22 agosto 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo quincuagésimo primero

Un último vistazo a la televisión

¿Fue el acontecimiento más importante de 1983 la vuelta de Barrio Sesamo a la parrilla de la programación infantil?. Supongo que no. Pero el hecho de que por fín acabara el tostonazo insufrible de La Cometa Blanca y me volviera a reencontrar con mis viejos amigos Epi y Blas consiguieron hacérmelo creer, al menos durante el tiempo en el que duraban algunas de mis meriendas. El personaje Espinete venía a sustituir a nivel patrio a la antológica gallina Caponata. Y Don Pimpón hizo lo correspondiente con el caracol Perejil. Del resto: si te he visto, no me quiero acordar.
Hubo muchas reposiciones de series de producción propia (Fortunata y Jacinta y Cañas y barro) a las que habría que sumar otras nuevas como El mayorazgo de Labraz, Sonatas, Juanita la larga, Los desastres de la guerra y Las Pícaras (imperdonable por cierto que en el capítulo dedicado a La lozana andaluza Norma Duval hubiese sido la titular, sustituyendo muy mal a la Omaggio cinematográfica).
En cuanto a las extranjeras for all the family emprendí con interés el seguimiento por puntatas de la italiana Marco Polo y manifesté poca emoción ante las andanzas del sheriff Lobo (Claude Atkins en el condado de Orly). Prescindí rápido del puto Paul Hogan que venía a sustituir al insustituible Benny Hill (no pillé la gracia al humor australiano por muy chocarrero que fuera el del seboso inglés) o tanto de lo mismo con MASH, que rara era la vez que veía (creo que poco quedaba del espíritu original del filme de Altman. Y eso que hoy en día del filme de Altman no ha quedado nada en absoluto). Y luego las mini series con Ike a la cabeza, que me aburría soberanamente por ser de guerra, aunque saliese mi adorada Lee Remick, al borde ya de la cortisona.
Más gracia me hicieron Galáctica y Fama. La primera me flipaba. Lorne Greene capitaneaba una nave espacial de supervivientes en una época indeterminada, pero que por una extraña razón gozaba de la estética del tiempo en el que fue hecha. Puritito look early 80's. Había mucha acción, el ritmo era trepidante y, en última instancia, cubría un hueco largamente abandonado desde que acabase la generacional Espacio 1999.
En cuanto a Fama, imposible que a un niño de trece años no le interesaran aquellos saltimbanquis del sonido pre breakdance. Leroy turbaba, la profe tenía su morbo, el Amatulo estaba para polvo y el rizitos parecía un romántico onda Baglioni de lo más resultón. Sin embargo yo, en cuestión de enganches eróticos por gente recluida en academias de arte y ensayos mil, aún debería esperar unas cuantas temporadas más, hasta que saliese un tal Chris Donlon (el actor me parece que se llamaba Bill Hussey, o algo así) con sus increibles chandals y sudaderas, con su horterísimo appeal de CATALINA VIDEO stud. Una versión teen de David Hasselhoff. Otro poster en mi habitación.

Tomarás dos tazas de soap... operas
Siguiendo con las series, es paradójico que TVE arremetiera ese año con artefactos breves y de similar factura que venían a sustituir el impacto causado por la fórmula instaurada por Dallas. La mítica soap opera del clan Ewing había dejado de emitirse a finales de 1982 (dejándonos a todo el mundo con la incógnita de quién había disparado a J.R.). Los socialistas que manejaban el Ente habían declarado su intención de no comprar más capítulos, pues se trataba de un culebrón interminable, una suerte de opio populachero que en nada favorecía al desarrollo intelectual de una sociedad, la nuestra, que se presuponía europea, moderna e inteligente. En cambio, a Dallas no sólo le sustituyó Dinastía inmediatamente (tan infinita como su predecesora) sino que un montón de parecidos culebroncillos invadieron las casas de los televidentes a horas nocturnas (Los Manion de America, Diamantes, El imperio de los Munroe, Park Avenue fueron algunos de estos títulos). Un increible aluvión de best sellers, pura bazofia que evidenciaba cuan falsarios podían ser los programadores de la santa Casa. Lo que pasaba con Dallas es que costaba muy cara y TVE prefería otro tipo de recambios. El colmo de la insensatez se produjo a mediados de la década cuando sobrevino la epidemia sudaca (Los ricos también lloran fue la primera) y que alcanzaría hasta nuestros días. En ese punto, las calidades ya estaban en números rojos.
De todas las del lujerío las que conseguirían hacer sombra a la de los rancheros fueron dos concretas (sobre todo, la segunda).

* Flamingo road

¿Para que inventar lo ya inventado?. Los guionistas de esta tontería rebuscaron en el melodrama del Hollywood clásico (y ni siquiera el más significativo), eligiendo actualizar (alargándolo hasta el medio centenar de horas) un título por el que Joan Crawford había tenido en su momento (Flamingo Road,1949. Michael Curtiz) un éxito moderado (la diva de aquella emprendía un nuevo ciclo vital, una nueva metamorfosis de perpetua). Por lo tanto, no nos quedó más remedio que revisitar Truro, una pequeña ciudad de Florida, gobernada por un hijoputesco sheriff (el veterano Howard Duff) capaz de avinagrar la vida de todo quisque a la vez que se sacaban a la luz los trapos sucios de una pequeña comunidad de aristócratas sureños. Lo mejor de la serie: cierto aroma a El largo y cálido verano, Stella Stevens como puta madura, desgarrada y mártir, la revelación de Morgan Fairchild como zorrilda eminentemente eighties (¡qué peinados, que manera de andar, de mirar a los machos!) y, en grado menor, la apostura de Mark Hammill, un sosainas que acabaría la década siendo un Kevin Costner del pobre en innumerables telefilmes de sobremesa.

* Dinastía

La gran rival de Dallas. Se emitió en su lugar y yo la acogí con gran frialdad. Pese al incremento del lujo, al ver a los Carrington de Denver tan creídos de su glamour, tan queriendo ser ingleses pero sin conseguirlo (y más teniendo en cuenta que ya estaba enganchado a la maniera Brideshead ese año) me daban ganas de irme a la cama a pensar en Ray Krebbs y en Sue Ellen. No lo hacía. Confiaba en que este tipo de series había que dejarlas que fueran rodando hasta que empezasen a enganchar de verdad. En cambio, con esta pasaban las semanas y aquello carecía de interés para mí. Había un hijo maricón, sí. Pero era tan pánfilo, tan sin alma que lo mismo hubiera podido ser zoofílico o abuelista que no se hubiera notado. Hasta que no llegó Joan Collins a partir del capítulo dieciseis no empezé a verla con otro ánimo. La Collins como la pérfida Alexis estaba formidable. Fue su gran triunfo. Conseguía el éxito tras una larga carrera cinematográfica más ignota (en España) que mediocre. Lástima que revisado ahora su extravagante papel delate innumerables defectos y tics desagradables para cierto tipo de público exigente (por ejemplo: su aspecto de drag queen exacervada que anularía cualquier erotismo en una dama que siempre fue muy volcánica, o su horrible sentido del ricachonerío con dietas que se limitaban a la fuerza a champán y caviar). Por otra parte, John Forsythe como el odioso patriarca conservador Blake Carrington recuperaba de alguna manera viejos cometidos en el Hollywood de los sesenta cuando fue esposo en filmes como La mujer X (junto a Lana Turner, un desmadre auténtico) o en Con los ojos cerrados, junto a la maravillosa Jean Simmons (donde, por cierto, eran ambos un matrimonio residente en Denver).
En general, la soap opera destilaba ese mal gusto atribuible a tantos norteamericanos que confunden el chic de la vieja Europa con un repugnante baile de la Rosa en Mónaco. Los Carrington-Colby podían viajar en jets privados a cualquier parte del mundo. Si estaban allí apenas lo notábamos pues sus reuniones de negocios (o de cama, o de ambas cosas), se circunscribían a hotelitos para turistas de élite, diseñados a la manera occidental ( para que se encontrasen como en su casa). Afortunadamente los mejores capítulos venían firmados por el increible Curtis Harrington en su época de destajista televisivo. Su inclinación perenne por el decadentismo se amoldó a la perfección a una saga de millonarios a los que, con ritmo endiablado, iba precipitando hacia situaciones límite (como la del inolvidable capítulo 117, el del atentado terrorista en la boda regia de Amanda) impregnándose todo de malicioso surrealismo. Fue muy queer.

*Brideshead en un aparte
Pero todas aquellas novelas (como las definía mi madre) eran mamarrachada pura en comparación con la más majestuosa serie que nos donó a las grandes minorías la televisión británica (concretamente la productora Granada). Retorno a Brideshead decían los publicitarios que había costado 1.000 millones de las antiguas pesetas. Sus realizadores (profesionales del medio que venían de los años del free cinema y del movimiento pop) puntualizaban que era la serie más cercana a la perfección jamás realizada para la pequeña pantalla. Sustituyó de forma más que digna a mi favorita Arriba y abajo (los Bellamy tuvieron su reposición en 1983. Justo en la sobremesa, de lunes a viernes. Yo escuchaba sus capítulos en clases de marquetería desde un pequeño transistor que de forma milagrosa sintonizaba el primer canal de TVE).
La de los dos amigos (como la conocíamos en casa) partía de un discutible texto de Evelyn Waugh y contaba la historia de una familia aristocrática y católica de principios del siglo XX a través de los ojos de un pintor, Charles Ryder (Jeremy Irons). El marco era incomparable, así de Oxford se pasaba a la campiña inglesa, las breves estancias en Venecia, Paris o Marruecos y, sobre todo, la antigua mansión de los Flyte, que ya de por sí era un micro cosmos social repleto de represiones y atavíos, de rencores y falsa mansedumbre. Un pequeño mundo siempre amenazado por las hordas protestantistas que aportaban los elementos ajenos a la familia. La relación de Sebastian (Anthony Andrews) con Charles me pareció sublime en su momento. Embellecida desde el intelecto, lo estetizante y esa ambiguedad que no era nada original -no la habían creado los directores, ni tan siquiera Evelyn Waugh. Forma parte de la idiosincrasia y el regusto por el pudor del inglés de pura cepa- despertó mi admiración hacia un tipo de amor de amigo que podía en los silencios decir mucho más, inspirar más respeto, que una jauría de locas gritando muy agudo por Christopher St. un día de gran parade.
A partir de tanta exquisitez condensada en once capítulos que eran once joyas semanales con las que nos deleitaba la segunda cadena los martes, empezé a soñar con aquella época, buscando modos y modas, bibliografías completas del autor (en su día pensé muy seriamente titular a mi siguiente novela Los seres queridos, llenándola de dandys, de artistas descreídos o en constantes dudas espirituales, de gentlemen aficionados a la bebida y los placeres carnales), indagando en posibles alternativas en pantalla grande (todo lo más me toparía poco tiempo después con el insulso James Ivory y sus mariconaditas con vistas). No nos llevemos las manos a la cabeza ante esta tenue comparación: si algún defecto podríamos achacarle a Brideshead es ese tonillo académico, petulante y frío que los británicos terminarían adoptando como estilo propio a partir de esa década, y que los críticos denominaron como cine de la gente de la ropa limpia. Divinely elegant. Películas perfectas pero nunca arriesgadas. Y con la literatura por bandera. Ivory sería su máximo autor.
Compleja e inaprehensible en un sólo visionado, reencontrarme con ella a través de su reedición en DVD conserva todavía el enorme y primigenio hallazgo de esa Arcadia a la que, en un ya lejano fin de infancia, aspiré a pertenecer.

continúa mañana