18 septiembre 2007

DIRIGIDO POR... FA

Elmer Clifton y Down to the sea in ships (1922): ¡Por ahí resopla...!

He aquí un pionero hollywoodiense que acabó con la llegada del sonoro ajustándose a las exigencias de un cine de bajo presupuesto (al borde de lo independiente) y manejando con maestría los recursos aprendidos de sus compañeros mudos. Esa recta final que incluiría títulos imposibles como Slaves in bondage (1937), Gangsters of the frontier (1944), Swing, cowboy, swing (1946) o una serialización de las hazañas ilustradas del Captain America (1944) dan cuenta del triste devenir de muchos artesanos reciclados en la década de los treinta y que, sin duda, merecieron algo mejor. Cine evasivo y pobretón, complemento de programas dobles, limitado en su difusión al mercado interior del pais de origen, perdido durante años en sótanos de modestas productoras (hoy, como mucho, insertas en apartados camp de las majors) que impidieron dar a conocer el estado de salud de un director de gran talento. Que lo tuvo.
Pese a mi desconocimiento de esta última etapa, me arriesgo a afirmar que Down to the sea in ships es posiblemente su obra más lograda. Cuenta en tono épico la historia de un jóven emprendedor (Raymond McKee) que desea alcanzar el permiso del patriarca de una familia de cuáqueros, unidos al mundo de la marinería, para casarse con su hija mayor (Marguerite Courtot). Para ello decide enrolarse en un buque ballenero con la consiguiente sucesión de peripecias en alta mar que incluirán la caza de la ballena, la búsqueda de un tesoro, el desencadenamiento de un motín y el insólito tour de force final del retorno apresurado para detener la impuesta boda de su amada con un cuáquero maduro. Cabe decir que la parte más endeble de la película corresponde a las escenas amorosas y, por lo general, todo lo que no ataña a la vida en el buque, salvo cuando en pantalla aparece la extraordinaria Clara Bow, mito silente donde los haya, prototipo de una época (los años veinte) y estimulante modelo erótico ( la flapper más liberada). Con diecisiete añitos realizaba casi su debut (sin duda era su papel más complejo) que le permitía ya coquetear con lo oseé (en este caso, pasar buena parte del metraje oculta bajo el disfraz de chico, resultando un chico muy interesante) y asombrar al mundo entero con una naturalidad y simpatía irresistibles (su modernidad permanece perenne hoy en día en su secuencia en la orilla del río contemplando pelicanos. Esas expresiones faciales de contagiosa vitalidad nublan por completo a la verdadera protagonista en tierra, la ya citada Marguerite Courtot, presa de unos recursos decadentemente teatrales que la hacen agobiante, muy pesada).
Afortunadamente con la Bow de polizón y Raymond mostrando su poderío y arrojo en la caza del enorme mamífero el espectador lo único que ansía es que ese viaje no acabe jamás, aunque para ello Elmer Clifton deba arriesgar las vidas de sus técnicos y actores en pos de una verosimilitud que sólo da vértigo. El vértigo del sin trampa ni cartón característico del cine mudo (aquel de Fairbanks, de los hombres mosca, de tantos y tantas kamikazes de la trepidación), el que originó un arte que aunaba industria y honestidad a un cincuenta por ciento y que ya no se repetiría más en lo sucesivo.
La técnica que emplea el director en la secuencia de la ballena es la documental y supone un sentido homenaje a los balleneros auténticos del siglo XIX (como apoyatura cultural se recurría en las didascalias a fragmentos del Moby Dick de Melville mientras que moralmente era la ley cuáquera la que servía de título al filme: en concreto, una linea de uno de sus salmos). El detallismo se nota en esa cotidianidad de los hombres de mar: la labor de afilado de arpones, la confección de nudos correderos... que tienen su culminación en la apoteósis de la lucha a muerte con el gigante (es especialmente emotivo el instante en que las cuerdas echan humo por lo tremendamente tensas mientras uno de los pescadores va vaciando cubos de agua sobre ellas).
Lástima que la parte final resulte ridícula y poco creible. Me refiero a esa apurada vuelta a casa al enterarse Raymond de que se está celebrando la boda de su prometida con un indeseable. Ese recurso del montaje paralelo que inventó Griffith (el rescate del minuto final) no funciona tanto técnica como racionalmente. Cuesta trabajo entender que consiga llegar a tiempo el heroe para detener el acto religioso (estando a millas de distancia) y, aún así, llega: ¡envuelto en una temible tormenta (la desasosegante lluvia como elemento dramático) y, todavía, debiendo pararse para una pelea callejera!. Tanta precipitación y adversidades sólo se pueden redimir desde el tono épico que el director quiso imprimirle a esta agradable aventura de balleneros. Y con la moraleja siempre yanqui de la prevalecencia, frente a cualquier otro valor, de la superación personal como motor que impulsa la existencia humana.