25 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. 

Capítulo quincuagésimo cuarto: Enfrentándonos al cruel destino (I)


Los inicios de una mediana empresa
Mi padre conoció a Cástor a principios de los años sesenta. Ya sabeis que era viajante que trabajaba mucho esta ciudad y sus zonas limitrofes así que conocía al dedillo todos los establecimientos de telas. Cástor era un vulgar empleado de una tienducha nada céntrica de la capital que se hacía pasar por dueño. Papá era muy campechano e ingenuo, un clásico self made man que, de haber nacido en Estados Unidos, bien pudo haberse llamado Gary Cooper o James Stewart. El roce intensivo de ambos treinteañeros favoreció el que surgiera una amistad que el otro supo aprovechar no bien fue despedido por el verdadero jefe de la tienda. Papá por entonces deseaba estabilizarse, abandonar tantos viajes que habían dejado sumida en la soledad a su esposa, la cual permanecía en La Coruña sin más compañia que la de un perro terrier. Así que entre Castor y él se hicieron con un bajo para asentarse como sociedad anónima dentro del campo de lo textil. Consiguieron alquilar uno en pleno centro. Papá buscó casa y se trajo a mamá.
En lo personal, Cástor estaba soltero. Y bien que estaba. Ninguna intención tenía de casarse a pesar de que la tipa con la que andaba a menudo, una zagalilla culo de pollo, le había dicho que estaba embarazada de él. Por mediación de mi padre el socio accedió finalmente a contraer matrimonio acarreando con un hijo que, según las malas lenguas, era en realidad de otro hombre.
Pasó la década de los sesenta entre cambios del local (finalmente se ubicaron justo al lado de la casa en la que todavía resido) y la incorporación de las respectivas mujeres al mundo del trabajo. Mi madre, en una zapatillería muy recoleta. María, que así se llamaba la mujer del socio, chuzando como una negra de modista en su domicilio. Por problemas de salud, mama abandonó el chollo y, ya que se aburría en casa, ayudaba en las ocupaciones domésticas a la otra (eran madrinas, mis padres apadrinaron al pequeño Alfonsito. Había un estrecho vínculo entre ambos matrimonios). Pero lo que la otra tenía de curranta también lo tenía de mala lengua. Iba diciendo a diestro y siniestro que mamá estaba de criada para ella, que lo suyo era fregar los platos. Al enterarse la perjudicada, sus relaciones se enfriaron notablemente. Al poco nací yo y las cosas se fueron encarrilando de otra manera.

La bonanza
Los años setenta fueron los del despegue del establecimiento. Empezaba a adquirir un renombre. Se contrataron empleados. Mi padre se especializó en lo que mejor se le daba: agarrar de cubetas con muestrarios e ir a la aventura por todas las Galicias. Al regresar los viernes a la noche, la recaudación que se traía era astronómica. Según Cástor, un viaje de Alfonso valía por todo un mes con el comercio abierto. Y eso que lo que se sacaba durante un mes allí no eran cantidades nada desdeñables. Los paletos, los principales clientes gracias a que la calle era parada obligatoria de unas cuantas líneas de autobuses, se dejaban sus pesetas, esas que en muchos casos llevaban escondidas por debajo del refajo o por dentro de los pantalones de pana atados al cordel. Eran desconfiados, teimudos, pero al final pagaban. No eran así los vecinos que amparándose en la confianza del mañana te pago dejaban pufos escandalosos.
Teníamos un par de sastres y un contable. Lo cierto es que todo parecía discurrir como la seda. Ya he dicho en algún capítulo anterior que a mí, de muy crío (y aún de grande), nunca me faltó de nada. Me sobraba, que no era igual. Los fines de semana eran de merendolas apoteósicas. Vivíamos sin lujos pero con una holgura que luego ya no hubo. Porque luego vino la mierda. El ir descubriendo poco a poco que las cuentas no cuadraban, que hojas de libretas de ventas eran arrancadas por el propio contable en complot con el socio aguililla. Eso es lo que era. Aunque ante la debacle posterior, acontecida a principios de los ochenta, habría que cambiarle el calificativo por el más específico de ladrón.
Cástor se sentía tentado con tanta entrada de dinero. Azuzado sin duda por su ambiciosa señora, se metió en el bolsillo todo lo que pudo. Y no sólo de nuestro comercio, también pedía prestado por el pueblo, solicitaba ayudas bancarias en una maniobra tan retorcida como fue la de engañar a su propia mujer al realizar fotografías de los terrenos de sus suegros jurando a los banqueros que aquellas eran sus propiedades. Estas, pues, le servían de aval para beneficiarse de unos préstamos que jamás devolvería. Fueron apareciendo ejemplos del lujo del nuevo rico provinciano (para pasmo de los amigos más fieles: entre ellos, mi padre) como aquel par de Mercedes que él decía que estaba pagando a plazos. Se sentía pletórico en su villanía trepadora tan sólo cercenada cuando vino al mundo su segunda hija, Susana, de la que siempre se sintió avergonzado al nacer con taras psíquicas.
Papá en todo momento era el tonto de la película. Dadivoso en consejos, tratando a Susi y Alfonsito como hijos suyos y, por supuesto, economizando lo justo como hacía con su SEAT 131 inseparable al que utilizaba tanto para el trabajo ordinario como, en los fines de semana que hacía bueno, para sacarnos a pasear. Todo lo más, la mitad de los ingresos por nuestra parte iban directos para el negocio.
La apoteósis del despilfarro llegó con el cambio de década. Los socios se hacían con un local enorme en la misma calle. Consiguieron créditos de los bancos y siguieron adelante. Muchas ventas, nuevos empleados, entre ellos media docena de viajantes que libraron un poco a papá de tanto ajetreo... Y todo llevado con ese sentido paternalista del mediano empresario hacia sus obreros. Procurando formar una familia en común. Cástor dio trabajo de igual modo a un cuñado. Si, Camilo el papa de Venerando (aunque como mozo de carga ¡a los cuarenta años!).

El crack

El caso es que lo que tenía que pasar pasó. Y fue muy gordo. Por un lado a Cástor lo perseguían los acreedores. Mi padre empezó a investigar y pudo ir hilando cabos no sin recibir el lógico mazazo de quien siempre pensó que era un hombre honrado. Coincidió que el propio amigo le confesaba que su primer trabajo, aquel con el que los dos se conocieron, lo había perdido porque su jefe de entonces lo había sorprendido metiendo mano al cajón. Y, ahora resultaba que muchos de los préstamos los había solicitado al nombre de la empresa, con lo cual también estaba implicado mi padre sin verlo ni beberlo. Salió a la luz la curiosa relación corrupta entre el contable y él. Muchos paisanos se le echaron encima con serias intenciones de recuperar sus ahorros aunque fuese a golpe de azadón. Cástor finalmente decidió tomar una resolución drástica. Poner pies en polvorosa. Una noche de otoño de ese 1983, gracias a la ayuda del primo guardia civil de otro comerciante de ropa de la ciudad (conocido por sus tejemanejes mafiosillos), pudo llegar al aeropuerto de Alvedro y puso rumbo a Venezuela. Curiosamente allí no se encontraba desprotegido. Al parecer tenía un pariente que trabajaba en la rama hostelera que le asesoraría de muchas cosas y, por descontado, una importante suma monetaria ingresada desde hacía meses en una entidad bancaria del país bananero. Su mujer e hijos temporalmente quedarían donde estaban, hasta nueva orden. Eso sí, permaneciendo unos meses escondidos en el pueblo. No dudo de que esos días debieron de ser para ellos un calvario.
Pero hubo infierno para todos. En mi casa aquello lo vivimos con tensiones enormes. Mi padre que era un buenazo, si, pero que a visceral no lo ganaba nadie, sufría ataques de cólera que lo transformaban en un ser irascible. Digamos que aquello lo pagamos mi madre y yo. Recuerdo discusiones antológicas a las tantas de la madrugada en las que se hablaba de pegarse tiros o de mandarlo todo a la mierda. Por si fuera poco, no tardó en llegar una notificación del juzgado declarando en suspensión de pagos el negocio de toda la vida, amén del embargo de todos nuestros bienes por parte del Banco al que le habían pedido un crédito. Justamente el que les había permitido abrir el otro local.

¡mañana acaba!