productos como para tirar cohetes. Sin embargo Ford, sobre todo en el segundo, supo trascender los inconvenientes de tanta mediocridad demostrando que era ya uno de los más grandes creadores de la historia del cine. Porque si en la de Shirleycita tan sólo pareció prestar esfuerzos en la interpretación de McLaglen, en la de los isleños Ford supo sacar agua de medio del desierto creando una épica de resonancias bíblicas a la que me referiré después.
Aparte de ese gran hallazgo, en Hurricane, que ya suena a novelón de Michener, hay mucho más por su dinero, querido espectador de los años treinta.Hay unas parajes estupendamente fotografiados, una pareja protagonista linda como sólo podían serlo de aquella los casi debutantes Dorothy Lamour y Jon Hall, la imposición de una moda en guardarropía (el sarong, que tuvo una reina y un rey al colocarse dichas prendas en los cuerpos de los actores anteriormente citados: ella en innumerables filmes exóticos con o sin Bob Hope y él con su paso por la Universal de la mano de Maria Montez), la composición de personajes con un punto de costumbrismo gracias a una cuadrilla de secundarios ya habituales: la familia fordiana (Thomas Mitchell, C. Aubrey Smith, John Carradine, la estupenda Mary Astor aquí de las pocas veces que hizo de buena...) y ese bonus que es toda la parte final con el huracán más terrible que se había visto hasta entonces en pantalla alguna. Bien es cierto que hubo un año antes un terremoto en San Francisco (1936. W.S. Van Dyke) y que pronto se incendiaría la ciudad de Chicago (In Old Chicago 1937. Henry King). Faltaba pues el horror del mar embravecido y el viento como azote de Cristo. Y nunca mejor dicho esto último, pues la tragedia parecía dar coherencia (en clave de catarsis) a la maldición que en el personaje del intransigente y siniestro reverendo Massey se estaba actuando sobre el héroe de la película.
Atrás quedarían una serie de penalidades que sufre el pobre nativo Jon Hall por culpa de una mala pelea con un influyente terrateniente de la isla vecina. Es acusado de asesinato y sentenciado a seis meses de prisión. Será una condena que acabará ampliándose a quince años debido a sus múltiples fugas. Los amigos del reo ruegan al gobernador para que interceda por él, alegando que es del todo inocente y que sus escapadas las motivan sus ansias de retornar al hogar junto a su recien esposa (la bella Lamour). Pero Massey no intercede en absoluto. Va alimentando hacia Hall un odio sobrehumano, o anti humano si nos atenemos a la definición que da del individuo el coherente Thomas Mitchell: Usted no es un rigorista, simplemente no tiene humanidad.
Mientras tanto Hall padece espléndidas torturas a manos del siempre torvo (y aquí muy sádico) John Carradine. El soberbio físico del galán (un decubrimiento de Goldwyn destinado a alegrar a las señoras) encaja a la perfección en un tipo de beefcake que pertenecería de lleno al apartado desnudeces en salas de torturas. Un erotismo del dolor que en el caso de los aventureros de ayer, hoy y siempre darían ejemplos egregios tanto en el cine como en los tebeos.
No es momento para diseccionar tan ricos asuntos. Lo que si es conveniente decir es que el rubio atleta sufre lo indecible y lo seguirá haciendo al huir definitivamente de prisión montado en unos troncos de madera y, ya llegado al hogar, con la apoteosis del huracán que le obligará a realizar un sinfin de proezas típicas del superviviente (y que además desea salvar al resto de la comunidad).
La secuencia del fenómeno natural es increible. Maravilla al espectador moderno con su verosimilitud, sus crescendos, el efecto climático del sonido: viento, oleaje, las campanas de la iglesia, los gritos de las gentes... De hecho, se llevaría el Oscar por sus efectos especiales.
Huracán sobre la isla es todavía un perfecto entretenimiento, pura evasión en tardes dominicales como esta. Para rematar y a título de curiosidad, señalaré que el ayudante de dirección fue Stuart Heisler que en 1950 aportaría ya más personalmente su granito de arena dentro del género de aventuras paradisíacas con La isla del deseo (1952) en la que dos personajes aislados (Linda Darnell y Tab Hunter) terminan atrayéndose fisicamente, dentro de un tono tenuemente erótico que instauraría ya de paso el filón de la explotación del cuerpo adolescente como espectáculo sensual (caso de Tab Hunter, uno de los reyes del beefcake de la productora Universal en los años 50).

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