20 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA
King Vidor y Ave del paraiso (1932): El sacrificio del volcán

En las Memorias de King Vidor se explica cómo nació Ave del Paraiso. Justo surgía de una petición concreta del productor David O'Selznick al propio Vidor: "Necesito a Dolores del Rio y a McCrea juntos en un asunto de los mares del Sur. Límitese usted a presentar tres escenas maravillosas de amor como las que ha hecho en El gran desfile y El caballero del amor. No me importa nada el asunto que pueda usar, con tal de que el título sea Ave del paraiso y que Dolores del Rio se precipite al final por un volcán en erupción".
Que de una propuesta tan banal saliese una hermosa película, un clásico muy repuesto en los canales televisivos dedicados a la nostalgia, sólo se explica por la adecuada elección de un director hipersensible, de unos actores de hondo magnetismo y de ese sistema de producción irrepetible capaz de conjugar espectacularidad y perfeccionismo a partes iguales.
No hay demasiada originalidad en el planteamiento de la historia. Se reincide en el tema del tabú, muy cercano en el recuerdo gracias al maravilloso filme de Murnau estrenado sólo un año antes, inclusive se eliminan ciertos aspectos tradicionales en el cine de colonos y exploradores (en donde normalmente el hombre blanco era un malvado sin escrúpulos). Con Vidor, un poeta del siglo XX, desde luego, tales constantes, que habrían impulsado a los personajes a la acción, parecen innecesarias al dotar a la historia de un enorme componente sentimental ( o mejor dicho, pasional) que la hacen del todo inolvidable. Junto a Borzage, es el mejor retratista del amor de la década dorada de Hollywood. Sin cursileria de ninguna clase. Hablaríamos de una experiencia mística que, sorprendentemente, no excluiría en el caso de esta Ave del paraíso momentos telúricos de desusada osadía. El erotismo intrínseco a tanto edén filmado (en Hawaii, por cierto) sería impensable un par de años después con la aparición del Codigo Hays. Aqui pues, sin cortapisas, el amor y el sexo se funden a través de múltiples sensaciones que contagian al espectador de inmediato. Tanto Dolores del Rio como Joel McCrea poseen el suficiente atractivo para dotar a sus escenas íntimas de gran credibilidad. Ella es todo fuego y a la vez candor, ardiente fierecilla del mudo que había alcanzado su cumbre con la mejor Carmen, la cigarrera del periodo (y viendo las que vinieron luego habría que añadir que de cualquier período). En cuanto a McCrea debutaba asombrando con una apostura blonda que hacía buena falta en aquellos años de transición.
Se ha escrito mucho sobre su escena acuática, ambos supuestamente desnudos. Es de suponer que tales desnudeces se limitaban en realidad a un par de escuetos trajes de baño de color carne pero en nuestra imaginación y, de paso, en el anecdotario de las picardías de esa década quedaría como el mejor baño desnudo, ni siquiera superado por los de Tarzán y compañera (que nunca se despojaron de sus harapos de diseño). McCrea es aquí sin pretenderlo un Tarzán apócrifo que conserva la elegancia natural de un Herman Brix mientras está dispuesto a salvarse de la maldición del Dios Volcánico, como cuando atraviesa ríos de lava saltando de liana en liana. La Del Rio silvánica es de igual manera memorable. Poco vale que no sepa besar a la occidental (referencia obligada la enseñanza del ósculo en el cine exotista de amores interraciales) pues al final del filme nos descubre ella misma que quiza prefiera el beso de coco (esta secuencia final es realmente triste y emotiva por cuanto la Del Rio, que se encuentra junto al herido McCrea en el lecho del dolor, trata de reanimarle a traves de la ingesta del líquido del fruto, pasándolo de su boca a la del amado. Pero rizemos el rizo del erotismo desbocado y entendamos tal acción como insólito ejemplo de lo que bien pudiera ser el beso a la isleña: esto es, con intercambio de fluidos. Y aqui huelga decir que el jugo sería la metáfora de la propia saliva. Modernidad pura.
No importa que no se vea como la protagonista se arroja en sacrificio al volcán. Bajo los sones fatídicos de una partitura inspiradísima de Max Steiner, ese paseo majestuoso de la diosa mexicana, vestida de manera ceremonial, portando en su testa un penacho de enormes plumas (que ya había lucido antes en sus excelsas danzas tribales, superiores en densidad -de hecho eran paroxismo total- a las de Raquel Torres en White Shadows) y el plano final del cráter en erupción son lo suficientemente elocuentes como para que el drama concluya fundiendo en negro de forma perfecta. Y desde luego para que abra la puerta a innumerables secuelas y variaciones durante lo que quede de década. Incluso su fascinación se alargaría hasta 1951, fecha del remake, notablemente inferior, que perpetró Delmer Daves con una Debra Paget incapaz de hacer olvidar al aficionado la sublimidad de aquella Luana original.