26 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo quincuagésimo quinto

Enfrentándonos al cruel destino
(y II)
Verano 1983- Otoño 1984

Escondrijos

En el comercio de toda la vida yo me aburría como una ostra. Era pequeño, lleno de humedades... Una estructura en recta que hacía imposible el escaparme de las miradas adultas cuando, a lo mejor, me apetecía manosear un busto femenino de plástico adornado con sostén. En cambio el otro local era una pasada: a mis ojos ocupaba kilómetros. Tenía vestuarios a tutiplén, despachos de todos los tamaños, oficinas que parecían las de una comisaria de telefilme norteamericano... (había cientos de revistas de moda por las estanterías. Pasé horas degustando los catálogos de las pasarelas de Milán y Paris, idolatrando a los modelos masculinos que iban todos dívinos de Armani). El despacho de papa era cojonudísimo: de gran magnate. Aire acondicionado, dictáfonos vintage que comunicaban con la tienda y la secretaría, y una mesa inmensa de caoba, adornada con figuras ecuestres muy de potentado. En ella me hizo entrega ese mes de septiembre de un sobrecito con dos mil pesetas por haber estado trabajando allí todas las tardes del mes de agosto. Mi primer sueldo, si. Pero, aunque me parecía poco, yo en realidad no merecía tanto. Apenas hacía otra cosa que desbaratar, enredar en el almacén (donde ni siquiera aprendí a anudar los paquetes), encrespar los ánimos de las empleaditas Mari Carmen, la pavisosa y Milagros, la fea. A la primera, rocié con el limpiador de cueros para sillas. A la segunda, con la que me tronchaba por su comicidad innata y su nariz ganchuda, similar a un llamador de puerta antigua, le llevaba la contraria en todo pues la creía putona al andar siempre presta a admirar a cuanto mozo de buen ver pasara por la calle.
Qué lejos quedaría aquel mes de ventiladores y cuchicheos de los empleados (como Camilo que llegó a decir de mí que prefería estar en la tienda de ropa de mujer para mirarles el culo en el probador a las manolas) cuando, llegado el otoño, ese mismo mundo se desmoronó con la fragilidad de una torre de naipes.
Ante el ultimátum del juzgado, mi padre se puso en manos de sus abogados que le aconsejaron entregarles las llaves de la gran tienda cuanto antes. Era el único medio de salvar la otra. En cuanto a los bienes de casa, no nos daban la seguridad de que aún asi fueran respetados. Por lo tanto, si queríamos conservar el televisor en color o el joyero de mamá, deberíamos cuanto antes esconderlos. Recuerdo que fue una semana de auténtica locura. De pánico a que llegasen los interventores para hacer balance de las propiedades (que eran mínimas y básicas. Ni siquiera se nos había pasado por la cabeza comprarnos un video o una cadena musical).
Papá habló con el dueño de la casa. No tuvo ningún inconveniente el buen hombre en dejarnos subir a su buhardilla el televisor grande. En cuanto a las joyas, se armó una buena trifulca conyugal cuando a papá se le ocurrió que podían ser guardadas en el rancho (otro nombre no le veo) del comerciante mafiosillo que ayer menté. En su inmensa hacienda campestre había ido a parar igualmente un montón de mercancia del gran comercio que habían sacado de estranguis mi padre y un empleado de confianza una noche a altas horas de la madrugada (dicho sea de paso, un tanto por ciento de aquella mercancia pasaría a ser del mafioso, que era muy dado a vender ropa ilícita, cuando no robada). Así que también pensó que las joyas estarían muy bien allí. Mi madre puso el grito en el cielo. Trató al fulano de pirata y a su esposo de confiado rozando en lo gilipollas. Se armó la de San Quintín. Se golpearon paredes, arrojaron objetos al suelo. Se trataron de lo peor. Y yo por el medio. Estaba viviendo una situación más conflictiva que la de cualquier hijo de padres divorciados. Porque acabado el matrimonio se acaba la rabia y, en mi caso, aquello no tenía fín. Por lo pronto, los brillantes maternos (que no eran nada del otro mundo pero que tenían un valor afectivo, sentimental, indudable) permanecieron durante un mes en el interior de la caja de la persiana que había en el techo del salón comedor.
Todo el maldito embrollo me superaba. Ni siquiera me planteaba el almacenaje de mis juguetes más queridos, o de mis manuscritos más corregidos. Me dejaba llevar, con el único desfogue que suponía el reencontrame ese otoño con Ortiz (sin Máximo), con Carlos y Héctor (al que pronto se sumaría Javier) o con los pintorescos nuevos amigos Mario y Rafael (la remozada conexión gamberril para mi estrenado bachillerato).

En el precipicio

Pasado un tiempo prudencial y viendo que ni los de Mudanzas BBVA ni la policia hacían acto de presencia en nuestro desmantelado hogar, poco a poco fueron los objetos ocultos recobrando sus posiciones habituales. Pero las amenazas de acabar en la miseria seguían cerniéndose sobre la familia (si ya es que no lo estábamos, que no lo sabía). Papá prosiguió con el viejo local. Tras el despido masivo (hasta más de tres docenas de empleados) se quedó con cinco con los que iba tirando más mal que bien. Continuamente le llegaban cartas del juzgado con notificaciones relacionadas a muchos de los antiguos que le pleiteaban reclamando historias viejas. Así que se pasaba buena parte del dia en el palacio de Justicia entre abogados y procuradores. Cuando le dieron un respiro recuperó la idea de echarse las cubetas al hombro y volver a hacer los pueblos. Era un método infalible para sacar pasta, además tenía más don de gentes que nunca. Le habían salido colmillos, de acuerdo, pero estos no dificultaban que de su boca brotaran malabares verbales embaucadores. Fue cuando mi madre pasó a formar parte de la plantilla. Y yo a la soledad de mi cuarto, procurando evadirme lo posible. La que no se escapó de ningún mal trago fue ella a la que le aparecían peña del pueblo del ex socio pidiéndole la nueva dirección en Venezuela para ir a liquidarlo. O un mal dia, que le cayó un interventor demasiado carroñero exigiéndole, a golpe de papel sin firma, que le diese inmediatamente todas las piezas de tela Príncipe de Gales y pata de gallo que la polilla aún no se hubiese comido. Entonces mamá, cual leona defensora de lo que era también suyo, sacó el genio y echó al atracador con maletín a cajas destempladas del comercio. Y lo hizo a ritmo de golpes estridentes de vara de metro sobre el mostrador. Por si el otro estaba sordo.
Visto el petate al que exponía a su mujer, papá espació sus viajes. Pero los problemas eran incesantes. La mayoría de los actuales empleados, hartos de que sus salarios se demorasen (en algunos casos, les debían hasta cinco mensualidades) empezaron con la denuncias. Y de nuevo a los juzgados. Apoyados por los sindicatos nacionalistas, la familia laboral arremetió contra su jefe que ahora, aparte, tenía que luchar con su fobia a ultranza hacia los barbudos izquierdosos que, aún por encima, venían hablándole gallego. Mi padre se amparaba en sus derechos ante una situación de suspensión de pagos como era aquella. Lo que no quitaba para que siguiera teniendo a la Sala de lo Contencioso como su segundo hogar.
Yo comía con todas estas debacles siempre y cuando el patriarca llegase a su hora a casa. Era tal la desproporción de los acontecimientos que no reparábamos en un detalle mucho más sangrante que todo lo anteriormente citado: el cambio de su aspecto físico. Estaba adelgazando, se le caía el pelo, de igual forma sus dientes se pudrían ocupándose él mucho de tratarlos, sin ir a un dentista, arráncandoselos de cuajo. Padecía insomnio y no comía bien. Fumaba como un carretero. Estaba siempre malhumorado. O lo que es lo mismo, sumando todo lo anterior, sumido en un estrés que estalló clamorosamente durante una mañana invernal de 1.984. El único empleado que le quedaba se asustó de veras al escuchar de su boca la intención de acabar con su vida. Le habría regalado un traje, despidiéndose al final con enorme gravedad, me figuro. Lo vio salir de la tienda, cabizbajo, literalmente hundido. Fue detrás. Se dirigía al puente romano. Allí mi padre se reclinó sobre el borde de la pasarela de piedra y volcó su pecho hacia el vacío. El otro al ver sus intenciones lo agarró rápido del brazo. Y lo consoló o no sé qué pasó. De esto me enteraría por mi madre de manera muy indirecta días después.

Todo 1.984 lo pasamos entre sus angustias y mis huidas ficticias. Acababa mi infancia con un golpe brusco. Ya no implicaba una concienciación subjetivista de lo que podía ser un mundo adulto, aquel que me gustaba retar en algunos de sus aspectos y, aún así, de manera pintoresca ( acordaos de que la primera vez que fui al barrio de las putas no fue para perder la virginidad sino para hacerles una interviú) o para retroceder sin más (por seguir con lo sexual, la primera vez que me había acostado con un chico deseable aquello me había producido una pérdida de la libido extrañísima) sino que la cruda realidad me abrumaba a cualquier hora, si estaba en casa, con decretos, sanciones, conspiraciones, estafas, apariciones de matones a sueldo, contrabandeo y dudosos movimientos bancarios. Y, por descontado, con broncas al límite, amenazas de quedarnos con el culo al aire... Era lo que siempre me había hablado mi padre, esa jungla de asfalto en la que no quedaba otro opción más que matar para que no te matasen a tí. Y, aún en esos momentos delicados, me encaraba a su derrota sacando mi rebeldía niñata a paseo para apoyar, ante sus apagados ojos, a sus obreros (que también tenían familias y también comían) y abjurando de la figura del empresario canibalesco y predador. Mientras tanto Cástor, allende los mares, ya disfrutaba de un complejo hotelero bastante concurrido. Unos tanto y otros tan poco.
Como mucho, la única lección que quise aprender durante ese período triste es que el único que tiene suerte en esta vida es el ladrón y el traicionero. De ahora en adelante sería un hijo de puta comme il faut.

FIN de INFANCIAS VERDES

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