19 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA
W.S. Van Dyke
y White shadows in the South Seas (1928): Una perla de la Polinesia

Glosar esta joyita es de alguna manera ensalzar los espíritus de Flaherty y Murnau. El primero, de hecho, fue el director al que la Metro adjudicó el proyecto en un principio. Flaherty lo rechazó a los pocos meses de rodaje al no confiar del todo en el equipo técnico que se le había impuesto (entre quienes se encontraba el propio ayudante de direccón, W.S. Van Dyke, por entonces jóven promesa de la productora y ojito mimado de Louis B. Mayer que terminaría firmando la cinta). En cuanto al genio germano, existen concomitancias en el guión con su supremo Tabu (de hecho, una de las razones por las que el jefe de la tribu se niega a admitir el matrimonio entre los protagonistas -una indígena y un occidental- alude al sagrado tema del tabú). Con tan magnas referencias White shadows tenía que ser un gran éxito del cine de los años veinte. Van Dyke supo combinar romance y documentalismo con un fino tacto no exento de lirismo que se insiere a la perfección a la tónica general de este tipo de filmes durante las postrimerías del mudo (en los años treinta el romanticismo casi místico de los mundos exóticos fue sustituido por la acción sin más, en lo que era un nuevo ejemplo de la dinámica y el optimismo generalizado en el que había entrado la sociedad norteamericana de la era Roosevelt). Conviene señalar que el propio Van Dyke gozará de un puesto de honor en esa etapa pues, musicales de la MacDonald y Nelson Eddy aparte, él inauguraba con derechos propios la renovación del cine de aventuras exóticas con su impagable Trader Horn (1931) culminando el estilo en su saga tarzanesca con Weissmuller.
Tipo curioso, Van Dyke. Antes de ser cineasta fue buscador de oro, leñador, constructor de vías de ferrocarril y mercenario. Circulan por internet fotografias de sus viajes en las que se le puede ver perdido en la selva o en la sabana africana rodeado de aborígenes o cazando leones dentro de un afán antropológico que luego plasmaría soberbiamente en sus trabajos para la gran pantalla. Asimismo los propios rodajes de Trader Horn o White shadows son auténticas odiseas en donde la supervivencia y las situaciones límites cobran casi mayor interés que sus resultados creativos. No es momento de adentrarnos en tales asuntos, pero es conveniente que quede claro que Van Dyke, al igual que Flaherty (sin su genialidad) partían de premisas nada frívolas a la hora de acercarse a culturas remotas. Sin embargo ambos tomaron actitudes diferentes frente a una industria que les exigía aparte de antropología unas historias atractivas para el gran público. Asi Flaherty (artista al que habría que presuponerle un fuerte temperamento) se marchaba primero a Nueva York para trabajar para el MOMA y luego a Europa como documentalista independiente mientras que Van Dyke claudicaba con un cine de gran entretenimiento y que le acabaría transformando en un yesman muy cotizado.
En Sombras Blancas de los Mares del Sur tanto romance, intriga y tradiciones consiguen un equilibrio formidable, no llegando en ningún momento a preponderar ninguna de estas características por encima de las otras. Con lo cual no importa que la historia de amor se ajuste a las coordenadas típicas de la novelita en la que se basaba, esto es: buena salvaje se enamora de naufrago norteamericano, pues luego descubrimos también la corrupción del hombre blanco que explota a los indígenas (cada vez más dóciles debido a su fascinación por el sistema capitalista que les venden), la codicia del explotador con las perlas y, ¿por qué no?, la belleza del paisaje, de las escenas submarinas, del cuerpo desnudo que se nos ofrece a mansalva desde la pureza total de una raza no contaminada del todo.
En la mitología del siglo Raquel Torres detentaría el papel crucial de ser polinesia adorable con rasgos de chamaquita. Su prototipo tendría una apoteósis egregia en la inminente Dolores del Río de Ave del paraiso, cuatro años después. A la esbeltez de la segunda, se contrapondría cierto aspecto rollizo, más adecuado con la fisonomía real de una lugareña de pro. En ambos casos el erotismo deshinbido dio momentos soberbios en lo que eran los estertores de un cine sin censuras, precode. Y pese a todo, aunque los senos de las mujeres luzcan espléndidos en sus baños matutinos, no hay nada más sensual que esa secuencia téte a téte irrepetible en la que Raquelita deja que su galán le enseñe a silbar: gestualidad y miradas en un beso que puede ser y no es y que logran más en su sugerencia que toda una tribu nubia empalmada ante la Riefenstahl.