21 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA
A. Edward Suther
land y Mr. Robinson Crusoe (1932): El dinámico retiro de un heroe otoñal

Partiendo de que Mr. Robinson Crusoe estaba protagonizado por Douglas Fairbanks y que se basaba en una idea original suya poco nos restaría decir del papel que jugó el director Edward Sutherland en todo el encantador embolado. De hecho Sutherland se entregó por entero a las órdenes de un heroe magnífico que lo único que deseaba con esta y otras aventuras más que vinieron luego era prorrogar una lozanía asombrosa que, por ley de vida, estaba siendo vencida por el transcurrir del Tiempo. Sutherland cuanto menos sería recordado en los libros de Cine por darle brio a las carreras gloriosas del cómico W.C. Fields o a las deportivas interpretaciones de ese galán universitario que fue Wallace Reid. Atenderemos a su vez a las amarillentas revistas del gremio que apuntaban que de su fugaz matrimonio con Louise Brooks quedaría solamente el debut de la diosa moderna en un papel de alocada flapper. Y que cuando el cine se hizo sonoro se adentró en los géneros más variopintos con la prestancia y rutina de quien había forjado su trayectoria en la época más artesanal del invento. El resto, en el caso de este moderno Robinson, es sumisión a la personalidad de un Doug pletórico de facultades, sï, pero ya demasiado maduro como para que no despierte en el espectador el guiño cómplice de quien fue inmenso y ahora, por encima de todo, resultaba conmovedor.
El intringulis de la película es más una parodia del cine de aventuras exóticas que de la novela de Defoe. Ni siquiera el protagonista se llama Robinson, aunque luego perdido en la isla crea descubrir a un Viernes que termina siendo Sábado. La introducción del filme aclara perfectamente el sentido último que el hombre occidental otorgaba a esos paraísos. Desde su subconsciente había un ansia milenaria por recuperar la tierra de Adán y Eva, aquella de la que serían arrojados los primeros padres bíblicos por siempre jamás. El hombre moderno puede que viviese con gran confort pero el fín último de su existencia pasaría por alcanzar ese espíritu que tan sólo parece poseer el buen salvaje, según contó el aduanero Rousseau.
Fairbanks es una estrella all american. Y al adentrarse en esta peripecia lo hace desde esa mentalidad. Su carisma hace el resto. En realidad es un boy scout con ínfulas de Peter Pan (siempre sonriente, siempre bromeando, siempre carcajeándose) que se supera a si mismo en las adversidades dotando a sus actos de una credibilidad que parecía bendecida por el New Deal en boga. Construye una chozita a la manera de un loft de la Quinta Avenida cual si fuese un vulgar Lloyd Wright en harapos: en su cocina hay lavaplatos, nevera e incluso un aparato radiofónico que, asombrosamente, retransmite las ondas de las diferentes emisoras de Estados Unidos (el altavoz es una simple caracola de mar). Además ha ideado un insólito teleférico muy práctico que le permite moverse por la selva a toda velocidad. Diríase que acababa de inventar el último grito en tranvias para naufragos isleños. En cuanto a la estructura de la isla, la ha dividido en distritos que no en vano tienen el nombre de las diferentes calles de Nueva York.
Cuando le aparece compañia humana (pues tan sólo vive con su inseparable perro y un pájaro redicho) le sale un negro que, evidentemente, salía de la imaginación de Defoe. Sólo que éste era imposible amansarlo. Asi que lo deja escapar, mientras Doug afirma categórico que este Viernes en realidad debe ser Viernes 13.
No podía fallar una mujer en todo aquello. Una bella semidesnuda que huye de los suyos y va a parar a los brazos del cincuentón Don Juan. La bautizará Sábado. Ella es María Alba, actriz barcelonesa que hizo corta carrera en Hollywood y que se sujeta al prototipo de la aborigen romántica instaurada por ilustres precedentes (Raquel Torres, Dolores del Rio). Maria al principio se muestra distante ante el americano ocioso pero según avanza la acción se acomoda a las mil maravillas a ese coquetuelo hogar que para sí lo quisieran Lord Greystoke y Dame Jane O'Sullivan. Y además compaginando besos de nariz con los otros, más comerciales.
Al final, los compañeros de Doug lo recogen y éste se lleva consigo a su salvaje. Justo la acción acaba en Nueva York. Y con la muchacha siendo lanzada como cantante hawaiana en un espectáculo burlesque en Broadway. Las insistentes carcajadas de Fairbanks podrían significar que su chica triunfará en una cultura loca por lo exótico. En realidad, como dije al principio, su risa era un desesperado intento de alargar un sueño imposible: la inmortalidad del que fuera el mejor y más risueño aventurero de la historia del cine. Aquel one man show (con o sin Defoe, con o sin paraísos idealizados) lo dejaba a las claras de manera apabullante.