21 agosto 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo quincuagésimo

El niño Máximo


*Una especie de retrato robot
Máximo era un haragán, un fullero, un pichabrava, un hijoputa, un encanto, un problemático, un inadaptado, una acémila, un torpe, un abusón. Máximo fue el emperador que subyugó a dos reinas dislocadas a base de fuerza bruta, de mohines despreciativos, de miradas amenazadoras. El siempre buscaba gresca. Es de suponer que era un hijo de familia desestructurada. No lo sé. Yo lo intuía. Jamás vimos a su padre. Nunca habló de él. Sí en cambio tenía una preponderancia masiva su real madre, la de arrabalera gestualidad y físico alternativo. Máximo era hijo de su madre y de nadie más. Era su viva estampa.
No me acuerdo como se nos juntó el muchacho. Supongo que al ser el hazmerreir de la clase, mejor dicho, el gordo y el burro de turno, el peor de gimnasia surgió entre nosotros un especial feeling.
Máximo no toleraba que se rieran de sus lorzas. En cambio jamás pensé que sus meteduras de pata, digamos, intelectuales, fuesen algo más que un generoso acto de humorismo para animar tanto tedio escolar. Un caso similar al mío con mis redacciones-parida... pero en tosco, en bruto. Así más o menos era él fuera del trío que formamos. El trío calaveras, el de la bencina. Un trío que estaba constantemente poniéndose a prueba, buscando autodestruirse de alguna manera. Ortiz era el bello de las malicias, yo el resultón ingenioso, el otro la patada en los cojones.
Máximo no era feo, sólo que no se arreglaba. En séptimo era un rubio saco de patatas, un aprendiz de vikingo desmañado y algo sucio. En octavo, de cara al final de curso, empezó a estilizarse. Me sorprendió con un cambio de look que incluía una venturosa pérdida de peso. De obeso pasó a rellenito. En maneras se estaba puliendo. Le encontré un morbo considerable. Quizá otro tipo de morbo, porque si lo pienso detenidamente podría sacar la conclusión de que el crío en el fondo siempre me gustó (no de una manera igual). Desde luego que me atraía más que Ortiz. Su virilidad rozaba lo animalesco. Qué desastre. ¿Cómo podía excitarme aquel mal bicho de los primeros tiempos?. Era un energúmeno que gozaba maltratándonos, vejándonos de mil maneras... Y siempre reincidíamos. Nunca separados, siempre unidos... Los gargajos que nos lanzaba debían de tener una sustancia viscosa, parecida a la de las llamas, con un mucho de pegamento IMEDIO que impedía cualquier separación. Porque sino no me lo explico.

*Columpios en colisión
Cuando íbamos a hacer perrerías a los aparcamientos subterraneos, que eran unos lugares oscuros, enormes y peligrosos y, por ende, ideales para dar rienda suelta a nuestro concepto de diversión (burlarnos del mundo adulto, sobre todo, burlarnos de las chicas piloto) acabábamos siempre Ortiz y yo siendo encerrados en espantosas cabinas sin luz, sólo abiertas por el inexistente techo. Ambos sabíamos perfectamente cómo iba terminar aquello: con una lluvia de escupitajos que nos provocaban el asco, el histerismo... y, a la larga, he de decir que- en mí - la erección. Máximo daba patadas, alguna que otra hostia, te apretaba del cuello y con ojos de asesino te aclaraba que pensaba estrangularte allí mismo. Máximo te trataba de títere y agarrándote del pelo frotaba tu cara sobre su pecho, bajandote hacia su vientre hinchado y entre risotadas procuraba llevarte cual esponja hasta su paquete. Entonces gritabas con arrojo y te soltaba dejando con la miel en los labios.
Ante sus ataques de ira Ortiz agudizó mucho sus reflejos. Yo, en cambio, era más torpón (astigmático que fuí) y llevaba las de perder. Lástima que tantos errores de cálculo favorecieran en mi psique el desarrollo paulatino de una filia que bien pudiera denominarse masoquismo en grado latente. Y asi fue. Otro nombre no me cuadra a día de hoy. Pero Ortiz también lo era. Tenía que serlo. Y Máximo, ya lo apunté al principio, era un sádico con ínfulas de emperador romano. Apoltronado en su triclinio de patio de colegio, subyugaba a alguna víctima menor que él a la que bloqueaba hasta la asfixia con una llave de robusto brazo mientras yo, a lo mejor, me sentía reinona de peplum y, a su lado, mientras mi mano se posaba en su espalda e iba bajando cautelosa hasta el principio de sus nalgas, le instigaba con verdadero deleite a que apretase más el cuello del tierno infante. Ahora lo pienso y me doy repelús. Tal perrería no se entiende sin explicaciones de homofilia crónica.
En cuanto al verdugo, proyectaba de alguna manera su sed de venganza por tantas humillaciones escolares principalmente en sus dos fieles vasallos, los cuales el único papel que les quedaba jugar en cuanto a contraataque era el de cizañeros con un punto de miserables. Así, nos turnábamos muy civilizadamente a la hora de llevarle al abusón chismes que le afectaran por el mero placer de saber que estaría uno de nosotros ese día exento de un castigo físico mientras a su vez disfrutábamos con las consecuencias del falso potín en el otro débil del terceto. Todo muy enfermizo, lo sé.
Apenas había calma chicha en nuestros recreos. Sólo cuando nos poníamos con el porno robado lográbamos tranquilizar al león interior. No a mí, que en seguida capté que violencia infantil y sodomía impresa sustentaban poderosamente nuestras relaciones. En momentos así era habitual que sacasen los otros dos el tema del mariconeo con historias que me parecían tan sexys como inverosímiles. Así Ortiz nos asombraba relatándonos con gran expresividad lo que esa mañana comentaban los alumnos de COU referente a un estudiante que ese fin de semana había estado de orgía homo con amigos del barrio, o Máximo que al ver pasar a un tipo treinteañero con pinta de loco afirmaba todo miedoso que ese era un barbazul que perseguía a niños por la calle, los raptaba y luego les hacía todo lo habido y por haber. Y todo por el culo.

***
De nuevo la tormenta. En el parque de los columpios nos apoderábamos de las barcas para jugar a lo animal. Máximo golpeaba con fuerza su nave contra la nuestra, se ponía de pie y nos daba mil vueltas para al final soltarnos con el consiguiente choque violento que podía por lo mismo acabar con nuestras cabezas golpeadas en los barrotes de hierro de la atracción o, simplemente, perder el equilibrio y caer al suelo mientras las naves amenazaban con rematarte en la arena. Era un circo romano, sin duda. Y Máximo un Mesala pendenciero dispuesto a acabar con el auriga más moñas. Por ejemplo, yo mismo que una mala mañana caí desde lo alto de un tobogán debido a un empujón del gordo. Sufrí una leve conmoción cerebral que me retuvo en la cama durante tres días. No me impidió tras la convalecencia reemprenderla de nuevo con el torturador que ya me esperaba sonriendo en el parquecito. Desde luego el shock no me había quitado la tontería.

* La madre que lo parió
Me gustaría reincidir en el tema vengativo del niño. Creo que no sólo lo provocaban las chanzas en clase debidas a su sobrepeso. No me equivocaría al afirmar que sus problemas con su madre, una mujer dominanta, a un punto de la neurosis, jugarían un papel más que esencial. Yo presencié hostiazos de ella al hijo estando de merendola en su casa. En mi cortedad de fisonomista barato, sonsaqué que aparte de ser una mujer de armas tomar es que dichas armas bien podían venirle por raza. Apuesto a que era una gitana de Valladolid. Por consiguiente mi amigo también lo era (pero en churumbel de Castilla), y aún tan sólo indirectamente. Al hilo de esto, recuerdo que siendo como era un crío conflictivo los profesores pronto requirieron entrevistas con esa señora. Conforme avanzaban los meses estos pararon de citarla. Era ella la que asiduamente se plantaba en el colegio. Y muchas veces la veíamos todos discutir a grito pelado con profesores concretos o con el propio jefe de estudios. La temían. Les levantaba dolor de cabeza. Se presupone que les echaba el mal de ojo. Un día en clase de Marquetería, ocurrió un hecho esclarecedor: cuando el profesor mostrenco de turno le lanzó uno de los habituales borradores de madera a la cabeza de Máximo éste, para sorpresa y regocijo de todos, se rebeló de manera bastante amenazante apuntándole al cuello con un punzón. Deodato, que así se llamaba aquel aborrecible carpintero, no se amilanó y optó por dejarle en evidencia ante toda la clase aludiendo ahora a la locura hereditaria de mi amigo y otros comentarios muy feos sobre su madre. Máximo salió de clase como un demonio. La cosa quedó así. Pero la mayoría de los compañeritos pensaron que el niño estaría mejor en otro lugar. Sea donde fuere, estaba claro que ese iba ser el último curso que estaríamos los tres juntos.
Mi memoria no ha retenido el último menage á trois. Sí en cambio mi última vísita a los aparcamientos, que fue con él a solas. Lo había convencido de que pasáramos un rato juntos. El se mostraba logicamente distante, le faltaba la complicidad del tercero, pero estaba de buen rollito. Y estaba muy guapo, además. La oscuridad, la cercanía de nuestros cuerpos terminó por empalmarme más de lo que desearía. Sentía ansias de olerle las partes bajas, las cuales cubría en su forma más vistosa por un pantalón de pana fina color azul marino que le sentaba muy bien. Había perdido kilos, su cara era de un adolescente de turbadores ojos azules. La primavera hacía el resto. Por no meter la pata opté por ser discreto. Así si el permanecía de pie, apoyado contra el capó de un coche yo disimulaba agachándome ante un inminente peligro que falsamente había percibido. De esta forma, al estar reclinado muy junto a él conseguía aproximar tan siquiera mi nariz hacia sus zonas erógenas y sin miedo a que se diera cuenta, tal era la oscuridad. No fue a más la anécdota. Cuanto menos vibré cuando él mismo me obligó en un par de ocasiones a que me acuclillase, malinterpretando su orden pues allí no pasaba ni dios o, en fín, cuando sacó de colita para echar una meada. En aquel instante bromeé espetándole que bajara el volúmen del meo. En realidad hubiese pagado porque el chavea se lo hubiese hecho encima mía. No en vano hubiese tragado todo su orín para cumplir con la tradición. Todo con tal de que no se escuchasen ruídos que nos delataran.
No supe más de Máximo. El bachillerato lo iniciábamos Ortiz y yo sin él. Años más tarde, tal vez paralelamente al descubrimiento de que Ortiz era ya un enfermo terminal, compartí la cola de la pescadería del supermercado con su encanecida madre. La otrora gorgona parecía ahora una señora hasta respetable. La vejez, que apacigua. Comprobé que empujaba de cochecito de bebé y que entre sus comentarios hablaba de las comidas que le gustaban a Máximo, del que no he dicho todavía que era unigénito. De improviso me olvidé de lubinas y caballas y volvió a mi cabeza aquel besugo de hijo que había sido hacía mucho mi más odioso amigo. Fue un momento fugaz en el que más que nunca me di cuenta de que los años no pasan en balde. Hasta pensé si aquel niño habría acabado trabajando para el Estado o si acaso era un simple y llano portero de discoteca. Entre tantas divagaciones perdí mi turno en la pescadería. Seguía en eso siendo el eterno inepto de las pequeñas cosas. Aunque estas fueran en realidad odiseas cotidianas de vulgar amito de casa.

continúa mañana