24 agosto 2007

INFANCIAS VERDES. 

Capítulo quincuagésimo tercero

La comunión de Susana


* El primer pitillo

Tarde, pero al final Susi tomaba la comunión ese 1983. La hacía con diez años de edad, me imagino que previo consentimiento del pastor de turno. Recuerdo a olvidadizos lectores que la niña tenía un importante retraso mental (repasen si desean el cap. vigésimo octavo). Aun así, como cristiana cumplió.
Fuímos a la celebración como era de rigor. Era hija del socio de mi padre, no íbamos a fallar. Además al ser al comienzo del verano coincidió que venía Arantxa de los Madriles. Así que por ese lado estuve muy bien protegido (tanto Arantxa como Susi eran mis únicas amiguitas). No así me sentía con el otro hijo del socio, Alfonsito, que me llevaba más años y ya tenía su propia vida.
En la mesa del convite comimos de lo lindo. Típico de familias rurales que disfrutan con el derroche. Y eso que los padres aquellos eran muy tacaños, a decir de mi madre a la que un día invitaron de vacaciones a Portugal y luego le escatimaban hasta el jabón para lavarse. ¿Comer caliente?. Impensable.
Al menos aquel dia no nos dimos cuenta de sus aspectos más oscuros y saboreamos manjares que desaflojaban cinturones a go gó. Arantxa estaba más canallesca que nunca, así me lo demostraba constantemente con sus ácidos comentarios sobre tal o cual cardo que lucía cantidades ingentes de grasa de cordero cayéndole por la barbilla sin avergonzarse ni nada. A mi me daban repelús, por lo pronto no levantaba en exceso mi mirada del plato por si a algún energúmeno de aquellos se les ocurría darme conversación. Tan sólo reparé en un jovencito de extraordinaria apostura, de guedejas doradas y ojos cerúleos, cuya belleza contrastaba con la rusticidad chabacana del ambiente. Pregunté con discreción a mi acompañante si sabía el nombre del muchacho y me respondió que era el hijo de Camilo, cuñado de la madre de Susi. No podía creer que en realidad llevase su sangre pues tanto este como su mujer eran horribles de feos. Por lo tanto decidí que el adonis sería bastardo (de origen).
A la hora del cafe, la copa y el puro los mayores se mostraban más enfebrecidos. Lógico, estaban la mayoría achispados. Algunos directamente beodos. Fue cuando se cebaron en el sector infantil, agasajándonos a los más mayorcitos con cigarrillos de verdad. Nunca había fumado. Era rubio americano, como en las películas. Mi padre fumaba Celtas, luego se pasó a los Ducados. En realidad tenía un alma tan proletaria, a pesar de ser el santo patrón de muchos de los que allí se congregaban, que nunca pasó del tabaco del pobre. Yo calculaba que los cigarrillos serían de contrabando, pues no me fiaba nada del socio. Escuchaba comentarios en casa que me lo hacían relacionar inmediatamente con la Cosa Nostra gallega. La cuestión es que tomé el cigarrillo, lo puse en los labios y ya encendido aspiré, expulsando ipso facto todo el humo por si un golpe de tos me dejaba en evidencia. De vez en cuando miraba de reojo a mi madre pero ella disimulaba girando la cabeza hacia otro lado. Portaba también un cigarro en la mano, algo que solía pasar en celebraciones de esta calaña. A mi siempre me divirtió observar las poses de afectación que tomaba cuando simulaba fumar: posición de la cabeza muy levantada, el tronco erguido, la apoyatura del codo mientras la mano se mueve al arrebol... Era como si se acogiera forzosamente a un ritual de la femineidad que incluía una serie de normas ( las de la apariencia) que debería acatar si no quería perder su status de gran señora. Así el humo volaba en cualquier dirección, salvo a sus pulmones. Me hubiera encantado imitarla pero eso no podía ser bajo ningún concepto. Tenía que mantener muy alto el nombre de la familia. Lo cierto es que me sentía incómodo drogándome a la fuerza, tenía ganas de toser por inercia. Y así lo hice. Nadie reparó en ello salvo el muchacho encantador que al darse cuenta me devolvió una sonrisa conciliadora. Me azoré pero no me importó demasiado pues yo lo atribuía al calor del recinto y a las absurdas situaciones, típicas de actos de esta índole.
Al acabar el cigarro nos permitieron los adultos salir al patio del restaurante.

***
Los niños jugaban a la pelota, se movían revoltosos manchándose los zapatos de charol, las ropas de estreno... Yo di un lánguido paseo junto a Arantxa que, ante mi embotamiento típico de empachado, me abandonó con rapidez no bien captó a Susana. Supongo que la iría a felicitar por estar tan hermosa en aquel bello día. Yo me abstuve y me quedé donde estaba. Más que nada porque a mí una niña vestida de novia me parece una de las cosas más cursis que se han podido ver en la Tierra desde que el mundo es mundo. Además no quería ser hipócrita. Susana jamás sería una mujer guapa. Por mucho que la vistieran de sedas, tules y organdíes. Por más que quisiera ser princesa por un dia (cuanto menos, en su caso, su belleza sería borbonesca). Así que contemplé el horizonte de Mercedes y Wolkswagens que se habían traído aquellos paletos de la emigración. De pronto reparé en que los niños más pequeños habían formado un corro alrededor del joven apoteósico del comedor. Venerando, que así se llamaba, se había puesto a hacer un pis detrás de los coches. Aquel hecho tan nimio, por una extraña razón, se había convertido en espectáculo de masas. El pissing fue lento, parsimonioso, regodeante, yo supongo que artístico. A lo mejor de pronto se enganchaba al grupo algun renacuajo rezagado. Entonces era cuando el efebo le hablaba al oído no se qué cosa mientras la sacudía con fuerza.
¿Y todo aquel morbo a santo de qué venía?. Es de suponer que lo que allí se estaba mostrando era un monumento parecido a una atracción de Disneyworld. Un prodigio de la naturaleza, porque sino no me explico. Podía haberme acercado. En cambio me quedé allí como un pasmarote, poniendo los ojos como platos. Me conformé con admirar la robustez de sus piernas, un culo cóncavo inclinado que iba subiendo en mi apreciación, una espalda atlética y bien definida, esos cabellos como de Bjorn Anderson. Cuando se dio la vuelta me pilló taladrándole el paquete. Me sonrió otra vez mientras se subía la bragueta. Me giré y fui en busca de las amigas. Había sufrido un flechazo. Yo creo que el primero de mi vida.

* El verano en la aldea
Cuando salieron nuestros padres del comedor me di cuenta que la aventura no había hecho más que empezar. Los familiares de Susi me invitaban a pasar lo que restaba de fin de semana en la aldea. Yo al principio les dí nones pero al ellos insistir advirtiéndome que lo iba a pasar muy bien con Venerandito, el cual también estaba pasando unos días con sus tios, cambié de opinión. Además vendría Arantxa. También me avisaron que debería dormir con él, pues no había camas para tanta gente. ¿Yo dormir con alguien, con un chico, y encima con el semidios?. Me pareció increible. Acababa de sufrir un flechazo del que aun no me había restablecido del todo (la ingesta de la droga tabaquera había influido lo suyo, a no dudarlo) y ya estaban decididos a que esa misma noche me acostase con él.
Empezamos a hablar. Nos presentamos. Me pareció un adolescente encantador. Era educado, gentil, divertido y muy dulce (y eso que no había salido del pueblo en toda la vida. Curioso. Ni punto de comparación con los animales de mis primos, aún siendo estos de capital). Y encima era más bello que un Apolo Sauróctono.
Decidimos estar juntos los dos, prescindiendo de Arantxa y Susi, a las que seguro que juzgaba para sus adentros de bobitas. En el fondo, compartíamos las aficiones de los de nuestro sexo, teníamos nuestro propio mundo. A ellas no las necesitábamos (como ellas no nos necesitaban a nosotros tampoco). En la finca me enseñó el gallinero, los cultivos de sus abuelos, un carro de vacas muy antiguo que conservaban con cariño en el patio interior. Y me decía que también debería pasar un ratín por el pajar. Me lo recalcaba con un énfasis que a mí me daba que pensar. Más que nada porque cada poco sacaba el lugar a colación, rodeándolo de un misterio no exento de picardía. Me hablaba de que había llevado allí hacía poco a otro muchacho como yo y que lo habían pasado genial. Lo que fuera que hubiese subiendo aquella escalerilla de madera me atraía bien poco pues sabía por Dallas que a los pajares sólo se va a una cosa (Ray Krebbs estaba cansado de sodomizar a la cerda de la Lucy en el de Southfork) y yo no estaba por la labor de marcharme a mi casa con el ano destrozado por un pollón caballuno. Es más: aunque todo fuese muy fino y poético, aunque lo romántico prevaleciera frente a cualquier otro hecho, de repente sentí terror por si el muchacho al final me traicionaba y se iba de la lengua dejándome luego en evidencia ante la sociedad.

* Cagar de campo
Así que le dí largas lo que pude ocupándonos entre tanto en adentrarnos por parajes de caminitos angostos. De repente a lo mejor me ofrecía la posibilidad de ir al dia siguiente al río a bañarnos desnudos. Por cambiar de conversación, le respondí que antes de eso me parecería genial perder el tiempo comiendo cerezas directamente de un árbol y no de una frutería. Asi que nos subimos a un tejado bajo que comunicaba con la copa de un par de cerezos y nos hinchamos de fruta verde.
Saciados prescindimos de cenar nada y nos fuimos al dormitorio, después de darles las buenas noches a los mayores y a las niñas desearles que soñasen con Karl- Heinz Bohm a la altura de Sissi emperatriz. Antes de entrar en la alcoba fui al cuarto de baño donde de paso me puse el esquijama. Al regresar ya estaba Venerando en la cama, sonriente como siempre. Al parecer llevaba puesto tan sólo un slip. Estuvimos sacándole punta a una revista de motos, típicas publicaciones que me hacen bostezar, hasta que nos vino el sueño y nos dormimos.
Pero para mí la noche fue una pesadilla. Fue terrible. No bien había pasado una hora me empezaron los retorcijones de barriga, las ganas de pedorrearme de manera compulsiva, mi vientre empezó a centrifugar sin yo poder controlar la situación. Me cagaba vivo por culpa de las putas cerezas. Como pude me levanté y a tientas busqué desesperadamente aquel retrete que había visitado antes de acostarme. Tropezé con muebles, luché con cerrojos, salí por fin al exterior y palpando hallé el lugar. Sudando frío retorné a la habitación con la esperanza de que todo se hubiera estabilizado dentro de mí. Pero no fue así. Volvían los ataques. De nuevo me levanté. A cada paso lanzaba un pedo de lo más sonoro. Temía que estuviera dejando huellas de mierda durante el trayecto. Así hasta tres veces más. No dormí apenas. Amanecí hecho polvo, boca abajo y con el brazo de mi compañero de cama posado de manera algo forzada sobre mi espalda. Si aquella postura era castrense o sarasa me importaba a esas alturas un carajo. Me había vsito morir y encima sentía una enorme verguenza ante él y su familia. Y es que las cagaleras se siguieron repitiendo durante toda la mañana para desesperación de mi joven paje, lo que le provocó en un momento dado adoptar una expresión de desagrado y frustración. Como si pensase: a este niño es peligroso encularlo hoy.
Tras la comida, en la que yo me abstuve de ingerir nada sólido, ya me encontraba mejor. Asi que me reuni con los demás críos para jugar, antes de la despedida, al círculo de los besos y la botella que gira. A mi me tocó por dos tandas consecutivas besarme con Venerando pero como eso no estaba permitido debí de volver a lanzar la botella hasta que parase en alguna niña (mierda de reglas: en cualquier fiesta de Fatty Arbuckle, donde no existían normas, aquella botella hubiera hecho diana de manera más justa). La que me tocó fue Susi, pero ella no quería (ahora pecaba). Entre que si y que no, Venerando me advertía que la chavala osculaba de puta madre. No dudo que hablaría con conocimiento de causa. Sólo que yo ya lo sabía sobradamente. Lo habíamos practicado muchas veces juntos.
Al final me marché de allí con un sabor agridulce. Por lo mal que me había puesto, por todo lo que pudo haber sido y no fue y finalmente, por la cantidad de aspectos que aún desconocía sobre sexualidad infantil en los pueblos de la Galicia interior.

continua mañana