22 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA

Lewis Milestone y Rain (1932): Miss Sadie Thompson en Pago Pago


" Hombres, cerdos..."

La Crawford en RAIN

El personaje de Sadie Thompson, creación del escritor Somerset Maughan, fue durante décadas muy apreciado por los productores de Hollywood. Anterior a esta versión con la Crawford estuvo la de la Swanson con Raoul Walsh en la dirección (uno de los grandes hitos de esta estrella mítica) con el título de La frágil voluntad. Luego de este Rain vendrían más Sadies. Sin duda era un personaje bombón para cualquier actriz que se preciara de dramática, o que simplemente le apeteciese hacer incursiones en el rol de pecadora arrepentida. Y es que las mujeres de medianoche, las flores de insidia, las ovejitas descarriadas siempre fueron bien recibidas por el gran público. Donde esté una hembra con enjundia que se quite una ingenua neovictoriana, desde luego.
Encontrarnos con esta heroína negativa en este pequeño ciclo dedicado al cine de islas paradisíacas no deja de ser una agradable anomalía. Supone además una variación temática con respecto a lo visto hasta ahora, puesto que con ella estes parajes sirven simplemente de marco a una peripecia cuyos protagonistas son todos blancos. Aqui son seres marginales que se refugian en tierras lejanas para huir de la ley mientras que los nativos, como mucho, se confunden con el telón de fondo. Los ejemplos se ampliarían con la apócrifa Sadie que compuso Marlene Dietrich en De isla en isla (1940. Tay Garnett), Soborno (1949. Robert Z. Leonard) con Ava Gardner y Robert Taylor o El desterrado de las islas (1951. Carol Reed) con Kerima y Trevor Howard.
Fue tal vez esa anomalía a la que antes aludí la que trajo en la fecha de su estreno tan malas críticas al filme de Milestone. Los expertos dijeron que el director se mostró torpe en su trabajo, se acusó a la Crawford de estar inapropiada en el papel... El público también coincidió dando un dictámen negativo. Vista hoy en día en edición de lujo (Roan Group Archival Entertainment), remasterizada, restaurada con los negativos, con el nitrato en 35 mm y otros materiales originales hay que decir que no era tan mala como se pretendía, sólo que se adelantó a su tiempo. Y que la Crawford está a la altura de su antecesora componiendo una Sadie conmovedora.
Uno de los motivos porque se adelantó a su tiempo es porque el tratamiento del paisaje no era ni mucho menos el tradicional. Milestone optó por una claustrofilia (en donde la penumbra, cuando no la oscuridad, más misteriosa adquieren un protagonismo preponderante) que se ajusta a las mil maravillas a una puesta en escena casi teatral (no en vano la adaptación del texto de Maugham corría a cargo del dramaturgo Maxwell Anderson). La lluvia del título adquiere aquí connotaciones metafísicas, alterando y condicionando la conducta de los seres humanos hasta convertir el filme en una experiencia agobiante. O cuanto menos, nada idílica con respecto a lo que nos tenía acostumbrados el género de aventuras exóticas.
Luego estaría el tributo obligado al glamour de la Crawford que aunque llevaba pocos años en el cine ya tenía a sus anchas espaldas una ingente filmografía y, por descontado, una etiqueta de flapper alocada que es de suponer que con este giro dramático despistó a sus fieles adoradores. Milestone no se amilanó y transformó a la diosa en una criatura bigger than life y, a la vez, muy apegada al mundo desde la fragilidad. Es esta contradicción la que supone un milagro. Por creible. La aparición de Sadie es de gran estrella: primerísimos planos de cada uno de sus brazos, convenientemente ensortijados con chatarras en las muñecas, luego de cada una de sus piernas adornadas con zapatos blancos y medias de rejilla. Y, para acabar, ella pintarrajeada y vestida de puta portuaria y luciendo expresión de asco (mueca de hastío, mirada de estar de vuelta de todo).
Internada obligatoriamente en un huis clos junto a una pequeña comunidad de viajeros que deben permanecer allí debido a la fuerte tormenta que azota y a la sospecha de que alguno de los viajeros ha podido caer enfermo del cólera, la chica irá descubriendo las represiones, las falsedades, el amor verdadero y el fanatismo religioso de cada uno de los componentes del grupo. Sólo que la acción psicológica parece centrarse en la outsider Sadie contraponiéndola casi en abstracto a la bondad integrista del clérigo Walter Huston.
El pasado de Sadie pasa a ser motivo de elucubraciones farisaicas. El motivo de que huya de isla en isla es el misterio. El reverendo descubre la razón y la instiga a que retorne a San Francisco, a pagar por el mal (sea cual fuere) que ha cometido. La dialéctica altiva y mundana pero nunca ofensiva de la hembra choca con las salmodias del otro hasta que la fe vence a Sadie, que poco a poco se transforma en otra mujer. Y aunque este viraje resulte en un principio lamentable, pues siempre preferiremos a las valientes que a las putas arrepentidas, Milestone al retratarla mucho más fascinante que antes, nos hace caer en la trampa de que tal mutación puede ser justificable. La Crawford se vuelve más austera en el maquillaje y el vestuario, se funde en negro (es decir, con el decorado), parece emular a la Garbo (cuando Joan ya tenía una personalidad muy poderosa. Tanta como para haber vencido a la Divina ese mismo año en Grand Hotel) en un momento irrepetible que se interpretaría con facilidad de ascetismo puro sino fuera antes una sesión fotográfica de George Hurrell.
Walter Huston compone un cura irreprochable, odioso en extremo y lleno de represión sexual que lo hacen infinitamente preferible al pesado de Richard Burton en La noche de la iguana. Y sin el pretexto del alcoholismo. En cualquier caso ese fanatismo que ahoga voluntades, al trasladarlo a un paraje llamado Pago Pago no estaría muy alejado de las supersticiones castradoras del aborigen que tantas veces nos enseñaron Van Dyke, Murnau y compañía. La expresión de escepticismo de la criada nativa ante las palabras grandilocuentes del clérigo lo confirmarían magistralmente. Esa escena vale por cualquier análisis antropológico que Milestone pudiera perpetrar de manera más ortodoxa.
La parte final del filme es desde luego espléndida. Me refiero a Huston golpeando sus nudillos contra la balaustrada al darse cuenta de que desea a Sadie. Revelación sumamente expresiva y a la vez nada enfática. Lo siguiente que sabremos de él es que se ha degollado mientras vemos su cadáver flotando en la orilla del mar.
Sadie vuelve a ser la de antes. La frívola, la wise cracker típica de la Depresión en el fondo. Pero ahora, al menos, enamorada y yéndose a Sidney del brazo de su guapo marinero. Aunque parezca que todo sigue igual en su vida, todos deducimos que algo ha cambiado. Al menos había parado de llover.