17 septiembre 2007

DIRIGIDO POR...FA

Chester M. Franklin y The Toll Of The Sea (1922): El mito de las chinitas abnegadas


Es muy posible que de no haber adquirido la importancia histórica por sus innovaciones en el tratamiento del color este filme de Franklin (1890-1954) hubiese pasado al más penoso de los olvidos. Argumentalmente no deja de ser otra variación del tema eterno de Madame Butterfly, muy en boga esos primeros años de siglo, tan idóneo para despertar en un publico occidental sentimientos fraternales hacia el prototipo de la china sumisa y entregada al forastero anglosajón. Partiendo de esta base, original de una novela de la mediocre pero en alta consideración en Hollywood por su faceta de guionista Frances Marion, la derivación pucciniana aporta un final no trágico (aunque sí dramático) y una molesta, por su ambiguedad psicológica, idea de fascinación de la mujer china por lo norteamericano (un paraíso consumista en el que la mujer es libre según la cantidad de dinero que pueda gastarle -en coqueterias femeninas- a su esposo).
Es pues una historia de amor contrariado en donde el extranjero llega a tierras exóticas no en un barco (cual copla regia de Rafael de León) sino a guisa de naufrago, arrastrado por el oleaje de un mar que a la fuerza tiene que ser legendario. Y ahí entraríamos en la vulgarización del mundo oriental, con sus arcanos y misterios, con sus especiales significaciones de la Naturaleza, que, aún así, gracias a una fotografía excepcional, un empleo del color subyugante y una actriz novata pero ya poderosa logran trascender los peligros del tópico para ofrecernos unos apuntes de lo metafísico si no memorables cuanto menos entretenidos y muy dignos.
Anna May Wong es Flor de Loto, epítome de la hipersensibilidad de las de su raza. Para ella el mar da sentido a la existencia, por lo tanto rige sus actos y comportamientos y supedita su estado anímico a través de aquel. Por si esto fuera poco, desde la laxitud de una vida sin hechos relevantes, reflexiona sobre el paso del Tiempo mediante el lenguaje del cambio de las estaciones que altera, por ende, flora y fauna. No en vano, tanto ella como esa pequeña comunidad un tanto arcádica viven en perfecto contacto con lo edénico.
El hombre blanco que vomita el mar de sus entrañas es evidentemente una señal, un don. El gran y único amor. Y lo cuida. Ambos se enamoran pero las circunstancias adversas motivan que la unión se trunque por promesas incumplidas (por parte de él, que le jura que la llevará consigo a Estados Unidos) y en la que los convencionalismos, la rumorología y la cobardia tendrán un papel decisivo para que el dicho romance tenga un desenlace triste.
Es un recurso manido siempre que hablamos de amores interraciales tratados por el viejo Hollywood pero sus resultados eficaces demuestran que en las claves del melodrama lo importante es llegar a la sensibilidad de un público ávido de sentimientos a flor de piel. Un público femenino que, a no dudarlo, se enternecería con la prodigiosa interpretación de la diosa Wong en lo que fue una de sus pocas concesiones a las protagonistas positivas. Vista su posterior especialización en las malignas, otro tópico que en cambio la haría inolvidable, el cinematógrafo debió sentenciar que después de aquella apócrifa Butterfly tan sólo le quedaba por ser ad eternam (y por su bien) Turandot, la pérfida.
La labor del director Chester Franklin es competente. Y acertada al otorgar una plasticidad muy bella (casi a la Ingram) que formaría parte de esa herencia pictoricista muy en la línea de las chinoiseries del XIX (emocionantes las tomas del mar encrespado, el precioso jardín con el estanque de nenúfares y los pavos reales, y ese boudoir en forma de gran concha marina para el rito nupcial, que no en vano debería pagar derechos de autoría a La culpa ajena -1919- de Griffith y que a la larga resultan más impactantes en esa búsqueda de la emoción que todo el entramado folletinesco perpetrado por la señorita Frances Marion).
Pero, por encima de cualquier logro autoral (o mítico en el caso de su protagonista), esta perdida cinta que se recuperó en 1.985 en una versión incompleta pero pletórica de tecnicolor ha pasado a la historia precisamente por haber sido la primera que se filmó en Hollywood con este sistema primitivo (básicamente, un bicolor consistente en marrones rojizos y verdes) y además por exhibirse sin proyectores especiales en salas cinematográficas. De manera indirecta, resulta curioso que el artesano Chester Franklin, dueño de una carrera irrelevante durante los años del mudo, fuese en su declive con el sonoro el director de una versión ignota y en blanco y negro del clásico de Thackeray Vanity Fair (1931), que pasaría al oscurecimiento total cuando pocos años después (1935) Rouben Mamoulian la llevó a la pantalla con rutilante tecnicolor en lo que sería un nuevo hecho histórico de las cuestiones cromáticas (en este caso, la primera cinta sonora que utilizó este magnífico invento, tan apegado a la imagineria ensoñadora de toda una generación de cinéfilos).

1 comentario:

jessica dijo...

hola ps sobre esta pelicula casi me hiso llorar tanto como pimpollos rotos muestra una gran realidad los estanounidenses de esa epoca les era dificl aceptar como esposas a mujeres asiaticas debido a su diferencia de costumbres ¿por cierto la protagonista se llamaba flor de loto? este programa lo vi por retro