23 agosto 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo quincuagésimo segundo

Radio Maciste, retransmitiendo para usted



* ¡Nuestro hijo está hablando solo!
Cuando uno es niño se habla solo. Es lo normal, ¿no?. Si no tienes compañía pues qué menos que te pongas a ponerle voces a tus muñecos, cuanto menos. Ya no digo que siquiera hagas el ruido del cochecito de carreras que sostienes en los dedos...No. Es que lanzas auténticas parrafadas al socaire de las evoluciones de unos cuantos Gi Joe's de plástico. Sin embargo lo mío fue a más. Y la culpa la tuvo la radio. Primero, fueron los folletines. Especifíco: La saga de los Porretas. Uno de los culebrones más largos de Radio Madrid. Se emitía a finales de los setenta /principios de los ochenta a eso de las nueve de la mañana. Eran un guiño al célebre Matilde, Perico y Periquín de la década anterior. Y era muy enganchable. ¡Cómo iba a ser menos, si allí aún estaban las grandes Juana Ginzo, Matilde Conesa y la otra, la Vilariño...! También es que adoraba la radio, soñaba ya con ser locutor. Pero no empezé creyéndome Luis del Olmo, sino un miembro más (capaz de desdoblarse hasta el paroxismo) del cuadro de actores de mi habitación. Ideé una secuela porretiana, sin tanto humor y más carnaza, a la que titulé Problemas Familiares. Todos los días, después de comer me encerraba en el cuarto y me ponía a hacer (que no a dar) voces durante diez minutos, a dotar de vida a mis personajes, conduciéndolos por donde me daba la gana, enredándolos en una maraña de situaciones plagaditas de insensatez, excitándome incluso con la crueldad del malo de turno (el sobrino Cayetano. Si, como el personaje de Larrañaga en Los Gozos...) Haciéndolos evolucionar psicológica y afectivamente como en mis novelitas (pero mejor, pues me explayaba de lo lindo en los diálogos, algo que en papel quedaba siempre medio amorfo por que me cansaba en seguida de tanto parloteo: con una réplica iban que chutaban). Y aquellos finales de emoción abortada, idóneos para los inevitables Continuará. No dejen de escuchar mañana a la misma hora... Era, repito, más de lo mismo pero orientándolo a mi eterna fascinación por los heroes y heroínas del transistor. Pasé dos o tres años con aquella serie hablada desde mi cama, con el único atrezzo de una zapatilla que lanzaba al aire y que me servía de inspiración. Nunca fallaba a mi cita diaria con mis fantasmas dignos de ventrilocuo. Era tal la intriga de aquella familia capitaneada por el abuelo Baldomero (equivalente al Segismundo Porretas del original) que acabé escribiendo resúmenes de las tramas, adelantos de acontecimientos que estaban al caer.... Y, como es lógico, mis padres un día me descubrieron dándome palique tal como si yo fuera una cotorra politonal. Nunca me dijeron nada. De hecho, estaba jugando. Manías de la edad.

* Cintas reciclables
Ellos no sabían que vivía en un mundo paralelo, con mis canales de televisión y radio de fantasía.
Que para distraerme de las horas muertas me consolaba mirando mucho el reloj pues a cada hora en punta daba comienzo un magazine, una serie de dibujos animados o un documental sobre animales salvajes. Confundía los medios en mi mente autista. No así me despistaba en la presentación del programa de turno. Era todo rigor y puntualidad, estuviera en la playa o en la calle. Si estaba en exteriores de estos, susurraba con discrección, no fuera a alarmar al ciudadano.
Repaso carpetas viejas que contenían cuartillas con los plannings diarios. Me asombra el detallismo con que vivía tamaña irrealidad a mis diez años. Lo currado que estaba todo. Las parrillas que reproducían las revistas Teleprograma y TeleRadio me servían de patrón. Una niña a esa edad estaría aprendiendo a coser y ganchillar con Muestras y motivos. Yo me inventaba programaciones con las revistas del gremio.
El hecho histórico de la compra de un radio casette fue decisivo para empezar a plantearme más seriamente aquella afición. Asi que aparte de grabar musiquitas, incluso programas de radio 3, ahora ya podía disfrutar inmortalizando mi voz en cintas de calidad infumable. Al cansarme de oirme a mi mismo me ponía con el aparato en el patio de luces justo en el momento en que mis vecinas Clotilde e hija (dos auténticas brujas de la Escuela Bruguera) les daba por airear a grito pelado sus miserias por un quítame allá esa lechuga. También encendía la tele y grababa sintonías de programas favoritos (como las de los concursos Destino Plutón y Lapiz y papel). Luego me iba al balcón y esperaba a que mi jilguero Pichi me deleitase con una ración de trinos y gorjeos. Por si todo esto fuera poco, dándome cuenta de que aún quedaban metros de cinta, ocultaba ahora el chintófano en la despensa de la cocina y comenzaba a grabar las conversaciones paternas durante la cena (siempre me descubrían pues yo apenas hablaba, muriéndome en su lugar de la risa).
Cuando pocos años después llegué a tener un walkman con auriculares, mis experimentos fueron adquiriendo dimensiones más ambiciosas. Asi el nuevo ingenio podía reproducir canciones a la vez que en el otro grababa tanto esos sonidos como los de mi voz hablando por encima. Y, a partir de ahí fue cuando surgieron mis programillas caseros.
Como estaba muy influido por El loco de la colina lo que hacía era grabar fragmentos, luego apuntaba en un papel los textos recitados por Quintero y con el papel en la mano y una extraordinaria cinta de efectos especiales que había creado el menda a base del ruido de grifos, caída del agua de un botijo, canto de grillos nocturnos y de Pichi in live, me sentí también en mi colina particular. ¿Lo que mejor me salía?. La risotada de esquizo falso, tal que el original. En verdad eran programas ambient. O new age. Tal vez puro chill out.
El gusanillo iba creciendo, alargándose y engordando. Y a mí no me llegaban las casettes para continuar alimentándolo. Le robaba a mi padre cintas del coche: las paridas que escuchábamos en los viajes y que a él le hechizaban (Rocio Durcal canta a Juan Gabriel, cantos de cosacos, muiñeiras mil y así). Les pegaba un esparadrapo por encima de las pestañas y a sentirme radiofonista imaginario.

* Radio verité
Pero no vayais a pensar que quedaba satisfecho con los resultados. Entre la penosa calidad de las casettes, unido al cutrerío de los efectos especiales parecían aquello más de una vez psicofonías imbéciles. Para ser un verdadero Loco de la colina necesitaba dar un paso fundamental. Demostrarme algo más. Esto es: que podía entrevistar. Asi pues me entrevisté a mi mismo, pero como nunca me llevaba la contraria terminé haciéndome una paja a mi salud. No, el tema iba por otro lado. Debería, como Jesús (el de la colina y el del monte Calvario), ser capaz de darle voz a los marginados. El conversaba con los pobres, con los tarados y con las putas de Sevilla. ¿Acaso de eso no había en mi ciudad?. Estaba muy concienciado ya con lo underground. Teníamos a un pirado que se creía un as de la bateria del rock, que aporreaba a su aire en las fiestas una muy doméstica que se había hecho con platillos y cubos de Dixan (Andres Bateria, que hasta tenía teléfono de contacto para contrataciones). Unicamente necesitaba arrojo para lanzarme al toro. Me esperaba el suburbio, el callejón y la chabola. Cavilé una tarde qué podría hacerse al respecto. Lo tuve muy claro. Iniciaría una serie de reportajes que me enfrentarían a esa realidad social en vivo. Carecía aquello de antecedentes en la aséptica radio local. En un esquema de intenciones decidí que la primera semana acudiría a un asilo de ancianos. La siguiente, me iría al barrio chino. La tercera semana me pondría tras la alameda a medianoche a entrevistar a maricas y chaperos. La última semana de ese mes emprendería rumbo al poblado gitano que casi estaba en el extrarradio. Comenté mi intención a Carlos y le pareció formidable pero muy arriesgada. Aunque al verme más indómito que Mary Noticias y Brenda Starr juntas me prometió acompañarme por lo menos al primero de aquellos realitys.
Con los ancianos todo fue bien. Descubrimos miserias por un tubo. Alzheimers que aún no se atrevían a decir su nombre. Monjitas caritativas sin pinta de llamarse Ana Mangano. Pocas Sor Sonrisas.
Cuando bajé a las cloacas del amor de compra y venta ya tuve que ir solo. Pero me adentré con tal decisión que parecía un cobrador del frac cualquiera. No tenía idea de quién era quién. Quise entrevistar a una vecina que reposaba en el descansillo de una puerta pensando que por vulgar y por estar ahí sentada era ya fulana. Ella se rió y me aconsejó que entrara en un club que había al fondo de un callejón. Asi hice. Integradas a la perfección dentro de un decorado real de kitsch mugriento, charloteaban de sus cosas dos suripantas muy años setenta, gordas y apretás, españolazas y arrabaleras. Me cubrieron de atenciones, me acariciaron el pelo. Una de ellas reparó en la grabadora. Me dijo que si no era de La Voz de Galicia no soltaría prenda. La otra asintió, añadiendo un para qué. ¿Contarte mis penas?, no mi cielo. Vuelve cuando tengas más añitos, o un carnet de prensa.
Desilusionado y con los pensamientos en otros lados acabaron pronto mis ansias de dedicarme a la radio verité. Concluí que en el hogar, con el botijo, las cintas inmundas, los desmadres de las vecinas y un par de magnetófonos podía ser, sin ayuda de nadie, puta, maricón, voyeur y chacho. Que para algo ya era un profesional.

continúa mañana